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Anhelo de raíces, de May Sarton
A mediados del siglo pasado, la escritora May Sarton se compra una casa cerca del pequeño pueblo de Nelson, en New Hampshire. Es la primera vez que es dueña de una propiedad y siente el deseo y la necesidad de convertirla en hogar. Tras remodelarla a su gusto, empieza la larga tarea de ir amueblándola poco a poco, con las piezas que aportan sus amigos y lo poco que le queda de sus padres, emigrantes del viejo continente. Sarton nunca se ha sentido del todo oriunda de un lugar, siempre a medio camino de las dos orillas del Atlántico, pero esta vez va a hacer todo lo posible por sentirse enteramente en casa, un lugar tranquilo y fértil donde echar, por fin, raíces.
«Pequeños crujidos, una puerta abriéndose por la corriente, el ruido de un ratón de campo en alguna parte de la cocina, y algo menos tangible, como si las propias cosas respiraran muy suavemente, como si los viejos muebles se estuvieran asentando. Todos aquellos sonidos juntos hicieron que la casa pareciera un barco. No sabía adónde me llevaría aquel barco, pero sabía que era cómodo y hermoso y supe que su pasajera estaba atada a él tanto por dentro como por fuera.«

May Sarton (Flandes, 1912 – Nueva York, 1995) fue una novelista, poeta, escritora de libros infantiles y autora de memorias, que se considera clave en la intelectualidad y en la literatura estadounidense y feminista del siglo pasado. Tal vez porque, tal y como refleja en Anhelo de raíces, a menudo se sintió a caballo entre la cultura europea y la norteamericana, Sarton siempre tuvo una mirada muy universal, además de una pluma comprometida con la defensa del feminismo y del antibelicismo.
Anhelo de raíces (Plant Dreaming Deep, 1968) fue su segunda obra de no ficción y narra, con su característico estilo tranquilo y cálido, el momento en el que decide asentarse en un pequeño pueblo de New Hampshire y echar raíces. Los capítulos se suceden a medida que Sarton compra la casa, la restaura, la amuebla y la llena de amigos y recuerdos. Es una preciosa historia de amor y de reconciliación con el pasado y el presente de la autora, con la aceptación de su madurez, de sus deseos y de su momento de crearse un hogar propio más allá de sus versos. Sarton encuentra el equilibrio entre su herencia y su experiencia vital, comparte con el lector una alegría plena, sencilla, la simple satisfacción de sentirse viva y en paz con el mundo… y con sus vecinos. Moldea su hogar y su jardín acompañada de sus recuerdos, pero también de sus esperanzas y proyectos, para aceptar que también aquello que creemos tan nuestro como una casa desarrolla su propia personalidad a medida que responde a nuestras preguntas.
Lectora, una lectura que aporta paz, belleza y calidez.
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Al otro lado del valle, de Gervase Phinn
Gervase Phinn es un maestro de primaria de Historia y Lengua que decide presentarse al puesto de inspector escolar en Yorkshire. Contra todo pronóstico, su candidatura es aceptada de buena gana y Phinn se traslada de inmediato a la sede comarcal que le pertenece. Allí compartirá despacho con los inspectores de Educación Física, de Ciencias y de Arte, y aprenderá a temer a lady Macbeth gracias a los buenos consejos y eficiente tutela de Julie, la secretaria del departamento. Mientras busca una casita y se enamora de una joven y hermosa directora, sus viajes a través del valle y de los preciosos paisajes de Yorkshire lo llevan de colegio en colegio. Casi sin darse cuenta, Gervase pasa su primer año entre entrevistas con docentes de lo más variopinto, la compañía del Lord local y las geniales anécdotas de unos alumnos expertos en vacas, ovejas, climatología y la vida misma.
«Un niñito regordete se acercó a hablarnos, y nos saludó con gran efusividad. Lo dejé hablar un rato, y entonces le planteé el tipo de preguntas que les hacen los adultos a los niños pequeños.
—¿Qué quieres ser de mayor?
—El conde de Marrick —anunció sin vacilar.
Fijé la vista en el semblante alegre del titular de dicho honor, preguntándome cómo demonios reaccionaría al comentario, y me quedé muy sorprendido cuando el conde estalló en carcajadas y dio palmaditas afectuosas en la cabeza del muchacho antes de mandarlo de vuelta a sus deberes.
