El último caso de Drury Lane, de Ellery Queen

Un visitante misterioso, disfrazado con una barba imposible, llega a la Agencia de Detectives Thumm con un extraño encargo: deja un sobre cerrado con instrucciones para abrirse en presencia del famoso actor Drury Lane, en el caso de no dar señales de vida a la agencia trancurrido un mes. Los Thumm, padre e hija, aunque extrañados, aceptan custodiar el sobre porque viene acompañado de una buena suma de dinero, muy de agradecer en los malos tiempos que corren. Unas semanas después, un joven se presenta en la agencia para denunciar la desaparición de un guarda de seguridad de conocida honradez llamado Donaghue. Thumm, que conoce al desaparecido porque, al igual que él, es ex-policia, se presta a hacer algunas indagaciones previas, convencido de que todo tiene una explicación sencilla. Sin embargo, las pistas le llevan al Museo Británico de Nueva York, en donde un valioso manuscrito de William Shakespeare, El peregrino apasionado, ha desaparecido al mismo tiempo que Donaghue. Para mayor desazón de los Thumm, dejan de tener noticias del misterioso hombre de la barba imposible, por lo que deben de abrir el sobre que les dejó en depósito. Drury Lane, actor shakespeariano retirado que vive en una mansión llamada Hamlet, es la persona que los Thumm necesitan para arrojar algo de luz en sus dos casos.

«—Teniendo en cuenta la cantidad de detalles absurdos que hay alrededor de todo este asunto —murmuró Drury Lane levantándose y acercándose—, sospeché que podía ocurrir algo parecido —su rostro de camafeo estaba lleno de curiosidad—. Estamos compitiendo con un antagonista inteligente y con sentido del humor. ¡Extraño, muy extraño! ¿Está usted seguro de que este es el ejemplar robado, doctor Choate?«

Ellery Queen es el seudónimo con el que los neoyorkinos Frederic Dannay (1905 – 1982) y su primo Manfred B. Lee (1905 – 1971) firmaron el centenar de novelas y relatos policíacos que escribieron juntos. El último caso de Drury Lane fue publicado por primera vez en 1933, bajo el seudónimo de Barnaby Ross, nombre con el que Dannay y Lee escribieron los cuatro libros protagonizados por el retirado actor teatral Dury Lane. Como el título deja entrever, se trata del cuarto libro de esta breve saga y me ha parecido un caso policíaco de lo más entretenido y original.

El último caso de Drury Lane es la primera novela que leo de Ellery Queen y me ha cautivado por su ritmo sostenido, su sentido del humor, sus personajes y el misterio alrededor de los manuscritos de William Shakespeare. Está ambientada en Nueva York, a principios de la década de los años treinta del siglo pasado, a juzgar por las referencias de estrechez económica y sobre la Gran Guerra a lo largo de la novela. Los autores plantean un acertijo interesante sobre la existencia de un documento perdido de Shakespeare en el que se dilucidaba un misterio que podría cambiar la Historia de la literatura. Alrededor de este enigma principal, la trama se enriquece con desapariciones, persecuciones, suplantación de identidad, secuestros, tiroteos, etc. de manera que en cada capítulo sucede algo emocionante, contribuyendo a mantener la atención del lector de principio a fin con un ritmo sostenido y varias sorpresas narrativas. El otro gran punto fuerte de esta historia es, sin duda, sus carismáticos personajes. Construidos con una solidez psicológica remarcable, constituyen el factor decisivo para convertir El último caso de Drury Lane en una excelente novela policíaca. Destaca la figura del arrollador inspector Thumm, pero también la de los secundarios y sospechosos, y sobre todo la de Patience, la hija y socia del detective, que resulta de lo más fascinante y a veces contradictoria por su espíritu apasionado en contraste con el encorsetamiento de género de su época (y quizás porque sus creadores son hombres de su tiempo).

Lectora, un simpático y curioso misterio shakesperiano investigado por detectives neoyorkinos de los años treinta del siglo XX.

