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Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman
El Infierno se ha cansado de esperar y ha decidido que ya va siendo hora de iniciar el Armagedon. Lo primero es colocar al bebé Anticristo en la tierra, tarea que encomiendan al experimentado demonio Crowley. El problema es que Crowley lleva tantos años en el mundo que le ha cogido cariño y no le apetece nada que desaparezca. Por no hablar de lo mucho que le gusta su Bentley. Sabe que después de la destrucción total de la humanidad llegará el enfrentamiento entre ángeles y demonios y, gane quien gane, va a ser un rollo: o todo Cielo o todo Infierno. Aburrimiento. Con la ayuda de un ángel librero, el mermado ejército cazabrujas, la heredera de Agnes la Chalada y una médium, Crowley intentará detener del fin del mundo ¿Qué puede salir mal?
«Él trataba de hacer desgraciadas sus breves vidas porque era su trabajo, pero no podía imaginar nada peor, ni de lejos, que lo que ellos mismos inventaban. Era como si tuvieran un don para ello (…). Nacían en un mundo que estaba contra ellos de mil pequeñas maneras, y dedicaban la mayor parte de sus energías a empeorarlo (…) había estado a punto de mandar un mensaje Allá Abajo que dijera: Mirad, más vale que lo dejemos por ahora, que nos olvidemos de tanto Desastre y de tanto Pandemonio y todo lo demás, y que nos larguemos de aquí, porque no les podemos hacer nada que ellos no se hayan hecho ya, porque además inventan cosas que a nosotros jamás se nos habrían ocurrido siquiera, que normalmente tienen que ver con electrodos. Tienen lo que a nosotros nos falta: tienen imaginación. Y electricidad, claro.«

A estas alturas de la vida no he leído todavía a Terry Pratchett y confieso que me quedé atascada con Neverwhere, de Neil Gaiman, a la mitad. Pero vi hace poco la primera temporada de la serie televisiva Lucifer y supongo que cuando entré en Gigamesh me dejé llevar. La sinopsis de Buenos presagios prometía y me robó el corazón eso de las Buenas y Acertadas profecías de Agnes la Chalada. El corazón de una lectora es veleidoso y no pude resistirme a dos ángeles (uno caído y el otro librero), una bruja, los cuatro jinetes del Apocalipsis y los Ellos.
Me lo he pasado en grande con Buenos presagios, me encanta su toque de humor inglés, el ingenio de sus personajes y situaciones, y las reflexiones existencialistas de la historia. Como no conozco a los autores demasiado, no podría deciros qué mérito se lleva cada uno, pero a mí me tenían ganada los dos desde la dedicatoria:
«Los autores quieren unirse al demonio Crowley en su dedicatoria de este libro a la memoria de G.K. Chesterton. Un hombre que sabía de qué iba el tema.«
No voy a desvelar más tramas ni más personajes, merece mucho la pena que leáis este libro sin saber apenas nada, confiad en mí. Creo que la sorpresa es uno de los factores que más he disfrutado, además del sentido del humor de los autores y de los Ellos. Me encanta la reflexión que hacen los personajes sobre la inutilidad de los enfrentamientos entre el Bien y el Mal, o el amor que sentimos por nuestro hogar, o el libre albedrío, o la imaginación… Me gusta porque no hay discursos moralistas, ni moralejas, ni ganadores o perdedores. Pero sobre todo me parece genial la reinterpretación de personajes legendarios de nuestro imaginario occidental. Gracias, señores Pratchett y Gaiman por hacerme reír, por sorprenderme y por los Ellos.
Lector, súbete al Bentley porque, según las profecías de Agnes la Chalada, el mundo se acaba este sábado.
