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Archivo del Autor: Monica
La familia Aubrey, de Rebecca West
La familia Aubrey apura sus vacaciones en Escocia a la espera de trasladarse de vuelta a Londres. El señor Morpurgo le ha conseguido a papá un empleo en el diario de Lovegrove, al sur de la ciudad, y mamá no puede estar más agradecida. Piers Aubrey es un extraordinario escritor y columnista, un pensador formidable, un filósofo querido, pero también un egoísta despilfarrador, ludópata y especulador, que arrastra a su familia de deuda en deuda y que no duda en vender cualquier objeto de valor que le quede a su esposa para seguir arruinándolos a conciencia. Mamá fue una famosa concertista de piano que dejó las giras internacionales para dedicarse a sus hijos: Cordelia, Mary, Rose y Richard Quin. Todos tienen talento musical excepto Cordelia que, para desgracia de todos, se ha empeñado en ser violinista profesional y salvarlos de la ruina. Narrada desde el punto de vista de Rose, la infancia de estos niños en el Londres de principios del siglo XX es cualquier cosa excepto convencional.
«—El mundo es un lugar ridículo —dijo mamá—. Demostramos un gran valor enseñando Historia en las escuelas, es descorazonadora.»

Cuando Laura Balagué habló de La familia Aubrey en Niu de mones me di cuenta de que Rebecca West era el seudónimo de Cecily Isabel Fairfield, una de las mujeres de H. G. Wells a la que había admirado entre las páginas de la biografía novelada Un hombre con atributos, de David Lodge. Cecily Fairfield (Londres, 1892-1983) fue una periodista y escritora, crítica y feminista, que tuvo un hijo con H. G. Wells y que, quizás porque jamás se casó con él, mantuvo su amistad hasta la muerte de Wells, en 1986. West era decidida, independiente y con un carácter tan extraordinario que no flaqueó a la hora de seguir su propio camino —literario y vital— pese a las brutales críticas de la sociedad de su tiempo.
La familia Aubrey es una narración casi autobiográfica en la que Rebecca West le presta voz a la niña Rose para deleitar al lector con un universo único del que es imposible no enamorarse. West/Rose tiene esa visión infantil, a la vez impostada por la conciencia de la escritora, del choque de mundos entre los adultos y los niños, pero también la contraposición de una sociedad londinense en la que élite intelectual no se corresponde con élite económica. El contraste entre gente estúpida e ignorante con dinero y la inteligente y cultivada, pero en la ruina, familia Aubrey da pie a situaciones cómicas, extrañas y también desesperantes, como la angustiosa ambición de Cordelia o la rabia de Rose cada vez que le faltan al respeto. Pero es la prosa de Rebecca West, inteligente y precisa, la que obra la magia en esta novela excéntrica, ingeniosa y delicada.
La familia Aubrey es el primer volumen de la trilogía que Rebecca West publicó en los años cincuenta del siglo pasado, por lo que comprende solamente la infancia de su alter ego, Rose. La historia transcurre alrededor de la admiración por un padre que no se la merece y el regalo maravilloso que les ofrece Claire, su madre: la música, un lugar donde sentirse a salvo aunque todo lo demás sea miseria y dureza. Quizás por este motivo, a lo largo de toda la novela, el lector no logra comprender la adoración intensa de esposa e hijos por la figura de un padre que, en el mejor de los casos, se puede tildar de canalla egoísta, siendo este el único punto que chirría en una historia excepcional. Sin embargo, la naturaleza humana es así de contradictoria y como esta historia es más real que ficticia… eso resolvería cualquier complejidad narrativa.
Lector, te va a encantar conocer a Rose.
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El vampiro, de John William Polidori
A principios del siglo XIX, durante un invierno especialmente frío en la ciudad de Londres, un misterioso aristócrata llamado Lord Ruthven causa sensación entre damas y caballeros de toda condición. Atractivo, pálido y cruel, se regocija en todos los vicios y placeres arrastrando tras de sí a innumerables admiradores de ambos sexos. El joven y adinerado Aubrey, romántico y virtuoso, fascinado por el magnético Lord le propone acompañarle en un viaje por el continente. Pero a medida que su amistad va ganando intimidad, Aubrey se da cuenta de que todos los que tienen contacto con Ruthven acaban muertos, arruinados, enfermos o en la cárcel, y que el aristócrata corrompe a su paso todo cuanto de bello y virtuoso existe.
