Misterio en Egipto, de Elizabeth Peters

A sus treinta años, Amelia Peabody se ha quedado huérfana y en posesión de una modesta fortuna por lo que decide dedicar un tiempo a viajar y conocer mundo. En Roma, tras tropezar con la joven y atribulada Evelyn Barton-Forbes y sacarla del aprieto en el que se halla, decide que ya ha encontrado a la dama de compañía perfecta para embarcarse en un crucero por el Nilo tras los pasos de su admirada Amelia B. Edwards. Armada con una sombrilla de punta acerada y su carácter resolutivo, la señorita Peabody pone en marcha su expedición egipcia sin imaginar que la mayor aventura de su vida todavía está por venir. Perseguida por un extraño misterio, una momia terrorífica y el pasado de la encantadora Evelyn, Amelia no contaba con enamorarse de Egipto, de sus tesoros antiguos y de la arqueología.

«A mí no me hable del deber; los hombres siempre tienen alguna excusa altisonante para concederse todos los placeres. Van de un lado al otro por el mundo, escalando montañas, buscando las fuentes del Nilo, y esperan que las mujeres se queden sentadas en casa bordando. Yo bordo muy mal. Creo que se me daría mejor excavar.«

Elizabeth Peters es el seudónimo de la escritora estadounidense Barbara Mertz (1927 – 2013), doctorada en Egiptología por la universidad de Chicago y doctora honoris causa en Humanidades por el Hood College. Escritora, arqueóloga y egiptóloga Mertz publicó sus obras de ficción con seudónimo para separar su carrera como novelista de sus publicaciones académicas. Misterio en Egipto (Crocodile on the Sandbank, 1975) es la primera entrega de la saga de novelas de misterio y egiptología protagonizada por Amelia Peabody, una inglesa indomable, inteligente y testaruda que además de trabajar en los yacimientos más fascinantes del Egipto de finales del siglo XIX, resuelve crímenes y enigmas con un sentido común y una valentía asombrosas.

Hace unos tres años, MH de Las inquilinas de Netherfield, me recomendó que leyese El enigma del gato grande, la novena entrega de la serie protagonizada por Amelia Peabody. Eran novelas difíciles de encontrar porque habían sido publicadas en nuestro país en el siglo pasado y estaban más que descatalogadas, por eso nos contentamos con empezar por el título que compramos de segunda mano. Imaginad la alegría que tuvimos cuando Alma Editorial decidió retomar la publicación de los libros de Elizabeth Peters con nueva traducción. Me ha encantado leer el primer libro de la saga, conocer los orígenes de Amelia Peabody y Emerson, cómo la protagonista se enamora de la egiptología y conoce a Maspero y a Petrie, siguiendo los pasos de su admirada Amelia B. Edwards. Alma ya ha publicado la segunda entrega de la serie, La maldición del faraón (The Curse of the Pharaohs, 1981), y cruzo los dedos fuerte para que siga adelante hasta completar toda la saga porque es fabulosa.

Misterio en Egipto destaca por su magnífica ambientación en el Egipto de finales del siglo XIX, por la maestría y el encanto de Elizabeth Peters en las escenas en las que coinciden sus personajes de ficción con personajes históricos reales —como el cónsul británico de la época, Maspero y el embrión de lo que se convertiría en el Museo de Antigüedades de El Cairo, un jovencísimo Petrie en las excavaciones de Amarna, etc.—, por los trabajos en los yacimientos (basados en hechos reales), por sus protagonistas y los divertidísimos e ingeniosos diálogos. La prosa de Peters es elegante y fluida, destaca en las bellas descripciones de los paisajes egipcios y en la inteligencia de los diálogos de sus personajes. Se nota lo muy enamorada que estaba de la egiptología y del país, de su admiración por los grandes arqueólogos de la época y por su querida Amelia B. Edwards. Si bien esta saga encaja en el género de cozy mystery, me ha parecido que otros elementos, como el humor, el romance y, sobre todo, la aventura histórica, tienen la misma importancia o más que el misterio.

Lectora, de mis favoritas de Alma Editorial.

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Viajes con mi tía, de Graham Greene

Henry Pulling es un gris empleado de banca prejubilado a los cincuenta años, soltero y aficionado a cuidar de sus dalias, que no ha viajado mucho más allá de Brighton. En el entierro de su madre, conoce a la tía Augusta, una septuagenaria con la que apenas ha tenido trato y que, de pronto, le revela que las cenizas que contiene la urna funeraria no son las de su progenitora. Intrigado por la historia de su nacimiento y por la misteriosa vida de Augusta, Henry acepta la invitación de su tía para convertirse en su compañero de viaje hacia a Estambul, a bordo del Orient Express. La interesante anciana tiene el don de narrar las historias más inverosímiles, pero también la mala costumbre de meterse en los peores líos internacionales. Henry está a punto de entender que, en comparación, su vida ha sido muy aburrida y que viajar con Augusta quizás sea el remedio para volverla más interesante… siempre y cuando no termine en prisión.

