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El gran misterio de Bow, de Israel Zangwill
La señora Drabdump, la viuda fatalista que regenta la casa de huéspedes de Glover Street, en el barrio londinense de Bow, se levanta tarde una mañana de niebla. Solo se ha retrasado unos treinta minutos de su horario habitual pero sube las escaleras hasta el cuarto del señor Constant cargada de malos presagios. Y quizás por la niebla o quizás por la fatal intuición, el señor Constant no se despierta. De hecho, el pobre señor Constant, un buen hombre entregado a las causas más nobles de la lucha obrera de finales del siglo XIX, no se despertará nunca más con niebla o sin ella. La señora Drabdump se apresura a llamar a su vecino, el detective jubilado Grodman, quien dará parte a Scotland Yard en cuanto compruebe que, efectivamente, Constant está muerto en su cama. El problema es que la habitación del difunto se hallaba cerrada por dentro y que el enorme tajo de su garganta no indica que haya sido precisamente un suicidio.
«-Bueno, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo?
-¿Por qué lo pregunta? ¿Qué debería haber estado haciendo?
-¡Cómo iba yo a saber lo que había sido de usted! Pensé que se trataba de otro asesinato.
-¿Qué? -el vaso de Denzil se hizo añicos contra el suelo-. ¿Qué quiere decir?
(…)
-¿Qué quiero decir? ¡Solo que no habría estado mal si le hubieran asesinado!
-Sin duda tiene usted unas ideas horribles.
-Sí, pero ciertamente prácticas -replicó la señora Crowl, que no había vivido tantos años con Peter en vano-. Y si no le han asesinado, ¿a qué se ha dedicado entonces?«

El sentido del humor y la visión tragicómica de las obras de Israel Zangwill (Londres, 1864 – Midhurst, 1926) caracterizan a este autor con originalidad e ingenio incluso cuando aborda novela policíaca. Si bien El gran misterio de Bow se presenta como «Una de las soluciones más brillantes al juego del cuento policial» (según cita Jorge Luis Borges), lo cierto es que el lector va disfrutar tanto o más de sus divertidísimos diálogos y de la ironía, el cariño y la sátira con la que Zagnwill describe a sus personajes.
«Al igual que los reyes y los editores, los detectives son difíciles de abordar (a menos que sea usted un criminal, en cuyo caso no verá jamás ninguno).«
«Hay tres razones por las cuales los hombres de genio tienen el pelo largo. Una de ellas es que se olvidan de que les está creciendo. La segunda es que les gusta. La tercera es que resulta más barato, de modo que lo llevan así por la misma razón por la que no cambian de sombrero.«
Una viuda nacida para ser viuda, dos inspectores de policía que se odian cordialmente, un poeta de melena desastrada y sin blanca a quien las criadas del barrio de Bow exprimen misteriosamente y sin compasión, dos líderes laboristas enfrentados, la aparición estelar del mismísimo primer ministro William E. Gladstone (minimizado precisamente por los dos líderes obreros) y una bella heroína desaparecida son algunos de los simpatiquísimos y carismáticos personajes que intervienen en este misterio de «asesinato a puerta cerrada».
Lector, para pasártelo en grande con el sentido del humor del ingenioso señor Zangwill. Ah, bueno, sí, y también para comprobar si eres capaz de resolver el asesinato antes de que el autor te cuente la solución.
