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El país donde florece el limonero, de Helena Attlee

En la Italia del siglo XVII los cítricos se usaban para todo: medicina, cocina, ornamentación, juegos, perfumes… Complejos, aromáticos y sorprendentes, son los únicos árboles cuya polinización cruzada suele ser exitosa: del cruce de mandarina y pomelo resulta la naranja, del cruce de pomelo y naranja, la toronja, del cruce de la cidra y la naranja amarga, el limón, etc. por eso es tan complicada su taxonomía. Helena Attlee, experta en jardines, desgrana la historia de los cítricos en Italia, desde los primeros jardines de los Médici en Florencia, hasta el Palermo del siglo XXI, en donde los árboles frutales todavía conservan el sistema de regadío que los árabes implantaron en el siglo IX, pasando por la conversión de Sicilia en productora de zumo de limón por mandato de Nelson, los primeros cultivos orgánicos de los Borghese o la mejor mermelada de cítricos del mundo, que se hace en San Giulano en casa de la familia Ferragamo (sí, la de los zapatos y bolsos).

«Hay que respetar un ritual y esa es otra razón por la que un cultivador de naranjas lleva siempre una navaja. Primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior al suelo sobre la crecida hierba, porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y, pinchándola con la hoja de la navaja, la ofrece por la parte sin filo.«

Helena Attlee es autora de cuatro libros sobre jardines italianos y fue durante el transcurso de una investigación sobre un posible quinto ensayo cuando topó con los cítricos ornamentales de los Médici y se quedó prendada del exótico, fragante y complejo mundo de estos árboles frutales. El encanto de El país donde florece el limonero reside en la fuerza narrativa de Attlee, que contagia su pasión, y en esa alternancia entre la historia de los cítricos en Italia y el mundo, los aspectos más científicos (botánicos) de su estudio y su viaje a lo largo de la península itálica en busca del cultivo actual de limones y naranjas dulces y amargas.

Además de disfrutar de lo maravillosamente bien que escribe Helena Attlee y del encanto de sus anécdotas, la amenidad de su narración histórica, la belleza de sus imágenes naturales y agrestes, me ha encantado adentrarme en los jardines de cítricos a través del tiempo. No sabía que las naranjas solo son de color naranja en el hemisferio norte, donde la temperatura cae por debajo de los 10 grados centígrados descomponiendo así la clorofila y permitiendo la liberación de carotenos que le dan ese color, y que en Brasil, por ejemplo, las naranjas son verdes. O que el boom del cultivo de limones lo desencadenó la Marina Real Británica cuando descubrieron que su zumo paliaba el escorbuto. O que en Palermo el cultivo de cítricos estuvo a punto de desaparecer por la especulación inmobiliaria de la Mafia.

El país donde florece el limonero debe su título a una cita de Goethe («¿Conoces bien el país donde florece el limonero?«) cuando realizaba el Grand Tour preceptivo de los universitarios del siglo XVIII y XIX, y sus referencias literarias y científicas son otro de los motivos por los que me ha hechizado este libro: los cítricos que aparecen en El origen de las especies de Charles Darwin, en Goethe, en Hans Christian Andersen, D. H. Lawrence, Tobias Smollett,… No es solo un libro interesante y ameno para una historiadora o una bióloga, es una lectura bellísima —y también un libro de recetas— que os recomiendo mucho si necesitáis algo distinto lejos del mundanal ruido. De lo mejor que he leído en los últimos años… aunque ya conocéis mi debilidad por los jardines.

Lector, maravilla.

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El país donde florece el limonero

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Cuatro setos, de Claire Leighton

En 1930, Claire Leighton, una de las grabadoras más elegantes del siglo XX, y su marido Noel, periodista, se mudan definitivamente a vivir en la campiña inglesa. Quizás la dura pizarra gris de las colinas de Chiltern no sea la tierra más fértil del mundo, pero Claire y Noel se han quedado totalmente prendados de su jardín. La belleza del susurro de la guadaña segando los campos, la recogida de la fruta, el canto de los pájaros anidando en los setos, y ese otoño bellísimo en el que el fondo gris de la tierra ofrece un marco natural a los dorados, rojos, naranjas y amarillos de las hojas… Cada estación, cada mes, tiene su propia magia, como escoger en el catálogo de bulbos, comerse una manzana o andar con cuidado por las noches porque es entonces cuando un erizo llamado Cornelius sale a pasear.

