Peaky Blinders. La verdadera historia, de Carl Chinn

Los peaky blinders saltaron a la actualidad cuando en septiembre de 2013, Stephen Knight estrenó la serie de televisión de la BBC con ese mismo título. La serie, protagonizada por Cillian Murphy, Sam Neill y Helen McCrory, entre otros, mostraba el ascenso al poder de una familia de gánsteres ingleses en Birmingham, justo después de la Primera Guerra Mundial. Pero los peaky blinders reales, que aterrorizaron las calles de Birmingham hacia 1890, ya habían desaparecido a principios del siglo XX (efectivamente, fueron un problema social victoriano o, a más alargar, eduardiano, en sus últimos coletazos). A diferencia de la ficción, estos gamberros de poca monta, llamados así porque lucían un bombín ladeado y un flequillo largo que les tapaba un ojo —y no porque llevasen gorras con cuchillas que usaban para cegar a sus contrincantes en las peleas—, no eran nada glamurosos, ni poderosos, solo matones de barrios bajos con un trabajo legal poco especializado. El historiador Carl Chinn, cuyo abuelo materno fue un peaky blinder, repasa la verdadera historia de esta evolución de los sloggers, unas bandas violentas que tuvieron su época más virulenta entre 1867 y 1880 debido a la aglomeración de población en los barrios más pobres de Birmingham, a la falta de medios sociales y equipamientos culturales y deportivos para los jóvenes marginales, y a una legislación conservadora que solo beneficiaba a las clases medias y altas.

«Su final llegó antes de la Primera Guerra Mundial gracias a la fuerte acción policial que capitaneó el jefe de policía de Birmingham, Charles Haughton Rafter (…). Además, gracias al apoyo de los numerosos habitantes de los barrios pobres que respetaban las leyes, a unas condenas más severas, a la creciente popularidad de las asociaciones de futbol y a la aparición del boxeo como deporte reglamentario, Rafter y sus hombres se libraron de los peaky blinders y convirtieron Birmingham en una ciudad más pacífica.«

Carl Chinn es doctor en Historia, miembro de la Orden del Imperio británico, profesor y conferenciante. Publicó Peaky blinders. La verdadera historia en 2019, tal vez impelido a señalar algunas de las incorrecciones históricas y falsos mitos que la serie televisiva de Knight había popularizado. Los abuelos paternos de Chinn eran corredores de apuestas en Sparkbrook y, por parte materna, trabajadores de una fábrica en el barrio de Aston y, en su juventud, peaky blinders. Chinn nunca ha ignorado sus orígenes humildes y sus investigaciones históricas, como la del ensayo que nos ocupa, dan voz a los ciudadanos más pobres del Birmingham del siglo XIX.

Este es un ensayo histórico que da voz a quienes a menudo se quedan fuera de los libros de Historia europea porque pertenecen a la mayoría invisible: las clases más desfavorecidas de las grandes ciudades industriales del siglo XIX. Chinn escoge como punto de partida la serie de la BBC para contrastar ficción con realidad y, a lo largo del libro, repasa las figuras históricas y reales de Bill Kimber, Alfie Solomon o Joe Sabini. El autor plantea la cuestión de los peaky blinders en el prólogo y va desarrollándola capítulo a capítulo, siempre apoyado por una sólida investigación documental y, lo que resulta más vívido, por el testimonio de familiares de los peaky y de los policías y vecinos que los sufrieron. El resultado es un libro de no ficción que muestra una realidad histórica difícil y violenta, sin romantizar a unos matones victorianos de poca monta, poniendo el foco en las dificultades socio-económicas de unas familias —a menudo migrantes— en una de las ciudades inglesas que mejor supieron convivir con la industrialización y la crisis de finales del siglo XIX y principios del XX.

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Vamos a morir todos, de Emily Austin

Gilda tiene veintiocho años, tiene novia y cada semana visita las urgencias del hospital preocupada por si está sufriendo un ataque de corazón. La han despedido de la librería en donde trabajaba, ha sufrido un accidente de coche y sospecha que su hermano es alcohólico y que sus padres están haciendo la vista gorda para no enfrentarse al problema. Consciente de que su tristeza empieza a ser abrumadora, busca apoyo en un grupo de terapia, pero por un malentendido termina trabajando para una iglesia católica, saliendo con un coach motivacional, buscando desesperadamente a un gato perdido y contestando los correos de una anciana fallecida mientras intenta averiguar quién la mató. Gilda quiere que los demás sean felices, quizás porque sospecha que para ella es imposible, pero sobre todo tiene miedo de no encontrarle ningún sentido a la vida.