«Parecía que solo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera acallarlas a voluntad y asustar a todos aquellos seres para los cuales reinaban la alegría y la despreocupación. Los que experimentaban esta sensación de temor no podía explicar cuál era su causa. Muchos la atribuían a esa mirada gris y fija, capaz de penetrar hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón.«

En el año sin verano de 1816, Lord Byron, Percy Shelley, Mary Godwin (futura Shelley), Claire Clairmont y John William Polidori se fugaron de Londres para pasar un tiempo en Villa Diodati, a orillas del lago Leman, Suiza. Por aquel entonces, Byron ya era toda una celebridad, tanto, que John Murray, su editor, pagó un sueldo al joven Polidori para que escribiese un diario íntimo sobre esos días junto al escandaloso poeta inglés. Gracias a los fragmentos de ese diario sabemos que fue precisamente Byron quien propuso a sus amigos escribir relatos de terror para entretener las largas noches suizas. Así fue como nació Frankenstein, la historia más terrorífica jamás contada, de la pluma de una jovencísima Mary Shelley, de diecisiete años. Pero aquella noche nació otro mito: John William Polidori escribió El vampiro, arquetipo del vampiro moderno (atractivo, magnético, sensual) que retomaría en 1897 el Drácula de Bram Stoker.
Polidori, hijo de familia rica y hermano de quien sería la madre de Dante Gabriel Rossetti y Christina Rossetti, estudió medicina en Edimburgo y se especializó en sonambulismo y mesmerismo. Publicó El vampiro en 1819, en la revista New Monthly, bajo el nombre Lord Byron quien negó ser el autor de la historia hasta que Polidori reconoció su autoría. Pero la influencia de Byron en su protagonista es indudable: seductor, atractivo, aristocrático, sensual, egoísta, cruel… Polidori se suicidó en 1821, a los 21 años de edad, probablemente bebiendo cicuta, sin sospechar siquiera el alcance que tendría su personaje en el futuro de la literatura y el cine de terror pues, como bien señala Mariana Enríquez en el prólogo de mi edición, «sin El vampiro probablemente Bram Stoker no hubiera escrito Drácula, y hoy no estarían presentes en nuestras vidas ni Bela Lugosi, ni Lestat y Louis de Entrevista con el vampiro; ni siquiera Buffy, la cazavampiros».
Lector, conoce el origen del mito.
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El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro
Axl y Beatrice son dos ancianos britanos que se han percatado de que la niebla que asola el país es la responsable de hacerles olvidar. En un tiempo en el que el cristianismo convive con las antiguas supersticiones, todos olvidan, incluso la desaparición reciente de una niña o la muerte de un ser querido, aunque solo el viejo matrimonio parece darse cuenta de este extraño fallo de memoria. Una mañana de primavera, finalmente encuentran el valor necesario para partir de la aldea en busca de su hijo, del que se separaron tiempo atrás en no muy buenos términos. Pese a sus años y desmemoria, Axl todavía conserva la sensatez, el amor por su esposa, la honradez y esa capacidad de diplomacia y diálogo que tanto le facilitará su viaje. Acompañados por un extraño muchacho maldecido con una mordedura, un temible guerrero sajón con una misteriosa misión y un antiguo caballero de Arturo, los ancianos pasarán por varias pruebas hasta descubrir la sorprendente causa de la niebla.
«—Y, sin embargo, buena mujer, ¿estáis segura de que queréis libraros de esta niebla? ¿No es mejor que ciertas cosas se mantengan ocultas para nuestras mentes?
—Tal vez sea así para algunos, padre, pero no para nosotros. Axl y yo deseamos volver a disfrutar de los momentos felices que hemos compartido. Que nos los sustraigan es como si apareciese un ladrón en plena noche y se llevase nuestras más preciadas posesiones.«

Cuando en 2017 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura a Kazuo Ishiguro me hizo ilusión: lo conocía, había leído dos de sus siete novelas y las había entendido. Bromas aparte, confieso que me encanta la prosa de este autor y ese toque british-literario que posee y que tanto nos enamoró en Los restos del día. Por eso me animé a leer El gigante enterrado, pero mi aventura con esta novela ha sido, cuanto menos, muy extraña entre la niebla.