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Mis abuelas y yo, de Diana Holman-Hunt

Diana es una niña inquieta, curiosa y un poco ingenua, que vive feliz y muy querida en la mansión campestre de sus abuelos maternos. Huérfana de madre, su educación queda sujeta a las excéntricas sugerencias de un padre ausente que envía cartas desde la India recomendando que la niña aprenda a jugar al tenis, a montar o que pase tiempo con su otra abuela, Nana, la viuda del artista prerrafaelita William Holman Hunt. Diana podría haber crecido feliz en la mansión de sus abuelos maternos, rodeada de cariño, corriendo por la playa, cultivando la amistad de un supuesto pirata, saltando el muro de las serpientes, creyendo en las hadas del páramo y esperando la llegada de su prima preferida. Pero fueron las terribles estancias en la lúgubre casa-museo londinense de Nana, regida por el hambre, la miseria y la suciedad, las que forjaron su carácter resolutivo y admirable.


Alba Editorial
Traducción de Daniel de la Rubia Ortí
rara avis (número de colección 63)
352 páginas
Fecha de publicación: octubre de 2023
ISBN: 978-84-1178-016-2

Diana Holman-Hunt (1913 – 1993) nació en Londres. Huérfana de madre a muy temprana edad, y con un padre funcionario destinado en la India y en Birmania, vivió y se educó durante toda su infancia y adolescencia a caballo entre la casa campestre de sus encantadores y refinados abuelos maternos y la casa londinense de su chaladísima abuela paterna. Mis abuelas y yo es una novelización de esas memorias de infancia y juventud, escritas en primera persona por la autora, con un gran sentido del humor, pero también con la determinación de quien ha aprendido a valerse por sí misma en las circunstancias más peculiares.

Con una prosa ágil y precisa, Diana Holman-Hunt muestra con colorido desparpajo su día a día en casa de sus respectivas abuelas, confiando a la mirada de sus lectores opinar o juzgar los hechos que narra. Además de su notable habilidad en el arte de mostrar con tanto encanto y empatía, en Mis abuelas y yo, destacan los magníficos diálogos, que caracterizan a cada uno de los personajes y constituyen la pieza clave de estas ingeniosas memorias juveniles. Con muy buen pulso narrativo y un ritmo que no decae en ningún momento, la autora contrasta las escenas idílicas en casa de sus abuelos maternos con las escalofriantes estancias en la casa londinense de Nana. La abuela paterna de Diana, viuda del artista prerrafaelita William Holman-Hunt, aparece como una vieja chiflada que vive de la gloria pasada de su marido, entre cucarachas y obras de arte, y no gasta ni un penique en las necesidades básicas de su nieta (sin cama en una casa de habitaciones vacías, sin apenas comida, sin agua, etc.). Aunque la autora se cuida de evitar juicios de valor a lo largo de todo el libro, lo cierto es que el retrato de Nana y de sus estancias en su casa, por muy teñido de cariño y de nostalgia que esté, resulta inmisericorde, incómodo para un lector que reconoce abuso y maltrato infantil, cuanto menos.  Tal vez por esta razón, el segundo esposo de Diana le recomendó que no publicase Mis abuelas y yo, por lo que autora retrasó su salida a librerías hasta después de la muerte de su marido.

Es difícil terminar estas maravillosas memorias de infancia y juventud sin sentirse amiga de Diana, sin desear darle un buen abrazo a la niña abandonada que fue. Su biografía adulta parece girar alrededor de los hombres de su vida: nieta del afamado pintor prerrafaelita, divorciada de su primer marido, esposa en segunda nupcias de un terrateniente, un hijo diplomático experto en Asia Central… Y, sin embargo, Mis abuelas y yo también es el retrato de una joven decidida e inteligente, que tuvo que adaptarse a las excéntricas condiciones de su educación, tanto sentimental como intelectual, que viajó por Europa y que se interesó en el legado cultural de su familia y de su infancia: en 1969 publicó My Grandfather, His Wives and Laves, una biografía sobre su abuelo, y en 1974, un libro sobre el pintor chileno Álvaro Guevara, Latin Among Lions. Aunque vivió gran parte de su adultez en un entorno rural, volvió a Londres al enviudar, firmó su obra literaria con el apellido compuesto de su famoso abuelo, y mantuvo una vida social tan ajetreada como la de Nana.

Lectora, unas memorias excéntricas y maravillosas. Imposible no terminar este libro sin querer darle un abrazo grande a Diana.

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Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez

Juan es un poderoso médium de la Oscuridad, con graves problemas de salud. Su esposa acaba de morir, tal vez víctima de un accidente o tal vez como daño colateral de la presión que los dirigentes de la Orden ejercen sobre Juan. Su prioridad es mantener a salvo a su único hijo, el pequeño Gaspar, que empieza a dar muestras de haber heredado el peligroso don de su padre. En un viaje a través de una Argentina sumida en los últimos años de la dictadura, Juan intenta esconder a Gaspar de la todopoderosa Orden y garantizarle un futuro alejado de cualquier oscuridad. Aunque el precio a pagar sea la incomprensión, la soledad y, probablemente, el amor de su hijo.

