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La mujer de la libreta roja, de Antoine Laurain

Una mañana temprano, cuando baja a desayunar antes de abrir la puerta de su librería, Laurent Letellier se encuentra un bolso malva de mujer con todos los efectos personales de su propietaria en el interior. Su primer impulso es llevarlo a una comisaría, pero las circunstancias hacen que el objeto encontrado termine en el apartamento de Laurent. Con una copa de vino en las manos, un divorcio a sus espaldas y una hija ingobernable en el horizonte, el librero decide ceder a la tentación de abrir el bolso y curiosear su contenido: tres piedrecitas, un espejo, un libro firmado de Modiano, una receta, una pinza, aquella moleskine roja… Demasiado tarde se da cuenta de que todos esos objetos únicos son una invitación, como una puerta entreabierta, a conocer a su propietaria. Y prendado de la voz de la mujer de la libreta roja, Laurent encuentra un camino extraordinario y único hacia la desconocida.

«Cabello castaño hasta los hombros, tez pálida, ojos muy claros, grises quizás, una sonrisa muy bonita, no demasiado alta y con un lunar a la derecha del labio superior.«

No conocía a Antoine Laurain cuando Jane Jubilada me dijo «tienes que leer esta historia tan cuqui«. Como me encantan las recomendaciones feelgood de esta gran lectora, me regalé La mujer de la libreta roja por Sant Jordi y ahora ando enamorada de lo bonito que cuenta el señor Laurain.

No esperéis un argumento grandioso y complicado, giros dramáticos, grandes aventuras o heroicidades porque esta es una novela de gestos pequeñitos y hermosos, de personajes para enamorarse despacio, de sonrisas cómplices y mucho feelgood en cada página. Fijaos si me ha encantado, que ahora hasta veo con otros ojos a Patrick Modiano, quizás menos triste y más melancólico (pero de esas melancolías bonitas, románticas, de las de pasear bajo la lluvia), con un poquito más de esperanza y simpatía por los que se enamoran.

Me ha encantado La mujer de la libreta roja, de principio a fin, no le cambiaría ni una coma (aunque le tacharía una docena de «de hecho», pero eso ya son manías lectoras. No me critiques, que tú también tienes unas cuantas). Me gusta por Laurent y Laure, por los gatos Belphégor y Putin, por la librería, por el oficio de dorador, por el juego de enamorarse a ciegas, por las pistas, por todo. La prosa de Laurain es delicada y luminosa, sorprende por su naturalidad tan íntima y cómplice. Además, su personalísimo estilo me ha aportado una nota de originalidad y frescura cuando más lo necesitaba. El problema es que ahora anhelo que alguna editorial charming traduzca al español Le chapeau de Mitterrand.

Lector, no solo de feelgood british vive esta lectora.

También te gustará: Juntos, nada más; La delicadeza; Contra el viento del norte; El resto de sus vidas

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Una chica con pistola, de Amy Stewart

En 1914, las tres hermanas Kopp, Constance, Norma y Fleurette, viven en una granja solitaria, en el campo, a las afueras de Paterson, en el condado de Bergen. Una mañana de verano, mientras conducen su pequeña calesa para realizar las compras semanales en el pueblo, un automóvil las embiste. El conductor es el empresario textil Henry Kaufman, un majadero al que solo le interesa salir de juerga con sus amigos. Cuando Constance le hace llegar la factura de la reparación de la calesa, Kaufman no solo se niega a pagarle los gastos del accidente sino que además se ríe de ella y la amenaza si no ceja en su empeño de cobrar; no va a dejarse intimidad por una joven soltera y desamparada. Lejos de esconderse muertas de miedo en casa de su hermano, las tres hermanas Kopp acuden al sheriff del condado y deciden investigar para aportar las pruebas suficientes que condenen al industrial por sus fechorías. Constance, armada e inteligente, descubre que Kaufman es culpable de mucho más que el atropello de su calesa, pero también que en 1914 una chica con pistola sigue siendo un escándalo y una excentricidad.

«El sheriff Heath se reclinó en la silla para mirar a Norma con más atención.
—¿Un rifle? ¿Qué iban a hacer ustedes, chicas, con un rifle?
Norma sorbió por la nariz.
—Constance iba a proteger a sus hermanas. Y usted, ¿qué estaba haciendo usted?»