El gigante enterrado comienza fenomenal: misterios, la leyenda del rey Arturo, un viaje metafórico teñido de historia inglesa, un dragón, un niño mordido por un ogro y ese tono que tanto me gusta de «Cuando todavía existía la magia y los viajeros debían guardarse de los duendes…«. Desconcierta, eso sí, que Ishiguro opte por un Arturo britano, anterior a las invasiones sajonas y normandas —en lugar de por un Arturo normando, de acuerdo con la tradición y Thomas Malory—, hasta que el lector descubre que la intención del autor no es, exactamente, seguir la leyenda artúrica como una metáfora de la unificación del país y la convivencia del crisol de culturas, mitos y tradiciones que constituyeron las leyendas inglesas. Entonces, ¿qué nos está contando Ishiguro? Pues paciencia, porque hasta los últimos capítulos no acontece el asombroso golpe de varita.
Pese a la confusión mencionada, la aventura de estos protagonistas tiene tanto misterio y encanto, es tan intrigante y entretenida, que se disfruta del viaje aunque el destino sea desconocido. Excepto cuando la trama da vueltas sobre sí misma, el libro se vuelve muy raruno e inconsistente, con capítulos llenos de pajarracos y monjes grimosos, y empiezas a tener la sensación de que el señor Ishiguro se ha hecho un lío con la mitología anglosajona y el Beowulf, cosa harto improbable porque su educación y cultura son más británicas que las de Elizabeth II.
«Pero, Mónica, ¿cómo puede ser que no te guste una novela con dragones y caballeros artúricos?» me diréis. Pues sí que me ha gustado, aunque si tengo que compararla a Los restos del día o a Nunca me abandones, se me queda un poco desmadejada. El gigante enterrado es una novela temblorosa, que deja cabos sueltos y capítulos en donde su autor parece haber perdido el buen pulso que lo caracteriza (¿quizás en aras de la ensoñación?), y por eso no me atrevo a recomendarla sin reservas. Para mí, y esto es muy personal, también es una novela muy original y certera en torno a la memoria histórica, a la guerra, y a una idea terrible y bellísima como es la metáfora final de ese gigante que yace enterrado por las nieblas mágicas de un olvido impuesto. Me ha parecido única, sorprendente y hermosa, pero también deshilachada, confusa y algo cómica hasta que he entendido que no era otra vuelta de tuerca al mito artúrico sino que debía olvidarme de cualquier idea preconcebida, pues aquí la paz y unificación de Arturo es impostada y el autor desordena a su libre albedrío toda mitología anglosajona.
Lector, quizás Los restos del día sean los Cien años de soledad de Ishiguro, ahí lo dejo.
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Criaturas, de Harvey, Bierce, Wells, Jacobs, Poe, Benson, Bellamy y Jerome
Una mano poseída por la escritura automática. Una serpiente terrorífica bajo la cama. La polilla que zanjó un notable antagonismo científico. Una serpiente marina gigante muy cariñosa. Los victorianos y su moda de desenrollar momias parlantes. Un niño con poderes telequinéticos y premonitorios que debe ganarse la vida para continuar estudiando en Eton. Esos locos primeros robots domésticos. Y una pareja de baile que da mucha grima. Esta es la punta del iceberg de los relatos clásicos de esta antología de Criaturas, un resumen casi taquigráfico de ocho cuentos de terror con un toque humorístico, en la estela de Humor fantasmal.
«Mientras caminaba hacia proa vio a Joe asomándose a babor para ver a la serpiente marina.
—¿Qué diablos estás haciendo? —gritó el capitán— ¿Qué significa esto?
—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó Joe.
—¡Estás aquí enseñando tu fea cara a babor y asustando a mi serpiente marina! —rugió el capitán— Ya sabes lo fácil que es espantarla.
—¿Asustando a la serpiente marina? —dijo Joe, temblando y volviéndose pálido.
