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Gastronomía pangaláctica para gourmets, de Sergi Álvarez
¿Se puede salvar un planeta entero solo por su cerveza? ¿Son unas anchoas motivo suficiente para encontrar el amor verdadero? ¿Es ético comerse a especies pensantes por muy deliciosas que estén? ¿El mal humor de Clarkar Jones, conservador del Museo de Historia Natural Pangaláctico, se debe a la ingesta de barritas Livingstone? ¿Cómo empezaron las Guerras Veganas? Puede que Estella Maris, la autora del recetario más fabuloso de cualquier galaxia conocida, no tenga las respuestas a todas estas cuestiones, pero es una delicia que prologue las geniales historias gastronómicas de esta disparatada Comunidad Pangaláctica.
«He viajado por todo este universo de locos.
He hecho amigos y he conocido el amor.
Me engañaron más de una vez.
Siempre intenté hacer lo correcto, aunque me equivocara un millón de veces.
He comido bien.
Puedo morir tranquila.»

Sergi Álvarez es un guionista de cómics de género negro (Bajo la piel, Cuentas pendientes) y escritor de ciencia ficción, fantasía y humor que ha publicado, entre otras, las novelas cortas El silenciador, Nunca digas vodka, nunca jamás y Alan Smithee no salvó el mundo. Gastronomía pangaláctica para gourmets fue publicado por Orciny Press en 2021 y es un libro de relatos con el denominador común —y a veces comunicante— del universo de la fabulosa Comunidad Pangaláctica. Sabéis que no soy una lectora asidua a la ciencia ficción, pero sí que lo soy de los clásicos y eso es lo que me ha acompañado a lo largo de este fabuloso viaje: un divertido y cariñoso homenaje a los clásicos más queridos por el autor de Gastronomía pangaláctica para gourmets.
Referencias, guiños y homenajes a Arthur C. Clark, a Shakespeare, Star Wars, Ultimátum a la Tierra (no falta Klaatu barada nikto), Dune, El juego de Ender o Blade Runner, entre otros muchos títulos y autores icónicos de la ciencia ficción y la fantasía, desfilan entre planteamientos y personajes originales de estos nueve relatos. Mis favoritos han sido Citizen Kane from outer space, por las referencias a Orson Welles y su narración radiofónica de La guerra de los mundos (atención a Rosebud); ¡Barritas Livingstone para todos! por esa inolvidable y letal visita al Museo de Historia Natural Pangaláctica y el cameo del doctor Livingstone I. Presume; El capitán Intrepid y Tiger Balm contra la quinta gama, porque siempre he sido una rendida fan de las tiras cómicas de Calvin y Hobbes; y el último relato, Siempre llevaré tus anchoas junto a mis corazones, una historia de amor especial, espacial y con un montón de fru-frú. No voy a contar más de los argumentos de estos relatos porque merece mucho la pena leerlos sin saber qué vas a encontrar y dejarse sorprender por el autor.
La prosa de Sergi Álvarez es precisa, clara y con un don extraordinario para describirnos un universo entero en apenas dos líneas. Con un estilo rico y cuidado, elegante y con un saludable control de la adjetivación, el autor brilla por la plasticidad de sus escenas, la facilidad con la que introduce al lector en mundos desconocidos, y el encanto (a veces letalmente gruñón, como en el caso de Clarkar Jones, o muy shakesperiano, como Bulgari Bulgur) de sus diálogos y personajes. Aunque, sobre todo, destaca por un sentido del humor —ingenioso, sutil y sarcástico, paródico, pero siempre socarrón y simpatiquísimo— que se las arregla a la perfección para reírse con el lector de todo el bagaje literario y cinematográfico fantástico que compartimos sin perder jamás el respeto y el cariño por los clásicos que siempre nos acompañan.
Lectora, relatos para viajar con una gran sonrisa y turistear gastronomía peculiar.
