Stardust, de Neil Gaiman

La aldea de Muro recibe su nombre por la alta pared de roca gris que la separa del país de las hadas. El muro no tiene más que una apertura, de unos veinte centímetros de ancho, a través de la que se vislumbra un verde prado, árboles y un arroyo, aunque si se mira con atención a veces se ven algunas figuras extrañas y pequeños destellos. Los vigilantes de Muro nunca dejan a nadie atravesar la grieta, pero una vez cada nueve años se instala en el prado una feria singular, única ocasión en la que los moradores de ambos lados del límite se mezclan. Pero Tristan Thorn está a punto de cambiar las reglas: ha visto caer una estrella en el país de las hadas y ha prometido a la muchacha más hermosa de Muro que se la traerá a cambio de una promesa de matrimonio. Nadie pasa al otro lado, excepto aquellos que saben lo que buscan.

«Muy raramente acude a Muro alguien que sabe lo que está buscando, y a veces a esta gente se la deja pasar. Tienen una cierta mirada que, una vez se reconoce, jamás se puede olvidar. En todo el siglo XX no se ha conocido ningún caso de robo procedente de la otra parte del muro, al menos que sepan los paisanos, hecho del que sienten muy orgullosos.
La guardia se relaja una vez cada nueve años, el Primero de Mayo, cuando una feria se instala en el prado.«

Neil Gaiman publicó Stardust por primera vez en 1999, tres años después de Neverwhere y casi siete después de Shamanic princess, por lo que los críticos la consideran como la tercera novela larga de su bibliografía. Como no he podido pasar del quinto capítulo de Neverwhere y nunca he visto la adaptación cinematográfica de Stardust, tenía pocas esperanzas de reconciliarme con el autor. Pero Stardust me ha gustado, sobre todo por su tono de cuento de hadas centroeuropeo, por su ambientación en una época victoriana temprana y por ese tono clásico de aventuras fantásticas que tan buen resultado le da en este título.

Stardust narra las aventuras del joven Tristan Thorn, un joven mestizo con una interesante historia sobre sus orígenes. Tristan es el único personaje de la historia capaz de orientarse sin dificultades en ambos mundos y cuando pone un pie al otro lado del muro por primera vez descubre una sed de aventuras y descubrimiento de la que nunca había sospechado. Gaiman estructura la historia como una búsqueda personal y da color a la trama con toda una galería de personajes y situaciones propios de los cuentos de hadas: brujas, venganzas, fantasmas, posadas misteriosas, maldiciones, promesas, herencias, magia, duendes, un barco pirata que surca los cielos… Todo un elenco de fantasía para esta novela con mucho encanto, un toque nostálgico a lo Princesa Prometida y un final estupendo.

Lector, para encontrarse con las influencias de Chesterton, C. S. Lewis, los hermanos Grimm y J. R. R. Tolkien en este premiadísimo autor contemporáneo.

También te gustará: El herbario de las hadas; Cuadernos secretos de Whashington Irving; El único y verdadero rey del bosque; Los cinco frascos; El hobbit

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Antígona, de Sófocles

A la muerte del rey Edipo, sus dos hijos varones, Eteocles y Polinices, mueren al luchar el uno contra el otro por ostentar el trono de Tebas. La ciudad queda en manos de Creonte, tío de Edipo, que decreta honores fúnebres para Eteocles, heredero de la corona, y castigo para Polinices, considerado el traidor. Creonte decreta que el cadáver de Polinices quedará insepulto, como alimento para los carroñeros. Antígona e Ismene, hijas de Edipo y hermanas de los fallecidos, quedan horrorizadas por la decisión del rey de Tebas. Antígona, que considera una ofensa a los dioses no realizar un entierro como es debido, decide robar el cuerpo y realizar los rituales fúnebres pese a que Creonte haya decretado pena de muerte para quien se atreva a enterrar a Polinices.

