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La tía Mame, de Patrick Dennis

Cuando el pequeño Patrick Dennis se queda huérfano, las voluntades testamentarias de su padre lo destinan a vivir con la tía Mame, una ex-actriz y flapper de los años veinte que lleva una vida alocada, excéntrica y glamurosa en un ático de Nueva York. Patrick tiene diez años y ha recibido una educación conservadora y protegida que choca escandalosamente con las fiestas, amistades e ideas de su nueva tutora. En plena Ley Seca y efervescencia del psicoanálisis, con un criado japonés llamado Ito y una famosa actriz de Broadway como carabinas, la tía Mame y Patrick se lanzan a la mayor aventura de sus vidas: sobrevivir juntos al fideicomisario y al crack del 29 sin dejar de beber champán.

«—¿Alguna vez tu padre dijo algo…, es decir…, alguna vez te habló de mí antes de morir?
Norah me había contado que los mentirosos iban derechos al infierno, así que tragué saliva y le solté:
—Solo que eras una mujer muy peculiar, que quedar en tus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, pero que no siempre se puede elegir y que tú eras mi único pariente vivo.
Soltó un grito ahogado.
—El muy cabrón —dijo sin inmutarse.
Yo cogí mi cuaderno de vocabulario.
—Esa palabra, cariño, era cabrón —me explicó con mucha dulzura—. Se escribe c-a-b-r-ó-n y significa «tu difunto padre». Y ahora sal de aquí y corre a vestirte.«

Patrick Dennis (Illinois, 1921 – Nueva York, 1976) fue uno de los escritores más populares e icono de la bohemia de Nueva York de los años 50 del siglo pasado. Cuenta Acantilado que La tía Mame, tras ser rechazada por diecinueve editores, se convirtió en un bestseller en 1955 y se mantuvo más de 112 semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times. A mí no me extraña en absoluto, La tía Mame es una comedia de enredos divertidísima protagonizada por una excéntrica neoyorkina al más puro estilo de Howard Hawks en La fiera de mi niña. Locos, locos años veinte y más allá.

El encanto de este libro reside en en la voz narradora del protagonista, Patrick Dennis, que escribe desde el cariño y la nostalgia sobre su infancia, pero, sobre todo, desde el sentido del humor; y, por supuesto, en el extraordinario personaje de la tía Mame, una señora genial que se niega a ser corriente e inasequible al desaliento. Si bien los primeros capítulos muestran de manera cómica el choque entre la educación conservadora de Patrick y la desenfrenada  vida de su tía, la trama evoluciona a medida que van pasando los años y las divertidas anécdotas siguen las peripecias de Mame para llegar a fin de mes cuando el crack del 29 la deja en la ruina —atención la larga lista de empleos que intenta desempeñar y cómo la persigue el desastre allá por donde pasa—, o se centran en las aventuras amorosas y estudiantiles de tía y sobrino. En conjunto resulta una novela simpatiquísima y muy divertida con una mirada genial a la Norteamérica de la época de entreguerras y a sus eternas diferencias entre norteños y sureños.

Lector, muy fan de la tía Mame.

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La tempestad, de William Shakespeare

Años atrás, Próspero, Duque de Milán, fue víctima de la conspiración política de su hermano Antonio que, aliándose con el rey de Nápoles, le arrebató su ducado y lo condenó a muerte. Uno de sus dignatarios, Gonzalo, se apiadó de Próspero y de su hija Miranda y los ayudó a escapar por mar. Han pasado doce años desde tan funestos acontecimientos, y el duque depuesto y su hija viven en una isla desierta con la única compañía del hijo deforme de una poderosa bruja y de los espíritus. Próspero, que ha estudiado los grimorios de la bruja, controla hechizos, espíritus y ocultos poderes, y sabe que ha llegado la hora de su venganza: el rey de Nápoles y Antonio regresan a casa por mar cuando una extraña tempestad los hace naufragar en la misteriosa isla del desterrado.

«Pero por más que hayáis perdido el juicio,
podéis tener por cierto que yo soy Próspero,
el duque que expulsasteis de Milán,
que por milagro llegó a esta isla
donde habéis naufragado, para gobernarla.»

