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La visión del juicio, de Lord Byron

A las puertas del Cielo, san Pedro convoca a Satanás y al arcángel Miguel para que ejerzan de abogados en el juicio del recién fallecido Jorge III, rey de Inglaterra. Se dirime la posibilidad de que el monarca entre en el Cielo o baje al Infierno. Satanás ha citado a un enjambre de testigos para que declaren que no hay ninguna duda al respecto —aunque no tiene especial interés en llevarse a otro rey allá abajo porque ya tiene suficientes—, cuando de repente aparece el demonio Asmodeo con Robert Southey, un insoportable bardo de pacotilla que no deja de atormentarlos a todos con sus horribles versos y su falso testimonio sobre la bondad de Jorge III, que ofende a la Historia y a la Biblia.

«¿Es Lucifer el que regresa con todo este alboroto?
No, contestó el querubín, Jorge III ha muerto.
¿Y quién es Jorge III?, replicó el apóstol.
¿Qué Jorge? ¿Qué tercero? ¡El rey de Inglaterra!, dijo
el ángel. Bueno, no tendrá que pelearse con muchos reyes
aquí… ¿y trae la cabeza puesta?
Porque el último que tuvimos por aquí formó un alboroto
y nunca habría conocido las bendiciones del Cielo
si no nos hubiese arrojado su cabeza a la cara.«

George Gordon Byron (1788-1824), conocido como Lord Byron, es considerado como uno de los poetas mayores ingleses, pero también como un poeta maldito y, sobre todo, como protagonista indiscutible del romanticismo inglés junto con Coleridge, Wordsworth, Mary y Percy Shelley y Keats. Publicó por vez primera La visión del juicio en 1821 como una parodia contra el también poeta Robert Southey, que había escrito un poema muy cursi sobre el ascenso a los cielos del rey Jorge III. Pero, como bien señala la nota de José C. Vales, traductor de la presente edición bilingüe de Alba Editorial, una obra que empezó como una venganza terminó siendo una excelente crítica política e histórica de su tiempo. Harold Bloom considera que, después del Don Juan, La visión del juicio es la mejor obra poética de Lord Byron.

No sabía qué me iba a encontrar en este poema satírico, ni siquiera tras leer las notas previas de su autor, en las que despotrica sobre Robert Southey y su ridículo poema sobre el ascenso a los cielos de un rey demente, mediocre y asesino que inició terribles guerras y sangrientas persecuciones políticas y religiosas. Byron se la tenía jurada a Southey porque este había bautizado a los románticos ingleses como La liga del incesto, además de no poder con su cursilería y su hipocresía (Southey había sido anti-jacobino durante muchos años). Por eso La visión del juicio es una crítica personal al talento y a la persona de su rival, pero también es una crítica afilada sobre el reinado de un monarca que no fue precisamente un santo (las guerras napoleónicas, la independencia de las colonias americanas, la persecución católica, un desfile de primeros ministros medio inútiles, etc.).

He disfrutado mucho de este largo poema de Lord Byron, por su brillante diatriba, su sátira escenificada en juicio celestial y por la maliciosa inteligencia de su crítica, pero también me lo he pasado en grande como historiadora: la figura del rey loco y su legado de sangre y fuego sale a la palestra con sus ministros y demás compinches. Me encanta el análisis histórico de Lord Byron, por contemporáneo y por preciso, y me han resultado imprescindibles las notas al pie de José C. Vales que ponen al lector en contexto histórico con la misma agudeza que la del autor inglés. Divertido, ingenioso y brillante, La visión del juicio es una obra literaria clásica por la que no han pasado los siglos.

Lector, imprescindible para historiadores.

También te gustará: Abadía pesadilla; El año del verano que nunca llegó; El rey que fue y será

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Cluny Brown, de Margery Sharp

Cluny Brown no sabe quién es, ni cuál es su sitio, ni dónde encaja. Huérfana desde muy temprana edad, fue educada en Londres por su tío, el señor Porritt, un fontanero que tiene muy claro que el sitio de su sobrina no está en el Ritz ni en la casa de un seductor de baños esplendorosos. Preocupado por el futuro de Cluny, el señor Porritt la envía a servir como doncella a la mansión de Lord y Lady Carmel, en el corazón de Devonshire. Andrew, el único hijo de los Carmel, también pone rumbo a la casa paterna acompañado por un escritor polaco perseguido por los nazis. Corre el año 1938 y el joven Andrew no consigue quitarse de la cabeza la preocupación por lo que está ocurriendo en el continente. Todo está a punto de cambiar y Cluny parece una señal del fin de los tiempos, con esa manía suya de pasear al perro del coronel Duff-Graham y quedarse boquiabierta frente al señor Wilson, el boticario.

