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Guía literaria de Londres, editada por Joan Eloi Roca
El imperio romano estableció la capital de su provincia Britana en Colchester, aunque unos prósperos comerciantes romanos fueron los que decidieron establecerse a orillas del río Támesis en un pequeño enclave que, con el tiempo, recibiría el nombre de Londinium. Nada hacía presagiar que ese diminuto enclave comercial privado acabaría convirtiéndose en la ciudad más importante del mundo. A finales del siglo XV, Londres contaba con unos 70.000 habitantes, apenas un poco más de los 60.000 ciudadanos de finales de su época romana, nada impresionante. Pero en el siglo XIX, era la capital del mundo conocido, una enorme Babel de culturas, tecnología, ciencia y finanzas. En esta antología, Joan Eloi Roca, editor de Ático de los libros, recoge y traduce algunos de los textos londinenses más interesantes. Desde las primeras inscripciones romanas en pétreas lápidas, hasta un discurso del actual rey británico sobre la ciudad, este es un compendio de fragmentos literarios sobre Londres que hará las delicias de cualquier lector curioso.
Querida Bird:
Te envío unas sencillas reglas para vivir en Londres.
Lávate pronto y temprano con jabón y agua caliente.
No te revuelques en la hierba de los parques: te manchará de negro el vestido.
Nunca comas bollos, ostras, bígaros o caramelos de menta en un autobús. Molesta a los demás pasajeros.
Sé amable con los policías. Nunca sabes cuándo podrías acabar detenida.
Nunca detengas un autobús con el pie. No es una pelota de crícket.
No intentes quitas los cuadros de las paredes de la National Gallery ni las cajas de las mariposas del Museo de Historia Natural. Si lo haces, se darán cuenta.
Evita trasnochar, el salmón encurtido, las reuniones públicas, los cruces abarrotados, las alcantarillas, los carros de agua y comer demasiado.
Carta de Rudyard Kipling a su hija Elsie, 1908.

Qué maravilla de libro, os lo recomiendo sin reservas si os gusta la ciudad de Londres, pero también si sois curiosos y os apetece asomaros a una antología de textos de algunos de los más grandes autores de la literatura de todos los tiempos. Grafitis romanos, Washington Irving sobre el puente de Londres, John Evelyn sobre el gran incendio de 1666, Daniel Defoe y su diario del año de la peste, una fiesta en la ciudad con Jane Austen, una visita a la Exposición Universal de 1851 con Charlotte Brontë, Oscar Wilde por los callejones más siniestros de la metrópolis de su época, Mark Twain turisteando en albornoz y zapatillas y, por supuesto, el Londres de Lord Byron, el de Charles Dickens, el de Henry James y el de Chesterton. También hay fragmentos curiosos, como el de un caminante desesperado por salir de los interminables muelles londinenses o el diario de un escocés libertino sin censuras. Algunos de los fragmentos más cortos son de Jane Austen y Charlotte Brontë, y, el más largo, el del abate Ponz, pintor, viajero y erudito español del siglo XVIII. Más de cuarenta aperitivos y postres literarios extraordinarios, realistas, fantasiosos, humorísticos, terribles, románticos, misteriosos, críticos y sinceros sobre una ciudad ante la que resulta imposible mantenerse indiferente.
Me cuesta mucho señalar mis fragmentos preferidos porque he disfrutado muchísimo con todos y cada uno de ellos. Me ha parecido un acierto ese enfoque de miscelánea histórica, económica y de estilos, pero también el orden cronológico y el especial énfasis en las calles y el carácter de la ciudad y sus habitantes, tanto a través de la mirada de quienes residían en Londres como de quienes solo estaban de paso. Entiendo que se haya prescidido de la ficción, pero sería genial otra Guía literaria de Londres con los pasajes más representativos de la literatura de ficción ambientada en la ciudad. Tal vez, podría destacar El gran incendio de Londres, de John Evelyn, del que me hubiese gustado leer mucho más; La temporada: la fiesta de Jane Austen, y el texto de Charlotte Brontë son tan breves que casi no te da tiempo a saborearlos; La mejor calle de Londres, de Francis Watt, por el enfoque personal y entusiasta; y Un yankee en albornoz, de Mark Twain, porque resulta imposible no sonreír con el autor más entrañable de las antiguas colonias georgianas.
