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A través del Egipto, de Eduardo Toda y Güell

Eduardo Toda y Güell (Reus, 1855 – Poblet, 1941), considerado el primer egiptólogo español, llega a Egipto por primera vez en 1884. Desde 1873, Toda había desempeñado su cargo de vicecónsul en China, Hong Kong, Cantón y Shanghái, pero en 1884 Alfonso XII lo nombra cónsul general y lo destina a El Cairo, donde queda fascinado por la diversidad cultural y, sobre todo, por la arqueología. A través del Egipto es un libro de viajes a lo largo del Nilo, muchas veces en compañía de Maspero, por aquel entonces director del Museo de Antigüedades de Bulaq, en el que el diplomático detalla con interés su visita a los grandes monumentos, yacimientos y ciudades del Antiguo Egipto: las pirámides de Guiza, el Serapeum, los sepulcros de Beni Hasan, Tell el Amarna, Déndera, Luxor, Tebas, Karnak,… Lugares maravillosos, sorprendentes, a los que dedica la segunda mitad del libro, junto a su experiencia en la excavación del yacimiento de la tumba de Sennedyem (Deir el Medina).

«No cabe en el mundo mayor belleza que la vista del Nilo a la caída de la tarde. A lo lejos se pierde el cántico que acompaña el pesado remo cayendo sobre el agua, mientras que en la llanura líbica se ve al sol corriendo presuroso a envolverse en el manto de arena del desierto (…). La calma, la soledad y el aislamiento, invaden a la naturaleza y al hombre que la contempla. Se diría que todo va a morir, que aquel mundo decrépito se extingue como acaban los viejos, sin pena ni dolor.«

A través del Egipto es un libro de viajes, de arqueología, de antropología, pero también testimonio de la mirada personalísima, y a menudo malhumorada, de su autor. Se dice de Eduardo Toda que fue un hombre de un admirable intelecto y que dominaba hasta cinco idiomas distintos (inglés, francés, portugués, alemán y chino), además del castellano y del catalán, lo que debió resultarle muy útil en aquel Cairo tan cosmopolita de los años ochenta del siglo XIX. Sin embargo, pese a su amplitud cultural y a la experiencia de su mirada —Toda venía de haber vivido casi una década en China, en Hong Kong, en Shanghái y en Cantón—, sorprende la dura crítica con la que nos ofrece una visión del Egipto que visita. Musulmanes, cristianos, ortodoxos, koptos, europeos, africanos, asiáticos… todos son examinados por el diplomático español y encontrados insoportables y absurdos. Incluso la historia de Egipto desde la dominación romana hasta 1884 (llena de incorrecciones e interpretaciones muy locas porque Toda escribe en el siglo XIX) le resulta al autor de una barbarie y de un desatino tremendos, lo que dota a toda la primera parte de A través del Egipto de una maldad que, aunque no buscada a propósito, es inevitable no disfrutar. Eduardo Toda debió ser un carácter extraordinario de su época, una rara avis para tratarse de un diplomático, tan democrático a la hora de señalar la estupidez humana que no se le podría tildar de partidista por ninguna nacionalidad, cultura o religión.

La narración de Toda es ágil, muy amena y clara, se nota su formación en filología y su don para describirnos situaciones y paisajes con rapidez y concreción. Las casi quinientas páginas de este libro ilustrado vuelan entre los dedos, pero reconozco que no he conseguido disfrutarlo del todo hasta su segunda mitad. La culpa ha sido mía: se me había metido en la cabeza que A través del Egipto sería una visita al Antiguo Egipto de los faraones, al estilo del maravilloso libro de Amelia B. Edwards, Mil millas Nilo arriba, sin tener en cuenta que toda la primera parte del libro de Eduardo Toda está dedicada a la historia del Egipto musulmán y a la vida de las ciudades coetánea a la estancia del diplomático. Solo a partir del capítulo XVII se adentra Toda en el Egipto de Seti, de Ramsés II y de Akenatón, de Osiris y Horus, del Libro de los muertos y la momificación, en la historia, al fin, de las extraordinarias pirámides, templos y monumentos funerarios anteriores a los Ptolomeos. Es entonces cuando Toda nos cuenta su expedición Nilo arriba, se hospeda en la casa de Mariette mientras explora el Serapeum en Memfis, se detiene tres semanas en Karnak, nos cuenta sobre el papiro Abbott o sobre el poema de Pentaur, da esquinazo a sus guardaespaldas y termina excavando en Deir el Medina junto a su buen amigo Maspero.