Sófocles (Colono, 497 aC – Atenas, 405 aC) fue un poeta trágico griego autor de obras clásicas como Edipo rey, Edipo en Colono, Electra, Áyax o Antígona, entre otras. De familia acomodada, fue estratego (general) junto a Pericles en la guerra de Atenas contra Samos (441 aC), pero se dedicó a escribir en cuanto pudo retirarse de la vida pública. Sus obras siempre tuvieron muy buena acogida por sus coetáneos y seguían el canon del teatro en verso clásico, que alternaba el recitado de los actores (en trímeto yámbico) con el canto del coro. El teatro griego del siglo V aC era un reflejo de los problemas y aspiraciones del hombre de la época, pero siempre estaba protagonizado por héroes y dioses, encarnados por actores varones que llevaban máscara, interpretaban más de un papel a la vez y utilizaban un decorado elemental.

Sófocles escribió y estrenó Antígona en el 442 aC, y su argumento se sitúa posteriormente a Edipo y Edipo en Colono. En los primeros años de la licenciatura de Historia, había leído Edipo y Electra como introducción a las tragedias griegas clásicas, así que cuando mi amiga Laura me dijo que quería leer Antígona, allá que me lancé en buena compañía. Sófocles siempre es una buena idea para entrar sin miedo en la literatura griega clásica aunque, como bien aconseja mi otra amiga Laura, experta en mundo y lenguas helénicas, es importante hacerlo con una traducción fiable y seguir atenta las estupendas notas a pie de página que nos ponen en antecedentes y en mitología. Por eso escogimos la edición de Gredos y ha resultado una lectura ágil que, como no podía suceder de otra manera, nos ha dejado con ganas de más y con un montón de sucesivas puertas abiertas hacia la mitología y el teatro griego clásicos.

En mi opinión, Antígona trata sobre la ofensa a los dioses -dejar el cadáver de Polinices sin sus ritos funerarios- y la serie de desgracias que se desencadenan por esa causa. Sofócles refleja bien la terquedad del tirano Creonte que no quiere rectificar su decreto pese a que personas sabias y muy queridas le señalan el error; como un ejercicio de reflexión sobre la soberbia del poder en solitario y los peligros de tomar decisiones marcadas por la ira. Rectificar es de sabios, dice el proverbio. Sorprende al lector la facilidad con que se conecta con la obra de Sófocles, seguramente porque el teatro contemporáneo sigue debiéndole mucho al clásico y porque, como los grandes clásicos, trata de emociones y pensamientos humanos tan universales y atemporales que el paso de los siglos es anécdotico. Como historiadora, me ha encantado el detalle del portador de las malas notícias y su reparo a comunicarlas, ¿sabíais que Plutarco explica que en época clásica helenística, durante una batalla, se solía matar al mensajero que traía malas nuevas?

Lector, para entrar con buen pie en el fascinante mundo de las tragedias clásicas.

Si quieres hacerte con un ejemplaz haz clic en el siguiente enlace:
Antígona

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La hija del veterinario, de Barbara Comyns

Alice vive en Londres con una madre enferma y un padre cruel y despótico que ejerce su oficio de veterinario en casa. Las dos mujeres intentan pasar desapercibidas para evitar las agresiones del monstruo, pero cuando su madre muere Alice se queda sola frente a sus circunstancias. Incapaz de reaccionar en ningún sentido, por mucho que la agredan verbal o físicamente, pasará por la vida sin entender apenas lo que le ocurre, sin haber vivido en absoluto.

«El día casi tocaba a su fin y era como la mayoría de los días que yo recordaba: todo estaba oscurecido por la sombra de mi padre, por la limpieza de las jaulas de los gatos, por el olor a repollo, a gas y al aroma de mi padre. A veces había momentos de paz, y el sol brillaba en la calle. Así era mi vida casi siempre.«

Me ha quedado una sinopsis un poco extraña, pero es que este libro es justo así, extraño, y no se puede contar más sin spoilear a los lectores. Descubrí a Barbara Comyns con su novela Los que cambiaron y los que murieron, y me gustó tantísimo su estilo y narrativa que me lancé alegremente a por La hija del veterinario en cuanto tuve ocasión. La pena es que esta segunda lectura de la autora no me ha gustado tanto como la primera y encima he arrastrado a mi sufrida amiga Marisa a padecerla conmigo. Espero que algún día me perdone porque entre esto y Los misterios de Udolfo

