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Emma, de Jane Austen
Desde que su institutriz, mejor amiga y confidente se casó con el señor Weston, Emma Woodhouse se aburre. Pero en lugar de ocupar su tiempo en cultivar su intelecto o perfeccionar sus técnicas musicales y pictóricas, decide tomar bajo su tutela a la pobre Harriet, una jovencita de poco seso a la que Emma se ha empeñado en casar con el vicario. Su cuñado, el señor Knightley, le advierte de que en lugar de jugar a las casamenteras y abocar a la pobre Harriet al ostracismo social haría mejor en meterse en sus asuntos. Sin embargo, sin la templada influencia de su institutriz, Emma anda desatada y directa a precipitarse de cabeza en el desastre sentimental más sonado de Highbury. Inteligente, caprichosa y demasiado pagada de sí misma, la señorita Woodhouse está a punto de descubrir que su conocimiento de la naturaleza humana es tan errado como los temores de su padre por los caballos de James.
«Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba en este mundo cerca de veintiún años sin apenas nada que la molestase o agitase.«

Desde que tuve el placer de leer Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley, y pude entender mejor a la autora georgiana, estaba deseando releer sus novelas. Worsley, con rigurosidad e inteligencia, proporciona las claves para disfrutar en profundidad de las capas de escritura de Jane Austen, de toda su ironía, su crítica y su agudeza, de su poder de observación; por eso sentía curiosidad por saber si sería capaz de realizar una lectura distinta a la que hice años atrás de las obras austenitas. Con excepción de Orgullo y prejuicio, que creo que habré leído media docena de veces, la lectura del resto de la bibliografía de Austen me quedaba muy atrás en el tiempo. Escogí Emma porque, junto con La abadía de Northanger, siempre me ha parecido la novela más divertida de su autora, y en estos tiempos difíciles agradezco mucho que un libro me dibuje una sonrisa.
Emma es una comedia de enredo amoroso, divertida, simpática y de época; pero también es una novela que muestra con mucha agudeza los prejuicios socio-económicos y la escasa permeabilidad social en la Inglaterra rural del siglo XIX, así como la difícil situación de las mujeres jóvenes sin una familia de renombre o de dinero, independientemente de su formación o aptitudes. Jane Austen sabe caracterizar muy bien a sus personajes a través de sus reflexiones y sus ingeniosos diálogos: el clasismo de Emma, la hipocondía del señor Woohouse, la estupidez de Harriet, la integridad de Mr. Knightley, los insoportables señores Elton… Todos encajan a la perfección en una trama muy bien pautada para darle una lección de humildad a una joven a la que todavía le falta mucho por aprender de las dobleces humanas.
Es cierto que incluso en la actualidad muchos lectores dicen que la joven Woodhouse les resulta odiosa. A mí Emma me gusta, me parece un personaje tremendamente humano y que refleja muy bien las meteduras de pata, las torpezas, las cabezonerías y los esnobismos de los que ninguno de nosotros está totalmente libre. No todos podemos ser una Elizabeth Bennet perfecta de la vida, y reconocer los propios errores y enmendarlos (por ejemplo, cuando el señor Knightley nos riña por ridiculizar a la señora Bates) nos hace un poquito mejores personas.
Jane Austen nos trae a una protagonista rica, guapa y sin problemas de ninguna clase, seguramente distinta al resto de las heroínas austenitas; una Emma que podría resultar antipática si no fuese por su agudeza, su buen corazón (pese a las crueldades a veces se le escapan) y esa serenidad tan alejada de las heroínas románticas que se desmayan de amor, pues la señorita Woodhouse afirma, con toda tranquilidad, que ella nunca se casará. En una época en la que las emociones femeninas poco importaban en la literatura y tanto se invisibilizaban en la realidad, Austen construye una protagonista que es capaz de analizar su corazón, entender sus cambios y aceptar sus errores. La serenidad emocional de Emma, tan opuesta al modelo literario femenino de su época, y la fina ironía habitual austenita sobre la naturaleza humana en general y la sociedad inglesa en particular, son los rasgos más sobresalientes que me llevo de la relectura de este clásico tan divertido.