«—Yo también soy de Londres, en realidad este no es mi hogar —se lamentó Cluny—. Aunque, de hecho, parece que tampoco encajo allí. Parece que no pertenezco a ningún sitio.
—Igual que yo —dijo el señor Belinski—. Pero eso tiene sus ventajas. —Vio la mirada de sorpresa de Cluny y asintió—. Por ejemplo, si uno no pertenece a ningún sitio, si aún no ha echado raíces, puede elegir. Puede contemplar todos los países del mundo como quien ojea el catálogo de un agente inmobiliario. En fin, en mi caso eso no es del todo cierto, pues hay varios países en los que estaría realmente muy incómodo, pero para ti, supongo, el universo entero está en alquiler.«

Margery Sharp (1905-1991) es una escritora y dramaturga inglesa famosa por la serie infantil Los rescatadores y por sus comedias sociales, como Cluny Brown, que fue llevada a la gran pantalla por Ersnt Lubitsch en 1946. Sharp publicó Cluny Brown en 1944, pero está ambientada en 1938, en una Inglaterra tocada por la Primera Guerra Mundial y al borde de la Segunda, en donde los aires de cambio y la permeabilidad social son muy evidentes. La autora tiene el don de mostrar, sin necesidad de dar explicaciones, en escenas divertidas y curiosas, cómo se difuminan los antiguos estamentos sociales ingleses y la inquietud personal de unas protagonistas femeninas que, al margen de los primeros movimientos de emancipación de la mujer, sienten que su lugar en el mundo ha cambiado.

Cluny Brown es una novela encantadora y divertida, de un humor sutil estupendo y diálogos ingeniosos. Margery Sharp no solo tiene el don de la crítica social a través de una ficción cómica sino que además muestra las tripas de una mansión inglesa de campo del siglo pasado como nadie: las dependencias de los criados, el orden estamental entre mayordomo, gobernanta y doncellas, Milady pendiente de sus jardines, el heredero dividido entre la lealtad a sus ancestros y un futuro incierto, el pueblo y el boticario, los vecinos… Y de pronto llegan Cluny Brown y un escritor extranjero y empiezan a trastocarlo todo, porque el mundo ha cambiado y ya nada encaja. Me ha gustado también los personajes secundarios, la sorpresa de Betty Cream, el encanto de Lord Henry y esa nostalgia conmovedora que asoma mientras el viejo mundo se desmorona, como cuando el señor sale a pasear a caballo por sus tierras y todos recuerdan aquellos viejos tiempos. Sharp muestra a unos personajes cuestionándose la rigidez de las clases sociales, lo absurdo que resulta que una doncella no pueda tener un perro o saludar a sus patronos, por ejemplo, pero también refleja, con simpatía y cariño, una sociedad que se adapta sin grandes rupturas en vísperas de una guerra y unas mujeres jóvenes que deciden por sí mismas su destino.

Lector, un análisis social histórico de los años treinta en Gran Bretaña a través de una ficción encantadora y divertidísima.

También te gustará: El fantasma y la señora Muir; Fresas silvestres; El libro de la señorita Buncle; Kathleen

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El código de los Wooster, de P. G. Wodehouse

Bertie Wooster intenta convencer a su mayordomo Jeeves de que no le apetece en absoluto embarcarse en un crucero, cuando llega una invitación para comer de la tía Dhalia. La señora, que conoce bien a su sobrino, le promete un almuerzo en toda regla si antes visita a un anticuario de Brompton Street para despreciar una vaca-jarrita de plata que tiene en el escaparate. El objetivo es que el anticuario le baje el precio para que el tío de Jeeves pueda incorporarla a su colección sin grandes dispendios, pero cuando Bertie entra en la tienda tiene la mala fortuna de encontrarse con el juez Basset, magistrado que lo envió al calabozo por un terrible malentendido con el casco de un policía. Aunque el juez ya está jubilado, confunde a Bertie con un ladrón de bolsos y este tiene que volver a casa sin haber cumplido la misión de la tía Dhalia. Las desventuras de Bertie podrían haber terminado ahí, con la aceptable contrapartida de un tío enfadado, si no fuese porque se ve obligado a aceptar la invitación de pasar unos días en la casa de campo de la prometida de su amigo Guss, que resulta ser la única hija del juez Basset, flamante nuevo propietario de la vaca-jarrita de plata.

