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Dioses, monstruos y el melocotones de la suerte, de Kelly Robson
Cuando la tecnología permite a los humanos asomarse a la superficie del planeta, los bancos mundiales se hacen cargo de la recuperación de los ríos y los cultivos para volver a ocupar los antiguos hábitats que una vez, hace cientos de años, fueron sus hogares. Minh, Kiki y Hamid son tres técnicos especializados en recuperación de medio ambiente y diversidad biológica que reciben una oferta muy tentadora de una gran corporación especializada en los viajes temporales: viajar hasta la Mesopotamia de 2024 aC para estudiar el ecosistema entre los ríos Tigris y Éufrates. Pero cuando el historiador táctico que acompaña al grupo de científicos interviene en la línea temporal mesopotámica, el enfrentamiento con la sacerdotisa Susa y el rey Shulgi de Ur reportará unas consecuencias inesperadas.
«Shulgi sopesó el mangual que tenía en una mano y la espada de la otra. Conocía su deber mejor que nadie salvo los dioses. Los reyes habían sido hechos para matar monstruos.«

Reconozco que fue el título y ese diseño de melocotones rosas sobre fondo azul celeste lo que me llevó a coger este libro de las estanterías de librería Gigamesh y hojearlo. Cuando leí lo de viajar en el tiempo a la Mesopotamia de 2024 aC, supe que se vendría conmigo a casa. Pero fue mi amiga Laura quien me señaló el nombre de la escritora, porque obnubilada por los viajes temporales no me había dado cuenta de que Kelly Robson es la autora de Las aguas de Versalles, un libro corto que nos había gustado mucho a las dos y que no me cansaré de recomendaros. Aunque Dioses, monstruos y el melocotones de la suerte no tiene nada que ver con Las aguas de Versalles, ha sido una lectura de lo más entretenida y original que me ha acompañado durante un par de tardes de lluvia.
Kelly Robson tiene el don de plantarle al lector un mundo nuevo en un solo párrafo. Sin recurrir a larguísimas descripciones ni explicaciones, sitúa la trama en un futuro hipotético postapocalíptico y nos ofrece un viaje en el tiempo a la Mesopotamia del segundo milenio antes de nuestra era. Quizás por influencia de su trabajo de consultora como futurista creativa para UNICEF o la Fundación Suncor Energy, la autora aborda su worldbuilding con una etimología que resultará muy familiar a quienes trabajan en el sector de la consultoría, muy eficaz para mostrar el nuevo orden planetario de su invención. Reconozco que me ha gustado más Las aguas de Versalles que esta otra novela corta, pero seguramente porque yo quería más de la Mesopotamia histórica y menos de los consultores postapocalípticos (manías de historiadora). Si os apetece una distopía original, bien tramada, ágil y sorprendente, os la recomiendo mucho.
Lector, muy fan de Kelly Robson.
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El monstrumólogo, de Rick Yancey
Una noche de primavera de 1888, en la pequeña ciudad de Nueva Jerusalem, Massachusetts, un salteador de tumbas llama a la puerta del doctor Pellinore Wharthrop con un hallazgo escalofriante: el cadáver de una muchacha joven entrelazado con el de un Anthropophagus, un ser sin cabeza y de dientes de tiburón que se alimenta de carne humana y que se creía extinto. Junto a su ayudante Will Henry, un huérfano de doce años que echa muchísimo de menos a sus padres y al que le cuesta adaptarse a las normas de la casa del doctor, Wharthrop inicia una peligrosa investigación sobre los Anthropophagi para entender cómo han llegado al Nuevo Mundo. Numerosos y hambrientos, los monstruos salen de caza y solo el doctor y Will Henry saben cómo detenerlos.
