La escalera de caracol, de Ethel Lina White

Helen Capel, la joven dama de compañía de la señorita Warren, vuelve a La Cúspide, la aislada mansión de la familia que la ha empleado, tras un largo paseo. La noche está próxima a caer y, de pronto, los árboles se le antojan hombres al acecho. No es que Helen sea miedosa sino que sobre la lúgubre casona de los Warren pesa una leyenda negra que, junto a la noticia de que un estrangulador anda suelto por la zona, no contribuye a su tranquilidad. Por suerte, la joven cuenta con la protección del matrimonio Oates, al servicio de los Warren, y del doctor Parry. Pero cuando una tormenta se cierne sobre La Cúspide y llega la noticia de que otra muchacha acaba de ser asesinada muy cerca de la casa, Helen empieza a temer que una mente criminal se encuentre detrás del drama que se ha desencadenado en la mansión.

«Cuando estuvo fuera, en el vestíbulo del semisótano, se detuvo ante la duda. Era más rápido usar el camino de atrás. Pero, al mirar la espiral de escaleras estrechas y poco iluminadas, se encogió, sintiendo que nada la inducía a subirlas. Había demasiados giros en el camino, demasiadas aristas. Cualquier cosa, o cualquier persona, podría estar al acecho en la siguiente esquina, esperando saltar sobre ella.»

Ethel Lina White (1876 – 1944) fue una escritora galesa de novelas de misterio que en las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado alcanzó tanta celebridad como Agatha Christie o Dorothy L. Sayer. Para nuestro pesar, de sus dieciséis novelas de misterio, solo nos quedan tres en ediciones no descatalogadas, en nuestro idioma: La dama desaparece (1936), La primera vez que murió (1935) y La escalera de caracol (1933). A Ethel Lina White se la reconoce como la creadora del thriller psicológico más brillante, puesto que perfeccionó el género de forma sublime. Una buena muestra es La escalera de caracol, una novela de suspense que me ha tenido en tensión desde el primer capítulo hasta el final.

La escalera de caracol es un clásico del suspense que destaca por el estilo narrativo de su autora, por su atmósfera gótica y opresiva, por su ritmo y tensión sostenidos, y por el cariz dramático de sus personajes (a destacar la extraña madrastra de los Warren y la pérfida enfermera) y el equilibrio de poder que establecen entre ellos. Helen Capel es una protagonista gótica un tanto inusual: frágil, curiosa (por no decir insoportablemente cotilla), valiente, espabilada, pero también un poco impertinente y respondona. La historia se narra desde su punto vista, con escasas excepciones: breves párrafos con el punto de vista de otros personajes que la autora maneja con maestría para aumentar la tensión y la inquietud con sucesivos giros de tuerca sobre los nervios de los lectores. El resultado es un thriller psicológico que te hace disfrutar y sufrir a partes iguales, a medida que el suspense va en aumento y la sombra de la sospecha se va desplazando de un personaje a otro. Un clásico extraordinario que fue adaptado al cine por Robert Siodmark, en 1946, y que Who editorial publicó en castellano, en enero de 2022.

Lectora, un clásico del suspense que no te puedes perder.

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La Sra. Hudson y el misterio de los espíritus, de Martin Davies

A la joven Flotsam nunca se le habría pasado por la cabeza que el desesperado acto de intentar robar un repollo en las victorianas calles de Londres fuese a cambiarle la vida para siempre. Muerta de frío y de hambre, sin un techo bajo el que guarecerse y perseguida por un cerebro criminal llamado Fogarty, la joven es confiada a las eficientes y maternales manos de la señora Hudson. Bajo su protección, Flottie aprenderá a leer, a escribir, ciencia, música, a comportarse en sociedad, a ser observadora y a labrarse un buen porvenir. Hasta que un día, el abogado Rumbelow le ofrece a la señora Hudson un nuevo trabajo en la casa de dos caballeros muy peculiares: el señor Sherlock Holmes y el doctor Watson. Muy pronto se hará patente que las responsabilidades en Baker Street van mucho más allá de asistir a los caballeros en sus rutinas domésticas, pues ni la señora Hudson ni Flottie están dispuestas a perderse la aventura de resolver un misterioso caso de asesinato envuelto en una maldición oriental.

