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Postdata. Curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield

Las cartas de legionarios romanos movilizados en Vindolandia pidiendo más cerveza para las tropas o calzones para el invierno inminente; las tiernas declaraciones de amor de Plinio el Joven a su esposa Calpurnia («no te imaginas el anhelo de ti que me posee»); las descripciones de Petrarca, el verdadero primer turista de la Historia; Las breves misivas entre Enrique VIII y Ana Bolena; los encantadores cotilleos de madame de Sévigné; las instrucciones, más o menos prácticas, para su hijo del conde Chesterfield («No te rías de una persona por su aversión al queso o a los gatos«); las rabietas de Napoleón con Josefina («Me cuentan que te has puesto gorda como una granjera normanda«); las soporíferas epístolas de Jane Austen… Cartas, cartas, cartas de todos los tiempos y de todas las formas, tamaños, estilos y excéntricos remitentes ocupan esta extraordinaria y divertidísima historia de la correspondencia. Desde la primer carta (ficticia) de la Historia hasta la irrupción en el último cuarto del siglo XX, pasando por la invención del sistema de correos, los buzones o la romántica Dead Letter Office, entre otros muchos hitos epistolares, Simon Garfield deleita al lector con anécdotas y personajes insuperables mientras repasa con encanto, humor y mucho ingenio la curiosa historia de la correspondencia en occidente.
«Las cartas tienen el poder de engrandecer la vida. Son prueba de motivación y ahondan en el entendimiento. Demuestran cosas, cambian vidas y reordenan la historia. Hubo un tiempo en el que mundo funcionaba gracias al correo (…). Un mundo sin cartas sería ciertamente un mundo sin aire que respirar.«

«A mi mujer, Justine Kanter, la conocí en una época en la que los correos electrónicos y SMS románticos ya habían desbancado a las cartas. Este libro es un intento de revertir ese proceso.«
Simon Garfield dice que su intención al escribir este estupendo y curioso ensayo sobre la historia de la correspondencia es rendir homenaje a las epístolas que han plasmado todo un mundo además de cumplir con la misión de deleitar a sus destinatarios. Por estas páginas desfilan filósofos, escritores, novelistas, poetas, periodistas, emperadores, soldados, líderes religiosos, dictadores, aristócratas, funcionarios, comerciantes… Todo un elenco de personalidades, más o menos conocidas, que dejaron al mundo el testimonio de sus apasionantes, excéntricas, aburridas, soberbias, estúpidas, conmovedoras, etc. epístolas.
Garfield no solo se detiene en un divertido análisis de los escritores de cartas más interesantes de la historia —Cicerón, Marco Aurelio, Petrarca, Madame de Sévigné, Samuel Richardson, Anthony Trollope, Virginia Woolf, John Keats, Henry Miller, Ted Hughes, etc.— sino que acompaña al lector a lo largo de varios capítulos sobre la aparición del primer sistema postal en Gran Bretaña, la propuesta de los buzones, la censura y el espionaje, los códigos en clave de los sobres (a principios del s. XVII dibujaban una horca para indicar lo que podía pasarle al jefe de correos si se perdía la misiva o para apremiar al mensajero con dicha amenaza), el uso de los primeros sellos, los inventos postales de Lewis Carroll, las excentricidades de Oscar Wilde o la tristeza de Charlie Brown cuando pronuncia «Debe haber millones de personas en todo el mundo que no reciben nunca cartas de amor. Yo podría ser su líder.«
Para que os hagáis una idea de lo divertido, curioso y apasionante que es esta historia de la correspondencia os dejo una muestra de parte de su índice.
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Los capítulos sobre los escritores de cartas, los inventos postales y sus avances o las instrucciones para escribir misivas correctas en todas las ocasiones (cartas sobre escándalos, alerta sobre el peligro de una conducta demasiado coqueta o consuelo para una dama que ha perdido su belleza por la viruela) se intercalan con la reproducción de las vívidas cartas del soldado especialista Chris Barker a su prometida desde su emplazamiento militar en Oriente durante la Segunda Guerra Mundial.  
Lector, un entretenidísimo y apasionante ensayo, imprescindible para las almas románticas y curiosas.

