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Las cuatro Gracias, de D.E. Stevenson
El simpático y trabajador reverendo Grace ha sido bendecido con cuatro encantadoras hijas, fuente de toda su alegría y preocupación: Liz, Sal, Tilly y Addie. Liz es guapa, alta y fibrosa, y le encanta trabajar en la granja y los campos de Chevis Place, el terrateniente del pueblo. Sal es sensible y delicada, el principal pilar de su padre (por lo mucho que congenian pero también por la administración del hogar) y con unas habilidades sociales tan excelentes que todos los habitantes de Chevis recurren a su buen tacto cuando tienen cualquier problema con sus vecinos. Tilly es tímida y prefiere tocar el órgano en la iglesia antes que participar en la vida social de sus hermanas. Y la pequeña Addie acaba de ingresar en el cuerpo de voluntarias y ha sido movilizada a Londres temporalmente. Inglaterra acaba de entrar en la Segunda Guerra Mundial y la apacible vida rural de las Grace se ve dramáticamente interrumpida por la indeseable visita de la tía Rona, quien dice necesitar asilo desde que los bombardeos sobre Londres destruyesen todos los cristales de su residencia en la ciudad (aunque las hermanas sospechan de que tiene otros espeluznantes planes adicionales). La llegada de un torpe y simpático arqueólogo de Oxford, amigo del reverendo, para estudiar un yacimiento cercano, y las insistentes visitas de un capitán a punto de ser destinado a Birmania, acaban por trastocar la paz de las encantadoras y divertidas Grace.
«—(…) Dice que tengo un futuro verdaderamente fabuloso. He nacido bajo el signo de Leo, y por eso soy muy valiente, y voy a tener siete hijos.
—Para eso hace falta mucho valor —dijo el señor Grace con seriedad—. Para mí cuatro hijas ya son algo más de lo que puedo soportar sin grandes fatigas.
—Mi marido será alto —siguió Tilly—. Alto y moreno… y me querrá con pasión. Y ahora mismo no me acuerdo de nada más.
—Tienes bastante para seguir adelante con lo que recuerdas —dijo el señor Grace.«

Dorothy Emily Stevenson publicó por primera Las cuatro Gracias en 1946 y cuando le preguntaron si consideraba que se trataba de una comedia no supo qué responder. Las cuatro Gracias está ambientada en el verano más terrible de la Segunda Guerra Mundial, y el esfuerzo y el sufrimiento bélico de los británicos está muy presente en cada una de sus páginas: las cartillas de racionamiento, las largas colas para conseguir escasos alimentos, las colectas para la Cruz Roja, niños de Londres asilados en casas rurales para alejarlos de los bombardeos y de la mala alimentación, jóvenes soldados separados de sus familias para dirigirse al frente, etc. Y, sin embargo, D.E. Stevenson reconoce que sus protagonistas son felices y se burlan de nimiedades pero también son capaces de encontrar una vuelta humorística incluso a los momentos más sombríos de la guerra. Y es que la autora es una firme partidaria del humor incluso en los tiempos más difíciles, del humor como arma imprescindible de la esperanza y del entretenimiento (porque no solo de grandes volúmenes históricos vive el hombre).
Las cuatro Gracias, escrito y publicado originalmente con posterioridad a El libro de la señorita Buncle (1934) y a sus dos secuelas (El matrimonio de la señorita Buncle (1936) y Las dos señoras Abbott (1943)) es, sin embargo, una novela aparentemente más ligera y divertida (más alocada, si se prefiere) que las anteriormente mencionadas. Y, sin embargo, el lector volverá a encontrar ese encanto tan british y tan peculiar de la campiña inglesa de principios y mediados del siglo XX pese a la alargada sombra de la guerra europea. Sus personajes carecen de la inquina que el lector podía encontrar en algunos vecinos de Silversteam o del Riseholme/Tilling de Benson (Reina Lucía, La señorita Mapp, etc.) y, sin embargo, los malentendidos y las contrariedades sociales están a la orden del día alrededor de las hermanas Grace. Lo mejor, sin duda, las conversaciones entre las cuatro Grace y las extraordinarias respuestas del vicario a sus feligreses, pero también merece especial atención la aparición del bueno de William o el concurso de tobillos de Tilly o el pequeño y burlón homenaje a Jane Austen y su Emma.
