El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto

En la playa de Kashii, en la isla de Kyushu, aparecen los cuerpos del secretario de un ministerio que está siendo investigado por corrupción y una joven y bella camarera. El forense determina que han muerto envenenados por cianuro y que se trata de un suicidio romántico. Pero al veterano inspector Jutaro Torigai no le encajan las piezas de la teoría: ¿por qué los dos jóvenes han viajado en tren desde Tokio hasta tan lejos para suicidarse? ¿A quién beneficia la muerte del joven? Y, si eran novios, si se amaban tanto como para matarse juntos, ¿por qué las facturas muestran que comían separados en el tren? Desde la policía de Tokio, el subinspector Mihara tampoco termina de creerse la perfección de las coartadas de su sospechoso. Torigai y Mihara, desde sus respectivas ciudades, tirando del hilo de sus teorías, acaban por mantener una correspondencia sobre el caso empeñados en que la investigación no se cierre.

«Jutaro Torigai no tuvo ocasión de expresar su punto de vista. Había dos pequeños detalles que le quitaban el sueño. En primer lugar, el misterioso recibo del vagón restaurante para un único comensal o la cuestión del hambre y el amor tan bien expresada por su hija. En segundo lugar, no podía evitar preguntarse dónde había estado Toki durante los cinco días que Sayama había pasado solo en la pensión.«

Seicho Matsumoto (1909 – 1992) fue un periodista y novelista japonés considerado como uno de los mejores escritores de novela negra de su país y galardonado con el prestigioso premio literario Akutagawa (1952). Matsumoto publicó por primera vez El expreso de Tokio en 1957 y se considera como el primer bestseller de su carrera. Libros del asteroide lo publicó en castellano, con traducción de Marina Bornas, en septiembre de 2014. Desde entonces, la editorial también ha seguido publicando otros títulos del autor: La chica de Kyushu, Un lugar desconocido y El castillo de arena.

Cuenta Antonio Lozano, periodista, traductor y experto en novela negra, que los temas recurrentes de Seicho Matsumoto en sus libros de género policíaco son el trauma bélico tras la Segunda Guerra Mundial, la corrupción del poder, los falsos suicidios, el culto a las apariencias, las vidas secretas y la vulnerabilidad femenina. En El expreso de Tokio, la cuestión del falso suicidio resulta protagonista pues es la piedra angular de la investigación policíaca, pero también encontramos la corrupción dentro de un ministerio político, personajes femeninos utilizados sin miramientos y vidas secretas detrás de fachadas de apariencia. Así que podríamos decir que esta novela es característica de su autor, además de cumplir con la crítica social que conlleva el género negro.

Con una prosa ágil y unos protagonistas carismáticos, Seicho Matsumoto construye un misterio y una investigación alrededor de los horarios de trenes en Japón, a mediados del siglo XX, que sería la envidia de Agatha Christie. Especial atención merecen sus dos investigadores principales, Torigai y Mihara, dos policías sin poderes excepcionales, pero con buen instinto y mucha perseverancia. Torigai resulta conmovedor por su veteranía, su cansancio y lo bien que ha aprendido a leer la naturaleza humana en los actos más cotidianos. Mihara, por su incansable persecución y su negativa a rendirse en su empeño porque los malos paguen por sus fechorías. También he disfrutado mucho de toda la ambientación histórica de ese Japón de la década de los años cincuenta del siglo pasado —coetánea al autor—, con ese fondo social en donde se respira la pobreza, la frecuencia de trenes todavía no se ha normalizado y casi ningún particular tiene línea telefónica en casa y depende de los telegramas para las comunicaciones urgentes.

Lectora, una sociedad casi victoriana, muchos trenes a lo largo de la geografía japonesa, dos policías honrados y un caso de falso suicidio.

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Què mou els morts / Què ens devora de nit, de T. Kingfisher

En Què mou els morts, un retelling de La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe, la teniente Alex Easton, acude a la llamada de sus amigos Roderick y Madeline Usher, en su apartada mansión a orillas de un lago. Allí se encuentra a Roderick desolado por la extraña enfermedad de su hermana Madeline y las misteriosas muertes de la fauna alrededor de la casa, que no podrá evitar investigar.