Descubrí este apasionante libro gracias a la magnífica reseña de Mientras Leo

Si te apetece conocer que otras jugosas anécdotas de escritores famosos comparte con el lector Simon Garfield te invito a que leas el artículo que escribí para La piedra de Sísifo sobre este libro: Esos locos escritores de cartas

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Las mil y una historias de A.J. Fikry, Gabrielle Zevin

La librería del señor A.J. Fikry es el único negocio que se dedica a vender libros en la pequeña Alice Island, en Maine. El excéntrico señor Fikry tiene un carácter huraño e intransigente, no participa de ningún modo en la vida social del pueblo, echa sin contemplaciones de su librería a todo aquel que le irrita o sobrepasa la hora del cierre y solo tiene buenas ventas en verano, cuando llegan los turistas. De hecho, es capaz de llevar al borde del llanto incluso a Amelia Loman, la inteligente y experimentada comercial de la editorial Pterodactyl Press, cuando llega a la librería para mostrarle el catálogo de invierno. Todos en Alice Island saben que A.J. Fikry ha tenido un mal año pero hasta la fecha solo un oficial de policía ha sabido escucharle. Las cosas solo parecen empeorar para el librero cuando le desaparece un valioso manuscrito y alguien deja un bebé olvidado en su librería ¿O es posible que esas dos circunstancias no sean, después de todo, tan malas para A.J. Fikry?
«Aunque es un enamorado de los libros y dueño de una librería, A.J. no siente especial aprecio por los escritores. Le parecen descuidados, narcisistas, idiotas y, en general, personas desagradables. Evita conocer a los que han escrito libros que le gustan por miedo a que dejen de gustarle.«

Había leído buenas y tibias reseñas antes de abrir Las mil y una historias de A.J. Fikry por eso sabía que el protagonista era un librero y supongo que fue eso lo que me animó a darle una oportunidad pese a las opiniones encontradas de los lectores blogueros. Me he encontrado con una novela distinta, con párrafos brillantes, personajes que desbordaban excentricidad (¿no son estos los mejores?) y un sentido del humor que me ha conquistado. 
La prosa de Gabrielle Zevin fluye con naturalidad y regala al lector algunas reflexiones sobre la vida y la literatura que resultan hermosas para cualquier bibliófilo empedernido. Como, por ejemplo, una de las declaraciones de amor más bonitas que he leído hasta la fecha:
«Cuando leo un libro quiero que tú lo leas al mismo tiempo. Quiero saber qué te parece.«
O algunas verdades con las que todos nos hemos encontrado alguna vez con un libro entre las manos:
«A veces los libros no nos encuentran hasta que llega el momento adecuado.«
Me han gustado especialmente los diálogos de Las mil y una historias de A.J. Fikry, sobre todo las conversaciones entre A.J. y el agente Lambiase; el carácter peculiar y la evolución del protagonista; la relación entre Maya y A.J. y cómo Maya se va convirtiendo en un Fikry en diminuto. Pero sobre todo he disfrutado de una narración original, nada predecible, y con un buen sentido del humor pese a los claroscuros, es decir, esa visión tragicómica de la vida de Alice Island que nos ofrece Gabrielle Zevin. Sin embargo, aviso al lector de que el final me ha parecido especialmente atroz e innecesario, es mi única pega a esta estupenda lectura.
Lector, una buena historia en la que los libros son protagonistas incluso entre líneas.
También te gustará: La librería encantada; La librería; La librería de las nuevas oportunidades; Cosas raras que se oyen en las librerías

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Por no mencionar al perro, de Connie Willis

