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Con suerte… en Navidad, de Mayte Esteban
En vísperas de Navidad, el jefe de Andrea le encarga ir hasta Grimiel, un pequeño pueblo castellano remoto, para hacer una oferta a una anciana por una pintura centenaria que podría ser un Murillo perdido. Como el pueblo está a tres horas de Madrid, la especialista en arte piensa que podrá ir y volver el mismo día, pero no contaba con que una tormenta de nieve, un beso inesperado, un hotel enloquecido por el sorteo de Navidad, un coche que no arranca y la actitud recalcitrante de la anciana propietaria del cuadro la retendrían en Grimiel hasta que su vida diese un vuelco extraordinario.
«—La señora Angustias no quiere ni oír hablar de vender el cuadro. (…) Me ha dicho, literal, que es una «lastimica» haberme hecho venir desde tan lejos para nada.
Gerardo gruñó al otro lado de la línea.
—¿Así? ¿Sin más? ¿No puedes convencerla?
—Bueno, es que ha pasado algo con lo que no contábamos —empezó a decir Andrea.
—¿Se ha muerto alguien?
Ahí, Gerardo el optimista, poniéndose en el peor de los escenarios. Si es que ese hombre no tenía remedio.
—No se ha muerto nadie, les ha tocado la lotería de Navidad.«

Leer una novela de Mayte Esteban siempre es volver a un lugar conocido y seguro, en el que sabes que te puedes poner cómoda porque la autora escribe de maravilla y sus historias y personajes te van a procurar un viaje de lo más agradable y entretenido. Pero leer Con suerte… en Navidad ha sido doblemente agradable porque no solo he vuelto a encontrarme con una historia de Mayte sino que he vuelto a Grimiel y a su adorable hotel rural, los lugares ficticios de La chica de las fotos, y he vuelto a encontrarme con Lucía, Rocío, Carlos, Víctor y los demás personajes de esa novela anterior.
Mayte es una autora que no necesita presentación en mi casa literaria porque tengo la suerte (en Navidad y durante el resto del año) de contarla como amiga y como autora de referencia. Ya sabéis que soy muy fan de su estilo, tan espontáneo y fresco, de sus construcciones gramaticales tan personales y alejadas de tópicos y frases hechas, de sus diálogos, de su sentido del humor y de sus personajes tan cotidianos y cercanos al lector. En Con suerte… en Navidad vamos a encontrar el estilo personal de la autora, pero también una historia divertida, simpatiquísima y amable, sobre un pueblo en peligro de extinción y la certeza de que nada está escrito, pues encontrar el amor verdadero puede ser tan complicado como que te toque la lotería, pero no por eso es imposible. Sin duda, una novela que os recomiendo mucho para estas fechas y que me parece perfecta para regalar, por su encanto, su optimismo y su prosa. Por cierto, leed la nota de la autora sobre cómo surgió la idea de esta historia y a quien se la regaló y en qué circunstancias, me ha parecido conmovedora.
Lector, para poner bajo el árbol.
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Con suerte… en Navidad
Ana la de Tejas Verdes, de Lucy Maud Montgomery
Marilla y Matthew Cuthbert, los propietarios de Tejas Verdes, en la apacible aldea de Avonlea, se están haciendo mayores y deciden contratar a un muchacho para que les ayude con las tareas de la granja. Pero cuando Matthew conduce el carro hasta la estación de tren para recoger al chico, en su lugar encuentra una niña pelirroja llamada Ana que no deja de hablar durante todo el camino de vuelta a la granja. Contrariada por el error, Marilla decide devolver a la niña al orfanato lo antes posible, pero a Ana solo le hace falta un día para enamorarse de Tejas Verdes y, a su vez, encandilar a los Cuthbert, a quienes adopta como su nueva familia. Apasionada, despistada, soñadora, inteligente y dispuesta a disfrutar a fondo de la vida, Ana encuentra en Tejas Verdes el hogar que siempre anheló.