La prosa de Barbara Comyns es tan genial y diáfana como en Los que cambiaron y los que murieron, y también como en la anterior novela, me parece inteligente y brillante, con un estilo elegante, preciso, casi minimalista y personalísimo. De nuevo deja boquiabierto al lector con esa manera tan cándida de contar las peores crueldades de la vida y de sus personajes, y es capaz de decirlo todo en apenas una frase y con una aparente sencillez directa que desarma. Pero la historia que nos narra esta vez no me ha resultado tan atractiva y el excéntrico final, así como el personaje protagonista, no me ha terminado de convencer. Confieso que he cerrado esta novela con una sensación de «¿Pero qué demonios…?«. No puedo ser más precisa para no desvelar nada, lo siento, aunque confieso que un detalle me ha hecho pensar en Mr. Vértigo, de Paul Auster. Eso sí, la nostalgia de volver a Londres sigue presente en cada página.

Lector, mejor lee Los que cambiaron y los que murieron. Yo probaré suerte con Del enebro o con Y las cucharillas eran de Woolworths y te cuento.

También te gustará: Los que cambiaron y los que murieron; Mr. Vértigo

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M*A*S*H, de Richard Hooker

En 1950, en plena Guerra de Corea, el coronel Henry Blake del 4077º MASH (US Mobile Army Surgical Hospital) llama desesperado al general Hammond porque necesita dos cirujanos más. Tras un tira y afloja, el general le envía a sus dos mejores hombres, aunque se olvida de mencionar que los capitanes Hawkeye Pierce y Duke Forrest, además de ser excelentes cirujanos de combate, están totalmente chalados. Sin embargo, ambos encajan sorprendentemente bien en el 4077º MASH, se instalan en una tienda de campaña que recibirá el nombre de La Ciénaga, y se dedican a salvar la vida a contrarreloj de todos los jóvenes soldados que llegan malheridos desde el frente. A su equipo de especialistas, no tardará en unirse John El Trampero, cirujano torácico. Juntos sobrevivirán a la avalancha de horror de las ofensivas bélicas, a la maquinaria administrativa militar, a los matasanos pretenciosos y a las enfermeras con ideas propias, mientras luchan a brazo partido contra los estragos de la metralla en los soldados de cualquier nacionalidad.

«—Lo que tienen que hacer ustedes, y me refiero a ti y a tus dos amigos, es desechar esa idea de que pueden salvar a todo el que ingresa en este hospital. El hombre es mortal. Los heridos tienen su límite, y los cirujanos también.
—Tintorro, esa filosofía de consolación no me sirve. El principio de la Ciénaga es que, si llegan vivos, saldrán vivos si todo se hace como es debido. Evidentemente, no siempre puede ser así, pero como principio me parece excelente, así que ahórrate todos esos paños calientes.
—Túmbate a dormir, Hawk —le dijo el padre Mulcahy—. Aún estás falto de sueño.«

Richard Hooker es el seudónimo del doctor Hiester Richard Homberger (1924-1997) y el periodista y escritor W. C. Heinz (1915-2008); juntos escribieron M*A*S*H —y todas sus secuelas—, una novela basada en la experiencia real del doctor Homberger durante el tiempo que estuvo destacado como cirujano de campaña en 8055º Hospital Quirúrgico del Ejército de los Estados Unidos durante la Guerra de Corea (1950-1953). Este libro, que fue publicado originalmente en 1968 y que dio pie a una película y a una exitosa serie de televisión protagonizada por Alan Alda, ha sido editado recientemente por La Fuga en castellano.