«Por la noche, en invierno, siempre busco ventanas iluminadas con las cortinas abiertas. Me gusta ver las casas de la gente por dentro. Miro qué hay puesto en la tele. Miro los muebles. Incluso cuando tienen puesto un canal aburrido o cuando la casa está llena de muebles feos y viejos, siempre me dan muchas ganas de meterme ahí dentro.«

Emily Austin es una periodista y escritora canadiense, referente en la literatura queer contemporánea. Vamos a morir todos es su primera novela, un debut notable que le valió la nominación a varios premios de prestigio y le concedió la medalla del humor Stephen Leacock. Me ha parecido una novela muy original, sincera y llena de ternura, sobre la tristeza y la salud mental de las mujeres jóvenes. Me ha recordado a algunas de las novelas de Marian Keyes o Maria Semple en las que las autoras escriben sobre su propia experiencia con la depresión.

Vamos a morir todos es una historia que se empieza con una sonrisa en los labios y se termina con alguna que otra lagrimilla y un ay en el corazón. La pluma de Emily Austin es ligera y sincera, precisa, de frases cortas, que trasmite a la perfección pensamiento y emoción. La novela está narrada en primera persona por su protagonista, Gilda, una mujer joven presa de una profunda depresión. Al principio de la historia, la autora juega con el sentido del humor y la sinceridad de su personaje para presentarnos a Gilda, y todo sucede a tan buen ritmo y con tanta gracia que el lector cree estar en una comedia contemporánea… hasta que comprende qué le sucede a Gilda. A partir de ese punto de comprensión, el ritmo de la narración se precipita en la tragicomedia, conmoviendo al lector y manteniéndolo en vilo hasta un final lleno de esperanza. Me ha parecido un camino original y honesto para contarnos otra faceta de la depresión, tan realista que probablemente su autora lo haya conocido de primera mano. Pese a los tintes de comedia, la novela es respetuosa, sincera y muy recomendable para quienes se creen solos cuando se enfrentan a la extraña futilidad de nuestra existencia.

Lectora, una novela distinta, conmovedora y muy actual.

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La fiesta, de Margaret Kennedy

En el hostal rural Pendizack, en St. Sody, al norte de Cornualles, la familia Siddal intenta gestionar su negocio hotelero en tiempos de crisis. Ese verano, especialmente duro tras la Segunda Guerra Mundial, sus huéspedes son de lo más variopinto: una viuda avariciosa con sus tres hijas encantadoras, sir Henry con su glotona esposa y sus cuatro hijos espartanos, el insoportable reverendo Wraxton y su pobre y desquiciada hija, una escritora madura y su joven amante y un matrimonio mayor duramente marcado por la pérdida de su única hija. Los huéspedes se relacionaran con los tres jóvenes Siddal —dos estudiantes parásitos y un médico que se cree imprescindible—, sus disfuncionales padres, un chico para todo al que le encanta lo morboso, una criada a tiempo parcial que está recuperándose de la guerra y de un desengaño amoroso, y una mayordoma repugnante que no hace absolutamente nada más que envidiar a los otros. La tragicomedia sobrevuela a todos estos personajes en una cuenta atrás cada vez más perturbadora, pues un terrible accidente está a punto de segar algunas de esas vidas.

«A veces pensaba que quizás, simplemente, era una tristeza que ella misma llevaba a aquel lugar, donde tiempo atrás había sido una niña feliz, haciendo recados entre Pendizack y la casita de su padre sobre los acantilados. Porque la verdad era que había vuelto a casa con el corazón lleno de pena y el invierno había sido largo.«

Margaret Kennedy (Londres, 1896 – 1967) fue una dramaturga y escritora inglesa aclamada por el público y la crítica por su obra La ninfa constante (1924). Kennedy publicó por primera vez La fiesta en 1950, una novela etiquetada como misterio clásico, aunque resulta tan distinta del concepto que sorprende su clasificación. Esta es la primera vez que leo a la autora y aviso que La fiesta es mi mejor lectura de este año.