«—No se preocupe, señor (…). Siempre he dicho que, una vez desechado lo no comestible, lo que queda, por increíble que parezca, llega para una cena.
El señor Holmes se detuvo como si hubiera pisado algo afilado.
—¿Sabe una cosa, señora Hudson? Creo que hay mucho de cierto en eso que dice.«

Martin Davies es un escritor y consultor de medios de comunicación inglés, autor del bestseller The Conjuror’s Bird (2005), entre otras novelas de espionaje. La Sra. Hudson y el misterio de los espíritus (2004) es la primera novela de la saga protagonizada por el ama de llaves de Sherlock Holmes y narrada desde el punto de vista de su protegida, la señorita Flotsam. Davies dice la escribió para su padre, quien era un gran narrador de cuentos, y que el resto de títulos protagonizados por la Sra. Hudson se han convertido en sus novelas preferidas. La pena es que solo tenemos esta primera entrega de la saga traducida a nuestro idioma, pero Martin Davies sigue triunfando con su señora Hudson: Mrs. Hudson and the Malabar Rose (2005), Mrs. Hudson and the Lazarus Testament (2015), Mrs. Hudson and the Samarkand Conspirary (2020), Mrs. Hudson and the Blue Daisy Affair (2021) and Mrs. Hudson and the Christmas Canary (2022).

La Sra. Hudson y el misterio de los espíritus es una maravillosa novela policíaca y de misterio ambientada en Londres, en época victoriana. Protagonizada por una joven pupila de la Sra. Hudson, el ama de llaves de Sherlock Holmes, no la consideraría un pastiche del famoso detective de Arthur Conan Doyle sino una novela en donde los personajes de Doyle aparecen vistos desde otra perspectiva y en donde las mujeres son las grandes protagonistas. El estilo de Martin Davies es elegante y fluido, salpicado de un estupendo sentido del humor y un tono clásico magnífico, con unos diálogos precisos que contribuyen con agilidad a desarrollar la trama y la investigación del misterio. La ambientación en época victoriana es hábil y eficaz, así como la caracterización de Holmes y Watson, y tiene escenas tan trepidantes como una persecución en cabriolé por las calles londinenses o tan divertidas como el desconcierto de Scotland Yard. En resumen, que me ha encantado en todos los sentidos, tanto por lo bien escrita que está, como por lo entretenida, por el carisma de los personajes femeninos y por el misterio, el ritmo y el suspense.

Lectora, ojalá una editorial bonita traduzca el resto de novelas de la señora Hudson.

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El jardín de medianoche, de Philippa Pearce

Para evitar que Tom se contagie del sarampión que ha contraído su hermano Peter, sus padres lo envían a pasar las vacaciones de verano con sus tíos. Solo y aburrido, en un pequeño apartamento sin jardín en donde pasar tiempo al aire libre, Tom no hace más que comer, discutir con sus tíos y escuchar las campanadas equivocadas de un viejo reloj de pared que pertenece a la anciana señora Bartholomew. Hasta que una noche, intrigado por la treceava campanada del dichoso reloj, traspasa una puerta que parece no estar ahí y llega a un jardín extraordinario, en donde conocerá a personas de otro tiempo que cambiarán para siempre aquel verano. Tom jamás pensó que pudiese ser capaz de viajar en el tiempo, pero tampoco que una niña llamada Hatty pudiese convertirse en la mejor amiga de su vida.

«A pesar de lo que le había asegurado a Hatty, Tom continuaba considerando en secreto la posibilidad de que esta fuera un fantasma por dos motivos: primero, porque parecía no haber otra posibilidad; y segundo, y Tom había comprendido que éste era el peor, porque si Hatty no lo era, entonces eso seguramente significaba que lo era él. A Tom le espantaba la idea.«

Philippa Pearce (1920 – 2006) fue una escritora inglesa de novelas juveniles, guionista y productora de la BBC y editora en Oxford University Press. Nació y creció en el molino de su familia, rodeada por el paraje natural más amable de Cambridge, que se vería reflejado en la mayoría de sus novelas, como es el caso de El jardín de medianoche (Tom’s Midnight Garden, 1958), quizás su obra más conocida. La novela recibió la Carnegie Medal el mismo año de su publicación y fue adaptada al cine en 1999. Se trata de un clásico juvenil sobre viajar en el tiempo, que aporta paz, y en el que me he sorprendido pensando como una recomendación perfecta para desacelerarnos cuando nos resulte necesario.

