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Un hobbit, un armario y una gran guerra, de Joseph Loconte
John Ronald Reuel Tolkien y Clive Staples Lewis se conocieron en la Universidad de Oxford, en 1926, cuando ambos eran profesores no titulares de lengua inglesa. Los dos habían combatido en la peor guerra que Europa había vivido hasta la fecha, y todos sus amigos habían muerto en las trincheras. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, ambos intelectuales se desmarcaron del cinismo, la ironía y la crisis de fe que imperaba en sus círculos sociales y culturales (se pensaba que la civilización había colapsado), y optaron por escribir novelas fantásticas en donde se recuperaba la vieja tradición del héroe clásico épico, se luchaba por la libertad y se perpetuaba la tradición cristiana histórica de los personajes imperfectos, llenos de nobleza y desgracia. Tolkien escribe y publica El señor de los anillos, con la que deseaba dotar a los ingleses de una mitología propia, y C. S. Lewis, Las crónicas de Narnia. Ambos escriben para superar el horror de la Gran Guerra, pero también para demostrar que era posible mantener sus valores morales cristianos sobre la lucha por el bien y la justicia.
«A juzgar por todas esas susceptibilidades de posguerra, ¿cómo pudo Oxford convertirse en la incubadora de una literatura épica que ensalzaba el valor, y el sacrificio en la batalla? ¿Por qué las obras de Tolkien y Lewis, enraizadas en una narrativa de tradición cristiana, habrían siquiera de ver la luz del día?«

Joseph Loconte, profesor de Historia en el King’s College de Nueva York, publicó Un hobbit, un armario y una gran guerra en 2015, con el subtítulo de Cómo J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis redescubrieron la fe, la amistad y el heroísmo en el cataclismo de 1914 a 1918. Es un ensayo, escrito con agilidad y bien documentado, sobre cómo la Primera Guerra Mundial cambió para siempre a los dos escritores, reforzó su fe y los empujó a escribir la literatura que siempre habían deseado como lectores. Quizás su amistad y su trabajo los salvó del naufragio de los valores del viejo mundo.
J. R. R. Tolkien perdió a todos sus amigos en la Primera Guerra Mundial y él escapó por muy poco a la fiebre de las trincheras del Somme. Escribió La caída de Gondolin en 1917, todavía convaleciente, y Loconte aventura que seguramente lo hizo para hacer frente al horror de lo vivido. Tolkien odiaba la guerra, la había sufrido en primera línea de combate, pero mantuvo sus valores morales y estos le decían que valía la pena luchar por el bien y la justicia. Cuando conoció a Lewis en Oxford, ambos encontraron muchos puntos comunes en su oposición a la tecnología mal empleada y al tipo de cuentos que deseaban leer. Fue Tolkien quien convenció a Lewis, un ateo con muchas dudas, sobre recuperar los valores cristianos en su vida y en su obra, y seguramente ninguno de los dos habría terminado sus grandes sagas sin el apoyo y el entusiasmo del otro.
Un hobbit, un armario y una gran guerra es un ensayo magnífico y conmovedor sobre cómo la Primera Guerra Mundial cambió la vida de dos lingüistas que se convirtieron en escritores clásicos para salvarse del horror. La narración de Loconte es fluida, cálida, tremendamente humana y alejada de toda frialdad academicista; nos cuenta sobre Lewis y Tolkien con respeto y cariño, acercándonos a su tiempo, a sus inquietudes y personalidades. Una lectura maravillosa para lectores de la Tierra Media, pero también un excelente punto de entrada a su universo.
