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Archivo del Autor: Monica
El pensionado de Neuwelke de José C. Vales
Mostraba el calendario los últimos meses de 1844 -cuando Livonia era parte del imperio ruso y Wolmar no era más que uno de sus pequeños pueblos, apenas parada obligatoria de las diligencias en aquella incierta posada del Der Rot Flusskrebs, en la calle real-, cuando la señorita Émilie Sagée pisó por vez primera el Pensionado de Neuwelke. El pensionado había sido idea de la señora Eveline, quien no había podido olvidar su falta de preparación en los días de su presentación en sociedad en la victoriana y cosmopolita Londres, y se esmeraba en la más universal educación de las señoritas de buena cuna. Pero por aquel entonces, debido al grave estado de salud de la pobre Eveline, lo regentaba con benevolente diligencia su marido, el señor Buch. Y cuando el señor Buch requirió los servicios de una institutriz de francés para sus alumnas, apareció la estupenda señorita Sagée, procedente de Dijon, y los encantó a todos. Poco podían imaginar los habitantes de Neuwelke que con ella llegaba un misterio oscuro y espeluznante, un acosador enfermo, obsesivo y demoníaco, y una maldición incurable, tan extraordinaria, que cambiaría el pensionado para siempre y dejaría del revés hasta los conocimientos más sagrados del Curioso almanaque científico, agrario y astrológico del doctor Southpaw.

Cuenta José C. Vales que a veces le sorprenden las más oscuras horas del día mientras trabaja. Por eso, cuando leía El pensionado de Neuwelke, no podía evitar imaginarme a su autor escribiendo siempre de noche, al amparo de sus musas insomnes. Quizás precisamente por eso, porque la noche es más propicia para contar este tipo de historias, sea El Pensionado de Neuwelke una magnífica historia de fantasmas.
Divertida, ingeniosa y estupenda en su primera parte (presentación del narrador, de los personajes, del pensionado y su origen), brillante en su segunda parte y dramática en la tercera, El pensionado de Neuwelke es una novela para el puro disfrute del lector. José C. Vales no sólo deleita por su riquísimo léxico de filólogo y políglota, o por su prosa elegante, sostenida, precisa, sino también por su estupendo sentido del humor («Otra razón por la que el señor Klöcker jamás se enamoraría era que daba clases de latín«) y por hacer encantadoramente creíble a su narrador: un británico de mediados del siglo XIX, quizás con cierta añoranza del romanticismo reciente.
«(…) me preocupa que el amable lector se adentre en esta historia como
quien asiste a un cuento de viejas o a una locura romántica. En nuestro
tiempo de realismos y descreimientos, apenas se atreve uno a declarar
que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas
incomprensibles.»
quien asiste a un cuento de viejas o a una locura romántica. En nuestro
tiempo de realismos y descreimientos, apenas se atreve uno a declarar
que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas
incomprensibles.»
Dicen algunas reseñas que la novela de José C. Vales les ha recordado a algunos escritos de Henry James o de Wilkie Collins. Quizás porque no soy devota de ninguno de esos dos autores me he resistido a encontrarle parecido al señor Vales, y El pensionado de Neuwelke me ha parecido una obra original, de un estilo personalísimo y encantador, con su propio ritmo; quizás con la influencia de un delicado eco de literatura británica decimonónica y con suaves ropajes de un romanticismo tardío (o un realismo temprano, quién sabe) pero, en todo caso, con un carácter único y genuino.
Son muchos los motivos por los que he disfrutado mucho con la lectura de El pensionado de Neuwelke, pero si tuviera que señalar alguno más, además de por lo comentado en los párrafos anteriores, diría que mil detalles han sido los culpables. Por ejemplo…
Por Jonas Fou’finger, cochero, mayordomo, criado, guardián, maestro de tulipanes, cocinero de oropeles y espantos de frambuesa, etc. y nada más que jardinero.