La narración de Philippa Pearce es sosegada y bellísima cuando se adentra en un jardín victoriano, tal vez como metáfora de un tiempo que, visto desde los ojos de un niño del siglo XX, albergaba muchas más maravillas que su entorno. Pearce construye sus personajes, tanto protagonistas como secundarios, con habilidad y paciencia, mostrando en lugar de explicando, caracterizándolos según sus elecciones e ideas. Solo uno de ellos, la tía de Hatty, es del todo malvada; el resto, tienen sus luces y sus sombras, y constituyen, junto con el jardín en los saltos temporales, uno de los puntos fuertes de esta novela. He disfrutado con mucha calma de esta historia, aunque no sé si me atrevo a recomendársela a todo el mundo, precisamente por la cadencia tranquila de la historia y porque está escrita en un momento en el que la literatura juvenil no tenía que competir con la rapidez de las pantallas.

Lectora, para irse vacaciones a un lugar tranquilo.

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Los asesinatos silenciosos, de A. G. MacDonell

El inspector Dewar de Scotland Yard tiene sobre su mesa el caso de un vagabundo muerto en una carretera comarcal señalado con un cartón en el que solo dice «Tres», cuando asesinan de un disparo y marcan con el número «Cuatro», en las mismas puertas del Banco de Inglaterra, a Aloysius Skinner, empresario de la compañía Cochinilla Imperial. Dewar formará equipo con el superintendente Bone, un hombre corpulento que prefiere resolver enigmas sin salir de su despacho. Pero a medida que Dewar y Bones avanzan en una investigación que parece relacionada con el tráfico de armas y diamantes en Sudáfrica, los cadáveres empiezan a acumularse y el asesino los sigue numerando por orden. Los detectives no solo deberán encontrar a las dos primeras víctimas del asesino en serie sino también entender la posible relación entre todas ellas.

«—Señor, no sabe cuánto me alegra saber que también en Londres cometen ustedes errores.
Bone meneó uno de sus gruesos dedos ante el inspector de Reading.
—Y que le sirva de lección, joven, pues somos tan listos que incluso los errores nos conducen a la verdad. Pero no le diga nada al comisario.«

Archibald Gordon MacDonell (1895 – 1941) fue un periodista, dramaturgo y escritor escocés nacido en la India y educado en Inglaterra. Su obra más famosa es la novela satírica de tintes autobiográficos Inglaterra, su Inglaterra, sobre el excéntrico espíritu de la nación inglesa. Me gustó tanto, que cuando MH de Las inquilinas de Netherfield reseñó este otro título del autor, allá que me lancé de cabeza a la biblioteca para leerlo. Los asesinatos silenciosos, de A. G. MacDonell, se queda como una de las mejores lecturas de este verano junto con Los otros Sherlocks Holmes y El último verano. 

Un asesino en serie, un montón de víctimas sin relación aparente entre ellas, pistas falsas, persecuciones, expresidiarios con retranca y la pareja de investigadores de Scotland Yard más humana de la literatura policiaca. Me ha encantado la relación entre el inspector Dewan —escocés, como MacDonell— y el superintendente Bones y cómo avanzan en la trama detectivesca equivocándose sin descanso pero sin perder la paciencia ni el sentido del humor. Los diálogos entre estos dos personajes, sobre todo el sentido del humor de Bones, son la guinda del pastel de una novela que se disfruta por la prosa concisa y con un punto simpático de su autor, por la pregunta constante de cómo se relacionan tantas víctimas y, sobre todo, por sus carismáticos protagonistas. Si A. G. MacDonell ya me convenció con Inglaterra, su Inglaterra, con Los asesinatos silenciosos me ha dejado con muchas ganas de que traduzcan más de los títulos de misterio que publicó bajo el seudónimo de Neil Gordon.

Lectora, novela y diseño de cubierta son fabulosos, pero me temo que la una no tiene nada que ver con el otro.