Lector, charm, charm, charm… y excelente y delicado humor inglés. No me digáis que una novela que está dedicada «A la liebre de marzo, con mucho cariño» no os tienta…
Un lujazo que Alba Editorial, en su colección rara avis, nos traiga en castellano (y con tan buenas traducciones) algunas de las novelas de D.E. Stevenson ¿Se atreverá pronto con The English air? Esperemos que sí, yo cruzo los dedos… y voy preparando la hucha.
Nota: Los rendidos admiradores de los tres libros de la señorita Buncle disfrutarán doblemente de esta encantadora lectura pues Stevenson les dedica un guiño cómplice con el «cameo» de algún que otro personaje y detalles curiosos como el de la novelista misteriosa Janetta Walters.
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Guía del mal padre, de Guy Delisle
¿Qué haces cuándo tu hijo hace preguntas sobre la logística del Ratoncito Pérez o la personalidad del Conejo de Pascua? Pues mentir como un bellaco, por supuesto; al igual que cuando su hermana pequeña va a clase de natación y le aseguras que vas a estar todo el tiempo mirándola y animándola desde las gradas cuando en realidad te vas a tomar un café. Pero es que a veces, la medida de un buen padre está en saberse cómo pasar el nivel tres del bosque de las hadas de Zenda en lugar de compartir tus cereales especiales con esos mocosos que viven contigo.

Guy Delisle (Quebec, 1966) estudió artes plásticas en Canadá y su carrera profesional siempre ha estado ligada al mundo del cine y la ilustración. Tras recorrer medio mundo y publicar sus viñetas sobre sus excéntricos peregrinajes, se ha establecido en la localidad francesa de Montpellier, junto a su mujer y a sus dos hijos. Guía del mal padre quizás no sea tan exótica como sus cuadernos de viajes pero seguramente es la más conmovedora y universalmente divertida porque la relación paterno-filial se entiende en todos los idiomas.
Con un sentido del humor algo negro en ocasiones (como las diversiones canadienses o el saco del boxeo) pero siempre dotado de un fondo de ternura y mucha socarronería, Delisle regala al lector casi doscientas páginas de viñetas con las desventuras cotidianas de un padre y sus dos hijos pequeños (niño y niña). Un bombón de libro que se termina en un suspiro y que se disfruta con una sonrisa en los labios y una carcajada por lo inesperado de algunos desenlaces.
Lector, imprescindible para los todos los padres del mundo.
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Número cero, de Umberto Eco
Colonna, un hombre en la cincuentena que siempre se ha considerado un perdedor por su manía de adquirir conocimiento («Cuánto más sabe uno es que peor le han ido las cosas.«) en detrimento de las titulaciones académicas oficiales, recibe un curioso encargo del periodista Simei: convertirse en el redactor jefe de Domani, un nuevo diario al servicio de un poderoso empresario. La paga es más que generosa porque el encargo es doble ya que además de sus labores en la redacción del periódico debe escribir un libro sobre cómo Simei creó el diario desde cero gracias a sus brillantes dotes periodísticas. Pero en abril de 1992 la crisis de los medios escritos es ya más que evidente, la televisión y la radio (los medios de comunicación online de masas no se generalizarían hasta el cambio de siglo) aportan una inmediatez contra la que resulta imposible competir. Por eso Simei apuesta por un análisis de las noticias, un enfoque de suposiciones, rumores, manipulación y casi invención de las noticias siempre a beneficio de su patrón. En la redacción, Colonna conoce al que será su equipo: Maia Fresia, una joven peculiar y con mucho encanto procedente del mundo de las amistades afectuosas del papel couchê; Romano Braggadocio, un fanático de las conspiraciones; Cambria, el de las preguntas inútiles; Palatino, el de los crucigramas; Constanza, un corrector en paro porque en 1992 ya ningún diario lee sus propios artículos; y Lucidi, de quien se rumoreaba que formaba parte de los servicios secretos y de información (para desesperación del pobre Braggadocio). Con semejante equipo, Simei y Colonna se proponen llevar a cabo doce números cero del nuevo periódico con la filosofía mercenaria de que «No son las noticias las que hacen el periódico sino que es el periódico el que hace las noticias.«
«El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Sucede el hecho X, no puedes obviarlo, pero, como pone en apuros a demasiada gente, en ese mismo número te marcas unos titulones que le ponen a uno los pelos de punta: madre degüella a sus cuatro hijos, quizá nuestros ahorros acaben en cenizas, se descubre una carta de insultos de Garibaldi a Nino Bixio y, hala, tu noticia se ahoga en el gran mar de la información.«

Conocí a Umberto Eco en el primer curso de periodismo, cuando las teorías de la comunicación y la historia de los mass media nos hacían bostezar; hasta que llegaron Noam Chomsky y Eco. Chomsky era el lingüista por excelencia, enriquecedor y profundo, de estructuras casi arquitectónicas, como de constructor de la Sagrada Familia, te dejaba boquiabierta, pero Eco… Eco siempre era Eco. Divertido, directo, contundente y con esa manera tan clara de explicarse que hasta los alumnos de primero de periodismo éramos capaces de entenderle y sorprendernos gratamente por ello. Hasta que conocimos a Eco no tuvimos ni idea de lo que era un mass media de finales del siglo XX ¡Que genial hubiese sido conocerle en pleno fervor de los diarios online! Él que andaba preocupado, por aquel entonces, por la reinterpretación del papel de la prensa escrita frente a la inmediatez de radio y televisión.