En Què ens devora de nit, la teniente Alex Easton regresa a su país natal para pasar un tiempo en la cabaña de caza que heredó de su padre. Pero a su llegada, se encuentra con la sospechosa muerte del guardés de la propiedad y los rumores de que un monstruo legendario ha vuelto a Oreja de Lobo para cobrarse a sus víctimas. Por mucho que Easton no crea en las supersticiones de su pueblo, no puede negar que algo terrible y peligroso ronda alrededor de la cabaña.

«Les històries que un s’acaba creient no tenen res de net i polit. Són les que no tenen ni cap ni peus.»

Traigo una entrada doble porque estaba convencida de que había reseñado Què mou els morts, una novela corta de T. Kingfisher que me encantó el año pasado, y resulta que solo hablé de ella en Instagram, por falta de tiempo. A estas alturas ya sabes que me gusta mucho el estilo, la prosa, las historias y los personajes de la escritora, pero quizás te sorprenda que sean precisamente estas dos novelas de T. Kingfisher, las más oscuras que he leído y con un tinte de terror clásico y gótico, mis preferidas. A mí también me sorprende. Sobre todo, porque me lo paso en grande con su sentido del humor (leed Corazón de acero) y con sus mundos juveniles (Guia màgica d’autodefensa amb galetes).

Si en la primera novela Kingfsiher rendía un magnífico homenaje a La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe y nos presentaba a sus personajes protagonistas, en la segunda, seguimos con esos geniales protagonistas, pero con un caso sobrenatural original de la autora. Kingfisher mantiene una narración ágil (que a menudo rompe la cuarta pared), con descripciones bellísimas, diálogos llenos de ingenio que caracterizan a sus personajes, y un estilo personal marcado, original, inspiracional y emocionante. Sus dos novelas tienen ese toque de crítica social y de perspectiva de género que, junto con el terror sobrenatural, sabe recoger con tanto acierto de los clásicos góticos de época victoriana escritos por mujeres. No por casualidad, la acción de sus novelas transcurre en un marco histórico y temporal victoriano.

La traducción al catalán de Marta Armengol (para Obscura Editorial) es maravillosa, como escuchar la voz de la propia autora. Y el precioso diseño de cubierta de los dos libros, tan bien inspirado e integrado, es de Marina Vidal. Siento si me extralimito con los adjetivos en esta breve reseña, pero así de entusiasmada me siento después de haber disfrutado de estas dos lecturas victorianas.

Lectora, ¿conoces a la tía de Beatrix Potter?

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Los papeles de Aspern, de Henry James

Un joven editor estadounidense viaja hasta Venecia, en el corazón del verano, a la caza y captura de las cartas privadas y otros escritos inéditos del legendario poeta Jeffrey Aspern, muerto años atrás. Corren rumores de que dichos papeles obran en manos de una antigua musa y amante del poeta, Juliana Bordereau, una anciana que vive recluida en su palacio veneciano junto a su sobrina Tina. Alertado por el mal carácter de las señoras y por su determinación de no compartir con nadie el legado inédito de Aspern, el joven se presenta bajo un nombre falso y consigue que la anciana le alquile algunas habitaciones con la excusa de que se ha prendado del jardín del palacio. Astuta, codiciosa y espeluznante, Juliana Bordereau inicia un taimado juego de voluntades con el editor que, tras una tensión sostenida y creciente, desembocará en un inesperado y espantoso desenlace.

