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Trilogía de Candleford, de Flora Thompson

Toda era es época de transición, pero la de los años 80 del siglo XIX lo fue más intensamente: industrialización, avances científicos y médicos, ferrocarril, telégrafo, libre comercio… Y, sin embargo, a 30 kilómetros de Oxford, en la aldea de Colina de las Alondras muy poco parece haber cambiado respecto a la década anterior. Durante algunos años, Laura y Edmund fueron los dos únicos hijos del matrimonio del albañil y la niñera que vivían en la última casa de la aldea. Ambos curiosos y apasionados de la lectura, pronto aprenden que es mejor no hacer preguntas y tener la esperanza de no parecer demasiado listos para mantener la paz vecinal. Todo transcurre plácida y agradablemente en Colina de las Alondras, donde sus habitantes son pobres pero felices, donde la moda llega con dos años de retraso y visitar a los parientes en el pueblo de Candleford supone casi un día entero de viaje. En Colina de las Alondras se celebra el jubileo de la reina Victoria, se conoce el arte de pedir prestado, los pobres de verdad son los que viven lejos, en los suburbios de la ciudad, y el único peligro verdadero son esas modernas bicicletas que van a toda velocidad atropellando a cualquier ser vivo que se cruce en su camino.

«La mayoría de los hombres cantaban o silbaban mientras cavaban y sachaban. En aquellos tiempos era frecuente cantar al aire libre. Los trabajadores cantaban durante su faena; los carreteros cantaban por los caminos con la única compañía de sus caballos; el panadero, el molinero y el pescadero ambulante cantaban mientras repartían su mercancía de puerta en puerta; incluso el médico y el párroco musitaban alguna tonadilla entre dientes durante sus rondas de visitas. La gente era más pobre entonces y carecía de las comodidades, las diversiones y los conocimientos que tenemos hoy día; y a pesar de todo, eran más felices. Lo que parece sugerir que la felicidad depende en mayor medida del estado de la mente —y quizás del cuerpo— que de las circunstancias y eventos que nos rodean.«

Flora Thompson (Oxfordshire, 1876 – Brixham, 1947) fue una novelista y poeta autodidacta conocida sobre todo por su Trilogía de Candleford (Colina de las Alondras, Camino de Candleford y Candleford Green), que Hoja de Lata nos trae por primera vez en castellano en una edición preciosa de un solo tomo. Thompson escribió y publicó su trilogía en tiempos de guerra y crisis (1938-1945), circunstancia que quizás incidió en la nostálgica mirada de la autora sobre las últimas décadas victorianas. Y es que Trilogía de Candleford es una crónica bellísima, dulce y evocadora, sobre la infancia y la juventud de Flora Thompson en la campiña inglesa durante los años 80 y 90 del siglo XIX.

A través del personaje casi biográfico de Laura, la autora relata su infancia y la de su hermano Edmund en la aldea de Lark Juniper, y su adolescencia en Candleford Green echando una mano a la excéntrica Dorcas Lane en la oficina de correos. El encanto de esta lectura reside tanto en la delicadeza de la prosa de Flora Thompson como en su mirada rebosante de cariño sobre un mundo ya perdido. La gente era más pobre, pero más feliz, repite Flora, los niños crecían rebosantes de salud y el médico apenas visitaba la aldea, aunque no podían aspirar a más estudios que los básicos de la escuela nacional, todos eran espabilados e inteligentes, nadie envidiaba a nadie y se sentían felices en su situación socio-económica. Sin duda, una visión idílica que contrastaba con la dura realidad de la Flora adulta, seguramente bajo el blitz de la Segunda Guerra Mundial y ya tocada por la pérdida de una guerra anterior.

Trilogía de Candleford es una crónica luminosa y bella que da mucha pena terminar. Te habitúas a convivir entre pastos y bosques, entre campos de labranza y casitas, entre buena gente con sentido del humor y un optimismo incansable, y los echas mucho de menos cuando toca cerrar el libro porque has llegado al final. No eran tiempos mejores, ni más fáciles, pues cada época tiene sus propios demonios, pero la voz narradora es tan magnífica que te transporta a la campiña victoriana y… ¡lo que necesitamos ahora mismo la paz de esa campiña! La prosa de Flora Thompson es sutil, inteligente y perfecta, me encanta su sentido del humor, sus toques picarones y cómo dibuja un sinfín de personajes entrañables con apenas un par de frases precisas y claras. También he disfrutado mucho siguiendo las lecturas de la protagonista a medida que crecía: Shakespeare, Walter Scott, Dickens, Austen, Gaskell, las hermanas Brontë… y el Don Juan de Byron leído a escondidas entre las sábanas porque era demasiado atrevido para jovencitas.

