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Los papeles de Aspern, de Henry James
Un joven editor estadounidense viaja hasta Venecia, en el corazón del verano, a la caza y captura de las cartas privadas y otros escritos inéditos del legendario poeta Jeffrey Aspern, muerto años atrás. Corren rumores de que dichos papeles obran en manos de una antigua musa y amante del poeta, Juliana Bordereau, una anciana que vive recluida en su palacio veneciano junto a su sobrina Tina. Alertado por el mal carácter de las señoras y por su determinación de no compartir con nadie el legado inédito de Aspern, el joven se presenta bajo un nombre falso y consigue que la anciana le alquile algunas habitaciones con la excusa de que se ha prendado del jardín del palacio. Astuta, codiciosa y espeluznante, Juliana Bordereau inicia un taimado juego de voluntades con el editor que, tras una tensión sostenida y creciente, desembocará en un inesperado y espantoso desenlace.
«Se habían aplicado estas damas en vivir de tal manera que el mundo no las rozase ni hablase de ellas, y al mismo tiempo nunca llegaron a aceptar la idea de que yo pudiera no saber nada de su existencia.«

Alba Editorial. Colección Alba Clásica
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Primera edición de octubre de 2009
168 páginas
ISBN: 978-84-8428-484-0
Henry James (Nueva York, 1853 – Londres, 1916) fue un escritor y crítico literario estadounidense que pasó la mayor parte de su vida en Europa. Su extensa obra literaria, caracterizada por el realismo, la comparación cultural entre el Nuevo Mundo y el Viejo Continente y una peculiar maestría para manejar el punto de vista psicológico de sus personajes, destaca por su complejidad y su singular estilo. Una de sus obras breves más célebres es Los papeles de Aspern, que fue publicada por primera vez en 1888, por entregas, en la revista literaria The Atlantic Monthly. Aunque se trata de una obra de ficción, puede que Henry James se inspirara en la anécdota de un compatriota suyo cuando este visitó en Italia a una ya anciana Claire Clairmont (1798 – 1879) —hermanastra de Mary Shelley, amante de Lord Byron y madre de su hija Allegra— e intentó convencerla, inútilmente, de que lo dejase consultar los archivos con la correspondencia privada y los documentos del poeta y de Percy B. Shelley.
La crítica literaria considera Los papeles de Aspern perteneciente a la segunda época de Henry James, es decir, a un momento en el que el autor desarrollaba en sus tramas y personajes su experiencia cosmopolita y la contraposición entre una sociedad estadounidense inocente y carente de dobleces y una cultura europea decadente y corrupta. En este sentido, se observa que los tres protagonistas de la novela son norteamericanos, pero el editor es joven y lleva poco tiempo en Europa, mientras que las dos señoras Bordereau llevan casi toda la vida en Venecia. El editor joven es entusiasta y un poco ingenuo, se deja llevar por su pasión por el gran poeta Jeffrey Aspern, a quien dice admirar porque «en una época en la que nuestro país natal era pobre, tosco y provinciano (…), cuando la literatura era allí un hecho aislado (…) él fue de los primeros en encontrar la manera de vivir y de escribir; de ser libre«. En cambio, la vieja Bordereau es taimada, codiciosa, tan decadente y corrupta como el antiguo palacio veneciano casi en ruinas en el que se ha enterrado en vida junto a su sobrina.
Los papeles de Aspern también tiene mucho de novela gótica. Escrita y publicada casi diez años antes de Otra vuelta de tuerca, Henry James trabaja una atmósfera decadente, inquietante, con una protagonista decrépita, de ojos terribles, velados, como una bruja que todo lo sabe y que juega inmisericorde con el pobre editor. Los paseos por una Venecia a menudo al amparo de la oscuridad nocturna, las escenas en un jardin agostado, o el eco de los pasos sibilinos en habitaciones vacías contribuyen a mantener el suspense y la tensión y se encuadran a la perfección en la etapa más gótica del autor. Una etapa, eso sí, que todavía queda lejos de la prosa compleja y las frases interminables que tanto dificultan la lectura y comprensión de sus obras de madurez. Los papeles de Aspern es una novela corta con una narración clara y precisa, que maneja con maestría el ritmo y los tiempos de sus escenas, que mantiene la tensión creciente por el pulso psicológico entre sus tres protagonistas y que deja al lector conmocionado por su contundente y terrible final.