«Pero, ¿a qué viene tanto remilgo con los pepinos? Quizás sea que, a ojos de Darville, somos de clase alta, y todo porque tenemos un invernadero para los pepinos y, como tal, podemos darle trabajo a él. Desde hace ya mucho tiempo, es indicio de buena posición social, pues ya aparece como tal en las novelas de Trollope. El tomate como señal de nobleza ocupa un segundo lugar detrás del pepino, a corta distancia. Quién sabe si no habrá que poner un segundo invernadero para los tomates.«

Soy una inútil en lo salvaje, no duraría ni medio telediario en un bosque o en una montaña, aunque me chiflan los libros de no ficción sobre naturaleza y los ensayos científicos; son un refugio en tiempos de cansancio, de estrés o de ánimos bajos, y también son mi solución preferida para romper crisis lectoras. No conocía a Claire Leighton, pero cuando sostuve este libro en mis manos y hojeé sus grabados supe que se vendría a casa conmigo. También es cierto que saber que versaba sobre su experiencia como jardinera durante un año, tuvo mucho que ver. Cada vez que entraba en Cuatro setos era como pasar la tarde en el jardín de Claire: relax, paz, tranquilidad y belleza.

«El ocaso se desvanece en pura noche y nos quedamos mirando las estrellas.«

Señala el prólogo de Cuatro setos que Claire Leighton tenía catalogados más de 250 grabados antes de que su libro se publicase por primera vez, en 1935 y agotase varias ediciones en Reino Unido. Pese al gran éxito profesional que la autora cosecharía posteriormente en Estados Unidos, su familia asegura que el tiempo en el que ella y su marido pudieron vivir en el campo y dedicarse a su jardín fue el más feliz de su vida. Y se nota. Cada frase, cada párrafo de Cuatro setos, contagia buen humor, optimismo, belleza y una enorme paz.

«Si una cree que el mundo es malo, que no tiene ningún sentido, o que se está desmoronando, no tiene más que pasarse media hora con un catálogo de bulbos para que se le quite la tontería. Porque rezuman un espíritu de fe y esperanza.«

Cada capítulo lleva el título de un mes del año, empezando en abril y terminando marzo, y no hay ninguno que no sea totalmente cautivador. Los detalles de un mundo en miniatura bajo la tierra, parejas de herrerillos, carboneros, pinzones, gorriones piando al sol tibio, las avispas, Cornelius, el gato del vecino, los manzanos, los tomates, las heladas, el manto de nieve o la sequía de la canícula estival… Claire narra con un estilo brillante, de hermosas imágenes y prosa exquisita, la aventura de ser jardinera por convicción, trasmitiendo al lector toda la belleza, la quietud y el prodigio de una naturaleza domesticada… algunas veces.

Lector, si necesitas paz y belleza este es tu refugio.

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Un paseo por el bosque, de Bill Bryson

Al poco tiempo de mudarse a una pequeña población de New Hampshire, Estados Unidos, con su esposa y sus hijos, Bill Bryson sale a dar un paseo por las afueras del pueblo y se encuentra con un misterioso sendero que se interna en el bosque. Se trata de un tramo del Sendero de los Apalaches, un camino que cruza casi toda la Costa Este Norteamericana, recorre catorce Estados, desde Georgia a Maine, y los Montes Apalaches a lo largo de unos 3.300 kilómetros. De pronto, a Bryson le asalta la inquietud de caminar a lo largo de todo ese sendero, de sur a norte, y de inmediato se lanza a la búsqueda de información para conseguirlo. Sus principales preocupaciones, así de entrada, son el peso de la mochila, lo carísimo y sofisticado que es todo el material de acampada, y ser devorado por un oso. Pero lo que empieza siendo una aventura algo alocada y excéntrica, pronto se convierte en un paseo por los bosques más extraordinarios del hemisferio norte y una comunión con la naturaleza y el lado más sencillo de la vida, como nunca antes había sentido.