He tenido la suerte de compartir esta lectura con Mrs. Hurst de Las inquilinas de Netherfield y creo que por eso la he disfrutado por partida doble. Lo que nos hemos reído con los ciclistas ángeles de infierno, el bibliotecario impaciente del Instituto Mecánico o la fina ironía de la autora; pero también hemos disfrutado comentando la mirada llena de ternura de la narradora o cómo se reflejaba la educación y la política de la época, por ejemplo, y cómo desmontaba algunos mitos enquistados en la literatura victoriana. Nos dio mucha pena terminar una lectura que nos había aportado tanto durante más de quince días. Estoy deseando leer su reseña, pero me atrevo a aventurar que os va recomendar Trilogía de Candleford tanto como yo.

Lector, imprescindible en estos días y siempre.

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Shakespeare, de Bill Bryson

Dice Bill Bryson que su voluntad en este libro es recoger todo lo que se sabe sobre la vida de William Shakespeare, sin suposiciones ni invenciones, y que por eso le ha quedado tan corto. Solo existen tres imágenes que supuestamente representan al bardo de Stratford: el retrato Chandos, que fue el primer retrato que compró la National Portrait Gallery de Londres, el grabado del First Folio, que apenas parece una caricatura, y el busto pintado de la iglesia de Santísima Trinidad de Stratford Upon-Avon, que un loco decidió pintar de blanco y otro lo restauró al estilo del ecce homo de Borja. Los tres retratos podrían ser falsos, verdaderos o inexactos, y es que toda la biografía de William Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas (la mayoría muy chifladas). Sin embargo, tanto misterio no es nada extraño si tenemos en cuenta que apenas sabemos mucho más del resto de autores ingleses de su época, y que el incendio de Londres de 1666 destruyó muchísimos documentos. Tenemos sus obras gracias a que Henry Condell y John Heminges, compañeros de Shakespeare y los últimos integrantes de los Lord Chamberlain’s Men, las compilaron en el First Folio al poco de su muerte. Aunque tras su defunción no perdió del todo la estima del público, lo cierto es que la fama de Shakespeare estaba muy por debajo de otros dramaturgos de su época, y las obras de teatro isabelinas y jacobinas fueron cayendo en el olvido a medida que pasaban los años. Hasta el siglo XVIII no se recuperó su prestigio y, entonces, ya era demasiado tarde para escribir una biografía fidedigna pues todos quienes le habían conocido en persona habían desaparecido.

«El genio de Shakespeare no se centraba en los hechos, sino en la ambición, la intriga, el amor, el sufrimiento, cosas que no se enseñan en la escuela. Poseía una inteligencia asimilativa que le permitía reunir un montón de fragmentos de saber dispersos, pero nada indica que sometiera a sus obras a un riguroso trabajo intelectual, a diferencia de, pongamos por caso, Ben Jonson, que hace flamear su erudición en casi cada palabra. Nada de lo que escribe Shakespeare revela un gran conocimiento de Tácito, Plinio, Suetonio y otros que fueron determinantes para Jonson o que Francis Bacon trataba con absoluta familiaridad. Lo cual es bueno —e incluso muy bueno—, porque sin duda habría sido menos Shakespeare y más dado al lucimiento si hubiera tenido más lecturas.«

Me estrené con Bill Bryson con Un paseo por el bosque y quedé prendada de su sentido del humor y de lo bien que compendia conocimiento histórico y científico. Como padezco de acusada bardolatry desde que tengo memoria, me compré su librito de Shakespeare y ahí lo tenía, esperando turno en la estantería, hasta que mi amiga Isi, que está estudiando literatura inglesa y anda en liza con el bardo de Stratford, me propuso leerlo al alimón. Nos lo hemos pasado en grande descubriendo lo chiflados que están casi todos los estudiosos de Shakespeare y la de teorías descabelladas que se han montado sin ninguna evidencia alrededor de su vida y su obra.

Sin duda, es una paradoja que el autor más conocido del mundo sea el más desconocido. Shakespeare padecía de anatropismos y anacronismos en casi todas sus obras, pero acuñó expresiones nuevas que han llegado vivas a nuestros días —como «exhalar el último suspiro», por ejemplo—, una décima parte de las frases hechas en inglés son de su autoría, y le dio más garra al idioma inglés incorporando en sus textos unos 2.000 neologismos, de los cuales siguen utilizándose unos 800. Dramaturgo isabelino y jacobino, actor y director teatral, poeta y copropietario de The Globe, no tenía estudios superiores y no sabemos si pudo viajar, pero fuese quien fuese William Shakespeare cuatro siglos después de su muerte seguimos disfrutando de su genialidad.