Por Jonas Fou’finger, monsieur le jardinier
Por los oropeles y los espantos de frambuesa
Porque el gato de Neuwelke se llama Ossián
Por la cariñosa burla a las poses profundamente románticas del profesor David Whimple
Por los labios Fragonard de la señorita Sagée
Por Julie buscando explicación a los fenómenos paranormales en David Hume
Por el Curioso almanaque científico, agrario y astrológico del doctor Southpaw
Por tener que coger el diccionario para buscar ciconiforme o crotorar
Por las puyas entre la señorita Vi y el señor Whimple
Por el libro de Marianne y Elinor, los cotilleos de Emma Woodhouse, la enredada historia de la señorita Elizabeth Bennet o incluso el monstruo de la esposa del poeta Shelley.
Y, sin duda, por las sesenta y tres chimeneas del Pensionado de Neuwelke para Señoritas.
Lector, si hace tiempo que olvidaste el simple placer de la lectura, esta estupenda historia de fantasmas te lo traerá de vuelta.
También te gustará: La abadía de Northanger; El cuento número trece
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Donde viven los monstruos de Maurice Sendak
«La noche que Max se puso su traje de lobo y se dedicó a hacer faenas de una clase y de otra su madre le llamó «¡MONSTRUO!» y Max le contestó «¡TE VOY A COMER!»«

Desde que leí El devorador de libros de Rebecca Makkai, quedé intrigada por uno de los títulos que Lucy recomendaba a su lector favorito: Donde viven los monstruos de Maurice Sendak. Lucy decía que ojalá toda su aventura pudiese suceder como en este libro infantil y rematarla con la genial frase de su final «…y todavía estaba caliente«.
Hoy traigo a Serendipia Donde viven los monstruos como un ejemplo extraordinario de cómo un buen libro es capaz de abrir una puerta a la imaginación del lector. Un ejemplo de cómo la buena literatura viene en todos los formatos. Un ejemplo de cómo los autores no siempre están obligados a contar o a explicar o a narrar.
Un ejemplo de que, a veces, la buena literatura no tiene más que sugerir para que entendamos.
Lector, asómate a la ventana que tan magistralmente abre Maurice Sendak para que sea la imaginación del lector, que no su pluma, la que escriba la historia.
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El devorador de libros de Rebecca Makkai
¿Qué es un ruso solo? Un nihilista
¿Y dos rusos juntos? Una partida de ajedrez
¿Y tres rusos? Una revolución
El problema de Lucy es que tan solo es medio rusa y, además de su enorme sentido de culpabilidad heredado de sus ancestros soviéticos y la prudencia judeoamericana de su genética materna, no está segura de mucho más («¿Se imagina alguien a Woody Allen al frente de la carga de la brigada ligera? Pues así era yo«). Lucy trabaja como bibliotecaria en una pequeña biblioteca de Hanníbal, un pueblo ficticio de Misuri, y sospecha que la erupción urticante que le ha salido se debe a la silla en la que debería estar sentada pero que no acaba de aceptar como suya. Aunque finja cierto fastidio cuando oye su vocecita asomándose sobre el escritorio de préstamos, su lector favorito es Ian Drake, un niño de 10 años que tiene un apetito voraz de literatura y que pronuncia a menudo las palabras favoritas de Lucy: «Seño, ¿qué puedo leer ahora?» Pero la madre de Ian, psicológicamente inestable y fundamentalista religiosa, le prohíbe a Lucy que le deje leer a su hijo cualquier libro «que no contenga el aliento de Dios«. Sorprendida y indignada por esta censura, la bibliotecaria se las apañará para seguir pasándole lecturas de contrabando al inquieto Ian, hasta que un día descubre que su madre le envía los fines de semanas a las clases del pastor Bob, un predicador que asegura poder curar la homosexualidad de niños y adolescentes a través de su fe. A Lucy y a Ian no les queda más salida que iniciar un viaje que bien podría ser el de Dorothy y el
espantapájaros en busca del mago del Oz; o incluso el de Bilbo Bolsón,