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Una espía muy real, de Rhys Bowen
Corre el año 1932, Europa vive un momento de crisis y el duque de Glen Garry y Rannoch no es una excepción: su esposa recorta gastos en la calefacción del castillo de Rannoch, en personal e incluso en crumpets y scones, que ha sustituido por insípidas tostadas de pan barato. Georgie, la hermanastra del duque, ha visto como le quitaban su asignación al cumplir los 21 años y ahora se halla en una situación lamentable: vagando sin oficio ni beneficio por el castillo de Rannoch, con el temor de que la conviertan en institutriz sin sueldo de su sobrino o la casen con algún espantoso príncipe rumano. Georgie y su hermano son bisnietos de la reina Victoria por parte paterna y primos de la actual reina María, esposa del rey Jorge V, algo así como los trigésimo cuartos en la línea de sucesión. Ser de la nobleza tiene sus ventajas, pero también se lo está poniendo muy difícil a Georgie para encontrar un trabajo que le procure los medios para subsistir y que no escandalice a la casa real. Pero cuando a la reina María se le ocurre un encargo de espía para la perspicaz Georgie todo se complica: la vida social londinense es un juego de falsedades y alguien se ha dejado un cadáver en la bañera de la casa de Rannoch.
Tomé una pluma y papel y le escribí una nota, por si regresaba antes que yo: «Binky, en la bañera de arriba hay un cadáver. No hagas nada hasta que esté de vuelta. Sobre todo no llames a la policía. Tenemos que hablar sobre cómo proceder. Con cariño, Georgie.»

Rhys Bowen es el seudónimo de Janet Quin-Harkin, una afamada escritora inglesa, nacida en Bath y educada en la Universidad de Londres, que en la actualidad vive entre California y Arizona, lejos de los fríos y húmedos inviernos británicos. Sus novelas juveniles y para adultos a menudo aparecen en la lista de las más vendidas del New York Times y ha recibido múltiples premios de la crítica y del público, como el Premio Agatha, el Left Coast Crime o el Macavity a las mejor novela de misterio histórica. La saga de novelas de misterio protagonizadas por Georgie y ambientada en la Inglaterra durante la Depresión de los años treinta son sus cozy mystery más recientes, pero también es la autora de la saga Constable Evans, Royal Blood o Molly Murphy, entre otras.
Una espía muy real forma parte de la extensa colección Cozy Mystery que está publicando Alma Editorial en castellano desde el año pasado y, sin duda, se ha convertido en mi novela preferida de dicha colección. Reconozco que la sinopsis tenía todos los ingredientes para tentarme: cameos de personajes históricos reales, Londres en la época de entreguerras, un castillo en Escocia, un muerto en una bañera ajena y un montón de malentendidos. Pero lo que de verdad enamora de esta novela —y marca una diferencia abismal con el resto de cozy mystery de Alma que he leído— es el tono encantador y divertido en el que está escrito, el estilo desenfadado y humorístico de Rhys Bowen y la habilidad de la autora para hacernos partícipe de las aventuras de una protagonista ficticia que se codea con tanta soltura e ingenio con personajes reales históricos tan bien enmarcados y caracterizados (atención a la nota final de Bowen en la que advierte de que los personajes reales que aparecen en su novela se ajustan lo máximo posible a sus caracteres, biografía y circunstancias históricas verídicas).
Una espía muy real es un cozy mystery divertido, de diálogos ingeniosos y situaciones de comedia que se lee con una sonrisa en los labios y que mantiene muy bien el ritmo y el suspense a lo largo de todas sus páginas. Se nota que es la primera entrega de una saga por el mimo con el que se nos presenta a los protagonistas y secundarios recurrentes y cómo ahonda poco a poco en el carácter de la protagonista y su familia. La prosa de Rhys Bowen es decidida, firme y clara, se le notan las tablas y el buen pulso, y su estupendo sentido del humor pone la guinda del pastel. A destacar también, en este tiempo de traducciones robóticas y ausencia de corrección, el magnífico trabajo de la traductora Núria Salinas y el cuidado de los editores en procurar que no se pierda el buen estilo de la autora y la ausencia de erratas.
Lectora, perfecta para quienes echamos de menos el cozy mystery al estilo de Georgette Heyer.
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Un par de manos, de Monica Dickens
Monica acaba de volver de Nueva York y, ahora, Londres le parece soso y aburrido. Presa del hastío, piensa que la vida debe ser algo más que ir a fiestas con gente que ni siquiera le cae bien y decide que ha llegado el momento de buscar trabajo. La joven pertenece a una familia de clase alta, su educación ha transcurrido en los mejores colegios, pero no ha sido precisamente práctica. Descartadas las artes escénicas, para las que no tiene talento, y las casas de moda en donde pasan el tiempo algunas de sus conocidas, decide que lo suyo es la cocina y se presenta a los anuncios de empleo para servir como cocinera y/o doncella. Sus aventuras como sirvienta no van a aumentar su cuenta corriente demasiado, pero sí que resultarán una experiencia inolvidable.