«Las distancias cambian por completo cuando te enfrentas al mundo a pie. Un kilómetro es un buen trecho, cinco kilómetros una distancia considerable, veinte kilómetros una barbaridad, ochenta kilómetros algo inimaginable. Es entonces cuando te das cuenta de lo enorme que es el mundo para ti y la pequeña comunidad de personas que marchan por el sendero. El conocimiento de la escala planetaria es vuestro secreto.«

Bill Bryson (Iowa, 1951) es un periodista y escritor de libros de divulgación científica, histórica y de viajes. Ha vivido la mayor parte de su vida en Inglaterra, donde conoció a su esposa y nacieron sus hijos, y cuando volvió a su país se quedó prendado de los bosques de Maine y de New Hampshire, de la paz que le aportaba caminar por la naturaleza. Y así es como surgió este libro, para relatar su experiencia recorriendo el Sendero de los Apalaches de sur a norte. Es la primera vez que leo a Bill Bryson, aunque ya tenía apuntados algunos de sus títulos (Una breve historia de casi todo, Shakespeare, En casa, En las antípodas…) porque me llamaban mucho la atención y os aseguro que, después de leer Un paseo por el bosque, me los llevo todos a casa.

Un paseo por el bosque es un libro de viaje, de naturaleza, de apuntes del diario de un senderista amateur, biográfico, de humor… Un ensayo estupendo y divertido sobre caminar a través del bosque y las montañas sin tener ni idea de senderismo, pero con muchas ganas de disfrutar de la experiencia. Bryson rinde tributo a la Costa Este más salvaje de su país, un espacio natural que engloba la mayor diversidad del planeta, con especies arbóreas y animales únicas en el planeta y las formaciones montañosas más bellas de Norteamérica: las Blue Ridge, las Smokies, las Cumberlands, las Catskills, las Green Mountains… Denuncia la desaparición de más de 90 especies de plantas desde 1930, la brutal explotación (con el beneplácito de las administraciones gubernamentales) de los bosques madereros a un ritmo superior al de su repoblación, la muerte y extinción de especies milenarias como el castaño americano (4.000 millones de árboles muertos solo en las Apalaches) por culpa de enfermedades y plagas que ni se estudian ni se intentan contener, la falta de presupuesto para mantener los parques y la reducción anual sistemática de la plantilla de guardabosques.

«Los bosques norteamericanos llevan trescientos años generando desasosiego. Henry David Thoreau, tan moralista como cansino, consideraba que la naturaleza era algo espléndido, verdaderamente espléndido, siempre y cuando hubiese un pueblo a mano al que llegar paseando en busca de tartaletas y cerveza de alta graduación, pero en 1846, con ocasión de una visita al Katahdin, supo lo que era la espesura del bosque verdadero y la experiencia lo dejó sobrecogido.«

En un país en el que solo el 2% de su territorio se considera totalmente urbanizado, resulta pasmosa la indiferencia y la desidia con la que su gobierno observa la destrucción de su extraordinaria biodiversidad natural. A lo largo de este libro, Bryson denuncia que algunos parques naturales, como el de Shenandoah (Virginia) funcionan en un 80% gracias a los voluntarios, la erradicación de especies animales solo porque «podrían ser una molestia» (búhos, águilas o pumas), o la falta de interés por investigar o detener las plagas y la tala industrial que está mermando los bosques. Y cuando Bill se siente más indignado por el expolio de los espacios naturales, va y lee en los diarios que el Estado de Tennessee está a punto de aprobar una ley para prohibir la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas. A menudo, los países que más presumen de civilización son los más incivilizados.

Un paseo por el bosque es un libro que se disfruta por el encanto y la gracia con la que narra Bill Bryson, al que se le notan todos los años fuera de casa en ese humor tan inglés. Bryson hace al lector partícipe de su aventura con una sencillez que desarma, adentrándose en la naturaleza y llevándonos con él. Quizás porque pocas cosas hay más sencillas que caminar, es entonces cuando se piensa con mayor claridad.

Lector, si necesitas paz, acompaña a Bill Bryson por el Sendero de los Apalaches.