«Se habían aplicado estas damas en vivir de tal manera que el mundo no las rozase ni hablase de ellas, y al mismo tiempo nunca llegaron a aceptar la idea de que yo pudiera no saber nada de su existencia.«


Alba Editorial. Colección Alba Clásica
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Primera edición de octubre de 2009
168 páginas
ISBN: 978-84-8428-484-0

Henry James (Nueva York, 1853 – Londres, 1916) fue un escritor y crítico literario estadounidense que pasó la mayor parte de su vida en Europa. Su extensa obra literaria, caracterizada por el realismo, la comparación cultural entre el Nuevo Mundo y el Viejo Continente y una peculiar maestría para manejar el punto de vista psicológico de sus personajes, destaca por su complejidad y su singular estilo. Una de sus obras breves más célebres es Los papeles de Aspern, que fue publicada por primera vez en 1888, por entregas, en la revista literaria The Atlantic Monthly. Aunque se trata de una obra de ficción, puede que Henry James se inspirara en la anécdota de un compatriota suyo cuando este visitó en Italia a una ya anciana Claire Clairmont (1798 – 1879) —hermanastra de Mary Shelley, amante de Lord Byron y madre de su hija Allegra— e intentó convencerla, inútilmente, de que lo dejase consultar los archivos con la correspondencia privada y los documentos del poeta y de Percy B. Shelley.

La crítica literaria considera Los papeles de Aspern perteneciente a la segunda época de Henry James, es decir, a un momento en el que el autor desarrollaba en sus tramas y personajes su experiencia cosmopolita y la contraposición entre una sociedad estadounidense inocente y carente de dobleces y una cultura europea decadente y corrupta. En este sentido, se observa que los tres protagonistas de la novela son norteamericanos, pero el editor es joven y lleva poco tiempo en Europa, mientras que las dos señoras Bordereau llevan casi toda la vida en Venecia. El editor joven es entusiasta y un poco ingenuo, se deja llevar por su pasión por el gran poeta Jeffrey Aspern, a quien dice admirar porque «en una época en la que nuestro país natal era pobre, tosco y provinciano (…), cuando la literatura era allí un hecho aislado (…) él fue de los primeros en encontrar la manera de vivir y de escribir; de ser libre«. En cambio, la vieja Bordereau es taimada, codiciosa, tan decadente y corrupta como el antiguo palacio veneciano casi en ruinas en el que se ha enterrado en vida junto a su sobrina.

Los papeles de Aspern también tiene mucho de novela gótica. Escrita y publicada casi diez años antes de Otra vuelta de tuerca, Henry James trabaja una atmósfera decadente, inquietante, con una protagonista decrépita, de ojos terribles, velados, como una bruja que todo lo sabe y que juega inmisericorde con el pobre editor. Los paseos por una Venecia a menudo al amparo de la oscuridad nocturna, las escenas en un jardin agostado, o el eco de los pasos sibilinos en habitaciones vacías contribuyen a mantener el suspense y la tensión y se encuadran a la perfección en la etapa más gótica del autor. Una etapa, eso sí, que todavía queda lejos de la prosa compleja y las frases interminables que tanto dificultan la lectura y comprensión de sus obras de madurez. Los papeles de Aspern es una novela corta con una narración clara y precisa, que maneja con maestría el ritmo y los tiempos de sus escenas, que mantiene la tensión creciente por el pulso psicológico entre sus tres protagonistas y que deja al lector conmocionado por su contundente y terrible final.

Lectora, perfecta para empezar a leer a Henry James y disfrutarlo por todo lo alto con esta obra maestra.

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La máscara de la muerte, de H. D. Everett

Dick nunca ha sentido una gran simpatía por Gloriana, la esposa de su amigo Tom, y ahora que está muerta, sigue sin gustarle ni un pelo el soberbio retrato de la dama que preside la casa del viudo. Con intención de animarlo, Dick invita a su amigo a pasar unos días con él y su esposa, pero Tom tiene una extraña excusa para no aceptar su invitación: mantener el orden en la casa. Tal vez se deba a las últimas voluntades de Gloriana o, tal vez, el pobre Tom haya empezado a perder la chaveta, pues la historia que finalmente le cuenta sobre el pañuelo con el que se amortajó a su esposa difunta es difícil de comprender.

