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Lady Ludlow, de Elizabeth Gaskell
Han pasado muchas décadas, pero Margaret Dawson todavía recuerda con cariño el tiempo que vivió en la mansión de la condesa viuda Lady Ludlow, señora de Hanbury Court. El padre de Margaret había muerto, dejando esposa y nueve hijos en una situación delicada. Lady Ludlow, una prima lejana por parte de madre, responde a la petición de ayuda ofreciéndole a Margaret que se mude a Hanbury Court, bajo su protección. Viendo la actitud severa e inflexible de su señora, la joven Dawson poco podía imaginar que sus años en Hanbury, pese a los problemas de salud, serían algunos de los más felices de su vida. Porque la querida Lady Ludlow, anclada firmemente en su época georgiana y con férreos prejuicios sobre la educación de los menos favorecidos, los matrimonios desiguales, los disidentes religiosos, los primeros telares mecanizados o contra cualquier otro cambio moderno, resulta ser una persona extraordinaria. Margaret recuerda los enfrentamientos de su señora con las ideas del nuevo clérigo de Hanbury sobre una escuela dominical, o el duelo de poder entre la condesa y su administrador, o su leal amistad con la excéntrica señorita Galindo, aquel pequeño mundo en la campiña en donde todos giraban alrededor de la querida, muy querida y respetada, Lady Ludlow.
«—Resultó que, cuando me puse a escribir, no tenía nada que decir. Pero a veces, cuando cojo un libro, me pregunto por qué dejé que esa excusa tan pobre me frenara. A otros no los ha frenado.
—Pero yo creo que estuvo muy bien que así fuera, señorita Galindo —apuntó mi señora—. Estoy totalmente en contra de que las mujeres, como con tanta frecuencia suelen hacer, usurpen sus trabajos a los hombres. Aunque quizá, después de todo, la idea de escribir un libro mejorara su caligrafía. Es de las más legibles que he visto en mi vida.«

Alba Editorial
280 páginas
Fecha de publicación: septiembre 2025
Traduce Jesús Cuéllar
ISBN: 978-84-1178-183-1
Elizabeth Gaskell (1810-1865) publicó por primera vez Lady Ludlow (1858) por entregas, en la revista de Charles Dickens, Household Words; aunque en 1859 la incluiría en un libro de relatos titulado Round the sofa. Junto a Cranford (1853) y a Las confesiones del señor Harrison (1851), Lady Ludlow forma parte de las llamadas Crónicas de Cranford, quizás las novelas más entrañables, divertidas y de corte costumbrista de la autora; las tres ambientadas en una campiña inglesa inspirada en Knutsford, el pueblecito de Cheshire en donde Elizabeth Gaskell creció feliz.
Lady Ludlow también comparte con Cranford y Las confesiones del señor Harrison el tono ligero y encantador, tocado por el gran sentido del humor de su autora, y el protagonismo de un elenco de personajes espléndidos y carismáticos (en su mayoría, femeninos) cuyas diferencias de opinión a menudo se convierten en el corazón de la trama. Elizabeth Gaskell muestra, siempre con una mirada amable y optimista, la vida cotidiana, hogareña y pública, de la sociedad inglesa lejos de las grandes ciudades del siglo XIX. El encanto de Lady Ludlow reside en el carisma de su protagonista y en los lazos y las anécdotas de convivencia de una pequeña comunidad en la Inglaterra rural, pero también en la habilidad con la que Gaskell rememora, a través de la mirada de una mujer victoriana, las antiguas costumbres, ideas y forma de vida de una aristócrata arraigada a las primeras décadas del siglo XIX. En este sentido, destaca el peculiar razonamiento de Milady sobre la educación como arma de progreso —atención a la historia parisina durante la Revolución francesa— o su estricta observación de una etiqueta social que ya había empezado a cambiar incluso antes de la llegada de la joven reina Victoria al trono. Gaskell narra con maestría sus historias alrededor de una protagonista formidable, tercamente arraigada en el pasado, pero, a la vez, capaz de contradecirse —como estar en contra de que las mujeres usurpen el trabajo de los hombres cuando ella gestiona sus propias tierras y se encarga de su comunidad— o de ceder al cambio positivo de los nuevos tiempos y las buenas gentes que la rodean, debido a la generosidad, la valentía y la inteligencia de su naturaleza.