Lectora, perfecta para empezar a leer a Henry James y disfrutarlo por todo lo alto con esta obra maestra.
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La máscara de la muerte, de H. D. Everett
Dick nunca ha sentido una gran simpatía por Gloriana, la esposa de su amigo Tom, y ahora que está muerta, sigue sin gustarle ni un pelo el soberbio retrato de la dama que preside la casa del viudo. Con intención de animarlo, Dick invita a su amigo a pasar unos días con él y su esposa, pero Tom tiene una extraña excusa para no aceptar su invitación: mantener el orden en la casa. Tal vez se deba a las últimas voluntades de Gloriana o, tal vez, el pobre Tom haya empezado a perder la chaveta, pues la historia que finalmente le cuenta sobre el pañuelo con el que se amortajó a su esposa difunta es difícil de comprender.
«El pañuelo se movía, te lo juro, Dick, cambiaba rápidamente de forma, inflándose aquí y allá como si estuviera soplándole el viento, extendiéndose y moldeando los rasgos de una cara. ¡Y no era otra cara que la de la máscara de la muerte de Gloriana que yo había cubierto en el ataúd once meses antes!«

Henrietta Dorothy Everett (1851 – 1923) fue una escritora británica que empezó su carrera literaria a los 44 años y publicó casi todas sus obras con el seudónimo de Theo Douglas. La máscara de la muerte, uno de sus relatos más célebres, es una de sus narraciones de madurez; fue publicado por primera vez en 1920 y con el nombre real de la autora. He leído este relato en la antología de La Biblioteca de Carfax que lleva el mismo título —La máscara de la muerte y otras historias— y he tenido el placer de comentarlo con Anabel Samani y el resto de participantes del mes de junio para Lecturas junto al fuego, una iniciativa que nos viene de perlas a las lectoras que queremos descubrir títulos de terror clásicos (no habituales del género), y que en este 2025 conmemora el 50º aniversario de la proclamación del Año de la mujer.
La máscara de la muerte es un relato breve narrado en primera persona por Dick, el amigo del protagonista de un suceso terrorífico relacionado con la muerte de su esposa y un extraño pañuelo. La prosa de H. D. Everett es directa y contundente, muy ágil, y la forma en la que utiliza el diálogo para relatar un cuento dentro de un cuento, le concede verosimilitud a la vez que caracteriza a los personajes. En La máscara de la muerte, al igual que en el resto de relatos de terror que componen la antología de La biblioteca de Carfax, no se ofrece una explicación racional a los sucesos sobrenaturales alrededor de los cuales gira el inquietante argumento. De esta manera, Everett cree que se dota de mayor verosimilitud a sus narraciones fantásticas, y nos lo hace saber por boca de uno de los personajes de otro de los cuentos: «Siempre sé cómo distinguir una historia de fantasmas verdadera de una falsa. La verdadera nunca tiene un sentido, y la falsa siempre se empeña en proveerte de uno.«
He disfrutado mucho de este relato y del resto de cuentos de esta antología, siendo mis preferidos Los gaiteros de Mallory y El camino solitario. H. D. Everett me ha sorprendido por su originalidad y valentía, sobre todo porque ha sabido darle un giro muy personal a algunos de los tópicos de la novela gótica de su época. En mi opinión, destaca el triple horror: el suspense sobrenatural, el espanto de la Primera Guerra Mundial (en 1920 la censura sobre la misma era todavía muy fuerte) y la opresión social, convencional y de género que todavía pesaba (y mucho) sobre unas mujeres que, en muchos casos y de diversas maneras, fueron víctimas colaterales del terrible conflicto.
Lectora, un relato terrorífico y muy original para atreverse a conocer a esta excelente autora tardovictoriana.