«El pañuelo se movía, te lo juro, Dick, cambiaba rápidamente de forma, inflándose aquí y allá como si estuviera soplándole el viento, extendiéndose y moldeando los rasgos de una cara. ¡Y no era otra cara que la de la máscara de la muerte de Gloriana que yo había cubierto en el ataúd once meses antes!«

Henrietta Dorothy Everett (1851 – 1923) fue una escritora británica que empezó su carrera literaria a los 44 años y publicó casi todas sus obras con el seudónimo de Theo Douglas. La máscara de la muerte, uno de sus relatos más célebres, es una de sus narraciones de madurez; fue publicado por primera vez en 1920 y con el nombre real de la autora. He leído este relato en la antología de La Biblioteca de Carfax que lleva el mismo título —La máscara de la muerte y otras historias— y he tenido el placer de comentarlo con Anabel Samani y el resto de participantes del mes de junio para Lecturas junto al fuego, una iniciativa que nos viene de perlas a las lectoras que queremos descubrir títulos de terror clásicos (no habituales del género), y que en este 2025 conmemora el 50º aniversario de la proclamación del Año de la mujer.

La máscara de la muerte es un relato breve narrado en primera persona por Dick, el amigo del protagonista de un suceso terrorífico relacionado con la muerte de su esposa y un extraño pañuelo. La prosa de H. D. Everett es directa y contundente, muy ágil, y la forma en la que utiliza el diálogo para relatar un cuento dentro de un cuento, le concede verosimilitud a la vez que caracteriza a los personajes. En La máscara de la muerte, al igual que en el resto de relatos de terror que componen la antología de La biblioteca de Carfax, no se ofrece una explicación racional a los sucesos sobrenaturales alrededor de los cuales gira el inquietante argumento. De esta manera, Everett cree que se dota de mayor verosimilitud a sus narraciones fantásticas, y nos lo hace saber por boca de uno de los personajes de otro de los cuentos: «Siempre sé cómo distinguir una historia de fantasmas verdadera de una falsa. La verdadera nunca tiene un sentido, y la falsa siempre se empeña en proveerte de uno.«

He disfrutado mucho de este relato y del resto de cuentos de esta antología, siendo mis preferidos Los gaiteros de Mallory y El camino solitario. H. D. Everett me ha sorprendido por su originalidad y valentía, sobre todo porque ha sabido darle un giro muy personal a algunos de los tópicos de la novela gótica de su época. En mi opinión, destaca el triple horror: el suspense sobrenatural, el espanto de la Primera Guerra Mundial (en 1920 la censura sobre la misma era todavía muy fuerte) y la opresión social, convencional y de género que todavía pesaba (y mucho) sobre unas mujeres que, en muchos casos y de diversas maneras, fueron víctimas colaterales del terrible conflicto.

Lectora, un relato terrorífico y muy original para atreverse a conocer a esta excelente autora tardovictoriana.

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Seis mujeres criminales, de Elizabeth Jenkins

Madame Sarah Rachel Leverson abrió un salón de belleza en el Londres victoriano y estafó miles de libras a sus clientas con tratamientos fraudulentos, complicados engaños matrimoniales y chantaje. Apenas sabía leer y escribir, pero se las apañó bastante bien para burlar a la justicia durante décadas. En el siglo XIV, Alice Perrers, amante del rey Eduardo III, saqueó sistemáticamente todas las residencias reales y las joyas de la corona. Su ambición no conocía límites, ponía a su nombre propiedades de nobles sin herederos o caídos en desgracia, y se ganó la antipatía de toda Inglaterra. Lady Tehodosia Ivie, en el siglo XVII, falsificó actas de propiedades y pleiteó hasta la muerte por quedarse con terrenos y fincas que jamás fueron suyos. Frances Howard, condesa de Somerset, educada en la corte del rey Jacobo I (1566 – 1625) como moneda matrimonial de cambio, tomó las riendas de su propio destino deshaciéndose de su marido, uniéndose a otro hombre más poderoso y envenenando a cualquiera que pusiese en peligro su influencia sobre la corona, su poder político o sus riquezas. Jane Webb fue la carterista más hábil en las calles del Londres victoriano y la adorada y admirada líder de una banda de ladrones y estafadores. En el último tercio del siglo XIX, Florence Bravo no solo fue durante años la reputada amante de un famoso médico sino que se casó dos veces y estuvo en el punto de mira de los jueces en el llamado Misterio de Balham —historia que Elizabeth Jenkins desarrollaría con más detalle en su novela La historia del doctor Gully— justo cuando su segundo marido amenazaba su independencia económica y personal.

