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Asesinato en el Richelieu, de Anita Blackmon
La tranquilidad de Adelaide Adams, una dama sureña retirada en el hotel Richelieu, salta por los aires cuando un hombre aparece asesinado en su habitación. La víctima resulta ser un detective privado que alguien del Richelieu ha contratado para investigar un caso de chantaje. Indignada por la poca profesionalidad de la policía, la observadora Adelaide decide seguir algunas pistas por su cuenta, pero pronto se hará cargo de que todos los inquilinos del hotel son sospechosos, pues todos y cada uno de ellos oculta más de un secreto. Con la inesperada ayuda de un misterioso vendedor de cosméticos y su sólido conocimiento de la naturaleza humana, la señora no tarda en ponerse sobre la pista del asesino, pero también en su punto de mira.
«Para algunas personas mostrar interés por el comportamiento de sus semejantes es solo una muestra de ociosa (y morbosa) curiosidad. En más de una ocasión se han referido a mí como «esa solterona entrometida», basándose únicamente en mi interés por estudiar de cerca la comedia humana. En cualquier caso, en el Hotel Richelieu suceden pocas cosas de las que no me entere tarde o temprano, y tengo muy buena memoria, especialmente para los detalles. Pocas cosas pasan desapercibidas para mi vista y mis oídos, y no olvido nada, aunque pueda despistarme de vez en cuando.«

Anita Blackmon (1892 – 1943) nació en Arkansas, en el seno de una familia acomodada, estudió en la universidad de Chicago y se ganó la vida como profesora hasta que, después de su matrimonio, cambió las aulas por la escritura. Blackmon publicó, sobre todo, relatos policíacos, que tuvieron muy buena acogida en las revistas de la época, pero también publicó una novela costumbrista y dos novelas de misterio: Asesinato en el Richelieu (1937) y El enigma de los gatos asesinados (1938), ambas protagonizadas por Adelaide Adams. A la autora se la considera una maestra en el manejo del Had-I-but-known (algo así como Si lo hubiese sabido) dentro del género de misterio, recurso que también utilizó de forma brillante Ethel Lina White, entre otras autoras de la época.
Asesinato en el Richelieu está narrado en primera persona por su protagonista, la señora Adelaide Adams, que tiene unos cincuenta años aunque, por lo visto, para los estándares estadounidenses de 1937 se la considera una anciana. Por la diferencia de edad, pero también por la disparidad de caracteres, Adelaide no recuerda en absoluto a la Miss Marple de Agatha Christie, aunque sí que comparte con el famoso personaje su capacidad de observación y su buen conocimiento de la naturaleza humana. Su genio, su anticuada educación sureña y su carácter indómito ponen el contrapunto divertido a una trama que, analizada en perspectiva, es más negra de lo que parece. La pluma de Anita Blackmon es práctica y precisa, no se para en descripciones. Los puntos clave de la historia que plantean el misterio y hacen avanzar la trama son, respectivamente, un amplio elenco de personajes —que Adelaide retrata con rapidez en un par de pinceladas o comentarios sarcásticos— y unos diálogos rápidos y contundentes. La capacidad de la autora para manejar con soltura tantos personajes, y los pequeños misterios que los envuelven y los hacen parecer sospechosos, es admirable. La historia transcurre a buen ritmo, es muy amena, a veces incluso divertida, y mantiene el misterio con muy buenos golpes de efecto y el recurso de Si lo hubiese sabido que tan bien funciona como efecto de suspense.
Lectora, no podía dejar de pensar en Solo asesinatos en el edificio.
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La escalera de caracol, de Ethel Lina White
Helen Capel, la joven dama de compañía de la señorita Warren, vuelve a La Cúspide, la aislada mansión de la familia que la ha empleado, tras un largo paseo. La noche está próxima a caer y, de pronto, los árboles se le antojan hombres al acecho. No es que Helen sea miedosa sino que sobre la lúgubre casona de los Warren pesa una leyenda negra que, junto a la noticia de que un estrangulador anda suelto por la zona, no contribuye a su tranquilidad. Por suerte, la joven cuenta con la protección del matrimonio Oates, al servicio de los Warren, y del doctor Parry. Pero cuando una tormenta se cierne sobre La Cúspide y llega la noticia de que otra muchacha acaba de ser asesinada muy cerca de la casa, Helen empieza a temer que una mente criminal se encuentre detrás del drama que se ha desencadenado en la mansión.
