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Las brujas, de Roald Dahl

Es muy difícil distinguir a las brujas de las personas normales y corrientes porque saben camuflarse muy bien, pero hay algunos detalles que las hacen sospechosas: siempre llevan guantes para disimular sus garras, son calvas y por ello usan peluca, no tienen dedos en los pies y en el fondo de sus ojos puedes ver un pequeño fuego o un bloque de hielo. La abuela, que es noruega, sabe bien todas estas cosas porque es una estudiosa brujeril jubilada y, ahora que cuida de mí, me está convirtiendo en un experto. Si hay algo que odian las brujas es a los niños por eso suelen acabar con uno todas las semanas. Pero lo que menos podríamos imaginar la abuela y yo es que acabaríamos tropezando con toda una asociación de brujas de Inglaterra en nuestro hotel de vacaciones. Si eres un niño, te conviene estar atento a mi experiencia.

Las brujas es un cuento largo de Roald Dahl sobre un niño y su abuela en plena lucha contra las malvadas hechiceras del título. Divertido, ingenioso y escrito desde la perspectiva de un niño de ocho años, Dahl regala al lector de todas las edades una aventura única que se disfruta desde principio a fin y que siempre sabe a poco. La prosa del autor, colorida, sumamente expresiva, enérgica y tan versátil para describir con realismo situaciones mágicas, siempre seduce por su sincera simplicidad y su desbordante imaginación. El eje central de la historia, sin embargo, no es el miedo o el odio de las brujas, sino el hermoso e indestructible vínculo de amor de una abuela y su nieto, capaz incluso de pasar por el cambio de especie. Destaca la facilidad de Dahl para recrear atmóferas y relaciones cálidas y extraordinarias. En definitiva, una historia estupenda narrada con el sello personalísimo de Dahl y totalmente en la línea de su mejor ingenio y encanto británico.

He acompañado esta relectura del clásico con su adaptación en novela gráfica de Penelope Bagieu, publicada también por Anagrama en mayo de 2020. Maravillosa.

Por si acaso, lector, no fueras a necesitarla, te dejo aquí la receta de la Fórmula número 86: Ratonizador de Acción Retardada:

Un telescopio del revés cocido hasta que esté tierno (porque la mejor manera de hacer pequeño a un niño es verlo a través de un telescopio al revés).
El rabo de 45 ratones pardos fritos en aceite para el pelo hasta que estén crujientes
Los 45 ratones cocidos en jugo de rana
Un despertador asado en el horno hasta que esté crujiente (para conseguir el efecto retardado)
La yema de un huevo de pájaro gruñón
La garra de un cascacangrejos
El pico de un chismorrero
La trompa de un espurreador
La lengua de un saltagatos
Pasar todo por la batidora

Lector, no importa lo muy adulto que te consideres, abrir este libro es sumergirte en una aventura tan extraordinaria que te hará olvidar los años.

También te gustará: La última oportunidad; Benny y Omar; Airman; James y el melocotón gigante

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Las brujas (en papel)
Las brujas (para Kindle)

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¡Gracias, Jeeves!, de P. G. Wodehouse

Una poderosa vena musical se ha apoderado de Bertie Wooster, que no puede dejar de tocar el banjo a todas horas. Como sus vecinos londinenses le han amenazado seriamente, Jeeves le propone que alquile una casita en el campo, pero le advierte de que si insiste en seguir practicando con ese demencial instrumento se verá en la lamentable obligación de abandonar su servicio. El ingrato de Bertie no duda un instante en escoger al banjo y largarse con viento fresco a la saludable campiña inglesa donde su amigo Chuffy le alquila una pequeña casa cerca de su mansión. Pero si el músico aficionado esperaba disfrutar de largas tardes de paz y soledad anda muy equivocado: Chuffy ha dado alojamiento a papá Stoker, un americano que quiere comprar la mansión, a su insoportable hijo menor, a su bella hija mayor, que había estado prometida brevemente a Bertie en Nueva York, y al doctor Glossop, un afamado psiquiatra que tildó de loco a Bertie y dio al traste con su compromiso. Para enredarlo todo todavía más, Jeeves ha empezado a trabajar como mayordomo en la mansión, el sobrino de Chuffy y el hermano de la señorita Stoker se llevan a matar y la tía de Chuffy ha decidido casarse con el doctor Glossop.