«Seguro que la vida es algo más que ir a fiestas en las que no me divierto con gente que ni siquiera me cae bien. Qué existencia tan absurda esta de dejarse llevar con la esperanza de que ocurra algo que alivie la monotonía. Tengo que hacer algo que me saque de este hoyo. Y de pronto se me ocurrió: ¡Voy a buscar trabajo! Lo dije en voz alta y me sonó estupendamente, aunque mi perro no dio muestras de emocionarse demasiado.«

Monica Dickens (1915 – 1992), bisnieta de Charles Dickens, estudió arte dramático, trabajó como cocinera y doncella, como enfermera, en una fábrica de municiones y como reportera en un diario londinense, mientras escribía y publicaba novelas casi autobiográficas —y otras que no lo eran tanto—, que tenían el don de señalar, con humor e ironía, los sinsentidos de la sociedad inglesa de su época. Algunos críticos literarios dicen que si Un par de manos (1939) (una mirada cómica a la ridiculez de entender por separado los mundos domésticos de «abajo» y «arriba» en la Inglaterra de entreguerras) y Un par de pies (1942) (su experiencia como enfermera y trabajadora civil durante la Segunda Guerra Mundial) hubiesen sido firmados por un hombre, habrían sido reconocidos con mucha más justicia como los testimonios de una inconformista capaz de poner el dedo en la llaga cuando miraba alrededor y señalaba la ridiculez y la hipocresía estamental de su época.
Precisamente, eso es lo que más destaca de Un par de manos, la genialidad de la autora para dejar entre líneas una crítica de conciencia de clase, inteligente y aguda, con un excelente sentido del humor. Aunque se nota que es una primera novela, sobre todo en la pobreza de estilo y algunas frases vacilantes, la voz de Monica Dickens es clara y su retrato de las relaciones entre el servicio y los señores a finales de los años 30 del siglo pasado en Inglaterra es certero y contundente. El puesto de doncella y cocinera es, quizás, de los más esclavistas entre los anuncios de empleo doméstico pues conlleva el supuesto de que se va a servir en una casa de pocos posibles (no hay presupuesto para más servicio y solo una mujer debe cocinar y servir): sueldo bajo y exceso de trabajo. Tras su experiencia desafortunada en un puesto similar, la protagonista prefiere emplearse solo como cocinera o solo como doncella, tanto en casas de campo como en la ciudad, de todos los tamaños, para empleos temporales o de larga duración. Con agilidad y socarronería, narra las relaciones con sus empleadores y compañeros de servicio, evidenciando a menudo que la fina línea que los separa no es más que una convención social y que ella, con su educación y perspectiva de clase, es un claro ejemplo del divertidísimo sinsentido en el que a veces derivan las relaciones entre empleados y empleadores en el ámbito doméstico.
Lectora, una crítica al convencionalismo social con un genial sentido del humor.
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El castillo de Rackrent, de Maria Edgeworth
Thady Quirk lleva toda su vida al servicio del señor del castillo de Rackrent. A su anciana edad ya ha visto pasar a cuatro señores distintos, cada uno de ellos con su peculiar carácter y manera de administrar las tierras y el condado. Thady recuerda con cariño a sir Patrick, amigo de la fiesta y del buen beber, que se convirtió en Rackrent al heredar de su primo; al hijo de sir Patrick, el antipático sir Murtagh, abogado, obsesionado con pleitear por cualquier asunto, y a sir Kit, un joven combativo, ludópata y guerrero que pasó poco tiempo en la paz de sus tierras y escandalizó al condado con su elección de esposa. Al final de sus días, el honrado Thady asiste al ocaso del castillo y la estirpe de Rackrent junto a su último señor, sir Condy, que por la generosidad con la que maneja el ponche de whisky, le recuerda mucho a su primer señor, sir Patrick.