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Aquí hay veneno, de Georgette Heyer
El detestable señor Gregory Matthews comparte la mansión Poplars con su hermana soltera Harriet, una loca del ahorro compulsivo, su coqueta e hipocondríaca cuñada Zoe y los dos hijos de esta, Stella y Guy. Todos en la casa (y fuera de ella) tienen sobrados motivos para tenerle cierta inquina: Zoe —que piensa que heredará la mansión— y Guy están en contra de sus planes para enviar a este último (un desastre andante) a Brasil para que se convierta en un hombre de provecho; Stella no consigue convencerle de que apruebe sus planes de boda con el doctor Fielding; Harriet le tiene por un derrochador; su otra hermana, Gertrude, que vive a unas calles de distancia, es tan insoportable como él mismo; y su sobrino preferido, el odioso Randall Matthews, se ha convertido en su heredero pese a las discusiones que mantiene con él y justo cuando se rumorea sobre sus problemas financieros. Cuando Gregory Matthews aparece muerto en su propia cama con evidentes síntomas de haber sido asesinado, el inspector Hannasyde de Scotland Yard lo va a tener muy difícil para reducir la lista de sospechosos con tantas personas alrededor con excelentes motivos para desear la muerte del patriarca.
«—¡Ah, ya veo! —exclamó Giles y sonrió—. Usted querría que se descubriera el cadáver in situ, con una carta incriminatoria en la papelera, un vaso con restos de veneno en la mesita de noche, y todo protegido bajo llave hasta que llegara usted.
Hannasyde rio a regañadientes.
—Bueno, reconocerá que la investigación sería mucho más fácil.»

Georgette Heyer (Londres, 1902 – 1974) empezó a escribir para entretener a su hermano mientras se recuperaba de una larga enfermedad y fue su padre quién la animó a publicar. Desde que en 1921 publicó La polilla negra, Heyer se convirtió en una escritora de bestsellers llegando a ser el sustento de toda su familia tras la muerte de su padre. La autora solía recrear casi todas sus novelas en la Regencia, una época en la que se dio cierto relajamiento de las costumbres entre las clases altas, sobre todo si se comparaba con la rigidez de la época victoriana posterior. Sin embargo, no es el caso de Aquí hay veneno, una entretenidísima novela policíaca en el Londres de los años treinta del siglo XX.
Divertida y con una excelente dosificación del misterio y de la investigación policial, Aquí hay veneno plantea el asesinato de Gregory Matthews, un señor tan antipático que hasta el propio lector acabará por tenerle simpatía a todos sus posibles asesinos (que no son precisamente pocos). ¿Por qué recomiendo esta novela? Pues por sus divertidísimos diálogos (y advierto al lector de que el 90% de la novela es dialogada, de hecho podría ser perfectamente una obra de teatro), los simpatiquísimos hilos argumentales secundarios, el ingenio de Georgette Heyer a la hora de construir sus estupendos personajes, el discreto encanto del inspector Hannasyde y, sobre todo, porque es una lectura amable y entretenida que viene muy bien tenerla a mano en un parentésis de lecturas más sesudas o en un repentino ataque de odio hacia la humanidad en general.
«—Guárdate las explicaciones hasta que te hayas quitado ese sombrero y empolvado la nariz.
—No voy a quitármelo. Sólo me quedaré unos minutos.
—Te quedes un minuto o una hora, me niego a sentarme y tener que mirar esa discordante atrocidad.«
Lector, divertida, entretenida y sin odiosas descripciones. Recomiendo tenerla a mano para casos de urgencia.
Decidí leer esta novela por la buena recomendación de Carmen en Carmen y amig@s.
