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Rojo y en botella, de Sergi Escolano

Desde los Acuerdos de Albacete, vampiros y humanos viven en paz, pero separados. Nueva Transilvania, la ciudad vampírica, es una smart city limpia, agradable, culta, ecológica, sostenible y con un índice de criminalidad inexistente. Vetusta, donde viven los humanos, es ruidosa, sucia e insegura. Por eso, cuando un vampiro aparece asesinado con una estaca en el corazón, el cuerpo de policía de Nueva Transilvania decide pedir ayuda a sus experimentados colegas de Vetusta. Por un incomprensible error, en lugar de asignar a su mejor agente, los humanos envían al calamitoso Julián Van Helsing, con un historial de cero casos resueltos y mucha inquina contra vampiros, licántropos y zombis. Julián y Rebolledo, el compañero del vampiro asesinado, inician una disparatada investigación que los llevará hasta los bajos fondos de un karaoke interracial tras la pista —o no— del asesino que amenaza con desestabilizar la campaña electoral de Nueva Transilvania.

«—Bueno, basta. No hace falta que me recordéis mi historial. Ya lo hace el capitán Álvarez constantemente. Me han asignado el caso a mí y pasado mañana me voy a Nueva Transilvania hasta que lo resuelva.
—O sea, para siempre —sentenció Jennifer.«

Me gustan las novelas de vampiros, siempre que no den demasiado miedo, pero lo que no sabía es que llegaría a reírme tanto con una. No había leído nada de Sergi Escolano y confieso que me llevé la novela porque Antonio Torrubia me dijo que había escrito el prólogo y lo había «estacado» en 666 palabras justas, y porque si compraba su prólogo me llevaba gratis la historia encuadernada a continuación. No he contado las palabras del prólogo del Librero del Mal, pero me ha parecido una introducción perfecta de lo que el lector encuentra a continuación: una novela humorística policíaca de vampiros (disculpad, pero desconozco en qué género se etiqueta). Lo que no sé es si Escolano volverá a hablarle a su prologuista.

El humor de Rojo y en botella, sin caer ni un solo instante en lo soez, no tiene nada de sutil y está muy alejado de ese toque irónico y sarcástico british que suelo traer por el blog. Es un humor directo, que se equilibra muy bien en los juegos de palabras, en la sátira político-social, y en otra vuelta de tuerca a los guiños de referencia del bagaje musical, cinematográfico y literario de Sergi Escolano. La gracia es que Escolano mantiene muy bien el pulso de una narración que descansa casi en su totalidad en unos diálogos divertidos, plagados de chistes y de barbaridades sobrenaturales, que caracterizan muy bien a cada uno de los personajes y hacen avanzar la acción con fluidez. Escenas como la del forense vampiro que nunca ha visto un cadáver enfrentándose a su primera autopsia, el encuentro en el karaoke interracial, la persecución en la celebración de la noche del orgullo licántropo, o Jennifer en su nuevo instituto son desternillantes.

Rojo y en botella funciona porque el autor no solo se limita a parodiar otras novelas y personajes, sino que sabe mezclar muy bien los ingredientes de su trama de suspense, de crítica social y antihéroes con la diversión espontanea de un chiste sobre estacas y no-muertos. Aunque Van Helsing podría considerarse el héroe (casi)trágico de la historia y su tandem con Rebolledo el contrapunto hilarante de una buddy movie, lo cierto es que es el conjunto lo que mantiene la sonrisa del lector. Con una prosa fluida y directa, y unos personajes tremendamente humanos pese a su condición sobrenatural, Sergi Escolano nos ofrece en Rojo y en botella la novela de vampiros, policías y despropósitos más divertida que probablemente hayas leído nunca en castellano.

Lector, no te la pierdas.

También te gustará: Humor fantasmal; Criaturas; Abadía pesadilla; Buenos presagios; Un trabajo muy sucio 

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Criaturas, de Harvey, Bierce, Wells, Jacobs, Poe, Benson, Bellamy y Jerome

Una mano poseída por la escritura automática. Una serpiente terrorífica bajo la cama. La polilla que zanjó un notable antagonismo científico. Una serpiente marina gigante muy cariñosa. Los victorianos y su moda de desenrollar momias parlantes. Un niño con poderes telequinéticos y premonitorios que debe ganarse la vida para continuar estudiando en Eton. Esos locos primeros robots domésticos. Y una pareja de baile que da mucha grima. Esta es la punta del iceberg de los relatos clásicos de esta antología de Criaturas, un resumen casi taquigráfico de ocho cuentos de terror con un toque humorístico, en la estela de Humor fantasmal.