Lectora, literatura, historia y magia en esta guía de Londres. No te la pierdas.
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Secretos del antiguo Egipto, de Josep Padró
Conspiraciones, espías y magnicidios, reinas que fueron faraones, la Atlántida y los Pueblos del Mar, sexo entre dioses egipcios y la concepción de Horus, la deidad que dio nombre a la isla de Ibiza, el origen de la lengua egipcia y el poema Pentaur, Champollion y la piedra Rosetta que nunca pudo tocar, Egipto en los poemas homéricos, vocabulario español de origen egipcio, arqueólogos ilustres o piramidiotas son algunas de las muchas cuestiones sobre el Antiguo Egipto que nos ofrece este fabuloso ensayo. En un tono invitador, pero con la rigurosidad académica que caracteriza a uno de los grandes egiptólogos europeos de nuestro siglo, esta es una lectura para disfrutar con calma, para descubrir detalles fabulosos de la primera civilización histórica y para ampliar conocimientos o resolver dudas.
«Egipto es una pasión inagotable. Por mucho que visitemos sus monumentos o persigamos sus huellas en los museos, nunca se acaba. Por mucho que excavemos en sus yacimientos o intentemos recuperar su pasado en clases universitarias o en conferencias de especialistas, siempre nos desborda. Y por mucho que leamos lo que otros estudiosos hayan escrito o nos atrevamos a escribir nosotros mismos nuestras tesis y teorías sobre aquella fascinante civilización, jamás penetraremos en todos sus secretos.«

Josep Padró (Barcelona, 1946), catedrático en Historia Antigua por la Universidad de Barcelona, autor de más de trescientas publicaciones sobre el Próximo Oriente y Egipto Antiguo, ha realizado múltiples excavaciones en Europa y África, fue Director de la Misión Arqueológica de Oxirrinco (El-Bahnasa, Minia, Egipto) desde 1992 a 2018, y es Presidente de la Societat Catalana d’Egiptología, además de uno de los arqueólogos y egiptólogos vivos más sobresalientes de Europa. Cuando en 1974 se conmemoraron los 150 años del desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, Josep Padró estudiaba en la École du Louvre de París, bajo la tutela de la por entonces conservadora jefe de la Sección Egipcia del Museo del Louvre, la ilustre egiptóloga Christiane Desroches-Noblecourt. Padró participó, en la organización de la que sería su primera exposición, asistiendo a madame Desroches-Noblecourt en sus gestiones para solicitar al British Museum la cesión temporal de la piedra Rosetta para presentarla en la muestra conmemorativa. El British se negó, seguramente porque no se fiaba de su devolución, y no fue hasta el aniversario del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón que la piedra Rosetta por fin pisó suelo Francés.
Secretos del Antiguo Egipto es una miscelánea de cuestiones, anécdotas, curiosidades y teorías que siempre han interesado al egiptólogo Josep Padró, pero que nunca antes había tenido la posibilidad de dedicarles una publicación propia. Su acertada división en cinco partes (Historia, Religión, Civilización, Arqueología y Guía para los aficionados a la egiptología) permite una organización clara de los temas y propicia un hilo conductor para la multitud de cuestiones que aparecen y por los que el autor navega a sus anchas. A veces en primera persona, como cuando habla de madame Desroches-Noblecourt o de los yacimientos de la tumba de Sehu en Heracleopólis Magna y de la excavación en Oxirrinco, y, otras, como erudito en la civilización del Antiguo Egipto, el doctor Padró ofrece un compendio profundamente interesante y luminoso para todos los aficionados a la egiptología, pero también para cualquier lector curioso. He disfrutado especialmente de la parte histórica y arqueológica, pero también me ha interesado en particular la disertación del doctor Padró sobre el origen indoeuropeo, y no africano, del Antiguo Egipto, su lengua camito-semita y la herencia que llegó hasta nosotros a través de los pueblos mediterráneos y la organización imperial romana. La edición de Crítica, con ilustraciones, fotografías, grabados, mapas y un estupendísimo índice de signos jeroglíficos está muy cuidada y resulta práctica y cómoda incluso como manual de consulta.
Lector, la realidad siempre supera a la ficción.