«A veces pienso que nuestra vida está más formada por los libros que leemos que por la gente que conocemos: en los libros aprendemos, de segunda mano, qué es el amor y el dolor. Aun cuando tenemos la suerte de enamorarnos es porque nos hemos dejado influir por lo que hemos leído. Si yo no había llegado a conocer el amor, era porque en la biblioteca de mi padre faltaban los libros adecuados. No creo que hubiera mucho amor apasionado en Marion Crawford. Y en Walter Scott, tan solo una sombra.«

Graham Greene (1904 – 1991) fue escritor, guionista, crítico literario y espía del MI6 británico. Destinado por el MI6 a lugares tensionados o en pleno conflicto, como Sierra Leona durante la Segunda Guerra Mundial, Cuba, México o Indochina, dotó a sus novelas de ficción con un trasfondo de conflicto moral y geopolítico muy reales, como en el caso de El americano tranquilo, El tercer hombre, Nuestro hombre en la Habana o Los comediantes, entre otros de sus títulos. Greene publicó por vez primera Viajes con mi tía en 1969 y, pese a la parte algo más triste y de reflexión sobre la decadencia del final, es la novela más divertida, alocada y excéntrica que he leído de este autor increíble. Fue llevada al cine por George Cukor en 1972, y protagonizada por Maggie Smith (que fue nominada al Oscar como mejor actriz protagonista por el papel de tía Augusta) y Alec McCowen.

La primera parte de Viajes con mi tía gira alrededor de la contraposición de dos personajes del todo opuestos: la excéntrica, vital y apasionada, tía Augusta y el aburrido, conservador y temeroso, Henry, su sobrino. Deslumbra el personaje de Augusta como una tía Mame —más británica, igual de glamurosa y mucho más gamberra— en sus años dorados, dispuesta a vivir los años que le queden sin miedo y sin límites. Sentado a su lado cruzando el viejo continente en el Orient Express, el pobre Henry Pulling, escandalizado y temeroso, aunque dispuesto a aprender otras formas de vivir. Henry, que resume su vida como «He sido muy feliz, pero me he aburrido mucho«, representa a ese hombre confuso y perdido en un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso y que suele estar presente en las novelas de Graham Greene.

En la segunda parte de la novela, Graham Greene cambia ligeramente el tono y pasa del ritmo de comedia de enredo, los divertidos diálogos y el encanto Sherezade de la tía Augusta a unas descripciones más reposadas, en un entorno decadente y de corrupción política en el Buenos Aires de la Guerra Fría. Un entorno mucho más triste, alejado del alegre colorido de la primera parte. Sin embargo, Greene evita juicios morales sobre sus protagonistas o las vidas que han escogido, sobre su pasado o sus elecciones sobre cómo terminar sus días. La prosa ágil y descriptiva del autor, con su don para captar la esencia más humana de cada personaje, la evocación de sus paisajes y el pulso político y moral de sus escenarios, procura un viaje encantador, divertido y excéntrico a través de tres continentes; a la vez que invita a reflexionar sobre cómo ha cambiado el mundo, lo complicado que le resulta a la vieja Inglaterra comprenderlo y la brevedad de la aventura.

La traducción de Edhasa, aunque de 1986, es estupenda. Veremos si Libros del Asteroide, que está recuperando poco a poco la obra de Graham Greene, también se enamora de la tía Augusta.

Lectora, la novela más divertida de Graham Greene.

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Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Un abogado neoyorquino de edad avanzada se las promete muy felices cuando le conceden el Secretariado del Tribunal de Equidad en su ciudad, una oficina muy sencilla de llevar y mejor remunerada. Sus empleados son Turkey, amable por las mañanas y borracho por las tardes, Nippers, de un humor de perros hasta que no almuerza y después de lo más cabal, y Ginger Nut, una especie de chico de los recados siempre dispuesto a traer la comida. Pero con el aumento del volumen de trabajo de la nueva adjudicación, el abogado decide incorporar a un nuevo escribiente: el joven y melancólico Bartleby. Al principio, el desempeño del recién llegado es excelente pues copia sus documentos con diligencia y sin errores. Hasta que un día se le pide que eche una mano en la comprobación de las copias y responde que, sencillamente, prefiere no hacerlo.