«La animosidad no es un fenómeno natural, Will Henry. ¿Es el antílope enemigo del león? ¿Sienten el alce o el ciervo odio por el lobo? Para los Anthropophagi solo somos una cosa: carne. Somos presas, no enemigos. No, Will Henry, nuestro enemigo es el miedo. El miedo ciega y ahoga la razón. El miedo consume la verdad y envenena toda evidencia, lo que nos conduce a plantear falsas hipótesis y llegar a conclusiones irracionales.«

Rick Yancey es un novelista estadounidense de literatura fantástica juvenil que saltó a la fama con su saga sobre las aventuras de Alfred Kropp (2005) y se consagró con su trilogía La quinta ola (2013), que fue adaptada al cine. Entre sus dos sagas de éxito, escribió El monstrumólogo (2009), una novela con un claro estilo de aventura clásica que bordea el terror, el goticismo y el suspense redomadamente bien. Fue una compra impulsiva en la preciosa Librería Hojablanca de Toledo, en su buhardilla dedicada a la literatura juvenil, y me ha gustado tanto que seguro que leeré la segunda entrega de la saga, La maldición del wendigo.
El monstrumólogo es la primera aventura del doctor Pellinore Wharthrop y su joven ayudante Will Henry a la caza de una colonia de monstruos devoradores de carne humana a los que Heródoto ya mencionaba en su Historia. La cautivadora voz del pequeño Will Henry, un personaje muy Oliver Twist que resulta irresistible, es la voz narradora de una trama sin grandes complicaciones que, sin embargo, mantiene el suspense hasta el final y mide muy bien el ritmo, intercalando escenas de tensión y terror con las discrepancias emocionales de los personajes. La ambientación en la Nueva Inglaterra de finales del siglo XIX le da un toque gótico y steampunk a la aventura, y la relación que establecen el doctor y su aprendiz es, sin duda, otro de sus grandes atractivos. Me ha gustado la agilidad de la prosa de Rick Yancey, sus bien medidas escenas de acción y de terror y lo bien que adapta las pautas de la novela de aventuras clásica en favor de una historia de misterio con un científico investigador de protagonista. Solo me ha sobrado el añadido inicial y final que pretende hacer pasar la narración de Will Henry por un documento real encontrado en un asilo, detalle del todo prescindible y que no aporta nada a la novela (al menos, en esta primera parte de la saga). Aunque la novela está clasificada para público juvenil, advierto a los estómagos delicados de que El monstrumólogo rezuma sangre, vísceras, desmembramientos, destripamientos y gusanos por los cuatro costados, y que el autor no ahorra en detalles cuando describe autopsias, enfrentamientos armados o escenas del crimen.
Lector, atención a los detalles históricos reales, le dan un punto genial a la historia.
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El demonio de Próspero, de K. J. Parker
Un exorcista se despierta ensangrentado junto al cadáver de una mujer. No es la primera vez que Ellos se la juegan y siempre es preludio de que algo terrible se avecina. Pero el único acontecimiento destacable de su jurisdicción, desde las montañas Charyabda hasta el mar Amigable, es el próximo nacimiento del heredero de los príncipes Sigiswald, de Essen, y Hildigunn, de Risenem. Dispuesto a terminar con la amenaza, el exorcista se dirige al castillo, consciente de que el obstáculo más terrible a derribar será el tutor del futuro dirigente, el sabio Próspero de Schanz, una especie de Leonardo da Vinci de su época con una misión no del todo altruista.
«En una extracción chapucera, el demonio siente lo siente el huésped multiplicado por diez. Pero Ellos no mueren y nosotros sí. Equilibrio.«

K. J. Parker es el seudónimo de Tom Holt, un escritor inglés de ciencia ficción y fantástica con una sólida trayectoria literaria, pero poco traducido al castellano. El demonio de Próspero es una novela corta, publicada por Red Key Books, que da inicio a la saga de aventuras de un ingenioso e implacable exorcista que intenta desbaratar el plan maestro de los demonios y que tiene su continuación en The inside man. Yo estoy deseando leerla.
El demonio de Próspero me ha gustado por su estupenda prosa -atención a la impecable traducción de María Pilar San Román-, el juego de diálogos simultáneos del protagonista con sus interlocutores humanos y sobrenaturales, el mundo fantástico en el que el autor ambienta la historia y su ingenioso sentido del humor. Llegué a este libro por recomendación de Antonio Torrubia, pero no estaba segura de qué me iba a encontrar; por culpa de ese Próspero, que asociaba al personaje de La tempestad, y por el diseño de cubierta, se me antojaba que sería una lectura shakesperiana y, en cierto modo, sí lo es: posee una oscuridad isabelina, una lucha entre almas corruptas, que recuerda a alguna de las obras más tenebrosas del bardo. En menos de cien páginas, K. J. Parker nos presenta un mundo, un protagonista, una trama, una obra de ingeniería imposible y una resolución del caso tan fascinantes que es inevitable quedarse con ganas de más cuando se llega al final de la novela. En ese sentido, me he acordado de Las aguas de Versalles de Kelly Robson, otra historia que demuestra la maestría de volver muy grande lo pequeño.