Lector, un libro muy divertido con el que desmontar todas las tonterías que se han escrito sobre Shakespeare.

También te gustará: Un paseo por el bosque; Jane Austen en la intimidad; El sabor de las penas

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Hoy todo será distinto, de Maria Semple

Hace tiempo que Eleanor no es la mejor versión de sí misma. Lejos queda aquella mujer original, talentosa y valiente que triunfó en Nueva York con la serie de animación más vista de la tele. Ahora vive en Seatle, con su marido y su hijo, y se arrastra un día tras otro entre personas tan grises como ella. Siente que le ha fallado a su familia, pero sobre todo sabe que se ha fallado a sí misma. Cada día se promete que será distinto, que volverá a dibujar, a reírse, a jugar con su hijo y a charlar con su marido, pero cada día fracasa. Hasta que una mañana, en la que una cita incómoda le recuerda la hermana que creía haber perdido, todo se vuelve más raro que de costumbre y acaba atravesando media ciudad con un poeta deprimido, un niño escandalizado, unas llaves robadas y la necesidad de comprender qué ha pasado.

«Si me obligasen a ser sincera, esto es lo que podría contar sobre cómo dejé el mundo cada uno de los siete días de la semana pasada: peor, peor, mejor, igual, peor, igual. No son notas como para henchirse de orgullo. Aunque, eso sí, tampoco tengo que hacer del mundo un lugar mejor. Hoy viviré según el juramento hipocrático. Ante todo, no hacer mal.«

No sé qué tienen las protagonistas de Maria Semple que me tocan de muy cerca, me resulta fácil empatizar con ellas y a menudo me reconozco en muchas de sus neuras. Es cierto que me sentí mucho más afín a Bernadette —sobre todo por ese salir corriendo con gafas de sol para esquivar la charla de las madres del colegio—, pero Eleanor me sigue pareciendo igual de humana. No es sencillo construir personajes de ficción tan reales, tan bien matizados, tan frágiles y fuertes, inmersos en una caída suave pero constante.

Me gustan las novelas de Maria Semple, me gusta su prosa contundente y de imágenes tan claras y precisas, me gusta la sátira social que hay detrás de cada personaje secundario y ese sentido del humor de sus protagonistas femeninas, capaces de reírse de ellas mismas incluso al borde del precipicio. Se le nota su oficio de guionista de series tragicómicas, sus tablas literarias, su imaginación desbordante y, en Hoy todo será distinto, una crítica muy directa a la educación católica: la culpa enfermiza, exagerada y castigadora. No cuento más del personaje de Eleonor, que sustenta toda una trama de la que es mejor no desvelar demasiado, pero aviso de que la idea y el dossier de las chicas Flood merece novela aparte.

Lector, una de mis autoras contemporáneas preferidas.

También te gustará: Dónde estás Bernadette; Eleanor Oliphant está perfectamente; Cómo comportarse en la multitud; Las mil y una historias de A. J. Fikry; El devorador de libros

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Próxima estación, de Mónica Gutiérrez Artero

Hace algunos años vi este reportaje sobre la restauración de los vagones originales del Orient Express por parte de la cadena hotelera Belmond y me quedé totalmente prendada. Pensé que algún día escribiría una novela ambientada bajo la suave luz de esas lámparas Art Decó. La publicación de Próxima estación ha coincidido en tiempo de confinamiento, unos días extraños, difíciles y a menudo tristes y angustiosos. Pero precisamente porque creo que necesitamos lectura amable de entretenimiento más que nunca, aquí os dejo la preciosa portada y la sinopsis de mi nueva novela. Cruzo los dedos por que os guste muy fuerte, mil gracias por acompañarme siempre con tantísima generosidad.

Sigrid está a punto de cumplir el sueño profesional de trabajar de conservadora en un museo y, como despedida de su actual empleo, su amiga Ángela la ha reclutado para la convención anual hotelera que este año se celebra a bordo del extraordinario Venice-Simplon Orient Express. Entre ninfas, flores y lámparas Art Decó de la exquisita restauración de los vagones del mítico Express d’Orient, la historiadora atraviesa el corazón de Europa cuando un reencuentro inesperado la hace descarrilar a toda máquina.