«Con cualquier otro yo habría montado instantáneamente en cólera, habría desdeñado cualquier conversación adicional y lo habría empujado vilmente fuera de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no solo me descolocaba de una manera extraña, sino que me enternecía y desconcertaba de un modo maravilloso.«

Herman Melville (Nueva York, 1819 – 1891) fue un escritor y poeta estadounidense cuya obra más célebre, inspirada en sus años de juventud a bordo de un ballenero, fue Moby Dick (1851). Huérfano de padre desde muy temprana edad, desempeñó diversos oficios para mantener a su familia, entre ellos el de marinero, hasta que en 1847 se establece en Nueva York como inspector de aduanas. Mantuvo una sólida amistad con Edgar Allan Poe (los universos de Moby Dick y La narración de Arthur Gordon Pym tienen cierta conexión) y se considera que, junto a Nathaniel Hawthorne, fueron los autores estadounidenses que establecieron las bases del relato y transcendieron, con sus extraordinarias narraciones, las barreras de lo cotidiano. Herman Melville publicó por vez primera Bartleby, el escribiente en 1853, en la revista Putnam´s Monthly Magazine, y al igual que sucedió con su novela Moby Dick, no tuvo una acogida demasiado entusiasta. A su muerte, su obra todavía no había alcanzado ni un ápice del reconocimiento literario universal con el que cuenta hoy en día.

He leído Bartleby, el escribiente en mi edición de tapa dura de Nórdica Libros, con la traducción de Mª José Chuliá García, y las ilustraciones de Javier Zabala. Vaya por delante que este relato de Herman Melville no se parece en absoluto a Moby Dick. No solo porque son géneros literarios distintos —Moby Dick es una novela larga— sino también porque son diferentes en el tono, en la expresión, en el estilo, en la voz, en las cuestiones de fondo, en los personajes… en todo. Narrada en primera persona por un abogado de avanzada edad, Bartleby tiene un poso de ternura y tristeza que conmueve, de un existencialismo mucho menos apasionado (y más silencioso) que el de los románticos rusos y, a la vez, tan dramático y lleno de desesperanza. La prosa de Melville es precisa, bien ajustada al ritmo del relato y pensada para dejar el protagonismo a los personajes. Unos personajes que, al inicio del relato, componen una oficina excéntrica, casi humorística, hasta que la llegada del joven y silencioso Bartleby la cambia para siempre. A Melville se le transparenta la ternura cuando mira a su extraño escribiente a través de la incomprensión y la piedad del narrador, pero deja envuelto en un halo de misterio todo lo que lo rodea, de manera que invita a la reflexión del lector, apela a su humanidad y a su compasión.

Lectora, un clásico breve y conmovedor para acercarse a un Melville muy distinto.

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El enigma de los gatos asesinados, de Anita Blackmon

Cuando Adelaide Adams recibe una postal de su amiga Ella Trotter pidiéndole que le envíe su libro sobre espiritismo al Hotel Lebeau, en los Montes Ozark, entiende que hay gato encerrado. Sin dudarlo un instante, pese a sentirse un poco molesta con Ella por los sucesos ocurridos en el Richelieu, viaja hasta las Rocosas y se instala en el Lebeau. Pronto descubre que aquel hotel venido a menos es el escenario de sucesos de lo más inquietantes: Dora Canby, la esposa del multimillonario Thomas Canby, está convencida de que el espíritu de su hija muerta ha poseído el cuerpo de Sheila Kelly, la ayudante del prestidigitador Matthews. Todo parece una farsa para estafar a la familia, pero de pronto estalla una espantosa tormenta, el hotel Lebeau se queda incomunicado y en una sesión de espiritismo ocurre lo más inesperado. Adelaide y el periodista Chet Keith se lanzan a una investigación contrarreloj para salvar a Sheila antes de que amaine la tormenta y los sospechosos abandonen el hotel.

«No fue un desbocado afán de aventura desarrollado recientemente lo que me condujo hasta ese macabro y siniestro enredo en Mount Lebeau (…). Tampoco es cierto, como Ella Trotter insiste en afirmar, que yo fuera corriendo hasta donde Cristo dio las tres voces solo para robarle el protagonismo. Tal como expliqué inútilmente cuando el tercer gato destripado apareció en mi cama, de haber imaginado la espantosa serie de acontecimientos que desde la misma tarde de mi llegada se apoderaron de aquel hotel de montaña como un miasma de muerte, habría preferido dejar que Ella se apañara sola con sus propios fantasmas.«

Anita Blackmon (1892 – 1943) nació en Arkansas, en el seno de una familia acomodada, estudió en la universidad de Chicago y se ganó la vida como profesora hasta que se casó y cambió las aulas por la escritura. Blackmon publicó, sobre todo, relatos policíacos, que tuvieron muy buena acogida en las revistas de la época, pero también una novela costumbrista y dos novelas de misterio: Asesinato en el Richelieu (1937) y El enigma de los gatos asesinados (1938), ambas protagonizadas por la excéntrica Adelaide Adams. Ojalá hubiesen sido doscientas más. A la autora se la considera una maestra en el manejo del Had-I-but-known (algo así como Si lo hubiese sabido) dentro del género de misterio, recurso que también utilizó de forma brillante Ethel Lina White, entre otras autoras de la época.