Lector, querrás más.
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La pimpinela escarlata, de la baronesa Orczy
París, 1792, el Régimen del Terror se acerca a sus momentos más sangrientos y la ciudad vive en medio de una locura de espías, delatores, venganzas y suspicacias mientras la guillotina no descansa cortando las cabezas de la aristocracia francesa y de los enemigos de la Revolución. Las fuerzas de seguridad francesas andan a la caza de un misterioso inglés, apodado La Pimpinela Escarlata, que con la ayuda de su banda se dedica a salvar a la nobleza francesa en peligro de muerte. Chauvelin, alto cargo de los revolucionarios cansado de verse continuamente burlado por la habilidad de La Pimpinela, viaja a Inglaterra para descubrir la identidad del héroe británico y ejecutarlo. Pero su investigación lo enfrentará a una de las damas más hermosas e inteligentes de Europa, quien le plantará cara con una fuerza inesperada cuando descubra hasta qué punto su familia más querida está implicada en la trama de La Pimpinela Escarlata.
«—¿Quiere que vaya dónde esté y le dé muerte con mi espada? Esta sería, por supuesto, la forma más rápida de acabar con las dificultades.
—No se burle, sir Andrew. Desde luego, durante la noche pasada he deseado varias veces la muerte de ese demonio. Sin embargo, lo que usted sugiere es imposible. Las leyes de este país no permiten el asesinato. Únicamente en nuestra hermosa tierra de Francia está permitido hacerlo legalmente en nombre de la libertad y la fraternidad.«

La baronesa Emma Orczy (1865-1947) nació en Hungría y se educó en Bruselas, París y Londres. Aunque se dedicaba a la pintura y algunas de sus obras fueron expuestas en la Royal Academy, en 1902 escribió la obra de teatro La Pimpinela Escarlata. La obra fue tan exitosa que en 1905 publicó su adaptación en novela, que es la versión que he leído en la traducción de Juan Leita para la edición de Penguin, con ilustraciones de Luisa Rivera. El clásico cuenta con varias adaptaciones cinematográficas y una serie de televisión, que por suerte para mí no he visto, por lo que he podido disfrutar de este libro por primera vez y sin premisas.
Me ha encantado La Pimpinela Escarlata, por divertida, por lo bien que mantiene el suspense de principio a fin y porque es una novela de aventuras clásica en la que se prescinde de la violencia explícita y aun así se mantiene la sensación de peligro que viven los protagonistas. Ágil y entretenida, la historia trascurre en pocos días y con una tensión creciente hasta llegar a un desenlace de lo más emocionante. Si bien es cierto que la documentación histórica es muy sencilla, no por ello deja de ser eficiente y pone muy bien en antecedentes al lector, que no necesita más para imaginar a los personajes en su contexto. A Orczy se le nota su predilección por los ingleses, la condena al régimen del terror de 1792 y su predilección por su protagonista femenina, lo que no resta ni un ápice de encanto a esta novela que está calificada como «de capa y espada» aunque, a diferencia de otros títulos del género como, por ejemplo, Los tres mosqueteros, aquí no vamos a encontrar ni duelos, ni espadachines, ni capas. Quizás sea en las escenas románticas, sobre todo la del balcón en la mansión Blakeney, donde se note el origen teatral de la obra, pero lo cierto es que estas escenas resultan simpatiquísimas y muy acordes al espíritu de la novela. Para mí, La Pimpinela Escarlata es una aventura clásica (en casa, a este tipo de aventuras solemos llamarlas «a lo Errol Flynn») que vuela entre las manos por su suspense, el encanto de sus personajes, la figura de su héroe y lo emocionante y divertida que es.
Lector, para desconectar y disfrutar.
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