«—Pues me encuentro en el más angustioso de los apuros, Jeeves. Para empezar, descubrí que el agua y el jabón no sirven para quitarse esta porquería de la cara.
—No, señor. Hubiera debido informarle de que la mantequilla es un sine qua non.
—Pues estaba a punto de echarle mano a la mantequilla cuando Brinkley (mi sirviente, como usted sabe) se presentó de repente y le pegó fuego a la casa.
—Muy lamentable, señor.
—La expresión «muy lamentable» resulta un tanto modesta, Jeeves.«

P. G. Wodehouse es un autor que no necesita presentación en Serendipia, ya sabéis que es uno de mis preferidos de todos los tiempos y que su humor, sus diálogos rápidos, sus tramas de múltiples enredos y su prosa me encantan. Como llevo unos días que no logro concentrarme en ninguna de las lecturas que tengo pendientes, he pensado que no estaría de más un poquito de terapia con Jeeves y Bertie Wooster. Y aunque es cierto que este ¡Gracias, Jeeves! no me ha parecido el mejor título de la saga del incomparable mayordomo, sí que me lo he pasado tan bien como sospechaba.

En ¡Gracias, Jeeves! Wodehouse vuelve a jugar la baza de la apacible campiña inglesa que no es tan apacible cuando aparece por allí Bertie Wooster y sus chaladuras. Hay enredo amoroso, peleas dialécticas, un criado muy loco, policías metomentodo, una banda de jazz itinerante y el habitual choque cultural entre norteamericanos e ingleses (el autor vivió y trabajó algunos años en Nueva York y sabe sacarle partido). Esta vez, he recurrido a la edición de Anagrama de 2010, en dos tomos, de Ómnibus Jeeves, donde se recogen las novelas más insignes de este par de dos. Muy recomendable si necesitas un respiro.

Lector, que los clásicos te acompañen.

También te gustará: Guapo, rico y distinguido; Luna de verano; Jovencitos con botines

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Ómnibus Jeeves: Tomo I

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Rojo y en botella, de Sergi Escolano

Desde los Acuerdos de Albacete, vampiros y humanos viven en paz, pero separados. Nueva Transilvania, la ciudad vampírica, es una smart city limpia, agradable, culta, ecológica, sostenible y con un índice de criminalidad inexistente. Vetusta, donde viven los humanos, es ruidosa, sucia e insegura. Por eso, cuando un vampiro aparece asesinado con una estaca en el corazón, el cuerpo de policía de Nueva Transilvania decide pedir ayuda a sus experimentados colegas de Vetusta. Por un incomprensible error, en lugar de asignar a su mejor agente, los humanos envían al calamitoso Julián Van Helsing, con un historial de cero casos resueltos y mucha inquina contra vampiros, licántropos y zombis. Julián y Rebolledo, el compañero del vampiro asesinado, inician una disparatada investigación que los llevará hasta los bajos fondos de un karaoke interracial tras la pista —o no— del asesino que amenaza con desestabilizar la campaña electoral de Nueva Transilvania.

«—Bueno, basta. No hace falta que me recordéis mi historial. Ya lo hace el capitán Álvarez constantemente. Me han asignado el caso a mí y pasado mañana me voy a Nueva Transilvania hasta que lo resuelva.
—O sea, para siempre —sentenció Jennifer.«

Me gustan las novelas de vampiros, siempre que no den demasiado miedo, pero lo que no sabía es que llegaría a reírme tanto con una. No había leído nada de Sergi Escolano y confieso que me llevé la novela porque Antonio Torrubia me dijo que había escrito el prólogo y lo había «estacado» en 666 palabras justas, y porque si compraba su prólogo me llevaba gratis la historia encuadernada a continuación. No he contado las palabras del prólogo del Librero del Mal, pero me ha parecido una introducción perfecta de lo que el lector encuentra a continuación: una novela humorística policíaca de vampiros (disculpad, pero desconozco en qué género se etiqueta). Lo que no sé es si Escolano volverá a hablarle a su prologuista.