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Un hobbit, un armario y una gran guerra
El príncipe, de Nicolás Maquiavelo. Anotado por Napoleón Bonaparte
Nicolás Maquiavelo escribió El príncipe en 1513, a la edad de 50 años. En el prólogo, confiesa que a su edad está cansado y que se retira de la política, pues lleva toda su vida adulta aconsejando a los gobernantes italianos. Maquiavelo ha vivido las mayores inestabilidades entre los diferentes principados de Italia —los enfrentamientos y conjuras de los Borgia, las luchas de poder de los Medici, cárcel, tortura, guerras, traiciones…— y le apetece escribir sobre toda esa experiencia para el buen gobierno futuro de los reinos. El príncipe es un compendio sobre política, sobre formas de gobierno desde la Antigüedad hasta el siglo XVI, sobre tipos de ejércitos, sobre cómo acceder al poder, pero también es un ejercicio de reflexión y guía para cualquier príncipe italiano que desee mantener su territorio a salvo de la ambición de los vecinos.
«Un señor que actúe con prudencia no puede ni debe observar la palabra dada cuando vea que va a volverse en su contra y que ya no existen las razones que motivaron su promesa. Y si todos los hombres fuesen buenos, este precepto no sería justo; pero puesto que son malvados y no mantendrían su palabra contigo, tú no tienes por qué mantenerla con ellos.«

La primera vez que leí El príncipe fue como lectura obligatoria de la asignatura de Historia Moderna y no recordaba gran cosa, quizás porque en su momento me pareció un deber. Por esa circunstancia, y porque tenía muchas ganas de hacerme con la edición anotada por Napoleón Bonaparte, convencí a un grupo de lectoras y amigas para acompañarnos en la aventura de leerlo juntas. Reconozco que a menudo hemos disfrutado más comentándolo entre nosotras que leyendo al señor Maquiavelo, y que la soberbia de Bonaparte nos ha puesto la sonrisa en los labios más de una vez.
Es curioso cómo el tiempo altera el recuerdo de la Historia y las palabras de sus protagonistas, y al final acabamos teniendo una idea distorsionada de El príncipe y su autor. Por eso, leer el original resulta tan interesante y sorprende la actualidad y vigencia —salvando las distancias— de las ideas de Nicolás Maquiavelo sobre política y gobierno (seguramente porque los humanos apenas hemos cambiado en los pocos siglos que llevamos sobre la Tierra). Dice Maquiavelo que la política es la persecución de los fines generales para la mejora de la convivencia social, que los hombres solo dañan por miedo o por odio, que ningún poder se mantiene por la suerte y que el buen príncipe conserva su Estado si evita los vicios peligrosos y fomenta las virtudes que le ayudan a conservarlo, sean o no verdaderas. Lo más loable es que un gobernante mantenga la palabra dada y viva con integridad mejor que con astucia y, sin embargo, la Historia nos dice que triunfan los astutos. Y astuto será el príncipe que sepa encontrar buen consejo en quien no tenga miedo de decirle la verdad.
Bonaparte leyó El príncipe cuando todavía era un estudiante en la academia militar y quedó tan prendado de las enseñanzas, consejos y reflexiones de Maquiavelo que volvió a releerlo, anotarlo y subrayarlo una y otra vez a lo largo de toda su vida. El problema, en mi opinión, es que esta edición de la obra no cataloga las anotaciones de Bonaparte por orden cronológico y si no se conoce bien su biografía puede llevar a confusión: los comentarios y las ideas del joven general revolucionario no tienen nada que ver con los que apunta el militar en campaña europea o, posteriormente, el emperador Napoleón. Hubiese sido mucho más ilustrativo un ordenamiento de las anotaciones que permitiese observar a cualquier lector el cambio de un Bonaparte joven deseoso de convertirse en el príncipe ideal que proponía Maquiavelo hasta derivar en el emperador soberbio y pagado de sí mismo que traicionó sus ideales revolucionarios cuando se vio dueño de Europa. Porque, debido a una de esas trampas de nuestra memoria, quien concluyó que el fin justifica los medios no fue Nicolás Maquiavelo sino Napoleón Bonaparte.
Lector, un ensayo clásico que te sorprenderá por su vigencia y la clarividencia de sus ideas.
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