William Shakespeare escribió y estrenó La tempestad en 1611, en el palacio de Whitehall, para el rey Jacobo I. Por aquel entonces, El Bardo tenía toda la confianza del nuevo monarca, que patrocinaba y amparaba su compañía teatral, la King’s men. En 1590, cuando Jacobo I y su esposa, la reina Ana, volvían a Inglaterra desde Dinamarca, estuvieron peligrosamente cerca de naufragar por culpa de la tormenta que unas brujas conjuraron contra su barco. El suceso culminó con los juicios de las brujas de North Berwick e intensificó la obsesión del rey por la amenaza de la brujería (en 1597 escribió Demología, un tratado alertando sobre la existencia de las brujas). No ha llegado hasta nuestros días ningún documento que afirme que William Shakespeare se inspiró en este suceso de la vida de Jacobo I para escribir La tempestad, pero las similitudes están ahí.

«Estamos hechos de la misma sustancia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños«.

La tempestad es un drama en cinco actos que trata sobre los conflictos familiares, la ambición, la venganza, la redención, el perdón y la magia, entre otros temas. La atmósfera de la obra es casi onírica, a menudo los personajes se preguntan si están despiertos o soñando, y Shakespeare no solo menciona a la poderosa bruja Sícorax sino que muestra el aprendizaje del protagonista en sus grimonios y su poder sobre el espíritu (o la diosa) Ariel, responsable de provocar la tormenta que hace naufragar al rey de Nápoles, su heredero y al traicionero hermano de Próspero. El punto cómico de la obra lo ponen dos marineros borrachines con un barril de vino y Caliban, el hijo de la bruja; la trama romántica, que ensalza un amor puro y piadoso, corre de la mano de Miranda y Fernando. Si bien a simple vista puede parecer un libreto corto, de parlamentos y actos breves, La tempestad trata cuestiones de profunda complejidad y no todos los críticos se ponen de acuerdo al respecto (metáfora de la colonización del nuevo mundo, metáfora del perdón, etc.). Pero en esta isla sobrenatural, donde todo es magia y sueño, al final triunfan el perdón y el amor.

Lector, cuidado con las brujas y las brújulas.

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Lavinia, de Ursula K. Le Guin

Lavinia es la única hija de Latino, rey del Lacio, y Amata, la princesa de Ardea enloquecida por la pérdida y el dolor. Crece feliz y en paz en la Regia, la casa paterna, honrando a sus lares según las costumbres de su pueblo, preocupada por la estabilidad de su gente y la piedad a los dioses. Una noche, junto al oráculo de Albunea, se encuentra con el fantasma de Virgilio, que le confiesa que un héroe extranjero llegará por mar para desposarla y fundar la ciudad que habrá de convertirse en la capital del mundo conocido. Pero para cumplir con la voluntad de los dioses, primero habrá de mantenerse firme ante la codicia y la belicosidad de los hombres en una época de incertidumbre.

«Oír que se me prometía como cláusula de un tratado, que se me intercambiaba como una copa o un pedazo de tela, podría parecer el mayor insulto que se le podría lanzar a un espíritu humano. Pero los esclavos y las chicas solteras cuentan con este tipo de insultos, incluso aquellos de nosotros a los que se nos ha concedido la suficiente libertad como para que creamos ser libres. Mi libertad había sido grande y por ello había temido su final.«

A mí la ciencia ficción de Ursula K. Le Guin se me hace bola. Sin embargo, hace unos años, una amiga me recetó uno de sus ensayos, Contar es escuchar, y me quedé prendada de la prosa y la inteligente mirada literaria de esta autora nacida en Berkeley, California, en 1929. Cuando supe que Minotauro, reeditaba Lavinia —que solo había podido leer en su idioma original— allá que me lancé en la buena compañía de Marisa y Rocío. Ha sido un viaje extraordinario a través de la mitología fundacional de Roma, pero también una lectura bellísima y profundamente femenina.