Dice la crítica literaria que La fiesta es un misterio clásico a la altura de las mejores novelas de Agatha Christie, Daphne du Maurier o P. D. James. Personalmente, entiendo la comparación con estas tres reinas de la literatura clásica (a mí también me las ha recordado en algunos planteamientos), pero lo cierto es que Margaret Kennedy brilla con un estilo propio muy personal y que La fiesta no es una novela de misterio convencional. Aunque parte de la premisa de que un acantilado se ha despeñado sobre un hotel y ha matado a siete de sus huéspedes —lo que ayuda a incrementar la tensión narrativa a medida que nos acercamos al final y queremos saber quiénes mueren—, se trata de una novela coral de personajes. Ambientada en septiembre de 1947, en un momento histórico en el que Inglaterra sufre las peores consecuencias socio-económicas de la Segunda Guerra Mundial (pobreza, escasez de recursos, cartillas de racionamiento, impuestos insoportables, Estados Unidos anuncia el fin de sus créditos blandos y el gobierno socialista londinense se ve del todo desbordado), todos sus personajes adultos han sido tocados por el terrible conflicto bélico, pero no todos son buenas personas con una sólida escala de valores. Kennedy maneja con maestría este punto de vista narrativo coral, que va cambiando de un personaje a otro con agilidad y ritmo, para mostrarnos (que no definirnos) cómo es cada uno de los protagonistas. De manera que, a media novela, los lectores ya tenemos nuestros favoritos (que deseamos que escapen indemnes del accidente mortal) y nuestros detestados.

La habilidad de Margaret Kennedy para construir personajes es admirable, se trata de una autora con un gran conocimiento de la naturaleza humana y de la psicología y su estilo narrativo, fluido, elegante, preciso, emocional, en La fiesta queda al servicio de todos estos caracteres tan realistas. Si bien la crítica literaria señala que la novela versa alrededor de la personificación de los siete pecados capitales, lo cierto es que también nos invita a reflexionar sobre cómo la Segunda Guerra Mundial trastocó Inglaterra y su estructura de clases sociales, sobre la catadura moral de las personas más allá de los valores religiosos, sobre los diferentes modelos de maternidad (atención a las cinco madres protagonistas) o sobre el papel de la mujer en Europa occidental tras la guerra. La fiesta es un clásico que impresiona por sus personajes, por el ritmo y la tensión narrativa, porque se queda contigo, y te invita a reflexionar, durante días después de haber cerrado el libro, y por la inteligencia y la sensibilidad de Margaret Kennedy.

Lectora, inolvidable.

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Los Radley, de Matt Haig

Helen y Peter Radley son un matrimonio con dos hijos adolescentes, Rowan y Clara, que se han mudado a un pueblecito en el norte de Inglaterra. Aparentemente, son una familia normal de clase media, bastante aburridos y con aficiones de lo más comunes. Pero detrás de las cortinas de su bonita casa, la intimidad de los Radley es de todo menos normal: Peter siente unos extraños deseos por el cuello de su vecina, Helen se esfuerza tanto por ser como los demás que se ha olvidado de ser feliz, Rowan tiene una alergia brutal a la luz solar y sufre acoso escolar, y a Clara le sienta fatal la dieta vegana y no logra entender por qué todos los animales huyen despavoridos de ella. Traicionar durante tanto tiempo su propia naturaleza depredadora para poder dormir por las noches sin mala conciencia está a punto de convertirse en una sentencia de muerte para los Radley.

«Sabe, por supuesto, que si anoche hubiese probado la sangre, mostraría una actitud tan relajada como la de su marido y su hija con respecto al tema. La copa estaría medio llena en lugar de medio vacía y creería que, con Will a su lado, podrían salir airosos de cualquier situación gracias al poder de persuasión de la sangre. Ningún agente de policía de Yorkshire del Norte creería que su hija era una asesina, y menos aún una verdadera criatura de la noche.«

Matt Haig es un periodista y escritor inglés, autor de libros de ficción y de no ficción para niños y adultos. Sus obras más conocidas son La biblioteca de la medianoche (2020) o El chico que salvó la Navidad (2015). Los Radley (2010) es una novela sobre una familia de vampiros que intenta salir adelante sin beber una sola gota de sangre porque, según su escala de valores, creen que moralmente está mal matar a otras personas. Esta es la primera vez que leo una novela de Matt Haig y me ha sorprendido gratamente.