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Tutankhamon, Howard y yo, de Tito Vivas
El 4 de noviembre de 1922, Howard Carter hallaba los escalones que conducían a la tumba del faraón Tutankhamón. De inmediato, corrió a telegrafiar a su amigo, compañero de aventura y mecenas, Lord Carnarvon: Finalmente he hecho descubrimiento maravilloso en Valle, una tumba magnífica con sellos intactos; recubierto hasta su llegada; felicidades. Pese a que sus detractores se empeñaban en lo contrario, Carter ya era un arqueólogo excepcional, con una larga carrera a sus espaldas, pero fue el descubrimiento de la única tumba intacta de la antigüedad lo que le supuso reconocimiento. A punto de cumplirse cien años del hallazgo arqueológico más mediático de la Historia, el egiptólogo Tito Vivas emprende un viaje tras los pasos de Howard Carter, visitando minuciosamente los lugares que lo vieron nacer, aprender, forjarse una carrera, brillar, alcanzar la gloria y, finalmente, morir casi olvidado. Desde su Londres natal al pueblo familiar de Swaffham, desde Bab el Hossan al Valle de los Reyes, Vivas observa, rememora, charla con los escasos descendientes de aquellos que conocieron al peculiar arqueólogo para tratar de comprenderlo un poco mejor.
«Diez años habían trascurrido desde que Howard había dado por finalizado el trabajo de excavación y documentación del monumento tebano. Sus pocas publicaciones y sus muchas conferencias lo habían convertido en un hombre rico. Pero debajo de esa capa de nuevo adinerado subyacía el atormentado personaje que fue siempre, tratando de encajar en una sociedad que no lo aceptaba ni con todo el dinero del mundo.«

Tito Vivas es un historiador, arqueólogo y egiptólogo (por la Universidad de Pisa, porque en España seguimos sin cátedra de Egiptología) que admira profundamente a Howard Carter. Con varios libros de viajes y de arqueología publicados, Vivas es un excelente comunicador que sabe contar anécdotas y encandilar a sus lectores con un enfoque personal, pero siempre riguroso, de una profesión que ama con sinceridad. El año pasado, con motivo de la conmemoración del centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, publicó este libro de viajes ilustrado de la mano de Ediciones del Viento para rendir homenaje al gran Howard Carter.
Vivas reconoce que es complicado dar una nueva perspectiva a la biografía de un personaje sobre el que ya se han escrito ríos de tinta, que siempre fue muy reservado en lo que respecta a su vida privada, y del que ya no tenemos ningún testimonio vivo que hablase alguna vez con él. De todas formas, Tutankhamón, Howard y yo es un libro emocionante y conmovedor, no desprovisto de humor, que destila una admiración y un respeto enormes por la figura de un egiptólogo que nunca parece haber obtenido el reconocimiento que se merecía (quizás por el mundo elitista que no le perdonaba la ausencia de apellido ilustre o titulación académica, quizás por su torpeza social o su desarrollado sentido de la justicia, quizás por las envidias y celos profesionales, quizás porque no supo o no quiso darse la publicidad que tan bien suelen manejar a su favor quienes necesitan suplir la falta de talento y profesionalidad). Tito Vivas escribe fenomenal, con soltura, con encanto y con mucha gracia para contarnos las anécdotas de su viaje, bien complementadas con deslumbrantes fotografías.
Este es un viaje que, pese a la ligereza de su narración, lleva la emoción a flor de piel y se lee con respeto, con solemne sobrecogimiento en alguno de sus pasajes. La perspectiva de Vivas a menudo es conmovedora, señalando el abandono del recuerdo de uno de los grandes científicos de todos los tiempos, apenas sin reconocimiento. Y los capítulos finales, en Highclere Castle, en Beacon Hill o en el cementerio de Putney Vale me han hecho saltar las lágrimas. Solamente me ha molestado el empeño del autor en insistir sobre el autismo de Howard Carter sin tener consigo todas las evidencias y sin pararse a pensar que el famoso egiptólogo encajaba mucho mejor en los parámetros de la superdotación, por ejemplo. De todas formas, no es algo que importe, y este libro es una maravilla para quienes siempre han sentido una profunda veneración por la figura del descubridor de la tumba de Tutankhamón.
Lector, un viaje emotivo y maravilloso tras los pasos de Howard Carter.