«Tres cuartas partes del universo son oscuridad, había dicho su padre, y Gaspar entendía, el universo era noche, pero no todas las noches eran así, frescas y hermosas (…). Le tomó la cara entre las manos, se agachó para mirarlo a los ojos y le acarició el pelo, la caja estaba en el suelo, entre los dos, y le dijo tenés algo mío, te dejé algo mío, ojalá no sea maldito, no sé si puedo dejarte algo que no esté sucio, que no sea oscuro, nuestra parte de noche.«

Mariana Enriquez es una periodista y escritora argentina, autora, entre otros títulos, de la antología de relatos Las cosas perdimos en el fuego (Premio Ciutat de Barcelona, 2017), del ensayo Alguien camina sobre tu tumba (2013), o de la novela Nuestra parte de noche, que obtuvo el reconocimiento del Premio Herralde de Novela 2019 y otros galardones destacados. La crítica literaria señala a Mariana Enriquez como una pluma destacada de la nueva narrativa argentina, y sus obras literarias se enmarcan dentro del género del terror y del llamado nuevo gótico latinoamericano. Por recomendación de Antonio Torrubia, Este es el mar fue la primera novela que leí de la autora, una historia corta profundamente romanticista, apasionada y oscura, que me pareció casi hipnótica. Y, también por recomendación del Librero del Mal, que lo considera un librazo, me atreví a embarcarme en las casi 666 páginas de Nuestra parte de noche. Confieso que llegó un momento en el que decidí leerlo solo por las mañanas porque me faltaba el valor de irme a dormir después de según qué terribles escenas.

Nuestra parte de noche es una novela de terror, una obra gótica y oscura, y se siente entre las manos como un clásico contemporáneo. Mariana Enriquez desarrolla unos personajes complejos, atormentados, profundamente humanos, quizás porque a través de la fantasía se puede reflejar mejor la realidad, la humana y la social. La historia de una familia que encaja en seis partes, entre Argentina y Londres, alrededor de las décadas de los años 70 y 80 del siglo pasado, con un fondo político y social tan bien integrado en la trama que forma parte de los personajes: los últimos años de la dictadura argentina, los pozos del horror de las guerrillas, las dificultades económicas de la restauración democrática, los muertos del poder, de la represión, los muertos por los que nadie se atrevía a preguntar. La autora entrelaza con maestría una trama sobrenatural, con el trasfondo político de Argentina, la complicada relación paternofilial de los protagonistas, el duelo y el folklore espiritual de su país.

Dejando aparte las terribles escenas que ponen los pelos de punta —sobre todo porque los peores monstruos que aparecen en estas páginas son personas— y que me lo hicieron pasar francamente mal, he disfrutado mucho de esta novela: personajes tan magníficos como Tali o Luis, la historia de las familias de la Orden, los años de juventud de Rosario en el Londres de los años 60 y 70, o las curiosidades sobre los santos y los cultos espirituales populares de Argentina. También me ha encantado reconocer el homenaje que Mariana Enriquez rinde a algunos de sus autores y autoras de referencia: Stephen King en la parte de Gaspar adolescente con su pandilla de amigos al estilo It (Vicky, Pablo y Adela en La cosa mala de las casas solas), H. P. Lovecraft en toda la concepción y los ritos de la deidad de la Oscuridad (más evidente en El dr. Bradford entra en la Oscuridad), los poetas malditos del romanticismo presentes a lo largo de toda la novela, o ese guiño a la mano izquierda de la oscuridad de nuestra admirada Ursula K. Le Guin.