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Cómo ser una buena criatura, de Sy Montgomery

«Este libro empezó en nuestro salón de Hancock, Nuevo Hampshire, mientras charlaba con una amiga sentada en el sofá«, explica Sy Montgomery, una de las naturalistas más notables de nuestro siglo. La amiga era Viki Croke y la charla, una entrevista para la NPR de Boston, al final de la cual Viki le preguntó «¿Tienes la impresión de que no solo has aprendido algo sobre la historia natural de los animales, sino también sobre tu propia vida?«. Fue entonces cuando Sy se dio cuenta de que había aprendido a ser una buena criatura, que todos los animales con los que había convivido le habían enseñado a ser persona y a entender sus emociones y la del resto de seres vivos de su vida. Fue entonces cuando decidió escribir Cómo ser una buena criatura, un libro de trece capítulos, cada uno dedicado a un animal del que aprendió a vivir; desde Molly, su perra de la infancia, hasta su cachorro Thurber, pasando por un cerdo gigante, una araña y un pulpo, entre otros.

«Ahora, gracias a Clarabelle, sabía que hasta los rincones más ordinarios de nuestra casa estaban encantados. El mundo, me percaté, bullía de vida, mucho más de lo que había imaginado, de rebosaba de las almas de criaturas diminutas que debían amar sus vidas tanto como nosotros amábamos las nuestras.«

Me llamó la atención la preciosa cubierta de este libro, luego vi que era edición de errata naturae y supe que muy mal tenía que pintar la sinopsis para que no se viniese a casa conmigo desde la librería. Como soy despistada, no acababa de ubicar a Sy Montgomery —luego recordé que su nombre me sonaba de un libro maravilloso titulado Primates, que os recomiendo mucho, sobre Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas—, hasta que leí en la contracubierta que era «una mezcla de Emily Dickinson e Indiana Jones«. Ah, era esa Sy Montgomery, la naturalista inquieta y trotamundos que vivía en una granja y publicaba libros sobre los tigres de Bangladés, los murciélagos de Costa Rica o los orangutanes de Borneo. Ya os podéis imaginar que sucumbí al hechizo.

«Aquellos dos animales albergaban en su interior el corazón salvaje que late en todas las criaturas, la naturaleza que honramos en nuestra respiración y en nuestra sangre, esa naturaleza que nos mantiene con vida en este planeta que gira sin rumbo. Allí, en el bosque nuboso, volví a encontrar la naturaleza salvaje que nos mantiene enteros y cuerdos, el hambre voraz y deliciosa por la vida.«

Cómo ser una buena criatura es una lectura preciosa sobre la vida y la familia. A menudo, la familia que te acompaña cada día y te brinda su amor incondicional es de otra especie, pero precisamente por esa circunstancia la convivencia es tan enriquecedora. Montgomery dedica un capítulo a cada uno de los animales de su vida y comparte con el lector —con tanta complicidad que se tiene la sensación de que nos está haciendo confidencias frente a su chimenea, con Tess, su border collie, tumbada a nuestros pies mientras tomamos café—anécdotas y reflexiones sobre el tiempo que estuvieron juntos, las experiencias que compartieron. La autora cuenta cómo aprendió de una araña que solo se teme aquello que se desconoce, que incluso pese a la distancia evolutiva que nos separa de los pulpos establecer una amistad con ellos es cuestión de voluntad y paciencia, que el depredador más temible puede ser también el más bello o que dar de comer a un cerdo construye una comunidad humana de gente buena.

«Nos enseñó a amar. A disfrutar de lo que la vida nos da. Incluso cuando son desperdicios.«

Cuando los padres de Sy Montgomery, de clase alta y religiosos, la repudiaron porque no se plegaba a los deseos de futuro que habían planeado para ella (estudios universitarios, profesión respetable, matrimonio conveniente, hijos…), la naturalista entendió que aceptar a los demás sin reservas era una cuestión de comprensión y que había conseguido más en ese sentido con sus animales, pese a ser de distinta especie, que con sus progenitores. Cómo ser una buena criatura rebosa de frases bellísimas, conclusiones de muchas horas de observación, que destilan emoción, pero también comprensión y sabiduría, la sabiduría que solo la Naturaleza es capaz de impartir… a quien esté dispuesto a detenerse a escuchar.