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Etiquetado Clásico, Fantasía, Libros excéntricos, Literatura británica
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Seis mujeres criminales, de Elizabeth Jenkins
Madame Sarah Rachel Leverson abrió un salón de belleza en el Londres victoriano y estafó miles de libras a sus clientas con tratamientos fraudulentos, complicados engaños matrimoniales y chantaje. Apenas sabía leer y escribir, pero se las apañó bastante bien para burlar a la justicia durante décadas. En el siglo XIV, Alice Perrers, amante del rey Eduardo III, saqueó sistemáticamente todas las residencias reales y las joyas de la corona. Su ambición no conocía límites, ponía a su nombre propiedades de nobles sin herederos o caídos en desgracia, y se ganó la antipatía de toda Inglaterra. Lady Tehodosia Ivie, en el siglo XVII, falsificó actas de propiedades y pleiteó hasta la muerte por quedarse con terrenos y fincas que jamás fueron suyos. Frances Howard, condesa de Somerset, educada en la corte del rey Jacobo I (1566 – 1625) como moneda matrimonial de cambio, tomó las riendas de su propio destino deshaciéndose de su marido, uniéndose a otro hombre más poderoso y envenenando a cualquiera que pusiese en peligro su influencia sobre la corona, su poder político o sus riquezas. Jane Webb fue la carterista más hábil en las calles del Londres victoriano y la adorada y admirada líder de una banda de ladrones y estafadores. En el último tercio del siglo XIX, Florence Bravo no solo fue durante años la reputada amante de un famoso médico sino que se casó dos veces y estuvo en el punto de mira de los jueces en el llamado Misterio de Balham —historia que Elizabeth Jenkins desarrollaría con más detalle en su novela La historia del doctor Gully— justo cuando su segundo marido amenazaba su independencia económica y personal.
«Además de al severo castigo si lo atrapaban, el ladrón se enfrentaba a condiciones espantosas si se resignaba a la pobreza. Los barrios bajos del Londres del siglo XVIII eran quizás los más sórdidos que se hayan conocido, pues el hacinamiento en las áreas urbanas ya era una realidad, pero no así los programas estatales de beneficencia (…). Johnson calculó a grandes rasgos que mil personas morían de hambre cada año en Londres. entre el frío, el hambre y las enfermedades, las propias cárceles, por horribles que fueran, no infundían un gran temor a los habitantes de un barrio bajo del siglo XVIII, y el riesgo de la horca no disuadía de un cambio que podía reportar un puñado de guineas; o, lo que es lo mismo, vino, carne, fuego, ropa decente y una buena cama.«

Rara avis. Alba Editorial
Traducción de Daniel de la Rubia
Ensayo histórico, biográfico, judicial
Fecha de publicación septiembre 2024
304 páginas
ISBN: 978-84-1178-091-9
Elizabeth Jenkins (1905 – 2010) fue una novelista y ensayista británica, que estudió en Cambridge, ejerció de profesora y se relacionó con el círculo de Bloomsbury. Durante la Segunda Guerra Mundial, desarrolló labores de ayuda humanitaria y fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Autora de las biografías de personajes tan relevantes en la ciencia y la cultura como la propia Jane Austen, Henry Fielding o Joseph Lister, siempre se interesó por el true crime histórico: entre otros, publicó Harriet, en 1934, libro en el que reconstruye el «misterio de Penge», un caso judicial de época victoriana, o La historia del doctor Gully, en 1972, en el que desarrolla el caso de Florence Ricardo y el «misterio de Balham». Elizabeth Jenkins publicó por primera vez, en 1949, Seis mujeres criminales, un estudio judicial y social de casos concretos de crímenes reales ocurridos en distintas épocas históricas, en Inglaterra.
Seis mujeres criminales es un ensayo histórico que atrapa por el estilo directo y cautivador de Elizabeth Jenkins, por la excelente documentación de cada uno de los casos reales en diferentes épocas pasadas y por la peculiar personalidad de sus protagonistas. Jenkins se aproxima a estas personas desde la psicología y las circunstancias de la época, pero también dentro del marco socio-económico y de género en el que existieron. Carteristas, timadoras, ladronas, falsificadoras, asesinas… sus seis criminales son figuras carismáticas, misteriosas, singulares, de las que se sabe más por sus actos y sus respectivos procesos judiciales que por su propia voz, de la que apenas queda registro. De ahí que la cuidadosa labor de reconstrucción de sus vidas y personalidades sea tan admirable. Y si bien es cierto que a menudo se detecta cierto tono de simpatía hacia estas protagonistas —sobre todo en el caso de la magistral carterista victoriana Jane Webb, probablemente porque, en su caso, poseía un toque romanticista a lo Robin Hood y la alternativa de una vida dentro de los cauces de la ley le hubiese supuesto una existencia inhumana—, no se trata de una justificación de sus respectivos comportamientos sino de un intento de comprensión hacia quienes Charles Dickens ya señaló como «nacidas sin apenas oportunidades».