«—No, Jeeves, sé lo que le pasa. Esa vieja vena vikinga suya ha aparecido otra vez. Usted añora el sabor de las brisas saladas. Se ve a sí mismo caminando por la cubierta de un barco con gorra de capitán. Posiblemente alguien le ha hablado de las bailarinas de Bali. Lo comprendo, pero no es para mí. Me niego a ser trasegado a un maldito transatlántico y arrastrado alrededor del mundo.«

Ya sabéis lo mucho que me gusta Wodehouse y, aunque no había planeado completar el último nivel del reto de Las inquilinas de Netherfield, #TodosLosClásicosGrandesYPequeños, con Jeeves y Bertie, así ha sucedido. La premisa era un título de la lista de los clásicos imprescindibles de Penguin, y en un año en el que necesitamos los libros refugio y el humor literario más que nunca, me parece esperanzador cerrar el reto y las lecturas de diciembre con El código de los Wooster.

No todas las novelas del autor son igual de brillantes, y reconozco que me gustan más las que no están protagonizadas por el dúo Bertie-Jeeves, pero lo cierto es que P. G. Wodehouse me parece tan genial, inteligente y divertido, gran exponente de ese humor de flema británica que tanto me encandila, que me lo paso bien con todas y cada una de sus novelas y relatos. La clave está en el ritmo narrativo, en el ingenio rápido de los diálogos y en una comedia de enredo irresistible. El código de los Wooster cuenta con el equívoco de un juez de mala memoria, una vaca-jarrita de plata muy codiciada y una pareja de enamorados que juega al ratón y al gato. Si a este elenco en la campiña inglesa se le suma nuestro tándem protagonista, la diversión queda asegurada. Una novela tan inteligente y divertida que entra en la lista de clásicos imprescindibles de Penguin por el talento de su autor y como homenaje consagrado a la literatura de humor.

Lector, Wodehouse es una de mis recetas imprescindibles contra la tristeza y desánimo.

También te gustará: ¡Gracias, Jeeves!; Guapo, rico y distinguido; Luna de verano; Jovencitos con botines

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Calypso, de David Sedaris

Cuando llegas a la mediana edad y por fin tienes dinero en la cuenta bancaria y dos casas en dos continentes distintos con muchas habitaciones de invitados, llega la hora de mirar hacia atrás y reflexionar sobre cómo diablos te las has ingeniado para acabar escribiendo a medianoche en el jardín esperando a que aparezca un zorro llamado Carol. David Sedaris repasa en Calypso sus relaciones afectivas, sus recuerdos más entrañables y los más tristes, con una ingenuidad propia de quien se sienta por primera vez en muchos años para aceptar el alcoholismo de su madre, el suicidio de su hermana Tiffany, la infancia junto al mar, o su extraña obsesión esclavizadora con una pulsera Fitbit.

«Hugh aseguró que el motivo por el cual yo nunca había visto un fantasma era que soy una persona poco perceptiva. Era una forma sutil de decir que solo pienso en mí mismo y que si no estuviera tan obsesionado con —por ejemplo— cumplir mi cupo diario de pasos en el Fitbit, sería capaz de ver que hay una sirvienta de seiscientos años viviendo dentro del cajón en el que guardamos la cubertería de plata.
—¿Y la gente que ve hadas? —pregunté.
—Esos están locos —respondió Hugh.«

David Sedaris (Nueva York 1956) es un escritor y humorista norteamericano que en la actualidad vive en West Sussex, Inglaterra, junto a su pareja y su Fitbit. Pasa tantas horas limpiando la bucólica campiña inglesa de los desperdicios que tiran los desaprensivos, que el condado de West Sussex, en sentido homenaje, ha bautizado uno de los camiones de la basura con su nombre. Calypso, publicado originalmente en 2018, es su libro más reciente, un compendio humorístico de anécdotas autobiográficas ligadas a sus recuerdos familiares, pero también a su momento vital.

Leí por primera vez a David Sedaris hace algunos años y me estrené con su relato Crónicas desde Santaland, una parodia muy divertida sobre su experiencia como elfo de Santa Claus cuando vivía en Nueva York, intentando que le publicasen una novela, y aceptaba cualquier trabajo temporal que se le pusiera por delante. Crónicas desde Santaland empezó su andadura como un monólogo humorístico para la radio y tuvo tan buena aceptación que su publicación significó el despegue de la carrera literaria de Sedaris. El autor no es tan celebrado en Europa como en Estados Unidos, aunque su humor sarcástico y ese punto de ternura y de autoparodia que lo acompañan siempre encandila a los lectores  más inesperados.

Calypso me ha gustado, es divertido, delirante, a veces —cuando habla de sus padres y de sus hermanos— se vuelve nostálgico y le puede la ternura, y en otras ocasiones repasa la actualidad política/humana/personal desde una perspectiva tragicómica. No me ha parecido el mismo David Sedaris de Crónicas desde Santaland, pues hacia la mitad del libro pierde un poco de frescura y algunas anécdotas, como las compras de miles de dólares en Japón de ropa que no se va a poner o el episodio de la tortuga y el tumor, me han resultado frívolas o desagradables. Quizás me caía mejor el autor pobre que perseguía un sueño en lugar del autor de mediana edad con muchas habitaciones de invitados, pero sería injusta si no reconociese que Calypso es un buen libro por la peculiar voz narradora de Sedaris y su sentido del humor y de análisis, genial si no has leído nunca al autor y te apetece un poco de autoparodia en estas fechas.