Número cero no pretende ser un análisis del mundo periodístico, ni mucho menos, ni siquiera una reflexión sobre el quinto poder y sus profesionales. Sobre todo porque está ambientado en 1992 y además porque se trata de una novela de ficción, tocada por el socarrón sentido del humor tan característico de Umberto Eco, esa actitud de divertimento de un autor que cuando escribe ficción es porque disfruta con ello. Si bien es cierto que los protagonistas hablan con soltura de términos periodísticos muy de moda en la época —esos mismos que tan excelentemente nos explicaba Eco a los alumnos de periodismo— como el agenda setting, la reinterpretación de la prensa escrita vs la inmediatez de televisión y radio, la creación de noticias por acumulación e intención, etc., «la moraleja» final de la historia (que la tiene) no es ni mucho menos periodística sino muy humana. A mí casi me ha parecido una parábola sobre la crisis y la corrupción actual solo que explicada en 1992 porque, al fin al cabo, no hay nada nuevo bajo el sol y los europeos somos mucho de repetir nuestra propia Historia una y otra vez.
Aclarado este punto, creo que Número cero es una novela para pasarlo bien. Desde las anécdotas académicas de Colonna y sus ejemplos periodísticos —atención a la magnífica carta de Julio César de la página 61—, hasta el paseo nostálgico por las calles más bohemias de Milán, pasando por la delirante historia conspiratoria de Braggadocio (una excusa para demostrar que nada ha cambiado desde la última crisis histórico-social-económica y que las sociedades seguimos conformándonos con lo poco que tenemos, incluso cuando la crisis también es moral y la corrupción escandalosa, mejor no preguntar y encerrarnos en casa con futbol y pizza (panem et circences)), por no hablar de la gracia de leer desde el futuro sobre la utilización de los móviles o la aceptación social de los homosexuales. Aunque eso sí, reconozco, lector, que al igual que ocurre con los admiradores de Woody Allen, esta es una de las novelas de Umberto Eco que, por peculiar, más apreciaran quienes más le quieren y le conocen.
«La gente tiene una memoria corta. Les voy a proponer un ejemplo paradójico: todos deberían saber que Julio César fue asesinado en los Idus de marzo, pero las ideas al respecto son confusas; buscamos entonces un libro inglés reciente en el que se reconsidere la historia de César y con eso sacamos un titular de impacto, «clamoroso descubrimiento de los historiadores de Cambridge. César fue asesinado verdaderamente en los Idus de marzo». Contamos la historia de nuevo y ya tenemos una noticia pistonuda.«
Lector, el amor verdadero es para siempre pero no se libra de estar ciego así que no te fíes de esta reseña. Eso sí, no busques un thriller de conspiraciones como los de Dan Brown o clases magistrales de periodismo, porque no van por ahí los tiros.
