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Astérix y Cleopatra, de René Goscinny y Albert Uderzo

En el año 50 aC, la Galia está ocupada por el Imperio romano, excepto la pequeña aldea de Astérix y Obélix. En Egipto, Julio César, dispuesto a sacar a la reina Cleopatra de sus casillas, opina que la civilización egipcia ha perdido todo el esplendor de la antigüedad y que la superioridad romana es incontestable. La reina, furiosa, le propone una apuesta al césar: si en tres meses los egipcios consiguen construir un espléndido palacio en Alejandría, Julio César deberá reconocer la grandeza de su pueblo. Cleopatra encarga la obra a su arquitecto preferido, Numerobis, con la advertencia de que si fracasa será arrojado a los cocodrilos. El pobre Numerobis no solo tiene que construir el palacio en un plazo de tiempo nunca visto sino que además teme el boicot de los romanos (que no quieren perder la apuesta) y de Paletabis, un arquitecto rico y envidioso que es su principal competencia. Desesperado, Numerobis decide viajar hasta la Galia para pedir ayuda a su buen amigo Panoramix, el druida de la aldea de Astérix y Obélix.

René Goscinny (París, 1926 – 1977) fue un condecorado guionista de historietas, tiras cómicas y cine de animación que siempre será recordado por sus famosos personajes de Astérix y Obélix, Lucky Luke o El pequeño Nicolás, entre otros. Durante la mayor parte de su vida profesional trabajó codo con codo con el ilustrador y también guionista Albert Uderzo (Marne, 1927 – 2020). Astérix y Cleopatra fue publicada por primera vez en 1963, por entregas, en la revista Pilote, y como álbum independiente en 1965. Se trata de una de las historias más famosas de Goscinny y Uderzo, seguramente porque fue adaptada en dos ocasiones a la gran pantalla (como film de animación en 1968 y como película de acción en 2002); aunque, también, por el encanto de sus escenas, el carisma de sus protagonistas y su magnífico guion original.

Las historietas de Astérix y Obélix siempre son un placer para lectores de cualquier edad, pero algunas de sus aventuras son más icónicas que otras, como es el caso de Astérix y Cleopatra. El secreto de la fórmula reside en el magnífico guion de sus autores, que saben presentar con inteligencia y un sentido del humor socarrón y paródico, una historia ambientada en un Antiguo Egipto que está a punto de pasar a manos romanas. Detalles históricos como la importancia de las construcciones faraónicas, un crucero por el Nilo, el comercio de la época y la piratería, las pirámides, los obeliscos, Luxor, etc. dotan a la narración y al dibujo de un contexto cultural perfecto para los más jóvenes y, de marco satírico (atención a la parodia de Cleopatra porque es genial), para los más mayores. El Egipto Antiguo no es solo decorado o excusa en este cómic sino que está bien documentado y forma parte del guion, incluso de forma educativa para los menores. A mí me ha encantado volver a sus páginas por su conmovedor sentido del humor, por la calidad de sus textos y por la nostalgia de unos personajes que no han perdido ni un ápice de su carisma.

Lector, la única pega de volver a estas páginas es la nostalgia.

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Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain

Adán vive tranquilo y feliz en el Edén, sin más preocupación que comprobar la madurez de las frutas antes de comérselas o contemplar a los peces y demás seres que comparten su hábitat. Hasta que aparece ella. Una ella que lo sigue allá donde va, que no deja de hablar, de inventar nuevas palabras para señalar esto o lo otro, que se salta a la torera cualquier método científico porque es pura emoción. Ella, que habla hasta con las serpientes y que cree que es buena idea comer manzanas para conseguir una extensa educación.

«Dondequiera que ella estuviese, allí estaba el Edén.«

Mark Twain (1835-1910), escritor, periodista y conferenciante, publicó Los diarios de Adán y Eva entre 1904 y 1906, un cuento fantástico en forma de testimonio ficticio de las primeras experiencias de los primeros humanos que, según la Biblia, poblaron el Edén que era el mundo. Con el sentido del humor habitual de Twain, su fina ironía y una enorme ternura, el autor nos presenta la historia de una pareja que se conoce y se enamora cuando el mundo y las palabras todavía están por estrenar.