También te gustará: La abadía de Northanger; Orgullo y prejuicio; Jane Austen en la intimidad
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Emma
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Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome
Harris, George, Jerome y su fox terrier Montmorency, aquejados de múltiples dolencias imaginarias, deciden tomarse unos días de vacaciones para recorrer el Tamésis en barca como hacen los genuinos aventureros. El problema es que de aventureros tienen poco y de torpes, mucho. Mal pertrechados, pésimos timoneles y peores remadores, son un estorbo para las demás embarcaciones, se caen al agua de vez en cuando, no son capaces de lavar su ropa ni de dormir o comer en condiciones. Y, sin embargo, te ries tanto leyendo sus desventuras y anécdotas que, con el perdón del resto de navegantes, no deseas que su crucero por el río termine nunca.
«Halliford y Shepperton son dos bonitos lugares, especialmente desde el río, si bien no tienen nada de notable. En el cementerio de Shepperton existe una tumba en la cual aparece cierto poema, y como observé que Harris daba miradas de envidia al embarcadero —lo que me hizo comprender sus evidentes deseos de ir a tierra— me las arreglé para tirar su gorra al agua y con el trabajo de recogerla y su indignación por mi torpeza, olvidó la existencia de sus bien amadas tumbas.«

Me encanta el humor de Jerome K. Jerome, es tan inglés, tan flemático, con esa fina ironía y el aire imperturbable de sus personajes… Creo que siempre es una buena idea leer sus relatos cortos y novelas humorísticas, pero en estos días tan difíciles resulta casi imprescindible para desconectar. Dice Jerome al principio de Tres hombres en una barca que esta historia es totalmente verídica, y es tal compendio de anécdotas cómicas que el lector se halla tentado de creerle porque ya sabéis que la realidad siempre supera a la ficción y que este autor tiene el don de encontrarle el punto divertido a casi cualquier situación cotidiana.
La historia de la perca gigante expuesta en un pub de la campiña, la búsqueda de alojamiento nocturno en lugares con madreselvas y sin tipos mal peinados, George en el laberinto o la desmemoria crónica para las canciones cómicas de Harris y su querencia por visitar tumbas son algunas de las mejores anécdotas de Tres hombres en una barca. Jerome narra, con excelente prosa e inteligente humor, las experiencias de estos tres Mr. Bean y un perro capaz de contribuir con una rata de agua a un estofado irlandés y conseguir que siempre quede la duda de si está siendo sarcástico. Por cierto, la coletilla del título original —Por no mencionar al perro— es el origen del título de mi novela preferida de todos los tiempos de la siempre genial Connie Willis, que sabe continuar con tanta gracia el estilo de Jerome y la impasibilidad de sus personajes ante el absurdo más monumental.
Lector, si necesitas sonreir te hacemos sitio en el bote.
También te gustará: Ellos y yo; Humor fantasmal; Por no mencionar al perro; La hija de Robert Poste; Enterrado en vida
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Lucía en Londres, de E. F. Benson
Lucía está desolada por la muerte de la tía de su marido y sus vecinos de Riselhome desconfían de tanto duelo… hasta que comprenden que la herencia debe haber sido importante. No andan muy desencaminados, porque la reina del pueblecito isabelino más cotilla de Gran Bretaña acaba de convertirse en la flamante propietaria de una casa en Londres. A Lucía le falta tiempo para cortarse el pelo a lo garçon, acortarse la falda, robarle a George su libro de instrucciones sobre bridge subastado y lanzarse a la conquista de la capital, donde se convertirá en la arribista más descarada (y plasta) de la temporada a fuerza de perseguir a toda duquesa viviente y a cualquier famosete en boga. Pero si piensa que Riselhome va a perdonarle el abandono y el desaire posterior, anda muy equivocaba; la señora Quantok y Georgie con la novedad de una tabla guija, a falta de excusa mejor, montan un museo con su correspondiente comité para demostrarle a su ex-amiga que la vida sigue sin su tiranía.
«—Pero si es absurda —dijo Marcia reculando ligeramente.
—No, no tienes que verlo así. Jamás te rías de ella. Lo mejor es disfrutarla con ganas.
—¡Es una esnob! —exclamó Marcia como si eso fuera un descubrimiento tremendo.