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Mil millas Nilo arriba, de Amelia B. Edwards
Amelia B. Edwards, acompañada por su amiga Lucy Renshaw, llega a El Cairo en noviembre de 1873. Londinense, rica, instruida y viajada, Amelia improvisa ese desembarco en Egipto cansada de la lluvia incesante de su ruta por tierras francesas con el objetivo de pintar paisajes. Sin carabina y sin miedo, alquila una enorme dahabiya dispuesta a recorrer el Nilo a su aire, sin prisa y sin los condicionamientos de un viaje organizado. Embarcada en la Philae, remonta el Nilo hasta los confines de Nubia y visita los grandes lugares de la Antigüedad egipcia: Abu Simbel, Denderah, Karnak, Kom Ombo, Medinat Habu, Luxor, Tell el Amarna, El Valle de los Reyes, Giza,… Pero lo que empieza siendo un viaje de placer para alejarse del mal tiempo y dibujar nuevos horizontes, acaba atrapando la curiosidad y la sed de conocimientos de Amelia B. Edwards, que no duda en estudiar egiptología sobre el terreno. Inesperadamente, ese contacto con los restos de la primera civilización humana de la Historia se convierte en la mayor aventura de su vida, pero también cambiará para siempre su mirada de artista y su concepción de Egipto.
«En cada columna, en cada acto de devoción representado en las paredes, incluso en el santuario, encontramos los nombres de Ramsés y Nefertari «como pareja inseparable». En esta doble dedicatoria, y en la insólita ternura del estilo, uno parece detectar indicios de algún hecho, quizás algún aniversario, cuyos detalles se han perdido para siempre (…) vemos que Ramsés y Nefertari deseaban dejar tras ellos una muestra imperecedera del afecto que los unía en la tierra (…). Vemos que la reina era hermosa, que Ramsés estaba en pleno esplendor. Adivinamos el resto, y la poesía del lugar es nuestra en todo caso. Incluso en esta árida soledad, parecen percibirse los efluvios de antiguos romances. Sentimos que el Amor pasó por aquí, y que el suelo quedó santificado allá donde pisó.»

Amelia B. Edwards (1831 – 1892) fue una novelista, periodista, viajera y artista y egiptóloga aficionada. Publicó Mil millas Nilo arriba en 1877, un libro de viajes bellamente ilustrado por la misma autora en donde narra su fascinante visita a Egipto. Aventurera, curiosa y con sed de conocimientos, Edwards aprovecha las horas de navegación por el Nilo para leer los trabajos de historiadores, arqueólogos y egiptólogos convencida de que si no se conoce la Historia que hay detrás de cada templo, de cada tumba, de cada monumento o mural pictórico, no se verá más que belleza vacía. Mil millas Nilo arriba es un relato de aventuras, de egiptología y de arte, donde el principal atractivo es seguir a su protagonista entre las ruinas de los grandes monumentos egipcios y contemplar sus impresionantes grabados. Edwards escribe y describe tan bien que, a menudo, estos capítulos resultan sobrecogedores y, sin darte cuenta, te encuentras a su lado, boquiabierta ante los colosos de Abu Simbel o impresionada por la sacralidad de Denderah. Sin embargo, es imposible olvidar que Amelia B. Edwards, pese a su excepcionalidad, cultura e inteligencia, no deja de ser una inglesa victoriana y su mirada sobre el Egipto (y el resto del mundo) de 1873 es la que es.
Mil millas Nilo arriba es un libro que amedrenta por su maquetación y su formato poco atractivo, tupido, y su número de páginas, pero vale la pena superar ese miedo inicial y embarcarse con esta excepcional narradora en el viaje que le cambió la vida. A su regreso a Inglaterra, Amelia B. Edwards fundó el Egypt Exploration Found —que más tarde se convertiría en la Egypt Exploration Society, para la que trabajarían arqueólogos como Flinders Petrie o Howard Carter y abrazarían proyectos tan extraordinarios como la excavación del templo de Hatsepshut— y, a su muerte, donó su fortuna al University College de Londres (porque admitía a estudiantes mujeres en igualdad) para sufragar la primera cátedra de egiptología del país. Sin duda, el Antiguo Egipto marcó la vida de esta gran comunicadora, se convirtió en su pasión, y aunque su carácter apasionado a menudo le juega malas pasadas en este libro (se lanza a exponer teorías peregrinas sin el conocimiento apropiado, toma el Antiguo Testamento como si fuese una fuente histórica fidedigna y no un libro de cuentos fantásticos, se pone a excavar y retocar monumentos sin pedir permiso o consejo a los expertos como la inglesa victoriana rica que es, etc.), sin duda no desmerece la excepcionalidad de su inteligencia, de su arrojo y valentía, y de la admiración que tiñen sus palabras cuando nos muestra su Egipto.