Algunos críticos literarios señalan que en los dos personajes de Los diarios de Adán y Eva se reconocen los caracteres de Mark Twain y su esposa Olivia Langdon, y que el escritor le rinde cariñoso homenaje, no solo a su convivencia matrimonial, sino también a su esposa fallecida. Pero entre humor, descubrimientos y convivencia, estos dos personajes ficticios reflexionan sobre cuestiones diversas entre las que destaca, como curiosidad, el lenguaje: Eva nombra, razona, explica, habla sin cesar, mientras que Adán es más científico, experimenta, escucha, calla. Eva es una mujer con poder, se queja de que Adán no hace nada, ella es motor, es cambio, es aprendizaje, es emoción, una vorágine. Es en esta relación de iguales tan distintos, en la que los dos personajes se complementan, en el que la mujer es tan poderosa o más que el hombre, que los críticos señalan la influencia del marco histórico en el que escribe el autor. Mark Twain siempre fue un convencido abolicionista y un partidario de la lucha por los derechos de los trabajadores, por lo que no cuesta imaginarlo a favor de los movimientos sufragistas femeninos, ya visibles en los Estados Unidos de principios del siglo XX.

Lector, divertida, ingeniosa, fantástica y con brontosaurios.

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Embassytown, de China Miéville

Avice Benner Cho ha nacido en la colonia Bremen del planeta Arieka, un lugar muy alejado de la metrópolis, el último puerto en el umbral de lo desconocido. En el corazón de su urbe se yergue la Ciudad Embajada, donde los Embajadores han sido diseñados genéticamente para poder comunicarse con los Ariekes nativos, poseedores de un idioma único, sin metáforas, ni polisemia, ni mentiras, pronunciado por dos bocas a la vez: giro y corte. Ariekes y terres viven en paz, comerciando, respetándose mutuamente y con muy poca interacción entre colonos y Anfitriones. Pero cuando Avice, ya adulta, vuelve a su ciudad natal, se encuentra con algo inesperado: el nuevo Embajador de la metrópoli no cumple las reglas de la comunicación con los Anfitriones, lo que pone en riesgo el equilibrio en el planeta con consecuencias catastróficas para cualquier tipo de vida.

«Una vez había oído una teoría, un intento de explicar el hecho de que, por mucho que hubieran viajado las personas, por muy cosmopolitas que fueran, por mucho mestizaje biótico que se diera en sus lugares de origen, no pudiesen mostrarse indiferentes la primera vez que veían a un miembro de cualquier raza exot. La teoría afirma que estamos integrados en el bioma Terre, y que cada vez que tenemos un atisbo de algo que no desciende de esa cepa original, nuestro cuerpo sabe que no deberíamos siquiera verlo.«

China Miéville es uno de los autores contemporáneos de ciencia ficción y literatura fantástica más aclamados por la crítica y los lectores. Es el único escritor que ha sido galardonado tres veces con el prestigioso premio literario Arthur C. Clarke Award y dos veces con el British Fantasy Award. En 2012, cuando publicó por primera vez Embassytown, se le otorgó el premio Locus a la mejor novela de ciencia ficción del año. Este es el primer título que leo del autor, porque sabéis que no suelo frecuentar mucho del género de la ciencia ficción, y se va directo a mis lecturas más impresionantes de este año.

Los críticos literarios comparan a China Miéville con Kafka, George Orwell, Raymond Chandler, Philip K. Dick, y aunque solo he leído Embassytown, su escritura clara y precisa para tratar cuestiones muy complicadas sí que me ha recordado a Kafka. Eso no significa que Miéville no posea un estilo propio muy marcado -brillante, inteligente, rotundo- y que su novela no sea original e innovadora. Al principio, su lectura me ha parecido difícil porque el worldbuilding es abrumador y el autor no se para a explicarlo sino que deja que sea el propio lector quien se zambulla de golpe en ese nuevo mundo y vaya comprendiendo por sí mismo (lo que ocurre al cabo de pocos capítulos, no sufráis). Es admirable la habilidad de Miéville para jugar con ingredientes de la ciencia ficción y la fantasía clásicas, pero también con elementos de la novela negra, el thriller político y -atención porque se trata de la cuestión principal de Embassytown- con cuestiones lingüísticas. Y es que la protagonista indiscutible de esta novela es la lingüística, la semántica, las paradojas del lenguaje, la polisemia, la relación entre lenguaje y pensamiento, la significación y el yo, la traducción, la intencionalidad del lenguaje, la estructura de un idioma, la mentira y la metáfora, etc. China Miéville inventa una civilización con un lenguaje nominativo que de pronto choca con otro tipo de lenguaje, el humano; y es alrededor de este punto de implosión que la trama de Embassytown se vuelve cada vez más alucinante.