—Igual que yo, y que tú, y que todo el mundo. Aquí todos corremos detrás de gente distinguida como… Alf y Marcelle. La diferencia entre Lucía y tú está a favor de ella, porque tú finges no ser una esnob, mientras que ella va con la verdad por delante. Además, ¿para qué servís las duquesas sino para darles placer a los esnobs? Ese es tu trabajo en el mundo, tesoro; para eso te enviaron. No rehúyas tu responsabilidad o cuando seas vieja sufrirás las agonías del remordimiento.«

Una de las cosas que más me gusta de E. F. Benson es que en la época de entreguerras, justo cuando Virginia Woolf, D. H. Lawrence o James Joyce ya eran considerados como el máximo exponente literario de su generación, se atreviese a publicar una saga de novelas ambientadas en Riselhome en las que no ocurría nada más allá del cotilleo y las maldades de sus protagonistas. Lo más genial es que sus libros tuvieron muy buena acogida por los lectores británicos de los años veinte y treinta del siglo pasado, y que el querido George, la tremenda Lucía y la insoportable señorita Mapp se hicieron un hueco en las estanterías más simpáticas de sus lectores.
Lucía en Londres no es ninguna excepción de esta saga: volvemos a tener a todos los habitantes de Riselhome urdiendo conjuras, cotilleando y cuidando de sus respectivos jardines. La novedad es que Lucía, esnob insoportable y trepa profesional, decide tomar por asalto la buena sociedad londinense ante la estupefacta mirada de duquesas, artistas e intelectuales autóctonos. La gracia es que gran parte de esa buena sociedad, tan esnob como ella, escoge tomarse con mucho humor las tácticas arribistas de Lucía en lugar de criticar su plasta intromisión. Tan divertida como los libros anteriores, destaca de nuevo la fina ironía de E. F. Benson (dice Impedimenta que similar a la de Jane Austen) y su estupendo sentido del humor, aunque esta vez la galería de personajes pintorescos se amplia de manera genial. Pero si esperáis encontrar una pizca de verosimilitud con el Londres de la época, abandonad toda esperanza: Lucía en Londres es una divertidísima comedia con el nostálgico toque eduardiano que siempre caracteriza la prosa y los diálogos de E. F. Benson, pero la ambientación es mero decorado.
Lector, hará las delicias de los lucialófilos convencidos.
También te gustará: Reina Lucía; La señorita Mapp; Mapp y Lucía
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Un paseo por el bosque, de Bill Bryson
Al poco tiempo de mudarse a una pequeña población de New Hampshire, Estados Unidos, con su esposa y sus hijos, Bill Bryson sale a dar un paseo por las afueras del pueblo y se encuentra con un misterioso sendero que se interna en el bosque. Se trata de un tramo del Sendero de los Apalaches, un camino que cruza casi toda la Costa Este Norteamericana, recorre catorce Estados, desde Georgia a Maine, y los Montes Apalaches a lo largo de unos 3.300 kilómetros. De pronto, a Bryson le asalta la inquietud de caminar a lo largo de todo ese sendero, de sur a norte, y de inmediato se lanza a la búsqueda de información para conseguirlo. Sus principales preocupaciones, así de entrada, son el peso de la mochila, lo carísimo y sofisticado que es todo el material de acampada, y ser devorado por un oso. Pero lo que empieza siendo una aventura algo alocada y excéntrica, pronto se convierte en un paseo por los bosques más extraordinarios del hemisferio norte y una comunión con la naturaleza y el lado más sencillo de la vida, como nunca antes había sentido.
«Las distancias cambian por completo cuando te enfrentas al mundo a pie. Un kilómetro es un buen trecho, cinco kilómetros una distancia considerable, veinte kilómetros una barbaridad, ochenta kilómetros algo inimaginable. Es entonces cuando te das cuenta de lo enorme que es el mundo para ti y la pequeña comunidad de personas que marchan por el sendero. El conocimiento de la escala planetaria es vuestro secreto.«

Bill Bryson (Iowa, 1951) es un periodista y escritor de libros de divulgación científica, histórica y de viajes. Ha vivido la mayor parte de su vida en Inglaterra, donde conoció a su esposa y nacieron sus hijos, y cuando volvió a su país se quedó prendado de los bosques de Maine y de New Hampshire, de la paz que le aportaba caminar por la naturaleza. Y así es como surgió este libro, para relatar su experiencia recorriendo el Sendero de los Apalaches de sur a norte. Es la primera vez que leo a Bill Bryson, aunque ya tenía apuntados algunos de sus títulos (Una breve historia de casi todo, Shakespeare, En casa, En las antípodas…) porque me llamaban mucho la atención y os aseguro que, después de leer Un paseo por el bosque, me los llevo todos a casa.