El humor de Rojo y en botella, sin caer ni un solo instante en lo soez, no tiene nada de sutil y está muy alejado de ese toque irónico y sarcástico british que suelo traer por el blog. Es un humor directo, que se equilibra muy bien en los juegos de palabras, en la sátira político-social, y en otra vuelta de tuerca a los guiños de referencia del bagaje musical, cinematográfico y literario de Sergi Escolano. La gracia es que Escolano mantiene muy bien el pulso de una narración que descansa casi en su totalidad en unos diálogos divertidos, plagados de chistes y de barbaridades sobrenaturales, que caracterizan muy bien a cada uno de los personajes y hacen avanzar la acción con fluidez. Escenas como la del forense vampiro que nunca ha visto un cadáver enfrentándose a su primera autopsia, el encuentro en el karaoke interracial, la persecución en la celebración de la noche del orgullo licántropo, o Jennifer en su nuevo instituto son desternillantes.

Rojo y en botella funciona porque el autor no solo se limita a parodiar otras novelas y personajes, sino que sabe mezclar muy bien los ingredientes de su trama de suspense, de crítica social y antihéroes con la diversión espontanea de un chiste sobre estacas y no-muertos. Aunque Van Helsing podría considerarse el héroe (casi)trágico de la historia y su tandem con Rebolledo el contrapunto hilarante de una buddy movie, lo cierto es que es el conjunto lo que mantiene la sonrisa del lector. Con una prosa fluida y directa, y unos personajes tremendamente humanos pese a su condición sobrenatural, Sergi Escolano nos ofrece en Rojo y en botella la novela de vampiros, policías y despropósitos más divertida que probablemente hayas leído nunca en castellano.

Lector, no te la pierdas.

También te gustará: Humor fantasmal; Criaturas; Abadía pesadilla; Buenos presagios; Un trabajo muy sucio 

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Criaturas, de Harvey, Bierce, Wells, Jacobs, Poe, Benson, Bellamy y Jerome

Una mano poseída por la escritura automática. Una serpiente terrorífica bajo la cama. La polilla que zanjó un notable antagonismo científico. Una serpiente marina gigante muy cariñosa. Los victorianos y su moda de desenrollar momias parlantes. Un niño con poderes telequinéticos y premonitorios que debe ganarse la vida para continuar estudiando en Eton. Esos locos primeros robots domésticos. Y una pareja de baile que da mucha grima. Esta es la punta del iceberg de los relatos clásicos de esta antología de Criaturas, un resumen casi taquigráfico de ocho cuentos de terror con un toque humorístico, en la estela de Humor fantasmal.

«Mientras caminaba hacia proa vio a Joe asomándose a babor para ver a la serpiente marina.
—¿Qué diablos estás haciendo? —gritó el capitán— ¿Qué significa esto?
—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó Joe.
—¡Estás aquí enseñando tu fea cara a babor y asustando a mi serpiente marina! —rugió el capitán— Ya sabes lo fácil que es espantarla.
—¿Asustando a la serpiente marina? —dijo Joe, temblando y volviéndose pálido.
—Muchacho, si veo otra vez esa cara tuya fueraborda, me encargaré yo mismo de añadirle un ojo morado.«

Hace un tiempo disfruté de la antología de relatos Humor fantasmal, de Editorial la Fuga, y descubrí su colección En serio, de la que me declaro entusiasta. Por eso, cuando encontré  Criaturas, en las estanterías de la librería Gigamesh, no dudé en llevármelo a casa y ha sido todo un acierto. Tres autores norteamericanos (Ambrose Gwinnet Bierce, Edgar Allan Poe y Elizabeth Bellamy) y cinco británicos (William Fryer Harvey, H. G. Wells, William Wymark Jacobs, E. F. Benson y Jerome K. Jerome) ponen su guiño más divertido y escalofriante en estos relatos monstruosos.

Me ha encantado la historia que abre la antología, Una bestia de cinco dedos, de Harvey, por su excelente ambientación, su sentido del humor y ese puntito terrorífico tan bien conseguido. Aunque, en mi opinión, el relato más divertido es Bellezas rivales, de Jacobs, reconozco que Una charla con la momia, de Poe, me ha sorprendido precisamente por el tono humorístico de un autor al que solo conocía en registros de misterio y terror, es decir, que al ser Poe no me esperaba una escena tan genial como la de una momia del antiguo egipcio chuleando a un grupo de científicos del siglo XIX. E. F. Benson sigue su sarcástica línea de Reina Lucía, los autómatas de la señora Bellamy me han parecido la repera y Jerome K. Jerome se queda un pelín deslucido al olvidarse de su desternillante prosa para ponerse misterioso. Y, sin duda, el gran hallazgo ha sido La polilla, un clásico de H. G. Wells que reconozco no haber leído hasta la fecha y que me ha parecido merecedor de la fama de su autor.