Sé que es una novela difícil de reseñar y de recomendar, sobre todo porque al principio resulta desorientadora para los lectores que no solemos acercarnos a menudo a la ciencia ficción. Pero si sois valientes y os apetece conocer a uno de los escritores vivos más interesantes de nuestra época, os animo a que tengáis paciencia y le deis una oportunidad.

Lector, extraño y maravilloso. Imprescindible para lingüistas.

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Ilíada, de Homero

La guerra ha llegado a las murallas de la poderosa Troya desde que Paris saqueó las riquezas de Menelao y se llevó a su esposa, la bella Helena. La coalición griega ha varado las naves en la playa y Agamenón, rey de reyes, lidera el ataque. Pero los años pasan y la guerra entre griegos y troyanos sigue estancada, para impaciencia de los dioses que se divierten viendo morir a los mejores de uno y otro bando. La ira de Aquiles, líder de los mirmidones, estalla cuando se siente agraviado por la avaricia de Agamenón, que siempre se lleva la mejor parte del botín. Hijo de Peleo y de la diosa Tetis, el mejor guerrero de los griegos se retira a su tienda con su compañero Patroclo y anuncia que no piensa combatir más. Su madre Tetis acude a Zeus para arrancarle una promesa y desencadenar un destino escrito por los dioses y tristemente cumplido por los héroes de la antigüedad.

«Canta, ¡oh, diosa!, la ira de Aquiles, hijo de Peleo, que trajo incontables males a los griegos. Muchas almas valientes envió antes de tiempo al Hades y convirtió a muchos héroes en pasto de los perros y de los buitres, pues tal fue la voluntad de Zeus cumplida desde el día en que Agamenón, rey de hombres, y el gran Aquiles se enemistaron.«

He leído Ilíada en la edición de Blackie Books, que es una traducción comentada de la versión de Samuel Butler, a quien la crítica literaria le reconoce la mejor adaptación en prosa de este clásico entre los clásicos. Entiendo la reticencia de muchos académicos por esta edición, pero reconozco que a los lectores como yo, que no somos expertos en Clásicas y que nos abruma leer miles de versos traducidos del griego antiguo, Butler nos ha facilitado la lectura. Ahora bien, también reconozco que disfruté mucho más de Odisea de Butler que con su Ilíada y que, a menudo, en este último caso, me hubiese gustado que Butler se hubiese ceñido un poco más al texto en lo que a terminos históricos se refiere y que hubiese conservado los epítetos originales, entre otros detalles. Dicho esto, la edición de Blackie es preciosa y las ilustraciones de Calpurnio y los textos adicionales que la acompañan son una maravilla.

Es complicado reseñar un texto de este calibre. Seguimos sin saber quién era Homero, si existió o si era más de una persona las que firmaban con este nombre. Sí que sabemos que alrededor del siglo V a. C. ya teníamos constancia de aedas homéridas que declamaban sus poemas y que Ilíada fue puesta por escrito alrededor del siglo VIII a. C. aunque los acontecimientos que describe son, probablemente, del siglo XIII a. C. o anteriores. Pero, sin duda, lo más sorprendente para los lectores que nos acercamos por primera vez al texto íntegro y no a la leyenda, fragmentos y adaptaciones posteriores, es que su tema principal es la cólera de Aquiles y que solo hace referencia algunos acontecimientos del décimo año de la llamada guerra de Troya. Es decir, que empieza con el estallido de la cólera de Aquiles y termina con el fin de esa cólera, nada de juicios de Paris, de raptos de Helena, de caballos de Troya, de aventurillas de Ulises o de la muerte de Aquiles. Solo su episodio de ira, de principio a fin.