Amy Stewart decidió escribir Una chica con pistola cuando tropezó con un artículo de 1914 en el que se informaba del accidente de calesa de las hermanas Kopp y las repercusiones del mismo. La escritora quedó prendada de la fuerza que desprendía la persona de Constance Kopp, una mujer que a principios del siglo XX, en el condado de Bergen, no solo resultó ser una excelente detective sino que además decidió ejercer como tal pese en aquella época la sociedad esperaba de ella que se dedicase a buscar marido y a tejer, o, como mucho, si era de naturaleza inquieta y aventurera, a la mecanografía.

Stewart se documentó en actas judiciales, testimonios biográficos, artículos periodísticos de la época del New York Times, Philadelphia Sun, Bergen Evening-Record y gacetas locales, y en otras fuentes de consulta para novelizar un acontecimiento que se siguió con interés cuando ocurrió y hasta la finalización del juicio más de un año después. En las notas finales, explica al lector qué personajes son ficticios y qué hechos han sido inventados, pero la historia y las protagonistas de Una chica con pistola son tan singulares y apasionantes que apenas se precisa de más ficción. Las huelgas textiles, las amenazas de la Mano Negra, las insalubres condiciones laborales de los obreros, las calles de Nueva York, las perspectivas profesionales de las mujeres, la vida de las madres solteras, las mejoras penitenciarias, el sensacionalismo de la prensa… Es sorprendente lo mucho que se puede leer entre líneas y el valioso testimonio histórico que se puede encontrar en una noticia sobre un accidente de calesa de tres hermanas y sus repercusiones en 1914. Genial la narración de Amy Stewart para convertirlo en una novela policíaca de personajes, con cierto suspense y un magnifico retrato de la época y las rebeldes hermanas Kop.

Lector, lo escandaloso en Norteámerica, en 1914, no era que alguien fuese armado sino que ese alguien fuese una chica, soltera e independiente, dispuesta a defenderse a sí misma y a sus hermanas.

Nota: Siruela ha publicado una segunda entrega de las aventuras de Constance Kopp, Mujer policía busca problemas

También te gustará: La firma de todas las cosas; Las huellas de la vida

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El resto de sus vidas, de Jean-Paul Didierlaurent

Ambrose vive con su abuela Beth desde que se peleó con su padre, Premio Nobel de Medicina, por confesarse incapaz de seguir sus pasos profesionales. Todo va bien en su vida, excepto que sigue sin encontrar pareja por mucho que Beth —ese «emoticono angelical (…) que parecía siempre tener un humor inalterable en cualquier circunstancia«— se empeñe con la prueba de la tarta de mantequilla. Manelle es asistenta social y se encarga de ayudar a ancianos que viven solos en sus casas. Algunos la sacan de quicio, como Marcel y su maldito billete de cincuenta euros, y otros la conmueven con su ternura y su soledad, como Samuel o la señora Madeleine. Ambos jóvenes, Ambrose y Manelle, coincidirán en un extraño viaje a Suiza junto a Beth y a Samuel, donde contemplarán el magnífico Jet d’Eau y comprenderán que la vida y la muerte son tan impredecibles como la posibilidad de enamorarse.

«—Pare, no vale la pena que insista, está muerto— sentenció Ambroise.
El gran charco de líquido anticongelante que se había formado debajo del coche mostraba con suficiente elocuencia la gravedad de la avería.
—Tenía que ser un tipo de pompas fúnebres el que me dijera que está muerto —explotó la joven con una risa histérica.«

Cuando Seix Barral publicó en castellano El lector del tren de las 6.27, de Jean-Paul Didierlaurent, pensé que me gustaría leerlo. Pero, por desgracia, ya sabéis cómo son estas cosas: el título va a parar a tu kilométrica lista de deseos y muchas veces allí se queda, traspapelado entre cientos de prometedores títulos más. Por eso, cuando Laura Gomara, la interesantísima autora de Vienen mal dadas, me propuso leer la nueva novela de Jean-Paul Didierlaurent, detalle de Bookish no dudé en decirle que sí. «Mira a ver si te parece feelgood«, me dijo Laura. Una vez leído y disfrutado —la prosa de Didierlaurent es estupenda, evocadora, rítmica— no sé si me atrevo a decir que es feelgood, pero sí que os puedo asegurar que es una novela conmovedora, bella, y que os la recomiendo mucho.