Lectora, un testimonio, un poco gruñón pero brillante y genial, sobre el Egipto de 1884. Para el Egipto de los faraones, pasa directamente al capítulo XVII en adelante.

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El niño de oro, de Penelope Fitzgerald

En los años setenta del siglo pasado, el Museo londinense por excelencia inaugura una exposición nunca vista en occidente: el impresionante ajuar funerario de los garamantes, un pueblo bereber del norte de África del que apenas dos personas afirman saber descifrar su escritura cuneiforme. En la puerta, una cola quilométrica de escolares se congela esperando poder entrar, mientras en el interior las luchas intestinas entre el director del Museo y los conservadores divierten al díscolo y anciano sir William Livingstone Simpkin. Pero cuando se suceden varios incidentes misteriosos y empieza a correr el rumor de que el tesoro dorado de los garamantes está maldito, solo el joven trabajador del Museo Waring Smith será capaz de desentrañar los peligrosos acertijos que se le plantean, aunque le cueste su matrimonio y un terrible viaje al Moscú del otro lado del Telón de Acero, en plena Guerra Fría.

«(…) pero, respecto a eso que han llamado la Maldición, querría que añadiese usted lo siguiente: todo lo que crece de manera natural de la tierra tiene sus propias virtudes y su propio valor curativo. Por otro lado, todo lo que está oculto en la tierra y es sacado a la luz del día por los seres humanos lleva consigo cierto peligro, tal vez peligro de muerte.«

Penelope Fitzgerald (1916 – 2000) fue una escritora inglesa, educada en el prestigioso Somerville College de Oxford, que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en la BBC. Cuando en 1977 publicó El niño de oro, su primera novela, Fitzgerald ya destacaba por sus excelentes ensayos y biografías. Sus novelas más exitosas están inspiradas en su experiencia vital: Voces humanas (1980), sobre sus años en la BBC, La escuela de Freddie (1982), de sus años de enseñanza, o A la deriva (1979), de su vida en una barcaza anclada en el Támesis, y que ganó el Premio Booker (Premio del que había quedado finalista dos años antes con su maravillosa novela La librería).

El niño de oro me ha parecido una mezcla genial entre cozy mystery y novela de espías, todo bien aderezado con el mordaz sentido del humor de su autora y con una crítica fabulosa y con mucha sorna a la política de los últimos años de la Guerra Fría, pero también a los juegos de poder dentro de la burocracia y la administración del Museo (que, aunque jamás se menciona, todas suponemos que es el British). Dicen los editores ingleses que, probablemente, la novela de Fitzgerald también se esté refiriendo al tesoro de la tumba de Tutankhamón en lugar de a los garamantes (que sí existieron aunque siguen siendo bastante enigmáticos en la actualidad), y una denuncia de los pretendidos expertos internacionales que blanquearon su imagen tras dedicarse a dudosas actividades relacionadas con el tráfico de obras de arte durante la Segunda Guerra Mundial. Sorprende, en esta primera novela de la autora, la firmeza de su voz narrativa y ese estilo tan pronunciado que encontraremos en el resto de su obra de ficción, así como la presencia de su característico humor, su crítica inteligente y certeza, y el encanto de esos personajes entrañables que aquí tienen su voz en Waring, sir William, Len Coker o Dousha.

Lectora, a Agatha Christie le hubiese chiflado esta novela.

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Crimen en Cornualles, de John Bude

En una apacible localidad costera de Cornualles, el pastor Dodd y el doctor Pendrill, disfrutan de su velada semanal junto a la chimenea. Dodd fuma un puro y Pendrill, su pipa; poco tienen en común, excepto su afición a leer novelas de detectives clásicas. Cada lunes, después de cenar, se acomodan en la salita de la casa del pastor para comentar sus lecturas y abrir la caja de la biblioteca Greystoke con el envío de las últimas entregas de Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o Edgar Wallace. Su paz se ve interrumpida cuando Julius Tregarthan, potentado del lugar, aparece asesinado en el salón de su mansión con un tiro en la cabeza. El inspector Bigswell se apresura a investigar el caso antes de que su jefe llame a Scotland Yard, pero pronto se dará cuenta de que necesita contar con la extraordinaria intuición del pastor Dodd y, sobre todo, con su buen conocimiento de la historia y el carácter de los habitantes de la localidad.