—Buen chaval, buen chaval —dijo el conde mientras reía complacido.
—Es usted todo un éxito, milord —comenté mientras nos dirigíamos al coche-. Lástima que ese muchachito nunca pueda alcanzar su ambición.
—¡Chorradas! -bramó Lord Marrick—. Es mi nieto.«

Gervase Phinn es un educador y escritor inglés que además, de poemas y libros infantiles, ha publicado sus memorias como inspector escolar en Yorkshire a lo largo de las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. Al otro lado del valle, es la primera entrega de dichas memorias que se traducen al castellano y espero que Ediciones del viento se anime con las siguientes porque es una lectura llena de encanto, de humor, de belleza y de esperanza.
Si bien el estilo literario de Gervase Phinn carece de ese humor socarrón británico que tanto aprecio, las anécdotas que nos cuenta en Al otro lado del valle son tan divertidas y simpáticas que no necesitan nada más. El don de Phinn, que brilla en este libro de memorias, es la ternura, esa mirada conmovedora y sencilla de las buenas personas viendo lo mejor de los demás. Trasmite la sensación de que el autor fue un maestro tan extraordinario, por la delicadeza, la inteligencia y la admiración con la que trata a los alumnos, que casi sentimos que dejase las aulas para pasarse a la inspección. Y es que las mejores anécdotas, las más divertidas y curiosas, las más conmovedoras, son las protagonizadas por los niños y niñas. Al otro lado del valle es un libro que rebosa cariño, luz y alegría porque no se centra en la crítica del sistema educativo sino en la parte más humana de su función.
Lectora, un viaje divertido y lleno de ternura al Yorkshire escolar.
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La mansión embrujada, de Mary Stewart
La pequeña Gilly Ramsey, hija de un pastor protestante tradicional y una mujer fría y distante, crece solitaria y sin cariño a las afueras de un pueblecito minero. Su paso por el internado tampoco es afortunado o feliz, y llega a la edad adulta con la sensación de que solo las esporádicas visitas de su enigmática prima Geillis han sido botones de luz en la oscuridad de su pasado. A la muerte de sus padres, se encuentra sola y sin un lugar a donde ir, hasta que un bufete de abogados la informa sobre las disposiciones testamentarias de la prima Geillis, que le ha dejado todo cuanto posee, incluido Thornyhold, un hermoso cottage en Wiltshire, junto al bosque de Westermain. Gilly se muda a la casita campestre sin prejuicios ni expectativas, ajena a las sorpresas que la aguardan. Hechizada por la más bella naturaleza, entre brujas, conjuros, grimorios, palomas misteriosas, un perro perdido y encontrado y unos vecinos peculiares, Gilly está a punto de entender que nunca es demasiado tarde para reconocer la verdadera felicidad.
«Está defendida de la brujería y de la magia negra. En la esquina sudoeste de la casa hay tejos y enebros, así como fresnos, serbales y un laurel. Y el seto de espinos tiene intercaladas algunas plantas del santo espino de Glastonbury. Todo esto sin olvidar los saúcos. En una ocasión su prima me mostró el trazado. Esa historia la había fascinado y se ocupó de mantener todo tal y como estaba.«

Aunque la escritora británica Mary Stewart (1916 – 2014) es conocida por sus sagas de fantasía artúrica, también fue autora de libros infantiles y de novelas de romance gótico. Es en este último género en el que se incluye La mansión embrujada (Thornyhold, 1988), aunque, en mi opinión, también encajaría muy bien dentro de categoría Feelgood por la evolución tan bonita que hace su protagonista, la poca importancia que tiene el romance en las tres cuartas partes de la novela y la paz que procuran las hermosas descripciones de la naturaleza que tan feliz hace a la encantadora Gilly. Y, con esta última frase, estoy segura de que ya adivinareis lo mucho que he disfrutado de esta novela.