El historiador Ned Henry ha sobrepasado con creces los cuatro saltos temporales por mes que decretan los médicos en la red por culpa de la búsqueda del tocón del pájaro del obispo. Faltan apenas quince días para la inauguración de la reconstrucción de la catedral de Coventry y Lady Schrapnell, la mecenas que financia y supervisa, sigue obsesionada con encontrar esa horrible obra de arte victoriana que se perdió en los incendios de los bombardeos de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña en 1940. Cuando Henry regresa a la actualidad, el año 2057, los médicos le diagnostican vértigo transtemporal agudo y le recetan dos semanas de intenso descanso. El exhausto historiador sabe que no podrá descansar a menos que se escape del delirio de Lady Schrapnell así que corre al laboratorio central de saltos temporales y le pide ayuda al director, el señor Dunworthy. Dunworthy, alarmado por la cantidad de saltos de Henry y viendo su lamentable estado, decide enviarlo a la época victoriana para que pueda descansar. Pero justo en esos momentos, aparece la agente Verity con un problema de trasferencia y el señor Dunworthy decide matar dos pájaros de un tiro: mandar a Henry al 7 de junio de 1889, a Oxford, para que descanse en la Inglaterra victoriana y de paso solucione la pequeña trasgresión de Verity. La cuestión es que Ned Henry, por culpa de su vértigo transtemporal, no entiende el alcance de su sencilla misión y aparece en medio de la apacible campiña inglesa de finales del siglo XIX sin tener ni idea de lo que se espera de él.
«-Es del siglo veinte -dijo ella-. Lo que significa que está fuera de su área. No puedo autorizar su marcha sin preparación.
-Bien -el señor Dunworthy se volvió hacia mí-. Darwin, Disraeli, la cuestión india, Alicia en el país de las maravillas, Turner, Tennyson, Tres hombres en una barca, miriñaques, croquet…
-Limpiaplumas – dije yo.
-Limpiaplumas, tenacillas para el pelo, tapetes de ganchillo, el príncipe Alberto, chaqués, represión sexual, Ruskin, Fagin, Elizabeth Barrett Browning, Dante Gabriel Rosetti, George Bernard Shaw, Gladstone, Galsworthy, el renacer gótico, Gilbert y Sullivan, tenis sobre hierba y sombrillas. Ya está -le dijo al serafín-. Está preparado.«

 

A veces, cuando cierras un libro que has terminado de leer vives varios días más dentro de su universo, codeándote con sus personajes, reviviendo diálogos y situaciones. Incluso sientes nostalgia de pasar sus páginas, de seguir inmersa en su genial aventura, y te cuesta empezar una nueva lectura porque ¿cómo vas a querer dejar atrás a Ned Henry y a Verity, a la insufrible Tossie y al enamoradizo Terence, al perfectísimo Baine, al temperamental Cyril, al despistado profesor Peddick, a Princesa Arjumand o al increíble Finch/Jeeves? Por no mencionar al perro, de Connie Willis es ese tipo de libro.
Genial, divertido, con una trama original y unos personajes extraordinarios, Por no mencionar al perro es una novela que me parece del todo imprescindible para aquellos que saben disfrutar de Wodehouse, Stella Gibbons, Jerome K. Jerome, Edmund Crispin, E.F. Benson, D.E. Stevenson, Arnold Bennett, etc. Y es que esta estupenda novela de Connie Willis no solo es un simpatiquísimo homenaje a Tres hombres en una barca de Jerome sino que recoge con gran acierto y encantadores guiños la mejor tradición literaria inglesa de la sátira, la ironía y el humor.
Desde las referencias al Jeeves de Wodehouse, o a La Piedra lunar de Wilkie Collins, hasta las constantes menciones de autores y obras de la Inglaterra de los siglos XIX y XX, pasando por las bromas a costa de la huída de Elizabeth Barrett Browning o a las ocupaciones de Charles Dodgson, y hasta la aparición estelar en el Támesis de los protagonistas de Tres hombres en una barca (novela a la que Por no mencionar al perro debe su título, su inspiración, su espíritu y su divertidísimo homenaje), entre otros muchísimos más detalles, Willis ofrece al lector un constante juego metaliterario en diálogos desternillantes o comparaciones divertidísimas que se ganan la complicidad del lector desde las primeras páginas. Una gata llamada Princesa Arjumand, una matrona victoriana afecta al espiritismo que crítica a Arthur Conan Doyle, un duro enfrentamiento entre teorías históricas (Overforce vs Peddick), un joven que habla con citas de Tennyson, un secretario del siglo XXI que siempre ha querido ser como Jeeves… Las páginas de esta estupenda novela de humor están llenas de personajes extraordinarios y situaciones cómicas marcadas por dos constantes debidas al destino: la búsqueda de una obra de arte horrible (y por ello indestructible)
«-Las cosas horribles no se destruyen nunca -continuó ella-. Era una ley. La estación de St. Pancras no resultó afectada por el Blitz. Ni el Albert Memorial. Y esto sí que es horrible.«
y salvaguardar el continuum histórico propiciando que la bella pero tonta Tossie (¡Por todos los dioses! ¿qué nombre es Tossie?) conozca a su marido, un señor del que los historiadores solo saben que su apellido empieza por «C».
«-¿Quién es ese señor Chips o Chesterton o Coleridge con quien se supone que va a casarse?»
 