partida y regreso, pero sin matar al dragón por el camino. Una huída cada vez más delirante en la que Lucy salvará a Ian, o Ian salvará a Lucy, quién sabe ¿Acaso es posible cambiar la esencia de una persona?»Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidié y creí poder arreglar. Vean que cárcel de libros.«
espantapájaros en busca del mago del Oz; o incluso el de Bilbo Bolsón,
partida y regreso, pero sin matar al dragón por el camino. Una huída cada vez más delirante en la que Lucy salvará a Ian, o Ian salvará a Lucy, quién sabe ¿Acaso es posible cambiar la esencia de una persona?»Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidié y creí poder arreglar. Vean que cárcel de libros.«
Cuenta Rebecca Makkai que la idea de El devorador de libros surgió a raíz de una noticia sobre un predicador fundamentalista que aseguraba en sus seminarios curar a niños y adolescentes de su homosexualidad. Y aunque ese es el punto de partida del viaje de Lucy e Ian, la excusa de la bibliotecaria perdida para salvar a su lector favorito de la hoguera, lo cierto es que pronto empalidece a favor del protagonismo indiscutible de Lucy y el comportamiento erráticamente cautivador de Ian (que no deja de ser un original e inocente niño de 10 años, por muy inteligente y devorador de libros que sea). Si el lector esperaba un viaje iniciático, largos diálogos enternecedores entre profesora y alumno, con brillantes y conmovedoras instrucciones para la vida (al más puro estilo El club de los poetas muertos), no es en esta historia donde los encontrará. Y aunque es cierto que en ocasiones se echa de menos una relación más cálida entre los dos protagonistas, algún diálogo trascendental, no es hasta el final (que esta reseña no tiene por tarea desvelar) cuando todo cobra sentido, cuando se responden las preguntas, cuando se descubre el verdadero gesto de ternura y cariño, cuando al fin Lucy recobra su clarividencia, tantos años perdida.
«Está tan metido en el armario, que es como si estuviera en Narnia.«»-Bueno- iba diciendo mi padre-, pues ahora te voy a contar lo de mi fábrica de chocolate.
Cansado y todo (…) Ian se irguió como un resorte. Pocas cosas más intrigantes se le podían decir a un fan de Roald Dahl.«»Porque al ver un millón de lomos, me puedo imaginar un millón de finales alternativos. Resulta que lo hizo todo el mayordomo, o que me acabé casando con Darcy (…), o que remamos a contracorriente en nuestras barcas, o que por la mañana, al despertarnos, nos acompañaba Atticus Finch.»
Cansado y todo (…) Ian se irguió como un resorte. Pocas cosas más intrigantes se le podían decir a un fan de Roald Dahl.«»Porque al ver un millón de lomos, me puedo imaginar un millón de finales alternativos. Resulta que lo hizo todo el mayordomo, o que me acabé casando con Darcy (…), o que remamos a contracorriente en nuestras barcas, o que por la mañana, al despertarnos, nos acompañaba Atticus Finch.»
Desde ese inicio a lo Nabokov («señoras y señores del jurado«), y pasando por los títulos de los capítulos, las
referencias literarias son numerosas y siempre bien escogidas. Los
títulos y autores suelen hacer referencia a obras infantiles y
juveniles, lectura de Ian, pero las citas y los personajes corren a
cargo del bagaje literario adulto de Lucy: Nabokov, Dickens, Tolstoi,
Austen… Siempre de fondo, sutilmente presentes, como la brisa en un
paisaje, autores y novelas acompañan las cavilaciones de la protagonista
sobre su pasado, el de su familia, su herencia, sus alternativas o la
complicada maraña de sus pensamientos.
referencias literarias son numerosas y siempre bien escogidas. Los
títulos y autores suelen hacer referencia a obras infantiles y
juveniles, lectura de Ian, pero las citas y los personajes corren a
cargo del bagaje literario adulto de Lucy: Nabokov, Dickens, Tolstoi,
Austen… Siempre de fondo, sutilmente presentes, como la brisa en un
paisaje, autores y novelas acompañan las cavilaciones de la protagonista
sobre su pasado, el de su familia, su herencia, sus alternativas o la
complicada maraña de sus pensamientos.