«Cuando estuvo fuera, en el vestíbulo del semisótano, se detuvo ante la duda. Era más rápido usar el camino de atrás. Pero, al mirar la espiral de escaleras estrechas y poco iluminadas, se encogió, sintiendo que nada la inducía a subirlas. Había demasiados giros en el camino, demasiadas aristas. Cualquier cosa, o cualquier persona, podría estar al acecho en la siguiente esquina, esperando saltar sobre ella.»

Ethel Lina White (1876 – 1944) fue una escritora galesa de novelas de misterio que en las décadas de los años 30 y 40 del siglo pasado alcanzó tanta celebridad como Agatha Christie o Dorothy L. Sayer. Para nuestro pesar, de sus dieciséis novelas de misterio, solo nos quedan tres en ediciones no descatalogadas, en nuestro idioma: La dama desaparece (1936), La primera vez que murió (1935) y La escalera de caracol (1933). A Ethel Lina White se la reconoce como la creadora del thriller psicológico más brillante, puesto que perfeccionó el género de forma sublime. Una buena muestra es La escalera de caracol, una novela de suspense que me ha tenido en tensión desde el primer capítulo hasta el final.
La escalera de caracol es un clásico del suspense que destaca por el estilo narrativo de su autora, por su atmósfera gótica y opresiva, por su ritmo y tensión sostenidos, y por el cariz dramático de sus personajes (a destacar la extraña madrastra de los Warren y la pérfida enfermera) y el equilibrio de poder que establecen entre ellos. Helen Capel es una protagonista gótica un tanto inusual: frágil, curiosa (por no decir insoportablemente cotilla), valiente, espabilada, pero también un poco impertinente y respondona. La historia se narra desde su punto vista, con escasas excepciones: breves párrafos con el punto de vista de otros personajes que la autora maneja con maestría para aumentar la tensión y la inquietud con sucesivos giros de tuerca sobre los nervios de los lectores. El resultado es un thriller psicológico que te hace disfrutar y sufrir a partes iguales, a medida que el suspense va en aumento y la sombra de la sospecha se va desplazando de un personaje a otro. Un clásico extraordinario que fue adaptado al cine por Robert Siodmark, en 1946, y que Who editorial publicó en castellano, en enero de 2022.
Lectora, un clásico del suspense que no te puedes perder.
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El jardín de medianoche, de Philippa Pearce
Para evitar que Tom se contagie del sarampión que ha contraído su hermano Peter, sus padres lo envían a pasar las vacaciones de verano con sus tíos. Solo y aburrido, en un pequeño apartamento sin jardín en donde pasar tiempo al aire libre, Tom no hace más que comer, discutir con sus tíos y escuchar las campanadas equivocadas de un viejo reloj de pared que pertenece a la anciana señora Bartholomew. Hasta que una noche, intrigado por la treceava campanada del dichoso reloj, traspasa una puerta que parece no estar ahí y llega a un jardín extraordinario, en donde conocerá a personas de otro tiempo que cambiarán para siempre aquel verano. Tom jamás pensó que pudiese ser capaz de viajar en el tiempo, pero tampoco que una niña llamada Hatty pudiese convertirse en la mejor amiga de su vida.
«A pesar de lo que le había asegurado a Hatty, Tom continuaba considerando en secreto la posibilidad de que esta fuera un fantasma por dos motivos: primero, porque parecía no haber otra posibilidad; y segundo, y Tom había comprendido que éste era el peor, porque si Hatty no lo era, entonces eso seguramente significaba que lo era él. A Tom le espantaba la idea.«

Philippa Pearce (1920 – 2006) fue una escritora inglesa de novelas juveniles, guionista y productora de la BBC y editora en Oxford University Press. Nació y creció en el molino de su familia, rodeada por el paraje natural más amable de Cambridge, que se vería reflejado en la mayoría de sus novelas, como es el caso de El jardín de medianoche (Tom’s Midnight Garden, 1958), quizás su obra más conocida. La novela recibió la Carnegie Medal el mismo año de su publicación y fue adaptada al cine en 1999. Se trata de un clásico juvenil sobre viajar en el tiempo, que aporta paz, y en el que me he sorprendido pensando como una recomendación perfecta para desacelerarnos cuando nos resulte necesario.