Lector, la protagonista de la saga de misterios arqueológicos de Elizabeth Peters se llama Amelia en honor de esta excepcional señora.
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De matasanos a cirujanos, de Lindsey Fitzharris
En 1840, pese a que los cirujanos poseían un excelente conocimiento de la anatomía interna (en parte gracias a los resureccionistas), la cirugía era su último recurso: las operaciones debían ser precisas y rápidas, porque no conocían la anestesia, y las probabilidades de que el paciente muriese de una infección durante el postoperatorio eran altísimas por la insalubridad de los quirófanos y hospitales y por las inexistentes medidas higiénicas de los médicos y del instrumental. Hasta la Ley de Salud Pública de 1848, Londres se asfixiaba en su propia basura, los estudiantes de medicina morían de infección por las heridas accidentales del bisturí o por enfermedades derivadas de no cambiarse la ropa sucia de trocitos de cadáveres gangrenados. Los hospitales, llamados Casas de la muerte, eran tal nido de putrefacción que el cirujano James Y. Simpson llegó a decir que un paciente tenía más probabilidades de sobrevivir en las trincheras de Waterloo que en la cama de un hospital londinense. Sin embargo, fue durante la segunda mitad del reinado de la reina Victoria cuando se sentaron las bases que cambiarían para siempre la cirugía: en 1846, el insigne cirujano inglés Robert Liston utiliza por vez primera, y de manera exitosa, éter para dormir al paciente en una de sus operaciones de amputación; al evento asiste un jovencísimo estudiante de medicina, Joseph Lister, quien muchos años después, gracias al microscopio mejorado de su padre y los trabajos de Pasteur, asociaría la presencia de gérmenes en las heridas postoperatorias como la causa de las infecciones mortales y aplicaría las primeras medidas antisépticas e higiénicas que cambiarían el índice de supervivencia de los pacientes en quirófanos y hospitales.

«La rapidez de Liston era al mismo tiempo un don y una maldición. En una ocasión, seccionó de manera accidental el testículo de un paciente junto con la pierna que estaba amputando. Su percance más famoso (y posiblemente apócrifo) lo tuvo en una operación durante la cual actuó con tanta rapidez que cortó tres dedos de su ayudante y, al cambiar de cuchillo, hizo un tajo en el abrigo de un espectador. Tanto el ayudante como el paciente murieron más tarde de gangrena y el desafortunado espectador falleció allí mismo de la impresión. Es la única cirugía de la historia de la que se dice que tuvo una tasa de mortalidad del 300 por ciento.«
Lindsey Fitzharris es doctorada en Historia de la Ciencia y la Medicina por la Universidad de Oxford, escritora, conferenciante y una brillante y premiada divulgadora científica por sus magníficos artículos. En su ensayo De matasanos a cirujanos (The Butchering Art) muestra el punto de inflexión en el que la medicina y la cirugía cambiaron para siempre con las investigaciones sobre la anestesia y la comprensión del origen de las infecciones. La autora se apoya en la biografía del célebre cirujano Joseph Lister como hilo conductor de la historia de los avances científicos que convirtieron los quirófanos y los hospitales en un lugar de curación.
Con una prosa ágil e inmersiva, estupenda incluso para los lectores que no hemos pisado la facultad de medicina, Lindsey Fitzharris borda un ensayo algo escabroso, pero brillante, excelentemente documentado y pautado. La primera parte de De matasanos a cirujanos atrapa por su excelente marco histórico-social y por la inclusión de casos y pacientes reales; y la segunda parte, con la investigación del doctor Joseph Lister para solventar el enigma de las infecciones. Su ritmo sostenido, su excelente narración, el carisma de los protagonistas, la gracia de la autora para contar anécdotas y lo apasionante de la cuestión hacen de este ensayo una de las mejores lecturas científicas que he tenido la suerte de disfrutar. A destacar también, la excelente traducción de Joaquín Chamorro Nielke y la cuidada edición y corrección de Debate.
Lector, imprescindible para curiosos victorianos y para quienes disfrutamos de un buen ensayo histórico.
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