Lector, lo último que se pierde no es la esperanza sino la capacidad de reírnos de nosotros mismos.

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El fantasma y la señora Muir, de R. A. Dick

Lucy Muir nunca ha sido dueña de su propia vida. Su suegra y sus dos cuñadas dominantes le organizan cada semana, sin respiro, desde que se casó con Edwin. Desde la agenda social hasta la decoración de su propia casa o la educación de sus dos hijos, la familia de su marido dicta todos y cada uno de los detalles sin tener en cuenta la opinión de Lucy. Pero a la muerte de Edwin, la joven viuda hereda una renta mísera, una casa que apenas reconoce como suya y un recién descubierto deseo de libertad que nadie puede arrebatarle. Por primera vez en muchos años, Lucy se siente capaz de desobedecer la férrea voluntad de sus cuñadas y en un acto de rebeldía compra un billete de tren «al mar» en busca de un lugar agradable y económico a donde mudarse con sus niños. En Whitecliff, un pequeño y tranquilo pueblo costero, Lucy encuentra un alquiler muy asequible, por una libra a la semana, en Gull Cottage. Intrigada por el precio de la casita y la renuencia del agente inmobiliario a alquilársela, descubre que Gull Cottage está encantada por el fantasma del capitán Gregg.

«—¿Por qué ronda la casa? —preguntó Lucy— ¿Acaso lo asesinaron?
—No. Se suicidó —dijo el señor Coombe.
—Oh, pobre hombre, ¿tan infeliz era?
—¿A usted esa carcajada le ha sonado infeliz?
—Pues no, la verdad —admitió Lucy—. Pero si no era desdichado, ¿por qué puso fin a su vida?
—Para fastidiar todo lo posible a los demás.
—Vaya, pues es muy egoísta por su parte —dijo Lucy—, además de totalmente incoherente. Porque si quería estar muerto, ¿por qué no quedarse muerto?
—Exacto —corroboró el señor Coombe.
«

R. A. Dick fue el seudónimo de Josephine Aimee Campbell Leslie (1898 – 1979), autora inglesa que cultivó la comedia sobrenatural y costumbrista a la vez que reflejaba la situación de la mujer tras la Segunda Guerra Mundial. El fantasma y la señora Muir, publicado en 1945, fue su primer gran éxito literario, al que seguirían Unpainted portrait (1954), Duet for two hands (1960) o The Devil and Mrs Devine (1974), entre otros títulos. La novela tuvo tan gran aceptación que apenas un par de años después de llegar a librerías fue llevada a la gran pantalla por el director Joseph L. Mankiewicz. Editorial Impedimenta la publicó en castellano el 2 de noviembre de este año, una de las novedades editoriales que esperaba con más ganas.

El fantasma y la señora Muir es una encantadora comedia feelgood con fantasma que enamora por sus personajes protagonistas, sus situaciones excéntricas y sus diálogos ingeniosos, rápidos e inteligentes. R. A. Dick hace gala de un sentido del humor genial, muy en la estela de Oscar Wilde, Edmund Crispin o Stella Gibbons, por referenciar a tres autores anteriores a la novelista, y con escenas memorables como la del guiño a El fantasma de los Canterville, a Otra vuelta de tuerca, o cuando la señora Muir le pregunta al fantasma si cree en los psicoanalistas. La historia sigue la magnífica evolución del personaje de Lucy Muir y su relación con el fantasma del capitán Gregg, pero entre líneas el lector encuentra una buena exposición de la situación de la mujer en la sociedad inglesa tras la Segunda Guerra Mundial y de la hipocresía social de la época en general: durante la guerra, las mujeres se habían movilizado y ocupado puestos profesionales de importancia. Independientes y resolutas, se habían tratado de igual a igual con los hombres en una sociedad británica totalmente volcada en el esfuerzo de guerra. Con la firma del tratado de paz ese retorno obligado a la supeditación de madres y esposas recluidas en el hogar, esa imagen de fragilidad y desamparo, chirría más que nunca. Solo la visión de un fantasma tan extraordinario como el capitán el Gregg animará a Lucy Muir a seguir con su determinación de ser libre e independiente.

Lector, pon un fantasma en tu vida.

También te gustará: Luna de verano; Fresas silvestres; El libro de la señorita Buncle; Seguro de amor; Los millones de Brewster; Kathleen

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