Cuando hace años tuve mis más y mis menos con la novela Norte y sur, considerada la obra maestra de Elizabeth Gaskell, mi amiga Rosa (MH en Las inquilinas de Netherfield) me recomendó que para entender mejor a esta gran autora victoriana empezase por cualquiera de las tres novelas cortas de las Crónicas de Cranford. Porque me encontraría con una Gaskell más amable, menos sombría, con más sentido del humor, pero también con una aproximación a las grandes cuestiones sociales, económicas e históricas que la autora desarrollaría tan magníficamente en Norte y sur. Las novelas de Gaskell son independientes y autoconclusivas, y su estilo narrativo es claro y fluido, pero sigo pensando que MH tiene toda la razón al recomendar este orden de lectura para irnos familiarizando con la obra de una de las autoras más emblemáticas del siglo XIX.
Lectora, a los pies de Lady Ludlow.
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Un mes en el campo, de J. L. Carr
En el verano de 1920, el joven Tom Birkin acepta el encargo de restaurar las pinturas murales de la iglesia de Oxgodby, un pequeño pueblo en Yorkshire. Tom sabe que tuvo mucha suerte de volver a casa tras haber estado destinado en el continente, en las trincheras, durante la Primera Guerra Mundial, aunque padezca secuelas postraumáticas y haya sido abandonado por su esposa. A medida que avanzan las semanas, el joven restaurador se ve absorbido por el interés de su trabajo, traba amistad con el excéntrico paleontólogo que ha sido contratado por la parroquia para localizar una tumba y se deja querer por los amables, aunque algo taciturnos, vecinos de Oxgodby. Durmiendo a medio camino del cielo y la tierra, acunado por las bondades de la campiña inglesa y sus gentes, Tom empieza a sospechar que tras la guerra, el horror y la pérdida, todavía queda algo de belleza en el mundo.
«Y entonces, gracias a Dios, la primera mañana, los primeros minutos de la primera mañana, sentí que aquella extraña comarca del norte era amistosa, que había pasado página y que aquel verano de 1920, que se iría consumiendo hasta que cayeran las primeras hojas, sería una estación propicia, un tiempo bienaventurado.«

Joseph Lloyd Carr (1912 – 1994) fue un novelista, maestro de lengua y editor inglés nacido en Yorkshire. Viajero incansable, alternó la docencia con la escritura de diccionarios, libros de lengua para niños y novelas, alguna de las cuales publicó a través de su propia editorial, The Quince Tree Press. Sus dos libros de ficción más célebres quizás sean A Day in Summer (1963) y Un mes en el campo (1980), este último ganador del premio de narrativa de The Guardian y nominado al Booker. Un mes en el campo fue llevada al cine en 1986, con Colin Firth y Kenneth Branagh como protagonistas.
Un mes en el campo es una de las novelas más queridas por los lectores ingleses. Es fácil entender por qué. Sin duda, se queda como mi lectura más bonita de este año. Con una prosa precisa y luminosa, J. L. Carr vuelve a sus veranos de infancia en Yorkshire para rememorar el estío perfecto: la quietud, la cosecha, la belleza, la luz, la amistad de la gente norteña de la campiña… La historia destaca por su luminosidad y belleza, por convertirse en consuelo y refugio de un protagonista tocado por el horror bélico, y por la autenticidad que desprenden sus emociones (Carr no solo pasó su infancia en Yorkshire, sino que además trabajó en la estación del ferrocarril, como uno de los personajes, y estuvo en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial). Cuenta el autor en el prólogo que su intención inicial al escribir esta novela era narrar un idilio campestre, un poco al estilo de Thomas Hardy, aunque acabó por volverse a enamorar de todas las cosas buenas de sus vacaciones en el campo. Lejos de sentimentalismos forzados o melodramas, Un mes en el campo resulta una novela conmovedora, delicada y acogedora.
Lectora, ideal para quedarse a vivir todo el verano entre estas páginas.
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Amberwell, de D. E. Stevenson
Amberwell, la hermosa mansión rodeada de naturaleza en el corazón de las Highlands escocesas, es el hogar familiar de los Ayrton, quienes desde el siglo XVIII, generación tras generación, han aportado su correspondiente mejora patrimonial. Los padres de Roger, Tom, Connie, Nell y Anne han decidido contribuir con una fuente ornamental para sus jardines. La noche de la inauguración de la fuente, el matrimonio Ayrton invita a sus amigos más cercanos, pero con su rigidez y frialdad habituales, dejan fuera de la celebración a sus cinco hijos. Los dos chicos hace tiempo que se fueron a estudiar y solo vuelven a Amberwell durante las vacaciones, pero las tres chicas parecen condenadas a pasar el resto de sus vidas marginadas, olvidadas en el segundo piso, al cuidado de Nannie y sin que a sus padres les importe su futuro. Pero soplan aires de guerra en el continente y aunque el bastión escocés siga siendo un refugio en los malos tiempos, ha llegado el momento de que los cinco hermanos Ayrton se sobrepongan a la gélida indiferencia de sus padres y se encuentren a sí mismos.