—Marilla, ¿no es hermoso pensar que mañana es un nuevo día, todavía sin errores?
—Te puedo garantizar que cometerás bastantes —respondió Marilla—. Nunca pareces terminar, Ana.
—Sí, y bien que lo sé —admitió tristemente la niña—. Pero no sé si habrá notado una cosa buena en mí; nunca cometo dos veces el mismo error.
—No sé de qué te sirve, si siempre descubres errores nuevos.
—¿Pero no lo ve, Marilla? Debe haber un límite en los errores que puede cometer una persona, y cuando llegue al final, habré acabado con ellos. Es un pensamiento muy reconfortante.»

La edición de Edelvives, con las ilustraciones de Antonio Lorente, es magnífica.
Lucy Maud Montgomery (1874-1942) publicó por vez primera Ana la de Tejas Verdes en 1908. Aunque la escritora canadiense escribió más de quinientos relatos, un extenso poemario y veinte novelas, siempre será recordada por su personaje de Ana Shirley. Al igual que Ana, L. M. Montgomery se quedó huérfana siendo muy pequeña y creció con sus abuelos en la isla del Príncipe Eduardo, hogar de Avonlea y Tejas Verdes. Y es que uno de los grandes encantos de esta novela es la naturaleza que rodea a la protagonista, los antiguos bosques canadienses, las dunas de la isla, los prados de violetas, los campos y sus granjas y gentes. Esta es la primera vez que leo Ana la de Tejas Verdes y la he disfrutado de principio a fin, me ha parecido una historia y un personaje inolvidables y sé que algún día volveré a Avonlea. Supongo que he tardado tanto en asomarme a las páginas de este clásico por su enorme popularidad y por el temor a que las expectativas estuviesen demasiado altas, pero tengo la inmensa suerte de que mi amiga Rosa me regaló esta preciosa edición de Edelvives, con ilustraciones de Antonio Lorente y epílogo de Margaret Atwood, y ya no tuve ninguna excusa ni reparo.
La prosa de Lucy Maud Montgomery es apasionada y envolvente, luminosa, y tiene el don de crear una historia y unos personajes que transitan por el lado más humano y amable de la vida de una pequeña comunidad rural de principios del siglo pasado en la maravillosa isla del Príncipe Eduardo. Ana Shirley es un huracán que conmueve la tranquila vida Avonlea, pero también una niña que busca la aceptación y el cariño de esa misma comunidad. Además de los maravillosos personajes que crea la autora, bien perfilados, con carácter y que trasmiten una profunda emoción —que no sensiblería—, la novela se disfruta por el retrato idílico de la sociedad rural de la época, por el protagonismo del paisaje y la naturaleza y por la habilidad de Montgomery para implicar al lector en ese pequeño gran universo que es Avonlea a lo largo de cada una de las estaciones.
Lector, un clásico pelirrojo inolvidable.
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La palabra mágica de François Tidét, de Fernando Llor y Manuel Gutiérrez
A principios del siglo XX, el gran ilusionista François Tidét deslumbra París con sus espectáculos de magia. Acompañado por su fiel conejo blanco Jim, por su paloma Pam y por su hermosa ayudante Natalie, es la sensación de la ciudad de la luz hasta que, para su desgracia, una niña descubre uno de sus trucos. Rechazado por todos, objeto de burla y menosprecio, François se hunde en la desesperación más oscura sin entender que sus amigos siguen a su lado y que el peligro acecha detrás de la promesa de volver a ser grande.