Los Radley me ha parecido un thriller vampírico muy entretenido y original, con un buen planteamiento emocional, personajes muy bien construidos y una buena dosis de suspense. El estilo del autor, con esa narración en presente que suele facilitar la cercanía con el lector, no carece de cierto toque poético pese a prescindir de adornos. Me ha gustado especialmente la sinceridad de Matt Haig a la hora de abordar el mito vampírico, sin disimular que se trata de monstruos terroríficos que matan personas, y de plantear el dilema moral del matrimonio protagonista sin entrar en cuestiones religiosas (la escala moral de los Radley se construye sobre el respeto y la libertad, pilares de la civilización). Creo que es esa falta de hipocresía y que el autor no tenga miedo de que la sangre salpique desde estas páginas, lo que convierte esta novela en un thriller tan interesante y original. Y que, pese a tratarse de una historia de tintes oscuros, el final no resulte injusto ni desesperanzador.

Lectora, una novela de vampiros distinta que te mantendrá en vilo hasta el final.

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Asesinato en el Richelieu, de Anita Blackmon

La tranquilidad de Adelaide Adams, una dama sureña retirada en el hotel Richelieu, salta por los aires cuando un hombre aparece asesinado en su habitación. La víctima resulta ser un detective privado que alguien del Richelieu ha contratado para investigar un caso de chantaje. Indignada por la poca profesionalidad de la policía, la observadora Adelaide decide seguir algunas pistas por su cuenta, pero pronto se hará cargo de que todos los inquilinos del hotel son sospechosos, pues todos y cada uno de ellos oculta más de un secreto. Con la inesperada ayuda de un misterioso vendedor de cosméticos y su sólido conocimiento de la naturaleza humana, la señora no tarda en ponerse sobre la pista del asesino, pero también en su punto de mira.

«Para algunas personas mostrar interés por el comportamiento de sus semejantes es solo una muestra de ociosa (y morbosa) curiosidad. En más de una ocasión se han referido a mí como «esa solterona entrometida», basándose únicamente en mi interés por estudiar de cerca la comedia humana. En cualquier caso, en el Hotel Richelieu suceden pocas cosas de las que no me entere tarde o temprano, y tengo muy buena memoria, especialmente para los detalles. Pocas cosas pasan desapercibidas para mi vista y mis oídos, y no olvido nada, aunque pueda despistarme de vez en cuando.«

Anita Blackmon (1892 – 1943) nació en Arkansas, en el seno de una familia acomodada, estudió en la universidad de Chicago y se ganó la vida como profesora hasta que, después de su matrimonio, cambió las aulas por la escritura. Blackmon publicó, sobre todo, relatos policíacos, que tuvieron muy buena acogida en las revistas de la época, pero también publicó una novela costumbrista y dos novelas de misterio: Asesinato en el Richelieu (1937) y El enigma de los gatos asesinados (1938), ambas protagonizadas por Adelaide Adams. A la autora se la considera una maestra en el manejo del Had-I-but-known (algo así como Si lo hubiese sabido) dentro del género de misterio, recurso que también utilizó de forma brillante Ethel Lina White, entre otras autoras de la época.

Asesinato en el Richelieu está narrado en primera persona por su protagonista, la señora Adelaide Adams, que tiene unos cincuenta años aunque, por lo visto, para los estándares estadounidenses de 1937 se la considera una anciana. Por la diferencia de edad, pero también por la disparidad de caracteres, Adelaide no recuerda en absoluto a la Miss Marple de Agatha Christie, aunque sí que comparte con el famoso personaje su capacidad de observación y su buen conocimiento de la naturaleza humana. Su genio, su anticuada educación sureña y su carácter indómito ponen el contrapunto divertido a una trama que, analizada en perspectiva, es más negra de lo que parece. La pluma de Anita Blackmon es práctica y precisa, no se para en descripciones. Los puntos clave de la historia que plantean el misterio y hacen avanzar la trama son, respectivamente, un amplio elenco de personajes —que Adelaide retrata con rapidez en un par de pinceladas o comentarios sarcásticos— y unos diálogos rápidos y contundentes. La capacidad de la autora para manejar con soltura tantos personajes, y los pequeños misterios que los envuelven y los hacen parecer sospechosos, es admirable. La historia transcurre a buen ritmo, es muy amena, a veces incluso divertida, y mantiene el misterio con muy buenos golpes de efecto y el recurso de Si lo hubiese sabido que tan bien funciona como efecto de suspense.

Lectora, no podía dejar de pensar en Solo asesinatos en el edificio.

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