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El asesinato de mi tía, de Richard Hull
Edward Powell y su tía Mildred viven en Brynmawr, a las afueras de la aldea galesa de Llwll, una casona campestre con solera e historia. Su relación se ha ido deteriorando con los años, en parte por el insoportable carácter del sobrino y en parte por cuestiones monetarias: cuando murieron, los padres de Edward dejaron la administración de los bienes familiares (incluido su peculio) en las habilidosas manos de la tía Mildred. Perezoso, afrancesado y testarudo, Edward es capaz de cualquier cosa por no ceder a los consejos de su tía. Cuando una tarde Mildred requiere de la complicidad de los vecinos para obligar a su sobrino a pasear por la campiña y Edward acaba perseguido por las vacas del granjero William, las ansias de venganza por la humillación sufrida embarcarán a Powell a urdir un elaborado plan para deshacerse de una vez por todas de su tía y entrar en posesión de toda su herencia.
«Mi tía vive en las afueras de la pequeña —y totalmente espantosa— población de Llwll. Ese es precisamente el problema, se mire en el sentido que se mire.
¿Cómo puede nadie con un mínimo de razón vivir en un lugar cuyo nombre ningún cristiano es capaz de pronunciar? Llwll es un lugar imposible (…). Lo único que puedo decir es que, si cuando te preguntan dónde vives te agarras por la garganta y empiezas a estrangularte, lo más probable es que la escena suscite algún comentario.«

He leído El asesinato de mi tía, de Richard Hull, al mismo tiempo que mi amiga Laura (@Dsdemona) y nos lo hemos pasado en grande comentando las ocurrencias del intensito de Edward. Richard Henry Sampson (Londres, 1896-1973), conocido como Richard Hull, publicó El asesinato de mi tía, su primera novela, en 1934, a la que siguieron otros éxitos policíacos y de misterio. Héroe de guerra, consultor del Almirantazgo y asistente personal de Agatha Christie en la dirección del Detection Club, las historias de Hull destacan por su ingeniosos giros argumentales.
Los que hace tiempo que pasáis por Serendipia ya sabéis que tengo reseñada casi la mitad del catálogo de la colección rara avis de Alba Editorial. Entre las novelas de mi querida D.E. Stevenson, el feelgood encantador de Paul Gallico, y el humor de McCutcheon, Biggers, Loos, Baker y Trevor Story es que no doy abasto. Así que no os va a sorprender cuando os confiese que El asesinato de mi tía me ha encantado. No solo por la intriga de sus intentos de asesinato contra la pobre Mildred, sino también por los excéntricos personajes que desfilan por su páginas, el entorno idílicolluvioso (me acabo de inventar esta palabra al más puro estilo de Shakespeare en Guía para asesinos sobre el amor y la traición) y el sentido del humor british que tanto me gusta. Y es que con esta novela de Richard Hull el lector tiene la sensación de estar casi todo el tiempo ante una historia más humorística que criminal hasta que ocurre lo que ocurre. Por eso quizás no satisfaga a los amantes del noir más puro, pero sí que hechizará a todos los que disfrutan con los planteamientos de Josephine Tey o con el humor de Arnold Bennett o P.G. Wodehouse.
Y no te explico más porque es de esas novelas cortitas que enseguida se spoilean si no vas con cuidado. ¡¡Shhhhh!! A leer.
Lector, si eres capaz de pronunciar Llwll te invito a tomar el té en el Jubilee de Fortnum & Mason.
También te gustará: Enterrado en vida; Los millones de Brewster; Pero… ¿quién mató a Harry?; Seguro de amor; La señorita Hargreaves
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Etiquetado Cozy, humor literario, Libros excéntricos, Literatura británica
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La tumba de Vera Thwait, de Ana Bolox
La vida en la campiña es agotadora para Crispin Horsfall que se ve obligado a repartir su ocioso tiempo entre torear las pullas del cartero, esquivar los interrogatorios inquisitoriales y los planes casamenteros de su madre, someterse al escrutinio y cotilleos varios de los habitantes de Wettingham, echarle una mano a su amigo Abel para despistar al personal o quedarse a cenar con el científico ermitaño del pueblo. Agotador. Si además consigue sacar tiempo para descifrar alguna inscripción mortuoria en el cementerio local, ofender gravemente a la hermosa Ada Royceston y resolver un asesinato, solo el universo sabe cómo es posible semejante prodigio.
«No era un hombre dado a la broma, en especial cuando esta podía llegar a considerarse de mal gusto, pero al ver al reverendo Horace Eccleston en cuclillas junto a una de las lápidas más antiguas del cementerio de Wettingham, armado con la lupa que solía utilizar para estudiar las tumbas, Crispin Horsfall sintió la repentina necesidad de asustarlo. Se acercó por detrás, levantó los brazos y…
—Buenas tardes, Crispin, ¿qué tal ha ido el viaje a Harrogate?»