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El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo, de David M. Barnett
Una extraña casualidad hace realidad el mayor deseo de Thomas Major: vivir en paz lejos de todos los humanos del mundo. Thomas es un químico gruñón cansado de que su vida sea un desastre, harto del ruido que le rodea, infeliz siempre que interactúa con alguna persona. Cuando se le presenta la oportunidad de ser el primer hombre con billete solo de ida a Marte, cree que sus plegarias de vivir lejos de cualquier ser humano han sido por fin atendidas. Relativamente feliz en la cápsula Ares I, camino del planeta rojo, conoce a los Ormerod, una familia disfuncional que pasa por graves apuros. Gladys, la abuela, está perdiendo la lucidez; James, el peque de la casa, brillante científico, sufre acoso escolar; Darren, el padre, está en la cárcel; en ausencia de la madre, Ellie, la hija adolescente, lleva todo el peso de la familia sus espaldas. Ellie detesta las casualidades y a las familias felices, por eso Thomas le cae bien, pero todavía no comprende de qué manera puede ayudarles un astronauta a cambiar la mierda de vida que les ha tocado en suerte.
«—¿Quieres saber lo mejor de estar en el espacio? Es no estar en la Tierra. Probablemente tenía tu edad cuando me di cuenta de algo, y es que el mundo es una mierda, igual que todas las personas que hay en él. He estado toda mi vida observando cómo mis ambiciones se marchitaban y morían. Así que cuando llegó la oportunidad de dejarlo todo, y me refiero literal y jodidamente a todo, la agarré con las dos manos. Tengo lo único que siempre he querido. Nada de gente. Estoy solo. Total y absolutamente.«
Conocí este libro cuando la escritora Mayte Esteban me dijo «he encontrado una novela que me ha hecho pensar en tu señor Livingstone por la portada, el título y la sinopsis«. Como sé que Mayte conoce bien mis gustos literarios, corrí a la librería, leí la sinopsis, hojeé el libro y me lo llevé a casa. Me ha encantado.
David M. Barnett imagina una historia en la que la realidad más dura que nos toca vivir en nuestros días se entrelaza con la esperanza de un futuro distinto: la familia Ormerod y el pasado de Thomas frente a la promesa de iniciar un nuevo mundo lleno de posibilidades en Marte. Barnett narra, con agilidad y mucho sentido del humor, una comedia en la que la ficción más loca encaja perfectamente con la dura verdad de la sociedad en la que vivimos. La clave está en unos personajes bien construidos, con un pasado emocional coherente, que han hecho de ellos lo que son. Y, a lo largo de toda la novela, la presencia constante del hermoso arte de convivir con la casualidad, el azar, la coincidencia.
Creo que la clave de El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo radica en la ternura de sus personajes, en el punto de excentricidad de la trama, en su sentido del humor pese a la dureza de la realidad y a lo enormemente conmovedora que es la historia. Pese a que la novela de Barnett no cumple todos los requisitos formales para que una obra se considere feelgood (hay muertes y la atmosfera/escenarios no son precisamente agradables para el lector), sí que resulta afín al género en el sentido de que, pese al dramático punto de partida, se llega a un final feliz por un camino salpicado de sentido del humor (a menudo, negro). No hay que esperar, sin embargo, una novela feelgood en el sentido estricto del término sino una historia profundamente conmovedora, tragicómica como la vida misma, con unos personajes rebosantes de carisma, de fragilidad, de emoción. La gracia es que nada parece forzado o impostado, todo fluye con naturalidad, humor e inevitable sensación de desastre (la maldita ley de Murphy) para el entretenimiento y emoción del lector más desprevenido.
Ah, eso sí, detesto profundamente el título en español. Prefiero muchísimo más el original, Calling Major Tom, que hace referencia a la canción Space Oddity de David Bowie, muy presente en toda la novela debido al nombre y a las circunstancias del protagonista.
Lector, una tragicomedia fantástica que te conmoverá como hacía tiempo que no te sucedía con un libro de nuestro siglo.
Si te apetece, pásate por El espejo de la entrada para ver qué le ha parecido a Mayte esta pequeña gran historia.