«Además de al severo castigo si lo atrapaban, el ladrón se enfrentaba a condiciones espantosas si se resignaba a la pobreza. Los barrios bajos del Londres del siglo XVIII eran quizás los más sórdidos que se hayan conocido, pues el hacinamiento en las áreas urbanas ya era una realidad, pero no así los programas estatales de beneficencia (…). Johnson calculó a grandes rasgos que mil personas morían de hambre cada año en Londres. entre el frío, el hambre y las enfermedades, las propias cárceles, por horribles que fueran, no infundían un gran temor a los habitantes de un barrio bajo del siglo XVIII, y el riesgo de la horca no disuadía de un cambio que podía reportar un puñado de guineas; o, lo que es lo mismo, vino, carne, fuego, ropa decente y una buena cama.«


Rara avis. Alba Editorial
Traducción de Daniel de la Rubia
Ensayo histórico, biográfico, judicial
Fecha de publicación septiembre 2024
304 páginas
ISBN: 978-84-1178-091-9

Elizabeth Jenkins (1905 – 2010) fue una novelista y ensayista británica, que estudió en Cambridge, ejerció de profesora y se relacionó con el círculo de Bloomsbury. Durante la Segunda Guerra Mundial, desarrolló labores de ayuda humanitaria y fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Autora de las biografías de personajes tan relevantes en la ciencia y la cultura como la propia Jane Austen, Henry Fielding o Joseph Lister, siempre se interesó por el true crime histórico: entre otros, publicó Harriet, en 1934, libro en el que reconstruye el «misterio de Penge», un caso judicial de época victoriana, o La historia del doctor Gully, en 1972, en el que desarrolla el caso de Florence Ricardo y el «misterio de Balham». Elizabeth Jenkins publicó por primera vez, en 1949, Seis mujeres criminales, un estudio judicial y social de casos concretos de crímenes reales ocurridos en distintas épocas históricas, en Inglaterra.

Seis mujeres criminales es un ensayo histórico que atrapa por el estilo directo y cautivador de Elizabeth Jenkins, por la excelente documentación de cada uno de los casos reales en diferentes épocas pasadas y por la peculiar personalidad de sus protagonistas. Jenkins se aproxima a estas personas desde la psicología y las circunstancias de la época, pero también dentro del marco socio-económico y de género en el que existieron. Carteristas, timadoras, ladronas, falsificadoras, asesinas… sus seis criminales son figuras carismáticas, misteriosas, singulares, de las que se sabe más por sus actos y sus respectivos procesos judiciales que por su propia voz, de la que apenas queda registro. De ahí que la cuidadosa labor de reconstrucción de sus vidas y personalidades sea tan admirable. Y si bien es cierto que a menudo se detecta cierto tono de simpatía hacia estas protagonistas —sobre todo en el caso de la magistral carterista victoriana Jane Webb, probablemente porque, en su caso, poseía un toque romanticista a lo Robin Hood y la alternativa de una vida dentro de los cauces de la ley le hubiese supuesto una existencia inhumana—, no se trata de una justificación de sus respectivos comportamientos sino de un intento de comprensión hacia quienes Charles Dickens ya señaló como «nacidas sin apenas oportunidades».

Con una pluma elegante y ágil, un encanto magistral para narrar anécdotas e incorporar una vasta documentación con gracia y naturalidad, Elizabeth Jenkins refleja en este ensayo su interés de una manera humana y empática. Un ensayo ameno y apasionante que a menudo se presenta como una investigación sobre unas mujeres que se quedaron fuera de los libros de Historia pese a haber sido hijas de su tiempo y, algunas de ellas, parte del poder en las sombras que rigió el destino de Inglaterra.

Lectora, el mejor ensayo histórico que he leído este año.

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