La prosa de Makkai es contundente y original, uniformemente coherente con la única voz narradora de la novela, la personalísima voz de Lucy. Lejos de caer en la sensiblería o en una impostada ternura, la autora deslumbra por su precisión, su imaginación y la sensibilidad de sus afirmaciones. Y aunque se trate de una lectura sencilla, Makkai no da tregua a la atención del lector, de cuya inteligencia y poder observación tira con insistencia para hacerlo participar en el juego de dos (autor-lector) que requieren sus diálogos sucintos pero esclarecedores, sus sobreentendidos, sus paralelismos literarios o sus divertidos e ingeniosos juegos de palabras presentes en todo el libro (muy buena la traducción al castellano de Jofre Homedes para editorial Maeva).
Personalmente he disfrutado mucho con esta novela pero reconozco que no es una lectura que recomendaría a todo el mundo, sobre todo por el equilibrio tan arriesgado entre la estupenda imaginación roalhdiana de la autora y su licencia para estirar las fronteras de la ficción sin dejar de ser realista. A destacar la peculiaridad de la historia (una road history distinta pese a lo que pueda parecer a simple vista), el pasado y la familia rusa de Lucy, el sentido de supervivencia de Ian y la presencia constante de la literatura como una sombra confortable y familiar.
Lector, si ahora que eres adulto no sigues teniendo entre tus libros preferidos James y el melocotón gigante, Charlie y la fábrica de chocolate, El gran gigante bonachón o Danny, campeón del mundo, no abras este libro.
Lector, si sueles obsesionarte a menudo con la credibilidad de los personajes o sus decisiones y eres tacaño a la hora de concederle al autor libertad total a la hora de escribir una novela (de ficción), no abras este libro.
Lector, si no te consideras en ninguno de los casos anteriores, abre la puerta del coche azul celeste desvencijado, ponte cómodo en el asiento del copiloto de Lucy y disfruta del viaje. Probablemente, Rebecca Makkai haya escrito para El devorador de libros uno de los epílogos más hermosos de la narrativa de ficción actual (con mortaleja incluida) (sí, sí, mortaleja).
También te gustará: Y entonces sucedió algo maravilloso; La evolución de Calpurnia Tate
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Una biblioteca de verano de Mary Ann Clark Bremer
Apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, una joven norteamericana se refugia en un pequeño pueblo del norte de Francia en busca del consuelo de su tío Marcel y el recuerdo de los veranos de su infancia. Huérfana a raíz del ataque de un submarino alemán, convaleciente de sus heridas, llega a La Bienhereuse, la casa familiar, lastrada por la tristeza y el desamparo. Su tío Marcel también ha muerto pero le ha dejado todos sus libros. Arropada por el paisaje amable y familiar, recibe el sorprendente encargo de convertirse en bibliotecaria de urgencia: la ocupación alemana acabó con casi todos los libros del pueblo y sus habitantes necesitan el consuelo de las grandes páginas de la literatura. Y será esos meses, rodeada de libros, inmersa en el papel de bibliotecaria, cuando descubrirá que, pese a todo, todavía es posible volver a ser feliz.

Una biblioteca de verano es una novela breve y exquisita que deja al lector con un suspiro de añoranza y ganas de más páginas. Envuelta en un ambiente de posguerra, de pérdida y privaciones, la protagonista se apoya en el recuerdo de sus seres queridos pero también en las voces inmortales de la literatura: Cervantes, Defoe, Rabelais, Milton, Rimbaud, Valery… Es, sin duda, un buen ejemplo de que la gran literatura no siempre tiene que ser extensa ni desarrollar minuciosamente sus argumentos, que a veces basta con un breve apunte para sugerir un mundo entero. Mary Ann Clark Bremer escribe con sencillez y claridad, con un léxico sobrio y preciso que atrapa y deslumbra con cada frase. En Una biblioteca de verano, la autora se inspira en su propia experiencia de posguerra (perdió a sus padres y fue herida en un ataque naval) para pergeñar una pequeña y extraordinaria historia que ningún amante de los libros debería perderse.
Lector, descubre por ti mismo cómo en tan pocas páginas puede haber contenido un universo tan vasto y hermoso. De cómo la literatura puede ayudar en los períodos de duelo.
Descubrí esta joyita gracias a la reseña de mientrasleo (Entre montones de libros) que me picó la curiosidad ;-)
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