La narración de Philippa Pearce es sosegada y bellísima cuando se adentra en un jardín victoriano, tal vez como metáfora de un tiempo que, visto desde los ojos de un niño del siglo XX, albergaba muchas más maravillas que su entorno. Pearce construye sus personajes, tanto protagonistas como secundarios, con habilidad y paciencia, mostrando en lugar de explicando, caracterizándolos según sus elecciones e ideas. Solo uno de ellos, la tía de Hatty, es del todo malvada; el resto, tienen sus luces y sus sombras, y constituyen, junto con el jardín en los saltos temporales, uno de los puntos fuertes de esta novela. He disfrutado con mucha calma de esta historia, aunque no sé si me atrevo a recomendársela a todo el mundo, precisamente por la cadencia tranquila de la historia y porque está escrita en un momento en el que la literatura juvenil no tenía que competir con la rapidez de las pantallas.
Lectora, para irse vacaciones a un lugar tranquilo.
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Los asesinatos silenciosos, de A. G. MacDonell
El inspector Dewar de Scotland Yard tiene sobre su mesa el caso de un vagabundo muerto en una carretera comarcal señalado con un cartón en el que solo dice «Tres», cuando asesinan de un disparo y marcan con el número «Cuatro», en las mismas puertas del Banco de Inglaterra, a Aloysius Skinner, empresario de la compañía Cochinilla Imperial. Dewar formará equipo con el superintendente Bone, un hombre corpulento que prefiere resolver enigmas sin salir de su despacho. Pero a medida que Dewar y Bones avanzan en una investigación que parece relacionada con el tráfico de armas y diamantes en Sudáfrica, los cadáveres empiezan a acumularse y el asesino los sigue numerando por orden. Los detectives no solo deberán encontrar a las dos primeras víctimas del asesino en serie sino también entender la posible relación entre todas ellas.
«—Señor, no sabe cuánto me alegra saber que también en Londres cometen ustedes errores.
Bone meneó uno de sus gruesos dedos ante el inspector de Reading.
—Y que le sirva de lección, joven, pues somos tan listos que incluso los errores nos conducen a la verdad. Pero no le diga nada al comisario.«

Archibald Gordon MacDonell (1895 – 1941) fue un periodista, dramaturgo y escritor escocés nacido en la India y educado en Inglaterra. Su obra más famosa es la novela satírica de tintes autobiográficos Inglaterra, su Inglaterra, sobre el excéntrico espíritu de la nación inglesa. Me gustó tanto, que cuando MH de Las inquilinas de Netherfield reseñó este otro título del autor, allá que me lancé de cabeza a la biblioteca para leerlo. Los asesinatos silenciosos, de A. G. MacDonell, se queda como una de las mejores lecturas de este verano junto con Los otros Sherlocks Holmes y El último verano.
Un asesino en serie, un montón de víctimas sin relación aparente entre ellas, pistas falsas, persecuciones, expresidiarios con retranca y la pareja de investigadores de Scotland Yard más humana de la literatura policiaca. Me ha encantado la relación entre el inspector Dewan —escocés, como MacDonell— y el superintendente Bones y cómo avanzan en la trama detectivesca equivocándose sin descanso pero sin perder la paciencia ni el sentido del humor. Los diálogos entre estos dos personajes, sobre todo el sentido del humor de Bones, son la guinda del pastel de una novela que se disfruta por la prosa concisa y con un punto simpático de su autor, por la pregunta constante de cómo se relacionan tantas víctimas y, sobre todo, por sus carismáticos protagonistas. Si A. G. MacDonell ya me convenció con Inglaterra, su Inglaterra, con Los asesinatos silenciosos me ha dejado con muchas ganas de que traduzcan más de los títulos de misterio que publicó bajo el seudónimo de Neil Gordon.
Lectora, novela y diseño de cubierta son fabulosos, pero me temo que la una no tiene nada que ver con el otro.
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