«Como cada viernes por la noche, el teatro Dusthinè estaba repleto. Entre el público se encontraban los hombres y mujeres más respetados de toda París y algunos que no lo eran tanto pero que tenían el dinero suficiente para parecerlo. Allí estaban los mejores vestidos de sedas traídas de mundos lejanos, los sombreros de copa más altos de todos los tiempos y zapatos hechos en piel de animales tan difíciles de capturar que se antojaba un enorme capricho utilizar su cuero para unos simples zapatos.«

Ediciones El Transbordador
Libro ilustrado. Rústica con solapas
Fecha de publicación: 05/06/2021
ISBN: 9788412329698
Páginas: 80
Fernando Llor, autor del texto, es un laureado guionista de cómics y Manuel Gutiérrez, autor de las ilustraciones, un creador de cómics experto en lenguaje visual. Ambos unen su talento para regalarnos La palabra mágica de François Tidét, un maravilloso cuento que destaca por su desbordante imaginación y por su original puesta en escena.
Con una edición cuidada, elegante y muy original, La palabra mágica de François Tidét es una historia que enamora por su buena narración, su mensaje y su encanto de principios del siglo pasado. Me ha gustado mucho esa contraposición tan bella entre el ilusionismo con truco del protagonista y la naturalidad con la que convive junto a un conejo y a una paloma mágicos. Fernando Llor pone a disposición de una historia desbordante de imaginación una prosa con estilo propio, elegante e ingeniosa, pero sobre todo con ese tono tan maravilloso de las narraciones clásicas que suenan incluso mejor cuando se leen en voz alta. Aunque las ilustraciones de Manuel Gutiérrez le dan un toque adulto a la narración, un trasfondo ligeramente más oscuro, La palabra mágica de François Tidét también me parece perfecta para compartir incluso con los más pequeños de la casa.
Lector, una pequeña y magnífica sorpresa con un toque clásico delicioso.
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Puedes encontrar más información sobre este libro en Ediciones El Transbordador y en Librería Gigamesh.
El nudo Windsor, de S. J. Bennett
Isabel II pasa unos días en el castillo de Windsor mientras se ultiman los preparativos para la celebración de su nonagésimo cumpleaños. A petición de su hijo Carlos, organiza una velada con algunos artistas y empresarios rusos, pero al día siguiente uno de ellos aparece muerto en su habitación en circunstancias escandalosas. Preocupados por que el asunto no llegue a la prensa, los servicios secretos británicos inician una investigación contrarreloj para resolver un asesinato que ha dejado en ridículo el sistema de seguridad del castillo de Windsor y la protección de su soberana. Sin embargo, Isabel no se siente satisfecha con las pesquisas y, con mucha discreción y la ayuda de su secretaria particular, inicia su propia investigación mientras continua ejerciendo de jefa de Estado.
«Rozie haría cualquier cosa que quisiera la jefa y sabía que la mayoría de los empleados de aquella casa sentían la misma predisposición que ella. No porque la reina fuera «la reina» sino por cómo era: una persona especial a quien se había encomendado una tarea casi imposible que había asumido sin quejarse nunca y que había llevado a cabo de manera extraordinaria durante más tiempo del que la mayoría de la gente de aquel país llevaba con vida. La adoraban. Obviamente, todos le tenían terror, pero su adoración era más poderosa que su miedo.«

S. J. Bennett es una novelista inglesa que durante su infancia y juventud vivió en Hong Kong, Berlín y Noruega. Su trayectoria literaria más destacada ha sido en el género juvenil, por la que ha sido galardonada con varios premios, y El nudo Windsor es su primera novela para adultos. Se trata de una historia detectivesca cuyo principal atractivo y punto ingenioso es que la investigadora es nada más y nada menos que la reina de Inglaterra, y aunque no va a convertirse en mi Bennett preferida —por delante van Arnold Bennett y Alan Bennett—, sí que me ha gustado por simpática, divertida y por su ambientación tan british, a la que no le falta ni la cesta de picnic de Fortnums & Mason. Su aproximación a Isabel II está algo más mitificada que la de Alan Bennett en Una lectora nada común y aunque se acerca más al enfoque encantador de La reina de va de viaje, de William Kuhn, resulta más alegre.