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Los perales tienen la flor blanca, de Gerbrand Bakker
Los gemelos Klaas y Kees juegan a «Negro» con su hermano menor, Gerson. Cierran los ojos, posan sus dedos sobre la rugosa corteza del haya del jardín de su casa y se marcan una meta a la que llegar sin ver. Su padre, Gerard, trabaja demasiado, y su madre hace tiempo que les abandonó, se marchó con un extranjero a vivir a Italia. Daan, el pequeño perro que adora a Gerson, todavía la echa de menos, era la que mejor olía de la familia. Un fin de semana, todos suben al viejo coche de Gerard —cuatro hombres en una cafetera— y ponen rumbo a la casa junto al lago que tienen sus abuelos paternos. No hay prisa, a Gerson no le gusta la velocidad, y la ruta turística pasa por un campo de perales en flor; nadie sospecha que esas flores blancas serán lo último que verá Gerson; esas flores blancas que marcaran el momento en el que todo cambió: «Vivimos en un mundo que está hecho para ser visto y no nos dimos cuenta hasta que Gerson se quedó ciego.«
«No sabemos si es posible, pero si lo es, Gerard amaba su coche de color moco. Y quería que nosotros compartiéramos la sensación, por eso siempre tenía algo que decir cuando nos poníamos manos a la obra con la manguera y la aspiradora. Pero nosotros, y Gerson también, preferíamos a madre. Nuestra madre, que un día desapareció en el coche grande y brillante y no regresó jamás.«

Editorial: Rayo Verde
Colección: Rayos Globulares
ISBN: 978-84-15539-99-5
Género: Novela
Publicado en septiembre de 2015
160 páginas
Gerbrand Bakker (Países Bajos, 1962) es filólogo, jardinero e instructor de patinaje. Sus dos novelas anteriores, Todo está tranquilo arriba y Diez gansos blancos han sido galardonadas con varios premios de la crítica. La editorial Rayo Verde, señala al final de Los perales tienen la flor blanca que esta novela se recomienda a los adolescentes neerlandeses por su sencillez y su emotiva historia.
Y sí, es cierto, el lector que empieza a leer Los perales tienen la flor blanca se encuentra con frases cortas y sencillas, claras, brillantes y con una fuerza emocional impactante. Tres adolescentes y un perro se alternan en la voz del narrador y esa es la razón de tanta sencillez: sus sentimientos son complejos pero su lenguaje todavía no tiene los matices de una complejidad adulta. Por eso he disfrutado especialmente de lo mucho que Bakker hace sentir y comprender al lector con tan poco; por ejemplo, Bakker jamás escribe que el dolor de los niños por el abandono materno es insoportable y duradero, inconsolable, pero a través de las palabras de los protagonistas se adivina su soledad (sobre todo la de Gerson), su añoranza, su orfandad, su ardiente anhelo por el regreso de la madre que se marchó. Resulta significativo que los niños llamen a su padre Gerard en lugar de papá cuando sí que ejerce de padre, mientras que a la madre ausente, que no ejerce, se refieren siempre como mamá.
Sin duda una historia conmovedora sobre la soledad, sobre el camino de Gerson en la percepción de esa soledad desde su infancia —su comprensión de que ser hermano de dos gemelos lo condena a sentirse solo—, pasando por el abandono de su madre, hasta culminar en el horror de la ceguera, el desencadenante final del aislamiento más absoluto.
Lector, una novela profundamente triste contada con la pureza intencionada de las voces de tres muchachos y un perro.
Nota: Resulta especialmente curiosa la imposibilidad de discernir entre las voces narradoras de los gemelos; son tan gemelos, están tan unidos, que el lector jamás sabrá quién de los dos (Klaas o Kees) es quien está hablando o cuándo pasa el testigo a su alter ego para continuar con la narración. También los fragmentos narrativos de Daan, el perro, son peculiares, pero sin duda es la voz de Gerson la que transporta al lector a las aguas más profundas.
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El cas misteriós del Dr. Jekyll i Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson
Mr. Utterson es un notario londinense severo, serio y austero que, sin embargo, cuenta con la estimación de muchos amigos por su talante compresivo y humanitario, su tendencia a entender y perdonar los impulsos menos bondadosos de sus semejantes. Un día, paseando por las calles de Londres, Mr. Enfield, un buen amigo y pariente, le relata el inquietante episodio de un hombre misterioso que atropelló a una niña pequeña en plena noche sin inmutarse. Mr. Utterson se queda intrigado por el relato de su amigo por varias razones: el desconocido malhechor había causado una sensación de horror, rechazo y asco en el sobrio Mr. Enfield, había pagado un cheque de indemnización firmado por su buen amigo el Dr. Jekyll y vivía en una vieja casona que el notario conocía bien. Preocupado por el bienestar del buen Dr. Jekyll y como depositario de su testamento, Mr. Utterson decide investigar un poco más sobre el caso del espantoso desconocido. Pero la verdad a veces es tan terrible que quizás debería permanecer por siempre en las sombras.