«Había caído la oscuridad y, mientras el reverendo Dodd seguía su camino, se le ocurrió que el misterio de la muerte de Tregarthan era como la noche que le rodeaba. Aún brillaba débilmente algún que otro puntito de luz disperso, pero hasta esos se iban desvaneciendo a la vista a medida que la negrura se volvía más espesa y todo el paisaje quedaba atrapado en una negrura uniforme.«

John Bude es el seudónimo con el que el escritor, dramaturgo, director y productor de teatro Ernest C. Elmore (1901 – 1957) publicó una treintena de novelas de misterio, la mayoría de ellas protagonizadas por el inspector William Meredith. Crimen en Cornualles (1935) fue la primera novela policiaca de publicó con el nombre de John Bude y la British Library destaca su importancia porque el autor fue pionero en la cuestión de ambientar estas obras de misterio ficticias en lugares reales, por la buena prosa de Elmore y por la relevancia de la descripción de sus paisajes.

Si bien Crimen en Cornualles me ha parecido un misterio entretenido, no puedo decir que se vaya a quedar entre mis favoritos. El principio de la novela, con el reverendo Dodd y Pendrill charlando sobre sus lecturas policiacas, es muy prometedor, pero el doctor pronto desaparece del mapa y el protagonismo del padre se queda en un segundo plano (probablemente, la investigación de estos dos detectives legos hubiese sido más entretenida y con más encanto, por su conocimiento de los sospechosos y sus relaciones con la víctima). Aunque lo que menos me ha gustado ha sido el inspector Bigswell y la resolución final del caso, un poco tramposa. Sin embargo, coincido en destacar la buena prosa de John Bude, sus hermosas descripciones de los paisajes marítimos del lugar y que Crimen en Cornualles tiene mucho mérito si se considera que se trata de la primera novela de género del autor. De momento, mi título preferido de los cuatro que he leído de esta colección de novelas de misterio clásicas de la British Library sigue siendo El asesinato de Santa Claus.

Lectora, un cozy mystery clásico para conocer los inicios de John Bude.

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El barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson

Cuando estalla la revolución jacobita de 1745 en Escocia, Lord Durrisdeer decide optar por la sensatez: propone a su hijo mayor James, el barón de Ballantrae, que se quede a su lado en la propiedad familiar dando apoyo a rey Jorge II, y envía a su hijo pequeño, Henry, a cerrar filas con los escoceses rebeldes que apoyan a la casa Estuardo. Henry es un muchacho honesto, leal y amable, siempre a la sombra de su hermano mayor, un hombre mezquino, malvado, manipulador y vil que, sin embargo, sigue siendo el favorito de su padre. En contra de la sensatez y de los consejos familiares, es James quien parte hacia el frente con las tropas jacobitas, dejando a Henry a cargo de Durrisdeer. La pena cae sobre la familia cuando llegan noticias de que el barón ha caído en Culloden y aunque Henry asume el control del patrimonio de su linaje, gestionándolo con honor y diligencia, el Lord jamás se recupera de su pérdida. La maldición y la desgracia caerán sobre los Durrisdeer cuando descubran la verdadera naturaleza del degenerado barón de Ballantrae.

«A mí la edad avanzada no me importa nada. Creo que he sido siempre viejo; y ahora soy, gracias a Dios, más conocido y respetado. ¡No todo el mundo puede decir lo mismo, señor Bally! Los rasgos de su semblante revelan calamidades, la vida comienza a cerrarse sobre usted como una prisión; pronto vendrá la muerte a golpear a su puerta, y no veo de qué fuente sacará el consuelo.«

Cuenta Robert Louis Stevenson (1850 – 1894) en el prefacio de El barón de Ballantrae (1888) que empezó a escribir esta historia llevado por el deseo de una aventura, a lo largo de muchos años, en la que los personajes viajasen por países lejanos. Pero también quería un villano protagonista, taimado y maquiavélico, y aunque temía la alargada sombra de Barry Lyndon (William M. Thackeray, 1844) estaba dispuesto a arriesgarse con esta novela de aventuras y misterio con un punto gótico y romanticista.