No es una lectura fácil, que atrape desde el principio, sino que requiere tiempo y paciencia para irse adentrando entre sus páginas. Quizás por eso, cuando por fin descubres que estás dentro, cuando te das cuenta de que llevas ya muchas páginas a muerte con Gaspar, la satisfacción de estar leyendo un clásico tremendo es mayor. Esa es la magia de la prosa de Mariana Enriquez: te envuelve, te hipnotiza, te arrastra como un río de aguas oscuras (atención a la narración de la cita que incluyo, la yuxtaposición de frases entre comas, la fluidez a borbotones de algunas escenas) y, cuando menos te lo esperas, ya no haces pie y no te queda otra que nadar a favor de la corriente. No fue hasta que terminé Nuestra parte de noche cuando me di cuenta de la novelaza que había tenido entre las manos. Semanas después, seguía pensando en sus personajes, en el deseo de inmortalidad que alimentaba la codicia de los malvados, en cómo Gaspar y su tío gestionaban la pérdida y el duelo, en el terror de una dictadura y sus desaparecidos; pensaba en las cicatrices emocionales, en entender las decisiones de quienes deberían protegernos, en la ceguera cruel del poder… Mariana Enriquez desdibuja con maestría la línea entre lo real y lo imaginario, pero también entre los que ya no están y quienes los añoran. La Oscuridad devoradora bien podría ser el olvido, donde se adentran aquellos a los que nadie recuerda. Creo que cuando una lectura se queda contigo es porque tiene ese toque universal de los clásicos.

Lectora, terrible, oscura y fascinante.

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Sistemas críticos, de Martha Wells

Un grupo de científicos viaja a un lejano planeta para tomar muestras de investigación. La aseguradora espacial les obliga a contratar a un androide de seguridad, una unidad básica y económica que les proteja en caso de que el planeta presente algún peligro. La cuestión es que dicho androide guardaespaldas no resulta ser tan estándar como parecía, pues acaba de hackear su sistema central de control y ha tomado algo parecido a la conciencia. De momento, sus prioridades son disfrutar del visionado de los últimos capítulos de una telenovela y disimular su libre albedrío para que no lo desconecten. Aunque todavía vela por la seguridad de sus humanos, los científicos de esa misión en concreto empiezan a parecerle demasiado raros: lo tratan con amabilidad y le dan conversación. Además, hay algo muy extraño en la cartografía del planeta y la otra expedición humana que aterrizó casi al mismo tiempo que la suya no da señales de vida.

«Podría haber comenzado a matar gente en cuanto conseguí hackear mi módulo de control, pero justo entonces me di cuenta de que disponía de acceso a todos los canales de entretenimiento que hay en los satélites de la aseguradora. Y más de 35.000 horas después, seguía sin haber matado a casi nadie, porque me había pasado… no sé, casi 35.000 horas con películas, series, libros, obras de teatro y música. Como máquina despiadada de matar, era lamentable

Martha Wells es una escritora estadounidense de ciencia ficción y fantasía, licenciada en Antropología por la Universidad de Texas. Sus obras, caracterizadas por la originalidad y cierto sentido del humor, han resultado ganadoras de los premios Hugo, Nébula y Locus en distintas ocasiones, y han sido traducidas a varios idiomas. Sistemas críticos es la primera novela corta de la saga Los diarios de Matabot, una serie de aventuras espaciales protagonizadas por un androide con conciencia propia que ha decidido llamarse a sí mismo Matabot.

No voy a contar demasiado más sobre esta novela corta porque lo más divertido es que os adentréis entre sus páginas y os dejéis sorprender. La premisa es estupenda, como habéis visto en la cita que os he dejado más arriba, y que es el párrafo con el que arranca la historia, y la imaginación y originalidad de Martha Wells le da un toque único. En mi opinión, el hecho de que la historia esté narrada en primera persona por Matabot, el androide protagonista, es lo que la diferencia de muchas otras novelas de ciencia ficción espaciales: aunque Matabot no tiene sentido del humor, sus apreciaciones sobre los humanos resultan divertidas, sarcásticas y geniales, una oportunidad de reírnos de nosotros mismos como la especie repleta de contradicciones y propensas a la autodestrucción que somos. El estilo de la autora, directo, preciso, es perfecto para las escenas de acción —Sistemas críticos también es una novela de aventuras galácticas— y para mostrarnos los insólitos pensamientos de su protagonista. Martha Wells tiene el don de trasmitir indirectamente, entre líneas, emoción, suspense y un sentido del humor agudo y preciso.

Lectora, estoy deseando seguir con el resto de las aventuras de Matabot.