«-Y si encuentra a alguien llamado Chaucer o Churchill, envíelo a Muchings End.»
No importa si el lector adivina quién es ese futuro marido antes de la mitad de la novela, Por no mencionar al perro es tan divertida, interesante, simpática, original y genial que no podrá dejar de seguir leyendo con idéntico entusiasmo.
Lector, hacía tiempo que no me divertía tanto con una novela.
Nota: Esta reseña es de esas que siempre tenemos la sensación de que se nos quedan cortas y cojas. Me ha gustado tanto este libro, y quiero recomendároslo por tantas cosas, que seguro que podría haberlo hecho muchísimo mejor pero me ha podido el entusiasmo. Disculpa lector, ¡pero que gustazo encontrarse de vez en cuando con lecturas como esta!
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Por no mencionar al perro

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Ex-libris. Confesiones de una lectora, de Anne Fadiman

En diecisiete artículos recogidos en este delicioso libro, Anne Fadiman escribe desde una perspectiva muy personal sobre la pasión de cualquier lector recalcitrante: los libros. Lo difícil que resultó integrar dos extensas bibliotecas en una cuando se casó con su marido, George Howe Colt, también lector incansable; las manías de sus padres y hermanos con la exactitud de las grafías y su fiebre correctora en cualquier circunstancia; la extraña manía de grandes escritores por el plagio cuando no lo necesitaban y la injusticia del robo de las experiencias de su madre; los recuerdos de infancia construyendo castillos con los tomos paternos de Trollope y la manía bibliófila de sus propios hijos; Ex-libris. Confesiones de una lectora recoge la maravillosa y excéntrica relación de Anne Fadiman con los libros, una relación única que cada lector vive a su propia manera, y recoge un sin fin de anécdotas literarias curiosas (Gladstone, Walter Scott, George Orwell, Rudyard Kipling, Coleridge, Keats…) y casi desconocidas que dejan la sonrisa en los labios y mucha dulzura (lectora) en el corazón. El título original, Ex-libris. Confessions of a common reader, hace referencia y homenaje al The common reader de Virginia Woolf.
«Un día, mientras Sir Walter Scott estaba de caza, le vino a la cabeza una frase que había estado intentando componer durante toda la mañana. Antes de que se le escapase, disparó a un cuervo, le arrancó una pluma, le limó la punta, la mojó en la sangre del pájaro y cazó la frase.«

Esta es la edición que tengo en mis manos, de Eumo editorial (Grup 62), en catalán. Alba editorial tiene edición en castellano.

Anne Fadiman nació en Connecitut y se educó en Harvard, desde los 17 años sabía que quería ser escritora. Es hija de Clifton Fadiman, un reconocido hombre de letras en Estados Unidos, y de Annalee Jacoby, corresponsal del Time en lejano Oriente durante la II Guerra Mundial. Maniática correctora, lectora de rarezas, enamorada de los libros sobre el Polo Norte y sus expediciones, amante de las librerías de viejo, feliz de anotar en los márgenes de sus obras preferidas, Anne Fadiman abre la puerta de su casa, de su biblioteca y de su familia al lector para compartir con él unas estupendas horas de conversación sobre una pasión común: los libros.

«Los exploradores con éxito no me acaban de interesar (…). Claro que no te interesan -dice George-, eres una romántica ¿Qué hay de romántico en un tío que quiere ir a algún sitio y llega?«
Y es que Anne Fadiman, por mucho que coma en la cama mientras lee o confiese su debilidad por los catálogos postales, es una romántica empedernida que uno imagina con ojos brillantes al hablar de Keats, de Coleridge o de Wordworth, y felizmente empolvada por entre los pasillos con olor a papel viejo de las librerías de segunda mano. Ex-libris. Confesiones de una lectora es un libro para disfrutar página a página, que encantará a cualquier lector porque, como bien dice su autora, eso es lo que anhela el corazón de cualquier buen lector «libros que hablen de libros».
Lector:  lo único malo de este libro es que echas terriblemente de menos a todos los Fadiman cuando lo terminas.
Nota: Me gustaría destacar la extraordinaria labor de la traductora de esta edición (Eumo Editorial, Col. Capsa de Pandora (Universitat de Vic) Marzo, 2000), que he tenido el gusto de disfrutar, Carlota Torrents. Sus notas al final del libro, la traducción de los títulos que menciona Fadiman y sus anotaciones sobre juegos de palabras y menciones literarias son estupendas y hechas con el respeto que se merece la inteligencia de cualquier lector.
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El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartin Fenollera