Lavinia, hija, esposa y madre de reyes, aparece unas catorce veces en la Eneida de Virgilio, pero no tiene ni una sola línea de diálogo. No es más que un trofeo, un adorno, un florero. Ursula K Le Guin recupera el personaje de la Eneida y le da voz, una voz clara, potente y extraordinaria que ofrece una perspectiva inédita del mito. Avisa la autora que en ningún caso ha sido su voluntad finalizar la obra inacabada del poeta, ni completarla o corregirla. Lavinia está escrita desde la admiración y respeto por el clásico de Virgilio, pero a la vez es una visión personal y bien documentada. En este sentido, me ha parecido históricamente muy acertado la sencillez de los tesoros y de la vida en el Lacio del siglo VI aC, así como la localización geográfica, la documentación de las obligaciones de Lavinia o el choque de culturas en un momento en el que griegos, troyanos, latinos y etruscos se disputaban la hegemonía de las tierras itálicas.

Pero si esta novela se lee con especial deleite desde un punto de vista histórico y mitológico —atención a la fundación de Lavinium o Alba Longa, así como la localización de las siete colinas y el mito fundacional de Roma—, también lo son sus personajes y la arrolladora personalidad de su protagonista, así como la belleza de la prosa de Le Guin y sus brillantes reflexiones. La autora opta por una narración no lineal y juega con los tiempos para dotar de atemporalidad y eternidad a la leyenda de la Ilíada y la Eneida. Las conversaciones de Virgilio con Lavinia, o las de Eneas con Lavinia, las profecías o el acierto de representar el futuro en la armadura del héroe, son algunas de las escenas más extraordinarias de esta novela inusual y bellísima.

Lector, siéntate y escucha.

También te gustará: Penélope y las doce criadas; Memorias de Adriano; Vida de los doce césares

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Cuando los inviernos eran inviernos, de Bernd Brunner

Con el cambio climático de las últimas décadas, los inviernos han cambiado. Para comprender cómo eran, Bernd Brunner interroga a la naturaleza, al paisaje, al arte, a la literatura y al mar. Desde el siglo XV hasta mediados del XIX, durante «la pequeña edad de hielo», se registraron los inviernos más fríos de nuestra era. En la década de 1690 se registraron las temperaturas más bajas en Europa y supuso la muerte de millones de personas. Pero el invierno más duro que se recuerda en los archivos históricos fue el de 1708-09, cuando el mismo mar se heló, las aves caían muertas en pleno vuelo y los árboles reventaban de madrugada. Brunner explica anécdotas sobre la primera vez que se retrató una Navidad nevada, aunque fueron los románticos del XIX, como William Turner, Caspar David Friedrich o John Ruskin, quienes reivindicaron el invierno y los glaciares en sus paisajes. Los deportes de nieve, la invención del turismo de invierno en St. Moritz, los hoteles de hielo, las propiedades relajantes del frío… El autor repasa con encanto y gracia anécdotas e historia alrededor de otros inviernos, aquellos que duraban hasta abril y dejaban la tierra cubierta de nieve durante meses.

«El invierno es un período recurrente de de ausencia: ausencia de calor y de luz de follaje y de flores, de muchas especies de aves y de otros seres vivos que se retiran a sus refugios. Solo un par de cornejas solitarias y gorriones parecen mostrarse indiferentes al invierno. La vida, en cambio, continúa, aunque de otro modo. El invierno muestra un rostro cambiante, no es fácil de abarcar.«

Bernd Brunner (Berlín, 1964) es un ensayista autor de diversos libros en los que aborda un tema concreto desde perspectivas históricas, antropológicas, científicas o incluso literarias. Cuando los inviernos eran inviernos es un ensayo sobre los meses fríos en Centroeuropa a lo largo del tiempo, en el que cada capítulo ofrece anécdotas y antecedentes del invierno desde un punto de vista distinto. Desde el silencio en la nieve, la refracción de la luz y el punto de congelación hasta los trineos, las batallas de bolas de nieve, pasando por los inuit o la adecuación de dejarse barba o no según la temperatura exterior, esta es una lectura perfecta para los lectores curiosos ya sean humanistas o científicos.