«Esas niñas nunca se divierten, se pasan un año tras otro encerradas allí arriba, me extraña mucho que su madre las reconozca siquiera. No les cambiaría el sitio por nada del mundo (…) ¡Hasta el perro vive mejor que ellas! Le dejan tumbarse en la alfombra de la chimenea.«

Dorothy Emily Stevenson (Edimburgo, 1892 – Moffat, 1973) fue una escritora escocesa que contribuyó con maestría al género British Feelgood a lo largo de buena parte del siglo XX. Hija y nieta de afamados ingenieros navales y constructores de faros (el Robert Stevenson que se menciona en Amberwell como artífice del faro de Bell Rock, en costas escocesas, es su abuelo), no lo tuvo tan fácil para iniciarse en la carrera literaria como uno de los primos de su padre, Robert Louis Stevenson. Aunque Dorothy anhelaba ir a la Universidad su familia prefirió educarla en casa, con una institutriz, al igual que las niñas Ayrton. No pudo dedicarse a escribir con total libertad hasta que no abandonó la casa paterna para casarse con el capitán James R. Peploe. Autora de El libro de la señorita Buncle (1934), Las cuatro Gracias (1946) o Villa Vitoria (1949), entre otras muchas obras, D. E. Stevenson invitaba al lector a sentirse en un lugar seguro, entre personajes agradables y situaciones que, a diferencia de la vida real, terminaban de forma justa. Probablemente porque le tocó vivir un siglo marcado por el horror de las dos guerras (y postguerras) mundiales, años en los que los finales felices escaseaban, la autora se convirtió en el brillante exponente de una literatura concebida como refugio, en donde era posible encontrar la felicidad en los gestos sencillos (pero grandiosos) y sacar a relucir la mejor versión de uno mismo con la valentía y el coraje de la vida cotidiana. Como escribió en Villa Vitoria, sus historias y las dificultades de sus protagonistas «se parecían mucho a las del ancho mundo, solo que vistas desde el otro lado del telescopio.«
D. E. Stevenson publicó Amberwell por vez primera en 1955, siendo ya una escritora con una sólida y reconocida carrera literaria (en parte, gracias al gran éxito que le procuró El libro de la señorita Buncle). Es la historia de la familia Ayrton, de cómo sus cinco hijos se convirtieron en unas personas mucho mejores que sus padres, pese a la desolación de la Segunda Guerra Mundial, aprendieron a cuidar los unos de los otros y consiguieron no repetir los patrones paterno-filiales con su propia descendencia. Amberwell y sus jardines, los paisajes escoceses, protagonizan un hogar sanador, bastión de paz en contraposición a un mundo totalmente destrozado por la guerra. Cada vez que leo una nueva novela de D. E. Stevenson pienso que es mi preferida, tal vez, porque las leo siguiendo el orden cronológico de su escritura y la autora crece y se supera en cada libro. Amberwell no ha sido la excepción, me ha resultado una lectura maravillosa de principio a fin, escrita con elegancia y delicadeza y con unos personajes con los que me encantaría tomar el té y charlar. La maestría de Stevenson es tal que es capaz de mostrar la realidad de Gran Bretaña en plena guerra mundial sin perder ni un ápice de esperanza.
Lectora, la reina indiscutible del British Feelgood.
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Retorno a Little Summerford, de Reginald Arkell
El joven Charley Moon vive feliz y despreocupado, correteando por los humedales de Little Summerford y trabajando lo menos posible en el molino de la familia. Su mejor amiga es Rose, una niña con trenzas y una serena sabiduría, que lo adora. Cuando se desencadena la Gran Guerra, Charley ingresa en el ejército con la misma actitud despreocupada que siempre lo ha caracterizado. Sus habilidades musicales y su ingenio para la comedia pronto llaman la atención de sus compañeros, que lo destinan al escuadrón de entretenimiento. Terminada la guerra, Charley no sabe a qué dedicarse y no cree que haya llegado el momento de volver a Little Summerford, por lo que se deja alistar de nuevo, esta vez en una serie de compañías teatrales itinerantes que acabarán por llevarlo al West End londinense.