Un paseo por el bosque es un libro de viaje, de naturaleza, de apuntes del diario de un senderista amateur, biográfico, de humor… Un ensayo estupendo y divertido sobre caminar a través del bosque y las montañas sin tener ni idea de senderismo, pero con muchas ganas de disfrutar de la experiencia. Bryson rinde tributo a la Costa Este más salvaje de su país, un espacio natural que engloba la mayor diversidad del planeta, con especies arbóreas y animales únicas en el planeta y las formaciones montañosas más bellas de Norteamérica: las Blue Ridge, las Smokies, las Cumberlands, las Catskills, las Green Mountains… Denuncia la desaparición de más de 90 especies de plantas desde 1930, la brutal explotación (con el beneplácito de las administraciones gubernamentales) de los bosques madereros a un ritmo superior al de su repoblación, la muerte y extinción de especies milenarias como el castaño americano (4.000 millones de árboles muertos solo en las Apalaches) por culpa de enfermedades y plagas que ni se estudian ni se intentan contener, la falta de presupuesto para mantener los parques y la reducción anual sistemática de la plantilla de guardabosques.
«Los bosques norteamericanos llevan trescientos años generando desasosiego. Henry David Thoreau, tan moralista como cansino, consideraba que la naturaleza era algo espléndido, verdaderamente espléndido, siempre y cuando hubiese un pueblo a mano al que llegar paseando en busca de tartaletas y cerveza de alta graduación, pero en 1846, con ocasión de una visita al Katahdin, supo lo que era la espesura del bosque verdadero y la experiencia lo dejó sobrecogido.«
En un país en el que solo el 2% de su territorio se considera totalmente urbanizado, resulta pasmosa la indiferencia y la desidia con la que su gobierno observa la destrucción de su extraordinaria biodiversidad natural. A lo largo de este libro, Bryson denuncia que algunos parques naturales, como el de Shenandoah (Virginia) funcionan en un 80% gracias a los voluntarios, la erradicación de especies animales solo porque «podrían ser una molestia» (búhos, águilas o pumas), o la falta de interés por investigar o detener las plagas y la tala industrial que está mermando los bosques. Y cuando Bill se siente más indignado por el expolio de los espacios naturales, va y lee en los diarios que el Estado de Tennessee está a punto de aprobar una ley para prohibir la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas. A menudo, los países que más presumen de civilización son los más incivilizados.
Un paseo por el bosque es un libro que se disfruta por el encanto y la gracia con la que narra Bill Bryson, al que se le notan todos los años fuera de casa en ese humor tan inglés. Bryson hace al lector partícipe de su aventura con una sencillez que desarma, adentrándose en la naturaleza y llevándonos con él. Quizás porque pocas cosas hay más sencillas que caminar, es entonces cuando se piensa con mayor claridad.
Lector, si necesitas paz, acompaña a Bill Bryson por el Sendero de los Apalaches.
También te gustará: El libro de la madera; Un año en los bosques; Lobo negro; Indian Creek
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El dandi, de Georgette Heyer
Sir Richard Wyndham es un joven y atractivo dandi que disfruta de las noches de jarana londinenses sin más preocupación que su atuendo impecable, sus caballos y seguir la moda que dictaba George «Beau» Brummel en la Inglaterra de principios del siglo XIX. Cuando su hermana y su madre lo apremian para que contraiga matrimonio y asegure la descendencia familiar, Richard se ve en la obligación de pedirle matrimonio a Melissa Brandon, una de las cuatro hijas de Lord Saar. Pero en la entrevista con la fría y calculadora muchacha, el codiciado soltero se da cuenta de que añora la emoción de sentirse enamorado y de que sus futuros cuñados y suegro son un trío de descerebrados acosados por las deudas que no dudarán en arruinarlo. Pospuesta la petición de matrimonio, Richard vuelve a su casa de madrugada sumamente borracho cuando un muchacho le cae del cielo. Quizás porque el dandi ha bebido más de la cuenta, quizás porque empieza a estar aburrido de sus rutinas, esa noche inicia un viaje de lo más accidentado para poner a salvo a una damisela, recuperar un collar robado, resolver un asesinato, dar esquinazo a un agente de seguros y no batirse en duelo mientras mantiene, sin su ayuda de cámara, el famoso nudo Wyndham de su fular perfectamente anudado.