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Las minas del rey salomón, de Henry Rider Haggard

Allan Quatermain tiene 55 años y se plantea que quizás le haya llegado el momento de jubilarse y volver a casa. Lleva la mitad de su vida en África y, en cuanto el dinero le alcance para terminar de pagarle los estudios de medicina a su hijo, dejará el negocio y volverá con él a Inglaterra. Hasta que una mañana, sir Henry Curtis llama a su puerta con una extraña petición: necesita que lo guie para encontrar a su hermano, perdido un par de años atrás cuando tomó el camino de las montañas de Saba, aquel del que la leyenda cuenta que lleva hasta las minas de diamantes y oro del rey Salomón. Quatermain, que posee un mapa de la ruta, finalmente acepta la solicitud de sir Henry y, junto con el capitán John Good y un misterioso zulú llamado Umbopa, inician la increíble aventura que los llevará hasta la peligrosa tribu de los kukuanas y a contemplar las maravillas que tal vez construyeron una vez los antiguos sabios de la civilización egipcia.

«Señor Quatermain —dijo sir Henry—, voy a buscar a mi hermano. Voy a seguir sus huellas hasta las montañas de Sulimán, y más allá si es necesario, hasta encontrarlo o hasta que me entere de que ha muerto. ¿Quiere venir conmigo?
Soy —creo haberlo dicho— un hombre prudente, incluso tímido y la idea me asustó. Me parecía que iniciar un viaje así era dirigirse a una muerte segura; aparte otras consideraciones, tenía que mantener a un hijo y no podía permitirme morir entonces.«

Henry Rider Haggard (1856 – 1925) fue un escritor victoriano especializado en novelas de aventuras. En su juventud, pasó algunos años trabajando como secretario del gobernador británico de la colonia Sudafricana de Natal, un lugar, cultura y paisaje que casi siempre estarían presentes en sus novelas. Haggard publicó por primera vez Las minas del rey Salomón en 1888 animado por su hermano, quien lo desafió a escribir una novela de aventuras tan popular como La isla del tesoro (1883), de Robert Louis Stevenson. Su protagonista, Allan Quatermain, se inspiró en el famoso explorador británico Frederick Courtney.

Pese a que Las minas del rey Salomón es la primera novela protagonizada por Allan Quatermain, Haggard inicia la historia presentándonos a un héroe a punto de jubilarse y con tendencia a considerarse a sí mismo cobarde y asustadizo, dos factores que resultan originales en la figura del héroe victoriano. Y es que uno de los grandes méritos de esta novela es su originalidad dentro del género de aventuras de su época y la de ser pionera en establecer personajes y situaciones que con los años llegarían a convertirse en clichés de las historias de búsqueda del tesoro: el mapa del moribundo, la maldición del tesoro, el personaje sorpresa, los pasadizos secretos, las salidas de la cueva a través de una corriente de agua, el eclipse en el momento adecuado para demostrar una falsa divinidad, etc. Cuando leemos por primera vez Las minas del rey Salomón todo nos resulta familiar (aunque no hayamos visto la película) no porque sea un cliché sino por todo lo contrario: porque fue la novela en la que se inspiraron el resto de aventuras de búsquedas del tesoro posteriores.

Como lectores del siglo XXI, abrimos este libro sabiendo que vamos a encontrar el racismo propio del colonialismo victoriano de finales del siglo XIX, la misoginia habitual y una crueldad extrema respecto a los animales. En este sentido y pese a que comparten horquilla temporal y cultural aproximada (ese colonialismo decadente de finales del XIX y principios del XX), Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs o La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson me parecieron algo menos salvajes. Confieso que me ha resultado difícil superar algunos capítulos del principio debido a las escenas de caza y que me he reído con el homoerotismo (imagino que involuntario) de casi toda la primera parte. Sin embargo, es injusto no reconocer la excelente prosa de Haggard, la belleza de sus descripciones del paisaje africano, su admiración por las culturas de la Antigüedad, su buen pulso en las escenas de acción y haber asentado los tropos del género. Aunque si tuviera que recomendar este clásico, os recomendaría que mejor vieseis la adaptación cinematográfica de 1950, protagonizada por Deborah Kerr y Stewart Granger.

Lectora, las pintas del capitán John Good durante más de la mitad de la historia son impagables.

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