M*A*S*H es una novela bélica, aderezada con una buena dosis de humor negro, estructurada en una serie de anécdotas basadas en hechos reales sobre la vida de un hospital quirúrgico de campaña cercano al frente durante la Guerra de Corea. Su acierto radica en lo bien hiladas que están esas anécdotas, el escenario bélico tan realista y unos protagonistas y secundarios tan excéntricos como carismáticos. El hilo conductor son las andanzas de tres cirujanos que se refugian en su particular locura para mantenerse a salvo de la barbarie, el mensaje anti-belicista y la crítica militar y médica de aquella época, que está presente desde el primer capítulo hasta el último. Nunca he visto la serie ni la película, pero la novela me ha gustado mucho y me ha parecido muy divertida, amena y original, así como una mirada profunda y terrible a uno de los conflictos más sangrientos del siglo pasado. La pena es que la traducción no me ha convencido en absoluto y que la revisión se ha dejado en el tintero un buen número de erratas.

Lector, un clásico del siglo pasado que se merecía un trato más cariñoso.

También te gustará: Ante todo no hagas daño; Doctor en Irlanda; El club de lectura de los oficiales novatos

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M*A*S*H

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Pájaro de medianoche, de Alice Hoffman

Twig Fowler, de doce años, y su madre guardan un secreto peligroso desde que volvieron de Nueva York para instalarse en Sidwell (Nueva Inglaterra, Massachusetts), el pueblo de sus antepasados. Las Fowler viven en el Camino Viejo de la Montaña y son famosas en el pueblo, y en todo el Estado, por hornear la tarta de manzanas rosas más increíble del país. Lo que no es tan conocido por los habitantes de Sidwell es que durante la Guerra de la Independencia una bruja que sufría mal de amores maldijo a todos los varones Fowler hasta el fin de los tiempos; y es por culpa de esa maldición y de su secreto que Twig no puede permitirse el lujo de hacer amigos. Hasta que la encantadora familia Hall, descendientes de la bruja, se muda a la casa de al lado y sus dos hijas, Agate y Julia, ponen patas arriba la tranquila existencia de Twig. ¿Es posible deshacer una maldición? ¿Quién es el monstruo de Sidwell? ¿Qué son las misteriosas pintadas que aparecen en el pueblo? Este será el verano en el que todo cambiará para siempre.

«Era tanta la luz que había en el mundo que sabíamos que jamás seríamos capaces de contarla toda.«

Cuando mi amiga Marisa me habló de esta novela, confundí a su autora con Katherine Appelgate (Crenshaw, El único e incomparable Iván, etc.) y le dije que me encantaba cómo escribía. Me di cuenta de que no hablábamos de la misma escritora cuando leí que Alice Hoffman era la autora de Prácticamente magia, el libro (que nunca se ha traducido a nuestro idioma) en el que se basa la película de Griffin Dune de 1998, protagonizada por Sandra Bullock y Nicole Kidman (mientras escribo esto siento unas ganas terribles de leer esta novela). No sé por qué confundí a las dos autoras, pero ahora que he leído Pájaro de Medianoche puedo decir que ambas escriben que enamoran.

Me ha gustado Pájaro de medianoche por la originalidad de la historia, por sus personajes juveniles, frescos, inocentes, y por la resolución ingeniosa de los misterios y conflictos planteados en la trama; pero sobre todo me ha gustado por el encanto narrativo de Alice Hoffman, por ese toque de ternura y candor que pone en cada párrafo, y por su habilidad para huir de los tópicos de las novelas juveniles, como las hormonas adolescentes revolucionadas o las rebeldes sin causa. La trama sobrenatural está planteada con una sencillez que desarma desde los primeros capítulos y se entrelaza muy bien con cuestiones de ecología, relaciones familiares y raíces históricas. Las protagonistas tienen chispa y están muy bien construidas, y algunos secundarios, como la encantadora historiadora señorita Lark y su té de orquídea negra (yo creo que es bruja, pero guardadme el secreto), brillan por méritos propios. El resultado es una historia juvenil mágica contemporánea con trasfondo maravilloso sobre los valores de la amistad, la aceptación de la diversidad, el cuidado del medioambiente y los animales, la importancia de la Historia y la repostería.

Lector, una porción estupenda de tarta de manzana rosa, frambuesas y ruibarbo.

También te gustará: Las brujas; Los hermanos Willoughby; Flavia de los extraños talentos; La última oportunidad; El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

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