Si la Odisea a menudo era un manual sobre las buenas costumbres y el arte del buen anfitrión y la buena educación de la época, la Ilíada lo es sobre las maneras de matar a un oponente en una batalla de la época. A menudo se especula con que Homero hubiese sido militar o médico pues la precisión de la descripción de las heridas, las causas de la muerte y los puntos débiles de una armadura, por ejemplo, es muy notable. Ilíada es, pues, en buena parte, una narración de destripamientos, decapitaciones, ojos arrancados, sesos desparramados y mucha, muchísima muerte, largas listas de muertos. Una narración que muestra la pérdida de los mejores hombres de su época, de los héroes, de los hijos de los dioses, de los jóvenes y valientes guerreros… con el beneplácito y la diversión de unos dioses a menudo infantiloides que toman partido por griegos o por troyanos y se dedican a propiciar el sangriento y terrible espectáculo. Pese a lo que podamos pensar, hay poca épica en la Ilíada y, cuando la hay, es sobre bellísimas escenas de amor —fraternal, filial, matrimonial— y duelo, pero no de batalla. Tampoco hay héroes tal y como los concebimos en nuestra cultura (valientes, honorables, generosos, protectores) —excepto quizás Héctor en sus mejores momentos—, sino piratas rapiñando incluso en medio de la batalla, robando las armaduras y todo lo que brilla en los caídos. Veinticuatro cantos que explican una de las historias más antiguas de nuestra cultura occidental.

Lector, escoge tu traducción idónea y embárcate hacia las costas de las altas torres de Ilium.

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El corazón de la bruja, de Genevieve Gornichec

Vanires y aesires la han obligado a transmitir su conocimiento de la magia. Su recompensa ha sido ser quemada tres veces por los crueles dioses de Asgard. Se ha escapado de la hoguera y vive escondida en el Bosque de Hierro, pero todavía no recuerda quién es. Hasta que Loki llega en su busca, para devolverle el corazón y preguntarle su nombre. Ella es Angrboda, la bruja del bosque de Hierro, quien una vez fue Gullveig y también la Bruja Madre de los nueve mundos. Solo quiere vivir tranquila en su bosque y cuidar de su familia, pero Odín sigue buscándola y la profecía del Ragnarok amenaza con exterminar todo aquello que alguna vez amó su corazón devuelto.

«—No podemos controlar lo que la gente pensará de nosotros dentro de mil años. ¿Y qué son mil años para nosotros? Puede que los humanos recen a Odín y a Thor, e incluso a Skadi, pero toda esa gente acabará muriendo, ya sea en una batalla, por enfermedad o debido a la vejez. Y entonces, ¿qué ocurrirá con esas historias?
—Las personas mueren. Pero las historias permanecen, tanto en forma de poemas como de canciones. Historias sobre sus hazañas. Sobre sus dioses —Loki se separó de ella, enfadado— ¿Por qué a mí no me adoran como a todos los demás? ¿Qué son los dioses si nadie los adora?«

Genevieve Gornichec es una historiadora norteamericana especializada en la cultura vikinga. El corazón de la bruja es su primera novela, una historia sobre la mítica bruja inmortal Angrboda, su relación con Loki, y la profecía del Ragnarok. La autora advierte, en las páginas finales del libro, sobre su interpretación del personaje de Angrboda, que aparece mencionado en las Eddas como esposa de Loki y madre de Hel, Fenrir y Jörmungandr. Gornichec decide aunar en este fascinante personaje las identidades de Hyndla, Hyrrokkin, Gullveig y Heid pues, muy probablemente, se tratase de la misma poderosa giganta conocedora del seidr.

Empecé a leer El corazón de la bruja sin saber demasiado bien qué me iba a encontrar y con la sensación de que sería una novela young adult de fantasía, al estilo de la Circe de Madeleine Miller. Y no. Nada que ver. El corazón de la bruja es una recreación de los mitos nórdicos, en concreto del tiempo inmediatamente anterior al Ragnarok y del mismo fin de los nueve mundos, desde el punto de vista y la voz de la giganta Angrboda, madre de todas las brujas. Con una prosa sobria, elegante y maravillosa, Genevieve Gornichec va tejiendo despacio y con una belleza oscura y terrible esta historia de la caída de los dioses de Asgard y de aquello que logró superarlos en poder y eternidad: el amor de una madre por su hija y el deseo de protección de un padre por su hijo. La primera parte de esta novela es pausada, hechizante, y la segunda, rápida y terrible; su final es conmovedor y espectacular. Pero a medida que van pasando los días desde que terminas este libro y lo cierras, reconoces que no ha sido una lectura mitológica más y su poderoso mensaje, el eco de su divinidad, la voz de su implacable pero infinitamente protectora protagonista, se queda contigo y te recuerda que incluso la memoria de los dioses de desvanece si su historia no se pone por escrito. Nada es eterno, ni siquiera los dioses, excepto el amor materno.

Lector, para disfrutar de la mitología vikinga de la mano de una protagonista extraordinaria.

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