«Mientras caminaba hacia proa vio a Joe asomándose a babor para ver a la serpiente marina.
—¿Qué diablos estás haciendo? —gritó el capitán— ¿Qué significa esto?
—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó Joe.
—¡Estás aquí enseñando tu fea cara a babor y asustando a mi serpiente marina! —rugió el capitán— Ya sabes lo fácil que es espantarla.
—¿Asustando a la serpiente marina? —dijo Joe, temblando y volviéndose pálido.
—Muchacho, si veo otra vez esa cara tuya fueraborda, me encargaré yo mismo de añadirle un ojo morado.«

Hace un tiempo disfruté de la antología de relatos Humor fantasmal, de Editorial la Fuga, y descubrí su colección En serio, de la que me declaro entusiasta. Por eso, cuando encontré  Criaturas, en las estanterías de la librería Gigamesh, no dudé en llevármelo a casa y ha sido todo un acierto. Tres autores norteamericanos (Ambrose Gwinnet Bierce, Edgar Allan Poe y Elizabeth Bellamy) y cinco británicos (William Fryer Harvey, H. G. Wells, William Wymark Jacobs, E. F. Benson y Jerome K. Jerome) ponen su guiño más divertido y escalofriante en estos relatos monstruosos.

Me ha encantado la historia que abre la antología, Una bestia de cinco dedos, de Harvey, por su excelente ambientación, su sentido del humor y ese puntito terrorífico tan bien conseguido. Aunque, en mi opinión, el relato más divertido es Bellezas rivales, de Jacobs, reconozco que Una charla con la momia, de Poe, me ha sorprendido precisamente por el tono humorístico de un autor al que solo conocía en registros de misterio y terror, es decir, que al ser Poe no me esperaba una escena tan genial como la de una momia del antiguo egipcio chuleando a un grupo de científicos del siglo XIX. E. F. Benson sigue su sarcástica línea de Reina Lucía, los autómatas de la señora Bellamy me han parecido la repera y Jerome K. Jerome se queda un pelín deslucido al olvidarse de su desternillante prosa para ponerse misterioso. Y, sin duda, el gran hallazgo ha sido La polilla, un clásico de H. G. Wells que reconozco no haber leído hasta la fecha y que me ha parecido merecedor de la fama de su autor.

Lector, una antología de humor y terror perfecta para cuando no tenemos mucho tiempo para leer seguido sin renunciar a los clásicos.

También te gustará: Humor fantasmal; La tienda de los suicidas

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Criaturas

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Shakespeare, de Bill Bryson

Dice Bill Bryson que su voluntad en este libro es recoger todo lo que se sabe sobre la vida de William Shakespeare, sin suposiciones ni invenciones, y que por eso le ha quedado tan corto. Solo existen tres imágenes que supuestamente representan al bardo de Stratford: el retrato Chandos, que fue el primer retrato que compró la National Portrait Gallery de Londres, el grabado del First Folio, que apenas parece una caricatura, y el busto pintado de la iglesia de Santísima Trinidad de Stratford Upon-Avon, que un loco decidió pintar de blanco y otro lo restauró al estilo del ecce homo de Borja. Los tres retratos podrían ser falsos, verdaderos o inexactos, y es que toda la biografía de William Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas (la mayoría muy chifladas). Sin embargo, tanto misterio no es nada extraño si tenemos en cuenta que apenas sabemos mucho más del resto de autores ingleses de su época, y que el incendio de Londres de 1666 destruyó muchísimos documentos. Tenemos sus obras gracias a que Henry Condell y John Heminges, compañeros de Shakespeare y los últimos integrantes de los Lord Chamberlain’s Men, las compilaron en el First Folio al poco de su muerte. Aunque tras su defunción no perdió del todo la estima del público, lo cierto es que la fama de Shakespeare estaba muy por debajo de otros dramaturgos de su época, y las obras de teatro isabelinas y jacobinas fueron cayendo en el olvido a medida que pasaban los años. Hasta el siglo XVIII no se recuperó su prestigio y, entonces, ya era demasiado tarde para escribir una biografía fidedigna pues todos quienes le habían conocido en persona habían desaparecido.