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Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte
Un reputado escritor, letra T de la Real Academia de la Lengua Española desde hace doce años, posa su mirada sobre los 28 tomos completos de La Enciclopedia en las nobles estanterías de la biblioteca de la Academia. Curioso se pregunta cómo fue posible su adquisición a finales del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, un rey que pese a la Inquisición no dejaba de favorecer ciertas políticas ligeramente ilustradas y esperanzadoras en aquella España absolutista que jamás abrazó el siglo de las luces europeo. Aunque el la Enciclopedia de Diderot, d’Alembert y Le Breton estaba en el índice de libros prohibidos de la Inquisición, Carlos III dispensa a la Real Academia de la Lengua Española para la adquisición de uno de sus escasísimos originales en 1780. Para tal arriesgada empresa, la Academia envía a París a dos hombres honestos, dos hombres buenos, capaces de afrontar tamaña empresa por el bien de la razón y la ciencia, en feliz cruzada contra el oscurantismo y la omnipresencia aterradora de la Inquisición. Uno de ellos es Hermógenes Molina, el bonachón bibliotecario de la academia, experto en clásicas, excelente traductor y hombre de sincera fe pero con el firme convencimiento de que el bien debe lograrse en este mundo; el otro, el almirante de marina Pedro Zárate, ilustrado, caballero, bregado soldado y hombre de temple extraordinario. En contra de tamaña empresa, dos firmes opositores que harán lo posible por perjudicar la misión de esos dos hombres y que la Enciclopedia no pise jamás territorio español: un ultra conservador, Manuel Higueruela, y un librepensador de pacotilla convencido de que el único que debe traer las luces al país es su excelsa persona, Justo Sánchez Terrón. Cuando el buen Hermógenes y el imperturbable Pedro Zárate salen de Madrid camino del espléndido París pre-revolucionario, la aventura comienza.
«Por la ventana de la alcoba, con sólo levantar los ojos, el bibliotecario alcanza a ver el convento de las Trinitarias, que está al extremo de la calle. Y no hay ocasión en que mire por esa ventana, concluye, que no se sienta inundado de melancolía. La rancia, deprimida e inculta nación que tanto necesita ideas que ilustren su futuro resume buena parte de sus dolencias endémicas tras aquellos muros de ladrillo. Miguel de Cervantes, el hombre que más gloria dio a las letras hispanas y universales, yace ahí mismo, en una fosa común.«

Con voluntad galdosiana o sin ella —que eso solo lo sabe el autor—, Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte, bien podría ser un Episodio Nacional Cero. No solo porque se enmarca inmediatamente antes del primero de los Episodios de la primera serie, Trafalgar, sino porque recoge con cristalina intención el espíritu de Galdós de retratar esas dos Españas de cuyos fantasmas -a nuestro pesar y para nuestro castigo- todavía no nos hemos librado. Porque aunque con Carlos III el país vivió una época de cierta esperanza, todo se vio truncado con la omnipresencia de la Iglesia y su Inquisición, que frenaron sin piedad las nuevas ideas, la apertura, la brisa de ciencia y de razón, y España se perdió la oportunidad de ser un país con una historia nacional algo más feliz y menos tenebrosa. La Inquisición controlaba absolutamente todo, desde el conocimiento que se impartía en la Universidad hasta las ideas de los pensadores y filósofos (miedo, exilio, pena de muerte, etc.). Por eso ni la Ilustración ni las ideas de libertad de la revolución francesa germinaron nunca a este lado de la frontera europea.
«Sin libertad no hay prosperidad.«
A través de las conversaciones de dos hombres buenos, Zárate y Hermógenes, Arturo Pérez-Reverte retrata la actualidad española de finales del siglo XVII, esa dualidad entre Iglesia vs Razón, el dilema de si el progreso debe venir a través de la fe o de la razón. Pero también fantasean sobre la España que podría haber sido, la España posible, sin el oscurantismo de la Inquisición, con fronteras permeables a la Enciclopedia, símbolo de esta revolución de las luces. Pueblos groseros hay en todas partes, reflexionan los dos académicos camino de París, lo importante es una nación de élites cultas.
A estas alturas de nuestro siglo reseñar una novela de Arturo Pérez-Reverte puede parecer superfluo a muchos lectores, seguramente porque todos conocemos al autor y hemos leído unos cuantos de sus libros, y a ver quién viene a discutir sobre su buen hacer como periodista y como escritor. Pero quizás coincida el lector en señalar que el señor Pérez-Reverte, como contador de historias, no siempre nos convence de igual manera y por eso he disfrutado especialmente de Hombres buenos; porque me parece una de las mejores novelas de su autor. La encrucijada histórica del momento, la magnífica alternancia entre las líneas argumentales del presente del escritor (muy divertida) y del pasado (Hermógenes y Zárate), el continuo debate entre luz y oscuridad, ese toque de aventuras clásicas, los carismáticos personajes que protagonizan estas páginas o los escenarios parisinos de finales del XVIII, son solo algunos de los puntos fuertes de una novela que se disfruta de principio a fin por la pasión y la voluntad histórica que ha puesto en ella su autor.
Lector, una de las mejores novelas de ficción (o no tan ficción) de Arturo Pérez Reverte.
También te gustará: Trafalgar; La corte de Carlos IV; El 19 de marzo y el 2 de mayo; Bailén; Napoleón en Chamartín; La sombra del águila; Sangre joven
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