«Ya desde el primer aliento de esta nueva vida me di cuenta de que era mucho más perverso, diez veces más perverso, como un esclavo vendido a la maldad original; y solo este pensamiento me tonificaba y me alegraba como el vino.«

Cuenta Salvador Oliva en el prólogo de la magnífica edición de Quaderns Crema de El cas misteriós del Dr. Jekyll i Mr. Hyde que Vladimir Nabokov consideraba esta novela de Robert Louis Stevenson como una «novela de estilo». Decía Nabokov que como policíaca resultaba aburrida y como parábola, de mal gusto. Y aunque el señor Barbusse ya me advirtió acertadamente que Nabokov no siempre era precisamente brillante en sus observaciones literarias sobre otros autores, creo que el lector no debería abordar este libro desde ninguna de esas dos perspectivas, es decir, la policíaca o la parábola.
El cas misteriós del Sr. Jekyll y Mr. Hyde funciona muy bien como reflexión moral y como historia de terror, si bien es cierto que la prosa de Stevenson es magnífica en esta obra (de ahí la observación de «novela de estilo») y que las múltiples adaptaciones cinematográficas, teatrales y literarias de esta historia nos haya deslucido un poquito el misterio. En este sentido, la novela de Robert Louis Stevenson no ha resistido tan bien el paso del tiempo y las deformaciones del mito como el Frankenstein de Mary Shelley porque mientras que este último sigue siendo el libro más terrorífico jamás escrito, la dualidad del Dr. Jekyll y Mr. Hyde no resiste bien que el lector sepa lo ocurre desde antes de abrir el libro. Frankenstein fue escrita en 1816 y la novela de Stevenson en 1886 y ambas comparten el desafío de las leyes divinas por parte del hombre y de los avances de su ciencia (la eterna discusión entre ciencia y moral). Tanto en la novela de Shelley como en la de Stevenson, sus protagonistas, Victor Frankenstein y Henry Jekyll, a través de la ciencia, crean vida en sus laboratorios jugando a ser dioses.
«La mala conciencia es la gran enemiga del reposo. ¡Ay, señor, cada paso está lleno de sangre derramada!«
De todas formas, El cas misteriós del Dr. Jekyll i Mr. Hyde se disfruta porque es una novela de Robert Louis Stevenson, por supuesto, pero también por su elegante ejercicio narrativo. La descripción de los personajes es extraordinaria («Mr. Utterson, el notario, tenía una expresión tan servera que nunca le quedaba iluminada por una sonrisa; era frío, parco i tímido en la conversación; reprimido en sentimientos; alto, delgado, apagado y monótomo; y, pese a todo, de alguna manera se hacía querer.«) y la atmosfera de opresión, misterio y terror flota espesa por encima de toda la historia como la niebla «puré de guisantes» del Londres de finales del siglo XIX. De hecho, la misma ciudad es uno de los protagonistas de la historia, con sus calles tocadas por las lúgubres brumas, las noches frías y oscuras, sus casas abandonadas o decrépitas, la entrada al laboratorio de disección, sus barrios más tenebrosos, el inquietante resonar de los pies de Mr. Hyde en sus correrías nocturnas o los golpes sordos de su bastón contra la carne. Porque no solo causa inquietud Mr. Hyde o ese Londres tocado por la oscuridad, sino que detrás de todo buen vecino hay un brillo de maldad (atención a las reacciones de los personajes cuando hablan con Mr. Hyde, parece que consigue hacer salir a la luz los peores deseos de cada uno de ellos).
Lector, un clásico con disquisiciones morales para disfrutar sin prisas.
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El extraño caso del Dr. Jeckyll & Mr. Hyde (Clásicos ilustrados)
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