Con una pluma elegante y ágil, un encanto magistral para narrar anécdotas e incorporar una vasta documentación con gracia y naturalidad, Elizabeth Jenkins refleja en este ensayo su interés de una manera humana y empática. Un ensayo ameno y apasionante que a menudo se presenta como una investigación sobre unas mujeres que se quedaron fuera de los libros de Historia pese a haber sido hijas de su tiempo y, algunas de ellas, parte del poder en las sombras que rigió el destino de Inglaterra.
Lectora, el mejor ensayo histórico que he leído este año.
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Amberwell, de D. E. Stevenson
Amberwell, la hermosa mansión rodeada de naturaleza en el corazón de las Highlands escocesas, es el hogar familiar de los Ayrton, quienes desde el siglo XVIII, generación tras generación, han aportado su correspondiente mejora patrimonial. Los padres de Roger, Tom, Connie, Nell y Anne han decidido contribuir con una fuente ornamental para sus jardines. La noche de la inauguración de la fuente, el matrimonio Ayrton invita a sus amigos más cercanos, pero con su rigidez y frialdad habituales, dejan fuera de la celebración a sus cinco hijos. Los dos chicos hace tiempo que se fueron a estudiar y solo vuelven a Amberwell durante las vacaciones, pero las tres chicas parecen condenadas a pasar el resto de sus vidas marginadas, olvidadas en el segundo piso, al cuidado de Nannie y sin que a sus padres les importe su futuro. Pero soplan aires de guerra en el continente y aunque el bastión escocés siga siendo un refugio en los malos tiempos, ha llegado el momento de que los cinco hermanos Ayrton se sobrepongan a la gélida indiferencia de sus padres y se encuentren a sí mismos.
«Esas niñas nunca se divierten, se pasan un año tras otro encerradas allí arriba, me extraña mucho que su madre las reconozca siquiera. No les cambiaría el sitio por nada del mundo (…) ¡Hasta el perro vive mejor que ellas! Le dejan tumbarse en la alfombra de la chimenea.«

Dorothy Emily Stevenson (Edimburgo, 1892 – Moffat, 1973) fue una escritora escocesa que contribuyó con maestría al género British Feelgood a lo largo de buena parte del siglo XX. Hija y nieta de afamados ingenieros navales y constructores de faros (el Robert Stevenson que se menciona en Amberwell como artífice del faro de Bell Rock, en costas escocesas, es su abuelo), no lo tuvo tan fácil para iniciarse en la carrera literaria como uno de los primos de su padre, Robert Louis Stevenson. Aunque Dorothy anhelaba ir a la Universidad su familia prefirió educarla en casa, con una institutriz, al igual que las niñas Ayrton. No pudo dedicarse a escribir con total libertad hasta que no abandonó la casa paterna para casarse con el capitán James R. Peploe. Autora de El libro de la señorita Buncle (1934), Las cuatro Gracias (1946) o Villa Vitoria (1949), entre otras muchas obras, D. E. Stevenson invitaba al lector a sentirse en un lugar seguro, entre personajes agradables y situaciones que, a diferencia de la vida real, terminaban de forma justa. Probablemente porque le tocó vivir un siglo marcado por el horror de las dos guerras (y postguerras) mundiales, años en los que los finales felices escaseaban, la autora se convirtió en el brillante exponente de una literatura concebida como refugio, en donde era posible encontrar la felicidad en los gestos sencillos (pero grandiosos) y sacar a relucir la mejor versión de uno mismo con la valentía y el coraje de la vida cotidiana. Como escribió en Villa Vitoria, sus historias y las dificultades de sus protagonistas «se parecían mucho a las del ancho mundo, solo que vistas desde el otro lado del telescopio.«
D. E. Stevenson publicó Amberwell por vez primera en 1955, siendo ya una escritora con una sólida y reconocida carrera literaria (en parte, gracias al gran éxito que le procuró El libro de la señorita Buncle). Es la historia de la familia Ayrton, de cómo sus cinco hijos se convirtieron en unas personas mucho mejores que sus padres, pese a la desolación de la Segunda Guerra Mundial, aprendieron a cuidar los unos de los otros y consiguieron no repetir los patrones paterno-filiales con su propia descendencia. Amberwell y sus jardines, los paisajes escoceses, protagonizan un hogar sanador, bastión de paz en contraposición a un mundo totalmente destrozado por la guerra. Cada vez que leo una nueva novela de D. E. Stevenson pienso que es mi preferida, tal vez, porque las leo siguiendo el orden cronológico de su escritura y la autora crece y se supera en cada libro. Amberwell no ha sido la excepción, me ha resultado una lectura maravillosa de principio a fin, escrita con elegancia y delicadeza y con unos personajes con los que me encantaría tomar el té y charlar. La maestría de Stevenson es tal que es capaz de mostrar la realidad de Gran Bretaña en plena guerra mundial sin perder ni un ápice de esperanza.