También te gustará: El tipo más raro del mundo; El mayor Pettigrew se enamora; Mr. Rosenblum sueña en inglés
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Cortejo en la catedral, de Kate D. Wiggin
A finales del siglo XIX, la norteamericana Kitty Schuyler y su tía Celia se hallan en Inglaterra, de turismo por la ruta de las ciudades catedralicias. En su juventud, la tía Celia estuvo comprometida con un arquitecto y despertó en ella el amor por el arte arquitectónico pero a su sobrina todas las catedrales le empiezan a parecer un poco iguales. Pese a que sigue los dictados de tu carabina de escribir un diario sobre sus impresiones artísticas y turísticas, esas páginas pronto se llenan con otras consideraciones más mundanas, como la presencia del guapo y caballeroso Jack Copley que, casualmente, parece encontrarse en todas las ciudades que visitan ambas damas.
«La tía Celia dice que no dispondremos de arquitectura respetable hasta que cada edificio se convierta en una sincera y exquisita representación de su propósito más profundo; un símbolo, por así decirlo, de su significado intrínseco. Creo que sería muy difícil proyectar un manicomio en base a eso, pero no me atreví a afirmarlo, pues la idea no parecía presentar incongruencias para el señor Copley.«

Kate D. Wiggin (Pensilvania, EUA,1856 – Middlesex, Inglaterra, 1923) fue una innovadora de su época en educación infantil y en técnicas psicopedagógicas para niños, vocación a la que se dedicó profesionalmente además de publicar libros infantiles y algunas novelas para adultos, como esta que os traigo hoy al blog. dÉpoca Editorial edita en castellano, dentro de su colección dElicatessen (diseños modernistas, ilustradas y ornamentadas con guardas impresas), Cortejo en la catedral, una novelette con mucho encanto que fue publicada por vez primera por la autora en 1893.
Se trata de una breve historia, narrada en forma de diario a dos voces —la de Kitty y la de Copley—, sobre un romántico y divertidísimo romance on the road, es decir, en ruta de las ciudades catedralicias británicas. Londres, Oxford, Gloucester, Winchester, York… las ciudades y las catedrales se van sucediendo a toda prisa y la joven Kitty mezcla chapiteles con arcos, gótico temprano con imaginario románico y vidrieras con transeptos. La gracia de las entradas de su diario reside en su peculiar disfrute de la ruta y su versión del cortejo de Jack Copley. A su vez, las entradas de Copley rebosan de humor, sobre todo en su descripción de la tía Celia, y en la locura que le supone cambiar de alojamiento cada vez que a Kitty le apetece tomar habitaciones en los lugares que ostentan rótulos más raros o que son regentados por personas de nombre peculiar:
«y cuando descubrió que el nombre de la doncella era Susan Strangeways («extrañas maneras»), y que estaba prometida en matrimonio con un aprendiz de cervecero llamado Sowerbutt («trasero sembrador»), regresó a su convencional hotel y persuadió a su tía de mudarse sin demora.«
Divertida y con charming a raudales —parte del cual se debe a la visión norteamericana del universo inglés de finales del siglo XIX—, Cortejo en la catedral es una historia que apetece para evadirse de la fealdad cotidiana. Wiggin refleja, con ternura y mucho sentido del humor, la cara más amable y romántica de las atolondradas relaciones entre dos jóvenes con el telón de fondo de las hermosas catedrales británicas, la despistada vigilancia de la peculiar tía Celia y esa nostalgia de una visión amable y bucólica del viejo continente antes de desembarcar en el siglo XX.
Lector, cuqui, encantadora y dulce como una caja de bombones de Fortnum & Mason.
Nota: Tenía esta preciosidad en mi lista de deseos porque ya sabéis que me enamoran las historias de pequeñas tramas y grandes encantos, pero mi querida amiga Miss Hurst se adelantó y me dio una sorpresa enorme (además, con dedicatoria). Muchas gracias, MH, tengo esta reseña desde que terminé la lectura, en verano, quería estrenar la nueva página con ella pero al final no pudo ser. Aquí la tienes, rebosante de buen humor y de cariño, como nuestra Kitty.
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Etiquetado feelgood, humor literario, Libros excéntricos, Novelas adorables
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