«Ella siempre tenía montones de hilo procedentes de los impuestos de los arrendatarios y con ellos se hacía la ropa blanca para la finca, desde la primera hasta la última pieza; después de ser hiladas por las tejedoras de la finca, mi señora se quedaba las piezas gratis, como consecuencia de los beneficios del Ministerio de Lino que mi señora obtenía para los telares (…). Con la mesa ocurría lo mismo, la mantenía por casi nada: las aves de corral, los pavos y los gansos procedentes de los impuestos llegaban tan pronto como podían ser comidos, porque mi señora observaba al detalle y sabía hasta la última cubeta de mantequilla que tenían los arrendatarios del contorno.«

Maria Edgeworth (1767 – 1849) vivió un tiempo en Irlanda, participando en la administración de la finca de su padre, terrateniente inglés. De aquella época y experiencia procede la inspiración para escribir El absentista (1812), pero fue en Irlanda donde escribió la que sería su primera novela corta, El castillo de Rackrent (1800). A lo largo del siglo XVII, la corona británica otorgó a la nobleza inglesa tierras en Irlanda con el propósito de que se controlara a la sociedad católica del país. Pero, a la práctica, la gestión de esas tierras en manos inglesas fue bastante espantosa: la mayoría de los terratenientes eran absentistas la mayor parte del año y las relaciones entre terrateniente y arrendatarios, a finales del siglo XVIII, era ruinosa y casi feudal. En El castillo de Rackrent, Maria Edgeworth refleja ese desastre administrativo que a menudo terminaba con terratenientes arruinados y con arrendatarios sumidos en la pobreza.
El castillo de Rackrent está narrado en primera persona por Thady Quirk, un anciano que lleva toda su vida al servicio del señor de Rackrent. Edgeworth consigue una voz narrativa genial poniéndose en la piel de un pobre sirviente analfabeto, muy observador y con un don para hablar de sus amos con una inocencia tan fingida que ronda la picaresca. El resultado es un relato lleno de sentido del humor y de sorna, con una retranca simpatquísima que no por ello deja de denunciar la injusta situación que vivían los arrendatarios irlandeses a finales del siglo XVIII. Aunque el tono de esta historia poco tiene que ver con el de Belinda (novela de 1801 con la que conocí a la autora), sigue sorprendiendo por el hábil manejo de Edgeworth de la prosa, de su inteligente sentido del humor y de una habilidad literaria que admiró a autores como sir Walter Scott o Jane Austen.
Lector, poco más de cien páginas para conocer a una autora genial. No te la pierdas.
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La familia Addams y otras viñetas de humor negro, de Charles Addams
Charles Addams (1912-1988) fue un dibujante norteamericano que desarrolló gran parte de su carrera profesional en The New Yorker como creador de las viñetas one-liner, es decir, los chistes gráficos con una sola línea de texto que estaban tan de moda en las revistas en la primera mitad del siglo XX. El humor (negro) de Addams se caracterizaba por su toque macabro, excéntrico y mórbido, pero también por sus guiños sutiles y, a menudo, de humor absurdo. Aunque su chiste más famoso es el de los dos esquiadores (1940), recogido en la página 37 de esta edición de Valdemar, en la colección de El club Diógenes, Charles Addams siempre será conocido por la creación de la familia más siniestra de la historia. La primera viñeta de La familia Addams apareció el 6 de agosto de 1938 en The New Yorker, con Morticia y Lurch. A medida que las viñetas se popularizaban, la familia fue creciendo con nuevos personajes, como Pugsley, Gómez o Miércoles, hasta que, en 1964, la cadena de televisión ABC, estrenó la primera comedia televisiva basada en sus personajes.

Valdemar recoge en esta edición de La familia Addams y otras viñetas de humor negro una pequeña antología de algunos de los cartoons one-liner más ingeniosos y representativos de la carrera de Charles Addams. Un poco bestia, inteligente y divertido, pero siempre tocado por ese espíritu macabro que lo caracterizaba, me recuerda a las magníficas historias de Edward Gorey que tanto nos gustan en casa a la adolescente (que ha devorado casi todos los relatos de Poe) y a mí. Lo recomiendo para incondicionales de la historia de The New Yorker, de La familia Addams y del humor peculiar bajo ala de cuervo.
Lectora, el oscuro encanto.
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