El encanto de este libro reside, en buena parte, en la agradable prosa de su autor, pero también en la gracia y la agilidad con la que narra cada anécdota o compendio de información. Brunner tiene el don de la comunicación y hace accesible datos científicos e históricos con un toque simpático y entrañable. Cuando los inviernos eran inviernos no solo es un ensayo apasionante sobre los meses más fríos en Centroeuropa a través de los tiempos, sino también un testimonio interdisciplinar que enamora a quienes sentimos esa querencia por el invierno. Como atractivo añadido, los lectores se encontrarán con sus escritores favoritos inspirados por la nieve (Nikolái Gógol), de peregrinaje por las montañas durante el solsticio de diciembre (Goethe), obsesionados con las montañas heladas (Thomas Mann) o víctimas de mal funcionamiento de una estufa invernal (Emile Zola y Sylvia Plath).

Lector, una lectura maravillosa y agradable para disfrutar bajo una manta y con una taza de chocolate caliente a mano.

Nota: por si tienes curiosidad, dejo AQUÍ la entrevista que Eric Gras (Iletradoperocuerdo) le hizo a Bernd Brunner en marzo del año pasado con ocasión de la publicación de este título en Acantilado.

También te gustará: La biblioteca de hielo; El país donde florece el limonero; Guía para caminantes

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Stardust, de Neil Gaiman

La aldea de Muro recibe su nombre por la alta pared de roca gris que la separa del país de las hadas. El muro no tiene más que una apertura, de unos veinte centímetros de ancho, a través de la que se vislumbra un verde prado, árboles y un arroyo, aunque si se mira con atención a veces se ven algunas figuras extrañas y pequeños destellos. Los vigilantes de Muro nunca dejan a nadie atravesar la grieta, pero una vez cada nueve años se instala en el prado una feria singular, única ocasión en la que los moradores de ambos lados del límite se mezclan. Pero Tristan Thorn está a punto de cambiar las reglas: ha visto caer una estrella en el país de las hadas y ha prometido a la muchacha más hermosa de Muro que se la traerá a cambio de una promesa de matrimonio. Nadie pasa al otro lado, excepto aquellos que saben lo que buscan.

«Muy raramente acude a Muro alguien que sabe lo que está buscando, y a veces a esta gente se la deja pasar. Tienen una cierta mirada que, una vez se reconoce, jamás se puede olvidar. En todo el siglo XX no se ha conocido ningún caso de robo procedente de la otra parte del muro, al menos que sepan los paisanos, hecho del que sienten muy orgullosos.
La guardia se relaja una vez cada nueve años, el Primero de Mayo, cuando una feria se instala en el prado.«

Neil Gaiman publicó Stardust por primera vez en 1999, tres años después de Neverwhere y casi siete después de Shamanic princess, por lo que los críticos la consideran como la tercera novela larga de su bibliografía. Como no he podido pasar del quinto capítulo de Neverwhere y nunca he visto la adaptación cinematográfica de Stardust, tenía pocas esperanzas de reconciliarme con el autor. Pero Stardust me ha gustado, sobre todo por su tono de cuento de hadas centroeuropeo, por su ambientación en una época victoriana temprana y por ese tono clásico de aventuras fantásticas que tan buen resultado le da en este título.

Stardust narra las aventuras del joven Tristan Thorn, un joven mestizo con una interesante historia sobre sus orígenes. Tristan es el único personaje de la historia capaz de orientarse sin dificultades en ambos mundos y cuando pone un pie al otro lado del muro por primera vez descubre una sed de aventuras y descubrimiento de la que nunca había sospechado. Gaiman estructura la historia como una búsqueda personal y da color a la trama con toda una galería de personajes y situaciones propios de los cuentos de hadas: brujas, venganzas, fantasmas, posadas misteriosas, maldiciones, promesas, herencias, magia, duendes, un barco pirata que surca los cielos… Todo un elenco de fantasía para esta novela con mucho encanto, un toque nostálgico a lo Princesa Prometida y un final estupendo.

Lector, para encontrarse con las influencias de Chesterton, C. S. Lewis, los hermanos Grimm y J. R. R. Tolkien en este premiadísimo autor contemporáneo.

También te gustará: El herbario de las hadas; Cuadernos secretos de Whashington Irving; El único y verdadero rey del bosque; Los cinco frascos; El hobbit

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