«—¡Señor! ¿Es cierto? ¿Tengo el honor de hablar con sir Richard Wyndham? —dijo con profunda reverencia y dando un paso adelante. El dandi dio una leve cabezada—. ¿El famoso galán? —insistió el joven. De nuevo, otra cabezada—. ¿El creador del nudo Wyndham? —no cejó, emocionado.
—Así es —repuso el otro cansado de dar cabezadas.«

Me gusta mucho Georgette Heyer, pero hasta la fecha solo conocía sus novelas policíacas protagonizadas por el inspector Hannasyde (Aquí hay veneno, mi preferida, o Muerte en el cepo) que trascurren en el Londres de los años 30 del siglo pasado. Leyendo la biografía de la autora, que empezó a escribir para entretener a su hermano durante una convalecencia y acabó siendo el sustento de toda su familia con un bestseller tras otro, supe que tenía varias comedias románticas muy bien ambientadas en la Inglaterra de época Regencia y le propuse a mi amiga Marisa que me acompañara para leer juntas la que más fama tiene, El dandi. ¡Lo que nos hemos reído con los líos de sir Wyndham, Pen y los modelitos de lunares!
Si habéis leído a Georgette Heyer ya sabéis que su punto fuerte son los diálogos ingeniosos y las situaciones disparatadas, enredos cada vez más enredados al ritmo de la mejor comedia con ese punto romántico, en absoluto empalagoso, que pone la guinda del pastel. En El dandi tenemos todo eso marca de la autora y, como dice Marisa, un hostal que parece el camarote de los hermanos Marx pues en sus habitaciones y pasillos se cruzan nuestros protagonistas con un carterista, un ladrón de joyas, un agente de seguros, un antiguo amor enamorado de otra, una otra histérica y bastante tonta hija de un militar furibundo, dos hermanos poco honrados… en fin, que se dan cita todos los entuertos alrededor de nuestro sir Richard, escandalizado por viajar en transporte público, sin ayuda de cámara y sin sábanas de seda en el hostal de marras, y nuestra pizpireta Pen, encantada de vivir aventuras como si no hubiese un mañana.
«Sir Richard se puso el monóculo. En los círculos de la buena sociedad se comentaba que las dos armas más mortíferas contra cualquier tipo de presunción eran la ceja arqueada del señor Brummell y el monóculo de sir Richard Wyndham.«
La novela es una comedia divertidísima, al más puro estilo Heyer, con un dandi que boxea en el Jackson’s saloon, apuesta en Almack’s, sale de juerga por el Cribb Parlour (lo más en la época Regencia) y es famoso por su estilazo a lo Brummell. Marisa me explicó que George Bryan Brummell (Londres, 1778-1840) fue el padre del dandismo y ministro de la moda: generalizó el uso del pañuelo/corbata anudado sobre la camisa de lino, sustituyó los culotte y las medias por los pantalones largos, el tricornio y las pelucas por el sombrero de copa, e inventó la levita para desterrar por siempre las casacas. Su estilo y filosofía de vida marcó toda la Regencia e influyó en la sociedad británica. Georgette Heyer recoge con mucha gracia y acierto ese espíritu del dandismo y lo convierte en un elemento ingenioso, pero a la vez realista, de su comedia de equívocos regalándole a los lectores una historia chispeante, ágil y simpatíquisima perfecta para olvidarse del peor de los días, de esos que te dejan el cerebro frito y el alma por los suelos.
Por desgracia, al igual que casi todos los libros de Georgette Heyer en castellano, El dandi está descatalogado y solo podéis encontrarlo de segunda mano o en las bibliotecas.
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