Lectora, la reina indiscutible del British Feelgood.
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El misterio de Salem’s Lot, de Stephen King
Cuando era pequeño, Ben Mears vivió un tiempo con su tía en Salem’s Lot y sufrió una aterradora experiencia al colarse en la siniestra casa Marsten. Ya adulto y convertido en autor de cierto renombre, Ben vuelve a Salem’s Lot con la idea de escribir una novela sobre el turbio pasado de la casa, pero se encuentra con un misterio mucho mayor: un perro negro empalado en la verja del cementerio, un niño extraviado, las extrañas muertes relacionadas de algunos habitantes del pueblo y la posterior desaparición de sus cadáveres. Cuando Matt Burke, el sensato profesor de instituto de Salem’s Lot, le cuenta qué está pasando, a Ben le resulta imposible de creer… excepto porque todo encaja y porque sus recuerdos infantiles le susurran al oído que existen fuerzas malignas más allá de la comprensión humana.
«A uno le enseñaban que esas cosas no podían ser; que las cosas como la Cristabel de Coleridge o el siniestro cuento de hadas de Bram Stoker no eran más que la urdimbre y la trama de la fantasía. Claro que existían los monstruos; eran los hombres que en seis países apoyaban el dedo en los botones nucleares, los secuestradores, los genocidas, los violadores. Pero esto no. Uno sabe que no es así. Que la marca del diablo que tiene una mujer en el pecho no es más que una verruga.«

Stephen King (Portland, Maine, 1947) publicó por primera vez El misterio de Salem’s Lot en 1975 y en pocos meses se convirtió en un éxito de crítica y ventas. En la actualidad, esta novela, la segunda del autor, se considera un clásico de la literatura del terror, un homenaje moderno a Drácula, de Bram Stoker, ambientada en un pueblo ficticio de Maine y con numerosas referencias a otros clásicos del género. La leí cuando cursaba Periodismo en la universidad y aunque me dio bastante miedo —por suerte para mí, menos que Cementerio de animales— se quedó como una de mis novelas preferidas sobre vampiros de todos los tiempos. He disfrutado mucho con su relectura, creo que incluso más que la primera vez que cayó en mis manos.
Stephen King narra con su soltura característica —increíble que sea su segunda novela— los entresijos inconfesables de un pueblo dormitorio de Maine que no está precisamente poblado por ángeles, ni siquiera antes de la llegada del vampiro. Con una facilidad pasmosa, el autor caracteriza a un buen número de personajes, antes y después de su transformación, invitando al lector a asomarse a sus miserias y misterios privados. La tensión y el suspense se incrementan en cada capítulo gracias al buen pulso narrativo de King, a sus tremendas escenas terroríficas (a destacar la de Danny Glick rascando la ventana de Mark Petrie, o la primera vez que Ben utiliza una estaca para dar paz a un vampiro), a la cuenta atrás para detener el Mal antes de que sea demasiado tarde y a la regla de oro de las buenas novelas de misterio: el lector siempre va por delante de los protagonistas respecto a lo que está sucediendo en Salem’s Lot. King utiliza en favor de su trama y sus personajes la mitología vampiríca clásica trasladada a la ambientación coetánea de 1975, reflexionando alrededor del terror de los veteranos de la guerra de Vietnam, el desencanto del mandato de Nixon, la pérdida de fe o la violencia soterrada de una sociedad que esconde sus peores crímenes en la intimidad de sus casas con jardín. Como detalle singular que me gusta especialmente, a diferencia de lo que ocurre en la novela de Bram Stoker, en Salem’s Lot la fuerza primigenia benévola que combate el mal resulta visible para los protagonistas.
Lectora, un clásico de terror que te asustará siempre.
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