La señorita Prudencia Prim cree que vive en un siglo equivocado, en un tiempo en el que la delicadeza y la búsqueda de la belleza han dejado de ser valores importantes. Por eso, cuando llega a San Ireneo de Arnois, un pequeño pueblo de habitantes peculiarmente amables y poco convencionales, decide probar suerte y conseguir el trabajo de bibliotecaria que allí se ofrece pese a no cumplir casi ninguno de los requisitos que solicita el anuncio:
«Se busca espíritu femenino en absoluto subyugado por el mundo. Capaz de ejercer de bibliotecaria para un caballero y sus libros. Con facilidad para convivir con perros y niños. Mejor sin experiencia laboral. Abstenerse tituladas superiores y posgraduadas.«

La señorita Prim, que consigue el trabajo en contra de todas las expectativas, se sumerge en una pequeña comunidad de espíritus inquietos y libres que sueñan con vivir según principios mucho más lógicos que los rigen el siglo XXI en occidente. Curiosa y apasionada, Prudencia encontrará personas de las que aprender y con quiénes compartir, pero también se topará con las firmes (y opuestas a las suyas) convicciones de su jefe, el hombre del sillón, con quien mantendrá intensas discusiones sobre lo humano y lo divino ¿Es posible cambiar nuestra manera de mirar el mundo en nuestra madurez cognoscitiva e intelectual?
«-Dígame, Horacio… ¿hay algo más que yo debiera saber sobre este pueblo?
-Desde luego que lo hay, querida -contestó él con un guiño mientras se disponía a apurar su bebida-. Pero no pienso decírselo.«
Prudencia Prim es una mujer intensamente titulada que se reconoce intransigente desde las primeras páginas de esta novela: se afirma reacia a modificar su juicio sobre las cosas. Pero también es una persona que cree en la delicadeza y en la búsqueda de la belleza. Por eso, pese a su intransigencia consigo misma y con los demás, resulta toda una sorpresa lo que descubre sobre sí misma en San Ireneo: pese a su delicadeza, lleva años practicando una hipocresía social, y precisamente debido a su extensa formación acádemica, se ha vuelto ciega a la belleza. Con un personaje tan rotundo y fuerte como la señorita Prim no es extraño que esta novela arranque con tanta fuerza y brillantez y mantenga la ávida atención del lector más curioso señalándole cuestiones diversa sobre nuestros apretados corsés educativos y culturales.
El despertar de la señorita Prim es una novela distinta y acogedora, que gusta por los debates entre la razón y la ciencia, y lo espiritual y lo filosófico. El hombre del sillón y la señorita Prim se miden en tremendos duelos dialécticos pero también  se contradicen y se admiran mutuamente precisamente por sus contradicciones y sus diferencias (atención a la recomendación de Mujercitas por parte de una Prudencia que es pura razón). Natalia Sanmartin Fenollera trata con suma originalidad y frescura temas como la búsqueda de la belleza en nuestro siglo, una reflexión sobre el sistema educativo actual, la recuperación de valores tradicionales bien razonados o la amabilidad del trato social despojado de falsedad (perfecto y acogedor para el lector ese apunte Feelgood de pastelillos y chocolates a la taza junto a una chimenea encendida).
«La tradición no tiene edad, es la modernidad la que envejece.«
Natalia Sanmartin convence al lector con un estilo rico, una prosa fluida y bien construida que da credibilidad a los peculiares personajes que pueblan San Ireneo y que dota de una perfecta ambientación una trama distinta con ecos de buena novela decimonónica. Una novela en la que se trata con una delicadeza exquisita los planteamientos de Santo Tomás (entre otros), y en la que la autora hace todo un arte del «decir sin decir»; sobre todo en lo que a espiritualidad religiosa se refiere, intensamente presente en toda la novela pese a que en ningún momento Sanmartin escribe explícitamente sobre ella. Y de fondo y forma la presencia continua de Jane Austen: Darcy como perfecto modelo masculino, la visión femenina de la sociedad de su siglo como un punto de vista diferente y enriquecedor, etc.

Lector, pasa a tomarte un chocolate a la taza y bizcochos de nata con los habitantes de San Ireneo; deja que el tiempo se detenga y la búsqueda de la belleza no sea algo postergado por el estrés de nuestras vidas.Muchas gracias a MaraJss por su recomendación: me dijiste que me gustaría y… acertaste de lleno.

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