Didierlaurent escribe una historia plagada de muerte, de enfermedad, de vejez, de soledad y de abandono y, sin embargo, lo hace con tal dulzura y naturalidad que el lector jamás se siente abrumado por ninguna tristeza más allá de la emoción que despiertan sus protagonistas. No es este un libro de humor, ni tampoco contiene discursos insoportablemente optimistas y mindfulness sobre karma o autoayuda. No trivializa sobre la muerte o la enfermedad, ni sobre la vejez en soledad o las relaciones entre padres e hijos. La clave está en la sutileza del autor y en su habilidad para contarnos, con  sinfín encanto, la historia de unos personajes que bien podrían ser nuestros vecinos.

Didierlaurent tiene la capacidad de encontrar magia en lo cotidiano, de saber narrarle al lector, a través de su benevolente mirada, acontecimientos pequeñitos que se hacen grandes porque son profundamente humanos. Si bien es cierto que el autor jamás cae en el dramatismo y opta por soluciones amables (característica de la literatura feelgood) también lo es que en su fabulación los sentimientos son muy reales. Por todo ello, El resto de sus vidas es una novela original y profundamente bella, una historia sobre algo tan propio de la vida como la muerte, narrada con la hermosa cadencia de la prosa de Jean-Paul Didierlaurent y con la conciencia clara de sus extraordinarios personajes.

Lector, un placer descubrir a Jean-Paul Didierlaurent, no te lo pierdas.

La experiencia de Bookish fue así de bonita y la guía de lectura que proporciona, por no mencionar los detallitos que acompañan al libro, es fabulosa:

También te gustará: La biblioteca de los libros rechazados; La delicadeza; La amaba; Las mil y una historias de A.J. Fikry

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Cortejo en la catedral, de Kate D. Wiggin

A finales del siglo XIX, la norteamericana Kitty Schuyler y su tía Celia se hallan en Inglaterra, de turismo por la ruta de las ciudades catedralicias. En su juventud, la tía Celia estuvo comprometida con un arquitecto y despertó en ella el amor por el arte arquitectónico pero a su sobrina todas las catedrales le empiezan a parecer un poco iguales. Pese a que sigue los dictados de tu carabina de escribir un diario sobre sus impresiones artísticas y turísticas, esas páginas pronto se llenan con otras consideraciones más mundanas, como la presencia del guapo y caballeroso Jack Copley que, casualmente, parece encontrarse en todas las ciudades que visitan ambas damas.

«La tía Celia dice que no dispondremos de arquitectura respetable hasta que cada edificio se convierta en una sincera y exquisita representación de su propósito más profundo; un símbolo, por así decirlo, de su significado intrínseco. Creo que sería muy difícil proyectar un manicomio en base a eso, pero no me atreví a afirmarlo, pues la idea no parecía presentar incongruencias para el señor Copley.«

Kate D. Wiggin (Pensilvania, EUA,1856 – Middlesex, Inglaterra, 1923) fue una innovadora de su época en educación infantil y en técnicas psicopedagógicas para niños, vocación a la que se dedicó profesionalmente además de publicar libros infantiles y algunas novelas para adultos, como esta que os traigo hoy al blog. dÉpoca Editorial edita en castellano, dentro de su colección dElicatessen (diseños modernistas, ilustradas y ornamentadas con guardas impresas), Cortejo en la catedral, una novelette con mucho encanto que fue publicada por vez primera por la autora en 1893.

Se trata de una breve historia, narrada en forma de diario a dos voces —la de Kitty y la de Copley—, sobre un romántico y divertidísimo romance on the road, es decir, en ruta de las ciudades catedralicias británicas. Londres, Oxford, Gloucester, Winchester, York… las ciudades y las catedrales se van sucediendo a toda prisa y la joven Kitty mezcla chapiteles con arcos, gótico temprano con imaginario románico y vidrieras con transeptos. La gracia de las entradas de su diario reside en su peculiar disfrute de la ruta y su versión del cortejo de Jack Copley. A su vez, las entradas de Copley rebosan de humor, sobre todo en su descripción de la tía Celia, y en la locura que le supone cambiar de alojamiento cada vez que a Kitty le apetece tomar habitaciones en los lugares que ostentan rótulos más raros o que son regentados por personas de nombre peculiar:

«y cuando descubrió que el nombre de la doncella era Susan Strangeways («extrañas maneras»), y que estaba prometida en matrimonio con un aprendiz de cervecero llamado Sowerbutt («trasero sembrador»), regresó a su convencional hotel y persuadió a su tía de mudarse sin demora.«

Divertida y con charming a raudales —parte del cual se debe a la visión norteamericana del universo inglés de finales del siglo XIX—, Cortejo en la catedral es una historia que apetece para evadirse de la fealdad cotidiana. Wiggin refleja, con ternura y mucho sentido del humor, la cara más amable y romántica de las atolondradas relaciones entre dos jóvenes con el telón de fondo de las hermosas catedrales británicas, la despistada vigilancia de la peculiar tía Celia y esa nostalgia de una visión amable y bucólica del viejo continente antes de desembarcar en el siglo XX.

Lector, cuqui, encantadora y dulce como una caja de bombones de Fortnum & Mason.

Nota: Tenía esta preciosidad en mi lista de deseos porque ya sabéis que me enamoran las historias de pequeñas tramas y grandes encantos, pero mi querida amiga Miss Hurst se adelantó y me dio una sorpresa enorme (además, con dedicatoria). Muchas gracias, MH, tengo esta reseña desde que terminé la lectura, en verano, quería estrenar la nueva página con ella pero al final no pudo ser. Aquí la tienes, rebosante de buen humor y de cariño, como nuestra Kitty.

También te gustará: Patricia Brent, solterona; Kathleen; Seguro de amor

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La librería del señor Livingstone, de Mónica Gutiérrez

¡Sorpresa!

Los que me seguís en las redes sociales sabéis que llevo las últimas semanas emocionadísima, en plan misterio y amenazando con una sorpresa. Es una alegría enorme presentar hoy mi cuarta novela, La librería del señor Livingstone.

La librería del señor Livingstone es un pequeño homenaje a mis novelas y autores preferidos, pero también a todos los lectores incansables, a los que leen contra viento y marea, a los que es más sencillo encontrarles con un libro en las manos que con un tenedor. Una comedia muy feelgood que espero que os haga pasar un rato agradable.

La novela está disponible aquí con precio de oferta de lanzamiento:
La librería del señor Livingstone

Os dejo la sinopsis y un fragmento. Ojalá lo paséis tan bien como yo en compañía del señor Livingstone. Mil gracias por acompañarme siempre, mis queridos lectores.

La librería del señor Livingstone – Sinopsis

Agnes Marti es una arqueóloga en paro que se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral. Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas. Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos. Pero aunque Moonlight Books podría parecer un oasis de paz en el acelerado Londres, las extrañas campanillas de su puerta daran paso a los sucesos más inesperados: una noche de tormenta, el inspector John Lockwood…

Una comedia muy feelgood, con un toque Wodehouse irresistible. Un homenaje de la autora a sus libros y escritores favoritos.

«—¿Qué está leyendo?
Agnes le mostró la cubierta de «Por no mencionar al perro», de Connie Willis.
—Primero habrá leído la novela de Jerome.
—Tal y como usted me recomendó.
—Buena chica —El señor Livingstone consultó su reloj de bolsillo y decidió dar la tarde por concluida—. Parece que hoy no vamos a vender más libros. Los londinenses creen en una leyenda no escrita que asegura que es mucho más divertido concentrar todas las compras en la hora anterior al cierre de la librería, el 24 de diciembre. ¿Por qué no aprovecha y va a esa exposición en la Tate, de Turner y sus malditas ruinas griegas, por la que suspiraba ayer?
—¿No le importa que me marche antes? —se animó con la propuesta.
El señor Livingstone miró significativamente su pipa y su precioso libro ilustrado y la observó por encima de las gafas sin montura.
—Podré con el estrés.
—¿Por qué no me acompaña?
—Los ingleses no vamos a exposiciones de Turner, preferimos otras actividades más ennoblecedoras como la caza del zorro o el críquet —bromeó el librero—. Pero ahora que menciono al pintor, me recuerda que si quiere seguir sentándose en estos sillones y mantener intacto su honor, debe leer esto…«

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