Conocí a Ana Bolox después de leer Aracne y La muerte viene a cenar, la primera entrega de la saga Carter & West. Me gustó tanto su inteligente prosa, su estilo tan marcado y el retrato de Londres en los años 50 del siglo pasado, que desde entonces me declaro rendida admiradora de su literatura. Pero si pensaba que la autora ya no podía sorprenderme estaba muy equivocada; creía que Carter & West era mi saga preferida de Ana Bolox y va esta mujer y me presenta a Crispin Horsfall, Ada Roycestone, el reverendo Horace Eccleston, el cartero Jonathan Swift (¿a qué es genial?) y al resto de habitantes de Wettingham, y me secuestra para siempre en la campiña inglesa de los años 30.
Los principales encantos de esta novela corta de misterio son sus personajes, la aparente paz de la campiña de principios del siglo pasado, el humor British, la frescura de su planteamiento criminal y el ingenio de la autora para pergeñar diálogos y situaciones peculiares. Crispin es un protagonista carismático, algo zángano, solterón empedernido, que aspira a vivir en paz dedicado a sus aficiones, que son bastante sencillas e inofensivas pero que tienen la mala pata de entrar en contradicción con los deseos de su madre y vecinos, que prefieren verlo casado y dedicado a tareas más serias. A su alrededor, los habitantes de Wettingham brillan con luz propia: excéntricos, cotillas, inflexibles, misteriosos, eremitas, curiosos,… cada uno con sus rasgos de carácter y casi todos empeñados en meterse en la vida de los demás porque ¿qué más puede hacerse en el pequeño pueblecito de Wettingham? Pues resolver un asesinato, Crispin lo tiene clarísimo. Y no es que él lo haya buscado, es que las pistas están ahí para quien quiera verlas, y a observador no le gana nadie.
La tumba de Vera Thwait es una novela que se lee con placer y una sonrisa en los labios, con curiosidad por llegar al fondo del misterio y con la intriga de saber por dónde nos va a salir este Crispin. Me ha recordado un poco al encanto de las novelas de E.F. Benson, en cuanto a la observación de pequeñas comunidades inglesas egocentristas y cotillas, y a El asesinato de mi tía, por ese tira y afloja entre el protagonista y su dominante madre. En todo caso, ya sabéis que Bolox enamora por su toque British, así que no voy a descubriros nada nuevo.
Lector, pedirás más Crispin en cuanto lo conozcas.
Página de la autora: Ana Bolox
También te gustará: Aracne y La muerte viene a cenar; Quadrivium; Un cadáver muy frío; Muerte en los Hamptons;
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Los hermanos Willoughby, de Lois Lowry
Tim, Jane y los gemelos Barnaby A y Barnaby B son cuatro hermanos chapados a la antigua que un día deciden prescindir de sus espantosos padres. Tras dejar a un bebé pelmazo que ha aparecido en su puerta en casa de un próspero pero solitario fabricante de caramelos, están a punto de ultimar su plan anti-progenitores cuando sucede lo contrario: sus padres, inspirados por el cuento de Hansel y Gretel, deciden abandonarlos marchándose de vacaciones. Las únicas instrucciones para los cuatro niños son que quedan a cargo de una niñera recién contratada, que deben dejar la casa en cuanto esta sea vendida por la agente inmobiliaria y que no olviden dejar allí toda su ropa cuando se larguen. Los hermanos Willoughby están chapados a la antigua pero no están dispuestos a quedarse en la calle en ropa interior.
«-¿A ti te gustan nuestros hijos?
-Uf, no -respondió la señora Willoughby (…).- Nunca me han caído bien. Sobre todo ese que es tan alto. ¿Cómo decías que se llamaba?
-Timothy Anthony Malachy Willoughby.
-Sí, ese. Es el que peor me cae. Pero los demás también son insufribles. La niña lloriquea sin parar, y hace un par de días intentó convencerme para que adoptara a un bebé pelmazo.
Su marido se estremeció.
-Y luego están esos dos a los que no consigo diferenciar -prosiguió la señora Willoughby-. Los del jersey.
-Los gemelos.
-Sí, esos. ¿Por qué diantres tienen que parecerse tanto? No es justo que confundan así a la gente.«

Lois Lowry (Hawai, 1937) es una prestigiosa autora de literatura infantil y juvenil, ganadora de una Newbery Medal y conocida por el clásico de la ciencia ficción distópica El dador. Publicó por vez primera Los hermanos Willoughby en 2008 y el año pasado Editorial Anaya tuvo el acierto de traducirla al castellano en esta edición tan bonita que hoy os traigo.
Nos advierte la señora Lowry que esta es una historia muy cruel -¡Ni se te ocurra reír!- y que ha sido «escrita vilmente por su autora». No me digáis que con ese par de premisas no os entran ganas de ir corriendo a leerla. Los hermanos Willoughby es divertida (rozando el humor más negro), excéntrica, terrible, y con ese toque de malrollismo de los cuentos infantiles de los hermanos Grim. Te encandila por original, por su narración sin complejos (no es políticamente correcta y le importa un bledo) y por unos personajes que se salen de lo corriente y no pueden estar más alejados de cualquier cliché infantil o juvenil. Es una deliciosa sátira de las historias protagonizadas por familias chapadas a la antigua que no deja títere con cabeza.