La primera impresión de El nudo Windsor es que la autora tiene una prosa bonita que trasmite muy bien las emociones, como demuestra en el primer y en el último capítulo; la cuestión es que a lo largo de la novela ese estilo propio tan bonito se diluye un poco en función de la trama detectivesca, pero a cambio Bennett nos deleita con una ambientación encantadora en la campiña inglesa, en el castillo de Windsor y alrededor de la reina y su familia (no solo de sangre sino también todas las personas que la cuidan, la asisten, la ayudan y trabajan con ella). Si bien la investigación y resolución del asesinato me ha dejado un poco indiferente, he disfrutado muchísimo con los personajes, los detalles de la ambientación y por la oportunidad de asomarme a esa institución histórica que es la reina de Inglaterra. No sé si Isabel II es tan fabulosa como la retrata S. J. Bennett en esta novela, pero sin duda es un agente histórico que ha vivido e intervenido en los acontecimientos más cruciales del siglo XX y eso se refleja muy bien en El nudo Windsor.
Lector, si eres fan de lo british te va a encantar.
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Papá Piernas Largas, de Jean Webster
Jerusha Abbot, residente del orfanato John Grier, recibe una sorprendente noticia: uno de los benefactores de la institución le ha otorgado una beca para que pueda ir a la universidad. La única condición que se le impone a la joven huérfana es que escriba con regularidad a su mecenas para informarle sobre sus estudios. Jerusha encaja a la perfección en su nueva vida universitaria y sus misivas muy pronto reflejan el entusiasmo y la alegría de una chica que, por vez primera, ve su futuro con optimismo. Al fin y al cabo, el mundo espera de ella que se convierta en escritora.
«Porque le diré, Papá: yo creo que la cualidad más importante que puede tener una persona es la imaginación, porque es lo que hace posible que alguien se ponga en el lugar de otro. Y eso vuelve a la gente comprensiva y capaz de sentir compasión. Es una cualidad que debería inculcarse desde la infancia. En cambio, el orfanato John Grier desterraba, en cuanto aparecía, todo atisbo de imaginación en algún huérfano. El deber era la única cualidad que se fomentaba. Por mi parte, creo que los niños deberían ignorar el significado de esa palabra odiosa y detestable, y que se les debería enseñar a hacer todas las cosas por amor.«

En Navidades, una amiga me regaló esta edición de Papá Piernas Largas, de Jean Webster, sabiendo que el ejemplar que yo tenía en casa era casi de museo y que es uno de los títulos preferidos de mi adolescencia. Tenía muchas ganas de volver a leerlo —¿por sexta vez?— y he aprovechado las vacaciones de verano para disfrutarlo como se merece. Aunque ya tengo reseña en el blog, donde explico la biografía de la autora y el contexto de este libro sobre las oportunidades que la educación podía ofrecer a una mujer pobre y desarraigada, he querido volver a hablar de ella para la premisa de novela epistolar del reto Todos los clásicos grandes y pequeños (II Edición).
En esta relectura, me he fijado más en otros aspectos de la novela, sobre todo en los educativos. Me ha llamado la atención que la formación universitaria en literatura inglesa de Norteamérica a principios del siglo XIX fuese casi exclusivamente sobre autores británicos. La protagonista, que desea ser escritora, lee a las hermanas Brontë, a Jane Austen, a Shakespeare, Coleridge, Shelley, Keats, Henry James, Stevenson… Incluso la cita que he escogido, sobre la imaginación, me ha hecho pensar en Charles Dickens y su crítica demoledora al sistema educativo inglés de su época. Ni una sola mención a un autor estadounidense. Y eso que la madre de Jean Webster era sobrina de Mark Twain. Curiosidades aparte, he vuelto a disfrutar muchísimo con esta novela epistolar tan amable y enternecedora. Me encanta la visión optimista general de la historia, la sorpresa final y el sentido del humor de la protagonista. No me canso de recomendarla, también para adolescentes.
Lector, qué paz volver a antiguos lugares queridos y encontrarlos tan acogedores como se los recordaba.
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