«El genio de Shakespeare no se centraba en los hechos, sino en la ambición, la intriga, el amor, el sufrimiento, cosas que no se enseñan en la escuela. Poseía una inteligencia asimilativa que le permitía reunir un montón de fragmentos de saber dispersos, pero nada indica que sometiera a sus obras a un riguroso trabajo intelectual, a diferencia de, pongamos por caso, Ben Jonson, que hace flamear su erudición en casi cada palabra. Nada de lo que escribe Shakespeare revela un gran conocimiento de Tácito, Plinio, Suetonio y otros que fueron determinantes para Jonson o que Francis Bacon trataba con absoluta familiaridad. Lo cual es bueno —e incluso muy bueno—, porque sin duda habría sido menos Shakespeare y más dado al lucimiento si hubiera tenido más lecturas.«

Me estrené con Bill Bryson con Un paseo por el bosque y quedé prendada de su sentido del humor y de lo bien que compendia conocimiento histórico y científico. Como padezco de acusada bardolatry desde que tengo memoria, me compré su librito de Shakespeare y ahí lo tenía, esperando turno en la estantería, hasta que mi amiga Isi, que está estudiando literatura inglesa y anda en liza con el bardo de Stratford, me propuso leerlo al alimón. Nos lo hemos pasado en grande descubriendo lo chiflados que están casi todos los estudiosos de Shakespeare y la de teorías descabelladas que se han montado sin ninguna evidencia alrededor de su vida y su obra.

Sin duda, es una paradoja que el autor más conocido del mundo sea el más desconocido. Shakespeare padecía de anatropismos y anacronismos en casi todas sus obras, pero acuñó expresiones nuevas que han llegado vivas a nuestros días —como «exhalar el último suspiro», por ejemplo—, una décima parte de las frases hechas en inglés son de su autoría, y le dio más garra al idioma inglés incorporando en sus textos unos 2.000 neologismos, de los cuales siguen utilizándose unos 800. Dramaturgo isabelino y jacobino, actor y director teatral, poeta y copropietario de The Globe, no tenía estudios superiores y no sabemos si pudo viajar, pero fuese quien fuese William Shakespeare cuatro siglos después de su muerte seguimos disfrutando de su genialidad.

Lector, un libro muy divertido con el que desmontar todas las tonterías que se han escrito sobre Shakespeare.

También te gustará: Un paseo por el bosque; Jane Austen en la intimidad; El sabor de las penas

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Emma, de Jane Austen

Desde que su institutriz, mejor amiga y confidente se casó con el señor Weston, Emma Woodhouse se aburre. Pero en lugar de ocupar su tiempo en cultivar su intelecto o perfeccionar sus técnicas musicales y pictóricas, decide tomar bajo su tutela a la pobre Harriet, una jovencita de poco seso a la que Emma se ha empeñado en casar con el vicario. Su cuñado, el señor Knightley, le advierte de que en lugar de jugar a las casamenteras y abocar a la pobre Harriet al ostracismo social haría mejor en meterse en sus asuntos. Sin embargo, sin la templada influencia de su institutriz, Emma anda desatada y directa a precipitarse de cabeza en el desastre sentimental más sonado de Highbury. Inteligente, caprichosa y demasiado pagada de sí misma, la señorita Woodhouse está a punto de descubrir que su conocimiento de la naturaleza humana es tan errado como los temores de su padre por los caballos de James.

«Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba en este mundo cerca de veintiún años sin apenas nada que la molestase o agitase.«

Desde que tuve el placer de leer Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley, y pude entender mejor a la autora georgiana, estaba deseando releer sus novelas. Worsley, con rigurosidad e inteligencia, proporciona las claves para disfrutar en profundidad de las capas de escritura de Jane Austen, de toda su ironía, su crítica y su agudeza, de su poder de observación; por eso sentía curiosidad por saber si sería capaz de realizar una lectura distinta a la que hice años atrás de las obras austenitas. Con excepción de Orgullo y prejuicio, que creo que habré leído media docena de veces, la lectura del resto de la bibliografía de Austen me quedaba muy atrás en el tiempo. Escogí Emma porque, junto con La abadía de Northanger, siempre me ha parecido la novela más divertida de su autora, y en estos tiempos difíciles agradezco mucho que un libro me dibuje una sonrisa.

Emma es una comedia de enredo amoroso, divertida, simpática y de época; pero también es una novela que muestra con mucha agudeza los prejuicios socio-económicos y la escasa permeabilidad social en la Inglaterra rural del siglo XIX, así como la difícil situación de las mujeres jóvenes sin una familia de renombre o de dinero, independientemente de su formación o aptitudes. Jane Austen sabe caracterizar muy bien a sus personajes a través de sus reflexiones y sus ingeniosos diálogos: el clasismo de Emma, la hipocondía del señor Woohouse, la estupidez de Harriet, la integridad de Mr. Knightley, los insoportables señores Elton… Todos encajan a la perfección en una trama muy bien pautada para darle una lección de humildad a una joven a la que todavía le falta mucho por aprender de las dobleces humanas.