—Muchacho, si veo otra vez esa cara tuya fueraborda, me encargaré yo mismo de añadirle un ojo morado.«

Hace un tiempo disfruté de la antología de relatos Humor fantasmal, de Editorial la Fuga, y descubrí su colección En serio, de la que me declaro entusiasta. Por eso, cuando encontré Criaturas, en las estanterías de la librería Gigamesh, no dudé en llevármelo a casa y ha sido todo un acierto. Tres autores norteamericanos (Ambrose Gwinnet Bierce, Edgar Allan Poe y Elizabeth Bellamy) y cinco británicos (William Fryer Harvey, H. G. Wells, William Wymark Jacobs, E. F. Benson y Jerome K. Jerome) ponen su guiño más divertido y escalofriante en estos relatos monstruosos.
Me ha encantado la historia que abre la antología, Una bestia de cinco dedos, de Harvey, por su excelente ambientación, su sentido del humor y ese puntito terrorífico tan bien conseguido. Aunque, en mi opinión, el relato más divertido es Bellezas rivales, de Jacobs, reconozco que Una charla con la momia, de Poe, me ha sorprendido precisamente por el tono humorístico de un autor al que solo conocía en registros de misterio y terror, es decir, que al ser Poe no me esperaba una escena tan genial como la de una momia del antiguo egipcio chuleando a un grupo de científicos del siglo XIX. E. F. Benson sigue su sarcástica línea de Reina Lucía, los autómatas de la señora Bellamy me han parecido la repera y Jerome K. Jerome se queda un pelín deslucido al olvidarse de su desternillante prosa para ponerse misterioso. Y, sin duda, el gran hallazgo ha sido La polilla, un clásico de H. G. Wells que reconozco no haber leído hasta la fecha y que me ha parecido merecedor de la fama de su autor.
Lector, una antología de humor y terror perfecta para cuando no tenemos mucho tiempo para leer seguido sin renunciar a los clásicos.
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Criaturas
Bodas de sangre, de Federico García Lorca
Una madre recibe con mal presentimiento la noticia de que su hijo quiere casarse. Perdió a su marido y a su otro hijo en una reyerta de navajas con una familia cercana. Los asesinos están en prisión, pero siguen vivos, y a ella ya no le queda más que pena y su hijo pequeño. Cuando conoce a la novia, su inquietud aumenta pues, aunque es buena chica, se rumorea que tuvo un noviazgo desgraciado con un tal Leonardo que, para mayor desgracia, es pariente de la familia de asesinos.
«Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque!«

Federico García Lorca (Granada, 1898 – 1936) escribió y estrenó Bodas de sangre en 1933, después de Mariana Pineda y antes que Yerma. Dicen los estudiosos de su obra que, junto a La casa de Bernarda Alba y Yerma, Bodas de sangre constituye un drama de tema popular de bella y oscura ejecución, pues se considera que con estas tres obras Lorca restauró la tragedia literaria en lengua castellana. Y justo así me ha parecido la relectura, después de tantos años, de este clásico español: una obra de teatro de raíces clásicas —atención a las canciones propias de los coros de las tragedias griegas— y tintes romanticistas.
La muerte y la sangre se disputan el protagonismo con la maternidad, aquí representada por la figura de la viuda a la que no le queda más que un hijo; una mujer cansada, desesperada porque la muerte le ha arrebatado lo que más amaba, porque concebir y criar a un hijo hasta que se convierte en hombre cuesta una vida y que te lo arrebate la parca, apenas un suspiro. Esa sangre derramada sobre la tierra, tan suya, es la pérdida más terrible. Al igual que en Yerma y en La casa de Bernarda Alba, destaca el papel secundario de las mujeres en la sociedad, siempre encerradas en casa, totalmente supeditadas al marido y marcadas determinantemente por la maternidad en un sentido u otro. La madre protagonista de Bodas de sangre se queja de que los hombres le han arrebatado su paz, de que por su carácter violento la han hecho desgraciada, de que no andarían tan ligeros con la navaja si fuesen ellos los que gestasen y criasen a sus vástagos.
Bodas de sangre es una tragedia en tres actos y siete cuadros de García Lorca, muy marcada por su voluntad de teatro clásico y la belleza de sus versos, que destaca también en tres canciones (la nana, la novia, la muerte) que protagonizan cada uno de los tres actos al modo de los cantos del coro del teatro clásico griego.
Lector, un clásico imprescindible que seguro tenemos muy olvidado y al que merece la pena quitarle el polvo acumulado en las estanterías.
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Bodas de sangre