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Para aprender, si la suerte nos sonríe, de Becky Chambers

Hace muchas décadas que los gobiernos de la Tierra dejaron de invertir en la exploración espacial para fomentar su industria armamentista y propiciar guerras de fronteras y recursos. Por esta razón, a mediados del siglo XXII, ACA es la única agencia espacial y pertenece a todos los ciudadanos del planeta que con sus donaciones económicas, grandes o pequeñas, contribuyen a mantener las misiones de los astronautas. Como la de la nave espacial Merian, tripulada por la ingeniera Ariadne O’Neill y los científicos Elena Quesada-Cruz, Jack Vo y Chikondi Daka. Los cuatro forman parte de la misión Lawki 6 para explorar los mundos habitables que orbitan alrededor de la estrella enana roja Zhenyi: Aecor, Mirabilis, Opera y Votum. La tecnología y la ciencia de su tiempo les permite viajar en hibernación durante décadas y adaptar sus cuerpos a las diferentes condiciones gravitatorias y atmosféricas. Siempre han deseado ser astronautas y exploradores, les fascina investigar nuevos mundos. Pero por mucho que intenten no dejar huella en esos insólitos ecosistemas espaciales, resulta inevitable que esos sorprendentes mundos les dejen una huella imborrable a ellos.

«Es comprensible que los seres humanos dejaran de ocuparse del espacio en los años veinte del siglo XXI. ¿Cómo vas a pensar en las estrellas cuando los mares rebosan? ¿Cómo vas a dedicar un minuto de tu vida a los ecosistemas alienígenas cuando hace demasiado calor para habitar tus ciudades? ¿Cómo vas a comerciar con combustible, metales e ideas cuando las fronteras de los mapas no dejan de cambiar? ¿Cómo va a importarle a alguien la pregunta de si existen otros mundos cuando en el mundo en el que estás atrapado siguen sin contestarse las preguntas más vitales, las que tienen que ver con las necesidades más básicas de hogar, salud y seguridad?«

Becky Chambers es una escritora estadounidense que tiene el don de convertir la ciencia ficción en un género cozy, esperanzador, amable y maravilloso. Es la autora de la saga La peregrina —que Alianza Editorial, en su sello Runas, empezará a publicar en mayo de este año—, de las dos novelas cortas de Monje y robot, y de otros títulos como Para aprender, si la suerte nos sonríe. Ha sido ganadora en dos ocasiones del premio Hugo (2019 y 2022), del Premio Locus (2023) y nominada en certámenes tan destacados en la literatura de ciencia ficción como el Arthur C. Clarke. Becky Chambers tiene el interés y la curiosidad, pero no la formación científica, por lo que la autora confiesa que siempre acaba haciéndole un millón de preguntas y consultas a su madre, la astrobióloga Nicoline Chambers, y a su equipo de investigadores, lo que concede una asombrosa verosimilitud a todo el universo de la autora.

La primera vez que escuché hablar de Becky Chambers fue en la librería Gigamesh: Antonio Torrubia sabe que no soy lectora habitual de ciencia ficción (os vais a reír cuando veáis la próxima reseña que voy a publicar en el blog) y me sugirió que si me apetecía explorar el género me recomendaba leer El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, el primer volumen de La peregrina. Me aseguró que era «como los libros de tomar el té que tanto te gustan, solo que en naves espaciales. Una novela de tacitas en el espacio.» No sé a vosotros, pero una recomendación tan maravillosa me cautivó. Y aquí sigo, prendada de Becky Chambers y con muchas ganas de volver a leer El largo viaje a un pequeño planeta iracundo en cuanto Runas lo lleve a librerías en marzo.

El título de esta historia de ciencia ficción tan feelgood y esperanzadora viene al caso de un fragmento del mensaje que las Naciones Unidas grabaron en 1977 para el disco dorado de las Voyager: «(…) Salimos de nuestro sistema solar para viajar por el resto del universo en busca de paz y amistad; para enseñar, si se nos requiere; para aprender, si la suerte nos sonríe«. Y resume muy bien la misión de los cuatro astronautas protagonistas. Narrada en primera persona por la ingeniera Ariadne, una voz amable, profundamente arraigada en la bondad, la generosidad, la compasión y la esperanza en la capacidad humana para aprender, se trata de una historia de exploradores fascinante y acogedora. La prosa de Becky Chambers es precisa y brillante, y refleja con mucho encanto y sentido del humor el pensamiento de su protagonista. El final me ha parecido precioso, esperanzador, y con un mensaje que hace honor al título de la novela: si tienes suerte, te hará reflexionar sobre las preguntas (y las respuestas) importantes de la vida.

Lectora, Becky Chambers siempre te deja el corazón calentito y te devuelve (un ratito) la fe en la humanidad (que no es poco, en los tiempos que corren).

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