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Auge y caída de los dinosaurios, de Steve Brusatte

Durante los primeros 2.000 millones de años de la Tierra, la única vida que habitaba el planeta era bacteriana; hasta que esas bacterias empezaron a combinarse, a cambiar y a evolucionar, y los primeros seres vivos complejos se aventuraron por el océano y la tierra. A finales del período Triásico (hace unos 200 millones de años), un 20% de los seres vivos del planeta eran dinosaurios, pero fue en el Jurásico cuando los dinosaurios realmente prosperaron y, en el Jurásico tardío (hace 164 millones de años), ya eran la fuerza dominante sobre la Tierra; y así fue durante todo el Cretácico (de 145 a 66 millones de años antes del presente). Steve Brusatte explica, ilustra y demuestra por qué los dinosaurios prosperaron tras las terribles explosiones y terremotos que pusieron fin al período Triásico y por qué casi se extinguieron hace unos 66.000 millones de años. A través de teorías hábilmente confirmadas por paleontólogos y fósiles, este biólogo evolutivo que ha descubierto quince nuevas especies de dinosaurio, nos embarca en un viaje extraordinario por el pasado más emocionante de nuestro planeta.

«Todos los Triceratops conocían a aquel depredador feroz. Era su gran rival, el terror que surgía como un fantasma desde los árboles y masacraba rebaños enteros. Era Tyrannosaurus rex, el rey de los dinosaurios, el mayor depredador que ha vivido en tierra firme en los 4.500 millones de años de historia del planeta.«

Steve Brusatte estudió en Chicago, se doctoró en Columbia y actualmente trabaja en Edimburgo, pero este paleontólogo y biólogo evolutivo viaja por todo el mundo a la caza de fósiles que le ayuden a comprender cómo vivían y morían los dinosaurios. Brusatte también colabora con el programa de la BBC Caminando entre dinosaurios y sus libros y artículos cuentan con un enorme prestigio en el mundo académico y científico de primer nivel. Aunque la condición de experto, por desgracia, no conlleva la de ser buen comunicador, en el caso de Steve Brusatte coinciden ambos dones. Probablemente es una de las personas vivas que más sabe de dinosaurios en este planeta y comparte esos conocimientos con tanta naturalidad que enamora incluso a los legos en la materia.

Hace unos días, un amigo me preguntó si le recomendaba este libro y le dije que sí, que las ilustraciones y las fotografías eran estupendas. Evidentemente, era una broma entre lectores, pero es cierto que las imágenes del libro están a la altura de su texto. Me ha encantado Auge y caída de los dinosaurios, no solo porque soy una chiflada de los dinosaurios sino porque leer a Steve Brusatte merece mucho la pena y os aseguro que este ha sido uno de los mejores he ensayos que he leído. Riguroso hasta la médula, Brusatte fundamenta todas sus afirmaciones en el estudio de los fósiles, pero sabe mantener la atención del lector alternando datos y reconstrucciones biológicas con anécdotas de excavaciones y recreaciones de la vida en los diferentes períodos geológicos de la Tierra. Su etimología es científica, por supuesto, pero sus explicaciones y teorías son claras y asequibles para los que no somos paleontólogos.

No solo vais a encontrar la historia que promete el título sino que también disfrutareis de un repaso genial sobre la biología de los dinosaurios, un capítulo entero para el Tyrannosaurus rex, aclaraciones sobre qué es y no es un dinosaurio, extinciones y desastres geológicos de la Tierra desde hace 4.500 años y otras maravillas excepcionales. Un libro que se disfruta muchísimo y que te hace sentir muy pequeña cuando asumes que Steve Brusatte siempre habla en términos de millones de años. Millones de años. Como comentaba en una de mis newsletters, el Homo sapiens solo lleva unos 10.000 años sobre la Tierra y los dinosaurios vivieron y murieron en ella durante 200 millones de años. Qué insignificante especie la nuestra y qué destructiva.

Lector, corre a la librería.

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