No pienso explicaros nada más sobre el argumento o los personajes porque el libro apenas tiene unas 170 páginas y no quiero destriparos nada de nada. Lo recomiendo para lectores a partir de doce años en adelante, pero tengo la sensación de que ese humor negro, esa sátira tan procaz, es un regalo para los adultos más que para los pequeños de la casa. Os encantará a los que disfrutáis con Roald Dahl, Daniel Handler (Lemony Snicket), Eoin Colfer o David Walliams, y a los que os chifló Matemos al tío (ojocuidao, Los hermanos Willoughby es un pelín más blando y mucho más sátira de las historias victorianas) y os apetece una versión más infantil, pero igual de divertida e imaginativa.
Lector, una parodia de los cuentos infantiles victorianos tan ingeniosa que te hará reír.
También te gustará: Las brujas; Matemos al tío; ¡Abajo el colejio!;
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Al este del edén, de John Steinbeck
A principios de siglo, en el Valle de Salinas, California, los Trask se asientan en la mejor tierra de la zona. Sus vecinos, los Hamilton, son una familia capaz de volar sin alas, libres y singulares. Los Hamilton no son ricos, ni poseen buenas tierras, pero tienen la mayor riqueza de todas: se tienen los unos a los otros. En cambio, Adam Trask, acomodado y con suerte, parece tenerlo todo excepto quien le ame. Nacido en un hogar regido por la más absoluta austeridad emocional, Adam y su hermano Charlie acabaron enfrentados por el amor de su padre pero, sobre todo, por la contraposición de sus naturalezas opuestas.
«Pero también hay hombres que se sienten en su corazón amigos de todo el mundo, y hay otros que se odian a sí mismos y que esparcen su odio en torno a ellos como la mantequilla sobre una rebanada caliente.«

John Steinbeck publicó Al este del edén por vez primera en 1952 y le aseguró a su editor que era la novela que siempre había querido escribir sobre el bien y el mal, la obra definitiva sobre el mito de Caín y Abel. Quizás por eso resulta algo complicado redactar la sinopsis de este libro, porque el resumen es justamente ese: la confrontación entre el bien y mal encarnados por dos hermanos. Así que los lectores que se esperen otra crónica estadounidense tan impresionante e impactante como Las uvas de la ira, ya estais advertidos de que no van por ahí los tiros (aviso porque yo me frotaba las manitas pensando que me encontraría con un retrato de los pioneros del Valle de Salinas a principios del siglo XX y no). Y es que esta novela es un continuo debate biblíco sobre Caín y Abel, sobre las interpretaciones humanas de esa dualidad y sobre el libre albedrío en contraposición a la moralidad establecida. Porque aunque John Steinbeck dice que Al este del edén va sobre el bien y el mal, también trata sobre la capacidad del ser humano para decidirse por uno u otro (el famoso trimshel o libre albedrío).
Cuestiones bíblicas y morales aparte, he disfrutado especialmente de la narración histórica de esta novela. La mirada sobre el valle de Salinas a principios de siglo, los cambios, la economía o la brillante exposición de la Primera Guerra Mundial y la intervención norteamericana en el conflicto que narra Steinbeck, respalda mi opinión de que el autor es uno de los grandes cronistas estadounidenses del siglo pasado (como ya demuestra en Las uvas de la ira o en The moon is down). Además, el autor nos presenta a su propia familia materna, los inolvidables Hamilton, sitúa la acción en la ciudad de Salinas de su infancia, y él y su hermana aparecen en estas páginas brevemente, cuando eran pequeños; recuerdos de infancia narrados desde la memoria.
Junto a la magnífica crónica de Salinas y California a principios del siglo XX, destacan los extraordinarios personajes de John Steinbeck: Sam Hamilton, Adam Trask, Cathy, Aron y Caleb… Todos ellos matizados y muy bien caracterizados tanto a través de la instrospección individual como a través de los diálogos. Steinbeck dota así a cada personaje de su voz particular, personalísima, y de una personalidad y comportamiento psicológico meditados y diferenciados. Por eso Al este del edén también puede considerarse una novela de pesonajes, con capítulos tan memorables como el del vuelo de Olive Hamilton, o el del reencuentro de los hermanos Tom y Dessi Hamilton, o las escenas finales entre los Trask. Y es justo hacia el final, cuando ya tenía bien definida mi lista de personajes amados u odiados, cuando me di cuenta de que Lee era el alma de esta novela.
Lector, recuerda que la película solo adapta la última parte de esta gran novela, ¿te vas a perder el resto?
También te gustará: Los Buddenbrook; Los hermanos Karamázov; Las bostonianas; La señorita McKenzie; Papá Goriot; Lejos del mundanal ruido; Qué verde era mi valle
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Al este del edén