La aventura de Adelaide Adams en El enigma de los gatos asesinados empieza durante el verano inmediatamente posterior a los misteriosos sucesos que logró resolver en Asesinato en el Richelieu. En este caso, aunque es recomendable leer las novelas en orden, no resulta imprescindible. El enigma de los gatos asesinados se disfruta por el buen pulso narrativo de Anita Blackmon, por el mérito de sostener un ritmo endemoniado pese a que la trama se desarrolla en un hotel aislado por la tormenta, por el genial sentido del humor que pone contrapunto al suspense y, sobre todo, por el peculiar carácter de la dama protagonista: nuestra ya querida Adelaide Adams. A la trama de asesinatos, la autora entrelaza con gran habilidad sesiones de espiritismo, posesiones sobrenaturales e hipnotismo, mostrándole al lector la incredulidad de la señorita Adams y la sospecha de fraude al mismo tiempo que narra unos acontecimientos a priori imposibles. Si Asesinato en el Richelieu me sorprendió gratamente por sus personajes y por ese ritmo de comedia de enredo, en El enigma de los gatos asesinados, además, he disfrutado del estilo narrativo de Anita Blackmon, del misterio en sí, de la caña que la autora le da a los profesionales de la investigación y del reencuentro con Adelaide Adams.

Lectora, ¿se puede echar de menos a un personaje de ficción?

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Lo que no veo en el bosque, de Isabel del Río

El mundo ha cambiado. La Naturaleza respondió a la masacre que los humanos perpetraban contra ella y ahora las ciudades se protegen dentro de una esfera de radiación para mantener fuera a los monstruos. Eloise vuelve a la casa de su familia, en un pueblo de montaña fuera de las barreras protectoras, en busca de un respiro, pero también de consuelo. Allí se reencuentra con el fantasma de su abuelo y con su amiga de la infancia, Clara, que ahora es guardabosques. Pero una niña ha desaparecido, una criatura sin nombre anda suelta y el bosque bosteza, se despereza, a punto de despertar.

«La mayoría de las especies cazadoras prefieren la noche. Los arbóreos son de esta clase de criaturas y, una vez han probado la sangre, excitados como tiburones terrestres, siguen a su presa hasta devorarla.«


Alianza Runas
Terror
Fecha Publicación: 18 de junio de 2026
208 páginas
ISBN: 979-13-7009-275-7

Lo que no veo en el bosque es una novela de terror, de tintes lovecraftianos, que parte de la inquietante premisa de que la teoría darwinista de la evolución también crea terribles monstruos. Narrada en primera persona a dos voces —que luego serán tres—, en un presente temporal que facilita el ritmo y la inmediatez, la historia discurre cada vez más tenebrosa y espeluznante, en una atmósfera cargada, opresiva, como el aire en un bosque antiguo demasiado abigarrado. La prosa de Isabel del Río es precisa y bella, de frases cortas, meditadas para ir desvelando el terrorífico misterio. Sus personajes destacan por su humanidad con toda intención, pues uno de los puntos más inquietantes de esta historia es, precisamente, su paulatina deshumanización… en más de un sentido.

La novela se disfruta por la originalidad de su premisa, por el suspense y el ritmo, por el estilo cuidado de la autora y por el asombroso desenlace. Me ha gustado especialmente por esa vuelta de tuerca inesperada a distopías de terror más convencionales, por las tres (sí, he dicho tres) protagonistas y por los fantasmas de la casa familiar, que le dan a toda la historia y al pasado de los personajes un toque de nostalgia, pero también de raíces en una historia que tiene mucho de terror vegetal. Atentas al guiño darwinista, a la inusual distopía, a los ecos de Lovecraft, la referencia a Un verdor terrible, de Benjamin Labatut, y, por qué no, a John Whyndham.

En marzo de 2025, Isabel del Río publicó la edición en catalán de este título, No albiro el bosc, con Mai Més Llibres. Tienes mis impresiones AQUÍ.

Lectora, en la profundidad del bosque se está más fresca.

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