El barón de Ballantrae, al igual que otras novelas de misterio gótico de su época (como, por ejemplo, Drácula, de Bram Stoker), empieza simulando ser una narración real, el testimonio del fiel administrador de los Durrisdeer, Mackellar, sobre el fatídico destino de sus señores. Supuestamente, los papeles misteriosos llegan a Stevenson de las manos de un amigo abogado, que tiene instrucciones de no abrirlos hasta cien años después de su consignación (en 1789). Como punto curioso, Stevenson le dedica esta obra a Mary Shelley (1797 – 1851) y a su hijo Percy Florence (1819 – 1889), y aunque no sé si se debía a cierta amistad con sir Percy o a la más rendida admiración por su madre, lo cierto es que El barón de Ballantrae posee cierta oscuridad y la referencia del muerto que vuelve a la vida (aunque sea de una forma muy distinta a la de Frankenstein), una cuestión sobre la que el autor volverá en novelas posteriores. Cuando Robert Louis Stevenson publica El barón de Ballantrae en 1888, ya es un escritor de cierta reputación por La isla del tesoro (1883), Secuestrado (1886), La flecha negra (1888) y El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde (1886), por lo que su combinación de novela de aventuras con un toque oscuro, casi sobrenatural, explorando la maldad humana, no debió sorprender a sus lectores aunque sí deleitarnos con la creación de un villano que, a menudo, pone los pelos de punta. Piratas, contrabandistas, espías, soldados de fortuna y tesoros escondidos alrededor de tres personajes antagonistas que viajan por Escocia, Francia, la India, Nueva York y las salvajes tierras norteñas de las Adirondack del siglo XVIII.

Lectora, el misterio, el suspense, la aventura y la maldad están servidos.

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El misterio de la luna creciente, de Valentine Williams

El joven dramaturgo Pete Blakeney, herido de gravedad en la Gran Guerra, pasa el verano en las pacíficas y agradables montañas Adirondak, a orillas de un hermoso lago. Invitado por los propietarios de la colonia vacacional, cree que será un lugar tranquilo para terminar su obra de teatro. Pero allí coincide con Graziella, una mujer casada de la que está profundamente enamorado. El matrimonio de Graziella, con el empresario millonario Victor Haversley es un desastre: Victor intenta seducir a la joven Sara en las narices del prometido de la chica, y Graziella ha invitado a su querido amigo Waters, lo que desata los celos de su marido y la indignación de la secretaria de Haversley. Pero cuando uno de ellos aparece muerto en su cabaña con un tiro en la cabeza y el asesinato pasional parece la opción más probable, el detective de Scotland Yard Trevor Dene, que pasa las vacaciones con su amigo el sheriff Hank, descubre que el caso podría tener relación con una trama criminal de Chicago. Por no hablar del preso fugado que merodea por los alrededores.

«—Recuerdo los trabajos de Breasted y Winlock y de alguno de sus compatriotas británicos que colaboraron con Howard Carter, como Newberry y Alan Gardiner. Pero no tengo la menor idea de quién es ese profesor Carruthers. ¿Es muy conocido?
—¡Digamos que tan conocido como la célebre señora Harris! —respondió mirándome fijamente.
—La amiga imaginaria de Sarah Gamp*, ¿verdad?»

(*) Personaje secundario de Charles Dickens que aparece en Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

Valentine Williams (1883 – 1946) fue un periodista londinense que empezó a escribir novelas y obras teatro durante su convalecencia tras ser herido de gravedad en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Vivió en la Riviera francesa, en Nueva York, en Egipto e Inglaterra y fue autor de guiones cinematográficos y más de una treintena de novelas policiacas y de espionaje. Publicó El misterio de la luna creciente por primera vez en 1935 y su protagonista, Pete Blakeney, comparte algunos rasgos biográficos con el autor, como su condición de escritor y de herido de guerra.

El misterio de la luna creciente me ha parecido una novela de misterio entretenida con un final poco satisfactorio. Dicen los expertos novelistas criminólogos que los principales móviles para asesinar son el amor, la venganza y la codicia, y aunque en esta novela se exploran los tres, el motivo final del asesinato queda muy desdibujado, rozando el absurdo. Narrada en primera persona desde el punto de vista del atormentado dramaturgo Pete Blakeney, se trata de una obra ágil, con buenos diálogos, carismáticos investigadores (Dene y el sheriff Hank hacen una pareja casi cómica, pero muy efectiva) y un amplio elenco de sospechosos para que los lectores vayamos descartando (o no) a medida que se nos proporciona la información. Williams juega limpio, mantiene bien el suspense, da pistas descaradas para que el lector pueda ir componiendo el rompecabezas y atrapa al culpable. Lástima que al final se le queden algo desdibujados los motivos y el argumento legal de quien puede heredar la fortuna. Y no puedo contar más.

Lectora, no me ha terminado de convencer.

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