«La noticia de que el joven Charley Moon era ahora un actor famoso tardó algún tiempo en llegar a Little Summerford. Y cuando llegó, nadie la creyó. Es decir, nadie excepto Rose, que recordaba la visita de aquel inquisitivo desconocido y supuso que debía de haber algo de verdad en la sorprendente historia que le contó.«

Reginald Arkell (1872-1959) fue un escritor, guionista, periodista y poeta inglés que también trabajó para el teatro y la televisión. Se crió en Gloucester, donde se formó como periodista. Tras servir en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como dramaturgo, sobre todo como guionista de obras cómicas musicales, en donde cosechó grandes éxitos. Es el autor de Recuerdos de un jardinero inglés, título en el que reflejó parte de su pasión por la jardinería y su amor por la campiña, con esa mirada nostálgica sobre los últimos años de la época victoriana y la transformación rural de las primeras décadas del siglo XX. Tres años después, en 1953, Reginald Arkell publicó Retorno a Little Summerfod, con un protagonista con el que compartía paso por el ejército durante la Gran Guerra y trabajo posterior en el teatro cómico. En 1956, Guy Hamilton llevó a la pantalla Retorno a Little Summerford con su título original, Charley Moon (que, sea dicho de paso, tiene mucho más sentido que el de la traducción al castellano).
Las obras de Arkell se caracterizan por su mirada llena de ternura, su encantador sentido del humor, su amor por la jardinería y esa nostalgia de la campiña británica que desapareció en aras de la profunda transformación ocurrida durante las primeras décadas del siglo XX. En Retorno a Little Summerford echamos de menos el encanto de Hebert Pinnegar y sus jardines, pero Arkell vuelve a poner el acento en el cambio profundo alrededor de los pequeños núcleos rurales —la pérdida del molino y los humedales de la familia de Charley Moon— y cambia el humor y el encanto de nuestro querido jardinero por el humor y el encanto de un actor cómico que todavía no comprende lo mucho que echa de menos el pueblo de su infancia. Retorno a Little Summerford es quizás menos evocador y entrañable que Recuerdos de un jardinero inglés, pero mantiene el ritmo de comedia teatral que tan bien se le daba a su autor y ofrece una mirada, profunda y algo socarrona, tras las bambalinas de la comedia teatral, tanto de provincias como del Londres de entreguerras.
Lectora, para echar una mirada tras del telón sin perder la sonrisa
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Los gondoleros silenciosos, de William Goldman
Hubo un tiempo en el que los mejores cantantes del mundo fueron los gondoleros de Venecia. S. Morgenstern todavía recuerda el magnífico regalo de Navidad de una mañana de diciembre cuando, siendo niño, escuchó cantar a los gondoleros sobre el Gran Canal. Esta es la historia de Luigi, el último descendiente de una larga dinastía de gondoleros de voces prodigiosas, cuya habilidad con la pértiga no tenía parangón… hasta que decidió cumplir un sueño imposible.
«… porque en mi sueño había oído de nuevo el sonido de aquellos gondoleros navideños. Y, mientras parpadeaba, me di cuenta de que ningún niño de hoy puede disfrutar del privilegio de escuchar aquellas prodigiosas voces.
Y eso era algo terrible.
De súbito se apoderó de mí una obsesión: ¿por qué los gondoleros habían dejado de cantar? ¿Cuál era el motivo de su silencio? ¿Por qué se había privado al mundo de esa maravilla?«

William Goldman (1931 – 2018) fue un novelista, dramaturgo y guionista estadounidense genial que adaptó a la gran pantalla éxitos como Todos los hombres del presidente, Misery, La princesa prometida, Dos hombres y un destino o Marathon man, entre otras. Bajo el seudónimo de S. Morgenstern escribió las novelas de La princesa prometida (1973) y Los gondoleros silenciosos (1983), una hermosa y divertida fábula sobre los sueños imposibles y el misterioso silencio de los mejores cantantes del mundo.
La mejor carta de presentación de William Goldman la constituye, sin duda, ser el autor de La princesa prometida. Así que si en esta reseña os confieso que Los gondoleros silenciosos es la novela más divertida, ingeniosa, bella y original que he leído este año, sé que me creeréis. En apenas ciento cincuenta páginas, Goldman nos cuenta una fábula sobre abrazar la singularidad para encontrar un camino propio en el marco de una Venecia surcada por gondoleros cantantes, los peores turistas, unos instructores terribles, curvas imposibles, los mesoneros más peculiares y el mismo Enrico Carusso. Con su característico humor y su encantador estilo, Goldman trenza historia y fantasía para envolver al lector en un mundo desaparecido del que solo queda el eco olvidado de sus excéntricos héroes. La edición de Ático de los libros es preciosa, el libro más cuidado que he leído de esta editorial; la traducción de Mercedes Herrera Perol, magnífica.
Lectora, diez años después de la publicación de La princesa prometida, Goldman vuelve a poner en manos de Morgenstern una fábula divertida, conmovedora y bella.
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