Es cierto que incluso en la actualidad muchos lectores dicen que la joven Woodhouse les resulta odiosa. A mí Emma me gusta, me parece un personaje tremendamente humano y que refleja muy bien las meteduras de pata, las torpezas, las cabezonerías y los esnobismos de los que ninguno de nosotros está totalmente libre. No todos podemos ser una Elizabeth Bennet perfecta de la vida, y reconocer los propios errores y enmendarlos (por ejemplo, cuando el señor Knightley nos riña por ridiculizar a la señora Bates) nos hace un poquito mejores personas.

Jane Austen nos trae a una protagonista rica, guapa y sin problemas de ninguna clase, seguramente distinta al resto de las heroínas austenitas; una Emma que podría resultar antipática si no fuese por su agudeza, su buen corazón (pese a las crueldades a veces se le escapan) y esa serenidad tan alejada de las heroínas románticas que se desmayan de amor, pues la señorita Woodhouse afirma, con toda tranquilidad, que ella nunca se casará. En una época en la que las emociones femeninas poco importaban en la literatura y tanto se invisibilizaban en la realidad, Austen construye una protagonista que es capaz de analizar su corazón, entender sus cambios y aceptar sus errores. La serenidad emocional de Emma, tan opuesta al modelo literario femenino de su época, y la fina ironía habitual austenita sobre la naturaleza humana en general y la sociedad inglesa en particular, son los rasgos más sobresalientes que me llevo de la relectura de este clásico tan divertido.

También te gustará: La abadía de Northanger; Orgullo y prejuicio; Jane Austen en la intimidad

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Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome

Harris, George, Jerome y su fox terrier Montmorency, aquejados de múltiples dolencias imaginarias, deciden tomarse unos días de vacaciones para recorrer el Tamésis en barca como hacen los genuinos aventureros. El problema es que de aventureros tienen poco y de torpes, mucho. Mal pertrechados, pésimos timoneles y peores remadores, son un estorbo para las demás embarcaciones, se caen al agua de vez en cuando, no son capaces de lavar su ropa ni de dormir o comer en condiciones. Y, sin embargo, te ries tanto leyendo sus desventuras y anécdotas que, con el perdón del resto de navegantes, no deseas que su crucero por el río termine nunca.

«Halliford y Shepperton son dos bonitos lugares, especialmente desde el río, si bien no tienen nada de notable. En el cementerio de Shepperton existe una tumba en la cual aparece cierto poema, y como observé que Harris daba miradas de envidia al embarcadero —lo que me hizo comprender sus evidentes deseos de ir a tierra— me las arreglé para tirar su gorra al agua y con el trabajo de recogerla y su indignación por mi torpeza, olvidó la existencia de sus bien amadas tumbas.«

Me encanta el humor de Jerome K. Jerome, es tan inglés, tan flemático, con esa fina ironía y el aire imperturbable de sus personajes… Creo que siempre es una buena idea leer sus relatos cortos y novelas humorísticas, pero en estos días tan difíciles resulta casi imprescindible para desconectar. Dice Jerome al principio de Tres hombres en una barca que esta historia es totalmente verídica, y es tal compendio de anécdotas cómicas que el lector se halla tentado de creerle porque ya sabéis que la realidad siempre supera a la ficción y que este autor tiene el don de encontrarle el punto divertido a casi cualquier situación cotidiana.

La historia de la perca gigante expuesta en un pub de la campiña, la búsqueda de alojamiento nocturno en lugares con madreselvas y sin tipos mal peinados, George en el laberinto o la desmemoria crónica para las canciones cómicas de Harris y su querencia por visitar tumbas son algunas de las mejores anécdotas de Tres hombres en una barca. Jerome narra, con excelente prosa e inteligente humor, las experiencias de estos tres Mr. Bean y un perro capaz de contribuir con una rata de agua a un estofado irlandés y conseguir que siempre quede la duda de si está siendo sarcástico. Por cierto, la coletilla del título original —Por no mencionar al perro— es el origen del título de mi novela preferida de todos los tiempos de la siempre genial Connie Willis, que sabe continuar con tanta gracia el estilo de Jerome y la impasibilidad de sus personajes ante el absurdo más monumental.

Lector, si necesitas sonreir te hacemos sitio en el bote.

También te gustará: Ellos y yo; Humor fantasmal; Por no mencionar al perro; La hija de Robert Poste; Enterrado en vida

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Tres hombres en una barca, por no mencionar al perro (en papel)
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