A menudo fuera de ruta, atribulada por un lúgubre pianista, el encanto de Ed Sheeran, la inagotable batería de anécdotas de Gilberto, la presencia imponente del señor Rochester, una abogada en crisis y un conejo rebelde, Sigrid comprenderá que es preferible que te rompan el corazón a quedarte sin ningún pedazo que hacer añicos.

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Emma, de Jane Austen

Desde que su institutriz, mejor amiga y confidente se casó con el señor Weston, Emma Woodhouse se aburre. Pero en lugar de ocupar su tiempo en cultivar su intelecto o perfeccionar sus técnicas musicales y pictóricas, decide tomar bajo su tutela a la pobre Harriet, una jovencita de poco seso a la que Emma se ha empeñado en casar con el vicario. Su cuñado, el señor Knightley, le advierte de que en lugar de jugar a las casamenteras y abocar a la pobre Harriet al ostracismo social haría mejor en meterse en sus asuntos. Sin embargo, sin la templada influencia de su institutriz, Emma anda desatada y directa a precipitarse de cabeza en el desastre sentimental más sonado de Highbury. Inteligente, caprichosa y demasiado pagada de sí misma, la señorita Woodhouse está a punto de descubrir que su conocimiento de la naturaleza humana es tan errado como los temores de su padre por los caballos de James.

«Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba en este mundo cerca de veintiún años sin apenas nada que la molestase o agitase.«

Desde que tuve el placer de leer Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley, y pude entender mejor a la autora georgiana, estaba deseando releer sus novelas. Worsley, con rigurosidad e inteligencia, proporciona las claves para disfrutar en profundidad de las capas de escritura de Jane Austen, de toda su ironía, su crítica y su agudeza, de su poder de observación; por eso sentía curiosidad por saber si sería capaz de realizar una lectura distinta a la que hice años atrás de las obras austenitas. Con excepción de Orgullo y prejuicio, que creo que habré leído media docena de veces, la lectura del resto de la bibliografía de Austen me quedaba muy atrás en el tiempo. Escogí Emma porque, junto con La abadía de Northanger, siempre me ha parecido la novela más divertida de su autora, y en estos tiempos difíciles agradezco mucho que un libro me dibuje una sonrisa.

Emma es una comedia de enredo amoroso, divertida, simpática y de época; pero también es una novela que muestra con mucha agudeza los prejuicios socio-económicos y la escasa permeabilidad social en la Inglaterra rural del siglo XIX, así como la difícil situación de las mujeres jóvenes sin una familia de renombre o de dinero, independientemente de su formación o aptitudes. Jane Austen sabe caracterizar muy bien a sus personajes a través de sus reflexiones y sus ingeniosos diálogos: el clasismo de Emma, la hipocondía del señor Woohouse, la estupidez de Harriet, la integridad de Mr. Knightley, los insoportables señores Elton… Todos encajan a la perfección en una trama muy bien pautada para darle una lección de humildad a una joven a la que todavía le falta mucho por aprender de las dobleces humanas.

Es cierto que incluso en la actualidad muchos lectores dicen que la joven Woodhouse les resulta odiosa. A mí Emma me gusta, me parece un personaje tremendamente humano y que refleja muy bien las meteduras de pata, las torpezas, las cabezonerías y los esnobismos de los que ninguno de nosotros está totalmente libre. No todos podemos ser una Elizabeth Bennet perfecta de la vida, y reconocer los propios errores y enmendarlos (por ejemplo, cuando el señor Knightley nos riña por ridiculizar a la señora Bates) nos hace un poquito mejores personas.

Jane Austen nos trae a una protagonista rica, guapa y sin problemas de ninguna clase, seguramente distinta al resto de las heroínas austenitas; una Emma que podría resultar antipática si no fuese por su agudeza, su buen corazón (pese a las crueldades a veces se le escapan) y esa serenidad tan alejada de las heroínas románticas que se desmayan de amor, pues la señorita Woodhouse afirma, con toda tranquilidad, que ella nunca se casará. En una época en la que las emociones femeninas poco importaban en la literatura y tanto se invisibilizaban en la realidad, Austen construye una protagonista que es capaz de analizar su corazón, entender sus cambios y aceptar sus errores. La serenidad emocional de Emma, tan opuesta al modelo literario femenino de su época, y la fina ironía habitual austenita sobre la naturaleza humana en general y la sociedad inglesa en particular, son los rasgos más sobresalientes que me llevo de la relectura de este clásico tan divertido.

También te gustará: La abadía de Northanger; Orgullo y prejuicio; Jane Austen en la intimidad

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