El inicio de La mansión embrujada es sublime, hace que al lector le sea imposible no seguir leyendo. Recuerda a esos primeros capítulos de La abadía de Northanger, de Jane Austen, o de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Tiene ese punto de romanticismo inglés, sin duda, y una prosa elegante y expresiva, tan estilosa, que es otro de los puntos fuertes de esta lectura. Mary Stewart sabe mantener el suspense, administrando muy bien el planteamiento de pequeños misterios relacionados con la brujería, pero sin caer del todo en el género sobrenatural, a la vez que nos muestra el cambio de su protagonista: cómo va ganando autoestima y seguridad en ella misma, como se reconcilia con su infancia, retoma su relación con la naturaleza y se ve capaz de aceptar y prodigar todo el cariño que le fue negado en su infancia. El resto de personajes brillan con su propio encanto, aunque es sin duda la mansión del título, la naturaleza que crece en su jardín y en su bosque y todas las criaturas que acuden allí en busca de cuidados lo que le otorga a esta novela singularidad y encanto. Una lectura que, pese a no ser perfecta, aporta paz, nos acoge en su sencillez y nos hace sentir bien sin ninguna complicación y con un toque de optimismo y humor.
Lectora, ojalá más novelas de romance gótico (o lo que sea) de Mary Stewart.
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Un par de manos, de Monica Dickens
Monica acaba de volver de Nueva York y, ahora, Londres le parece soso y aburrido. Presa del hastío, piensa que la vida debe ser algo más que ir a fiestas con gente que ni siquiera le cae bien y decide que ha llegado el momento de buscar trabajo. La joven pertenece a una familia de clase alta, su educación ha transcurrido en los mejores colegios, pero no ha sido precisamente práctica. Descartadas las artes escénicas, para las que no tiene talento, y las casas de moda en donde pasan el tiempo algunas de sus conocidas, decide que lo suyo es la cocina y se presenta a los anuncios de empleo para servir como cocinera y/o doncella. Sus aventuras como sirvienta no van a aumentar su cuenta corriente demasiado, pero sí que resultarán una experiencia inolvidable.
«Seguro que la vida es algo más que ir a fiestas en las que no me divierto con gente que ni siquiera me cae bien. Qué existencia tan absurda esta de dejarse llevar con la esperanza de que ocurra algo que alivie la monotonía. Tengo que hacer algo que me saque de este hoyo. Y de pronto se me ocurrió: ¡Voy a buscar trabajo! Lo dije en voz alta y me sonó estupendamente, aunque mi perro no dio muestras de emocionarse demasiado.«

Monica Dickens (1915 – 1992), bisnieta de Charles Dickens, estudió arte dramático, trabajó como cocinera y doncella, como enfermera, en una fábrica de municiones y como reportera en un diario londinense, mientras escribía y publicaba novelas casi autobiográficas —y otras que no lo eran tanto—, que tenían el don de señalar, con humor e ironía, los sinsentidos de la sociedad inglesa de su época. Algunos críticos literarios dicen que si Un par de manos (1939) (una mirada cómica a la ridiculez de entender por separado los mundos domésticos de «abajo» y «arriba» en la Inglaterra de entreguerras) y Un par de pies (1942) (su experiencia como enfermera y trabajadora civil durante la Segunda Guerra Mundial) hubiesen sido firmados por un hombre, habrían sido reconocidos con mucha más justicia como los testimonios de una inconformista capaz de poner el dedo en la llaga cuando miraba alrededor y señalaba la ridiculez y la hipocresía estamental de su época.
Precisamente, eso es lo que más destaca de Un par de manos, la genialidad de la autora para dejar entre líneas una crítica de conciencia de clase, inteligente y aguda, con un excelente sentido del humor. Aunque se nota que es una primera novela, sobre todo en la pobreza de estilo y algunas frases vacilantes, la voz de Monica Dickens es clara y su retrato de las relaciones entre el servicio y los señores a finales de los años 30 del siglo pasado en Inglaterra es certero y contundente. El puesto de doncella y cocinera es, quizás, de los más esclavistas entre los anuncios de empleo doméstico pues conlleva el supuesto de que se va a servir en una casa de pocos posibles (no hay presupuesto para más servicio y solo una mujer debe cocinar y servir): sueldo bajo y exceso de trabajo. Tras su experiencia desafortunada en un puesto similar, la protagonista prefiere emplearse solo como cocinera o solo como doncella, tanto en casas de campo como en la ciudad, de todos los tamaños, para empleos temporales o de larga duración. Con agilidad y socarronería, narra las relaciones con sus empleadores y compañeros de servicio, evidenciando a menudo que la fina línea que los separa no es más que una convención social y que ella, con su educación y perspectiva de clase, es un claro ejemplo del divertidísimo sinsentido en el que a veces derivan las relaciones entre empleados y empleadores en el ámbito doméstico.
Lectora, una crítica al convencionalismo social con un genial sentido del humor.
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