Lector, una antología de humor y terror perfecta para cuando no tenemos mucho tiempo para leer seguido sin renunciar a los clásicos.

También te gustará: Humor fantasmal; La tienda de los suicidas

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Criaturas

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Shakespeare, de Bill Bryson

Dice Bill Bryson que su voluntad en este libro es recoger todo lo que se sabe sobre la vida de William Shakespeare, sin suposiciones ni invenciones, y que por eso le ha quedado tan corto. Solo existen tres imágenes que supuestamente representan al bardo de Stratford: el retrato Chandos, que fue el primer retrato que compró la National Portrait Gallery de Londres, el grabado del First Folio, que apenas parece una caricatura, y el busto pintado de la iglesia de Santísima Trinidad de Stratford Upon-Avon, que un loco decidió pintar de blanco y otro lo restauró al estilo del ecce homo de Borja. Los tres retratos podrían ser falsos, verdaderos o inexactos, y es que toda la biografía de William Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas (la mayoría muy chifladas). Sin embargo, tanto misterio no es nada extraño si tenemos en cuenta que apenas sabemos mucho más del resto de autores ingleses de su época, y que el incendio de Londres de 1666 destruyó muchísimos documentos. Tenemos sus obras gracias a que Henry Condell y John Heminges, compañeros de Shakespeare y los últimos integrantes de los Lord Chamberlain’s Men, las compilaron en el First Folio al poco de su muerte. Aunque tras su defunción no perdió del todo la estima del público, lo cierto es que la fama de Shakespeare estaba muy por debajo de otros dramaturgos de su época, y las obras de teatro isabelinas y jacobinas fueron cayendo en el olvido a medida que pasaban los años. Hasta el siglo XVIII no se recuperó su prestigio y, entonces, ya era demasiado tarde para escribir una biografía fidedigna pues todos quienes le habían conocido en persona habían desaparecido.

«El genio de Shakespeare no se centraba en los hechos, sino en la ambición, la intriga, el amor, el sufrimiento, cosas que no se enseñan en la escuela. Poseía una inteligencia asimilativa que le permitía reunir un montón de fragmentos de saber dispersos, pero nada indica que sometiera a sus obras a un riguroso trabajo intelectual, a diferencia de, pongamos por caso, Ben Jonson, que hace flamear su erudición en casi cada palabra. Nada de lo que escribe Shakespeare revela un gran conocimiento de Tácito, Plinio, Suetonio y otros que fueron determinantes para Jonson o que Francis Bacon trataba con absoluta familiaridad. Lo cual es bueno —e incluso muy bueno—, porque sin duda habría sido menos Shakespeare y más dado al lucimiento si hubiera tenido más lecturas.«

Me estrené con Bill Bryson con Un paseo por el bosque y quedé prendada de su sentido del humor y de lo bien que compendia conocimiento histórico y científico. Como padezco de acusada bardolatry desde que tengo memoria, me compré su librito de Shakespeare y ahí lo tenía, esperando turno en la estantería, hasta que mi amiga Isi, que está estudiando literatura inglesa y anda en liza con el bardo de Stratford, me propuso leerlo al alimón. Nos lo hemos pasado en grande descubriendo lo chiflados que están casi todos los estudiosos de Shakespeare y la de teorías descabelladas que se han montado sin ninguna evidencia alrededor de su vida y su obra.

Sin duda, es una paradoja que el autor más conocido del mundo sea el más desconocido. Shakespeare padecía de anatropismos y anacronismos en casi todas sus obras, pero acuñó expresiones nuevas que han llegado vivas a nuestros días —como «exhalar el último suspiro», por ejemplo—, una décima parte de las frases hechas en inglés son de su autoría, y le dio más garra al idioma inglés incorporando en sus textos unos 2.000 neologismos, de los cuales siguen utilizándose unos 800. Dramaturgo isabelino y jacobino, actor y director teatral, poeta y copropietario de The Globe, no tenía estudios superiores y no sabemos si pudo viajar, pero fuese quien fuese William Shakespeare cuatro siglos después de su muerte seguimos disfrutando de su genialidad.

Lector, un libro muy divertido con el que desmontar todas las tonterías que se han escrito sobre Shakespeare.

También te gustará: Un paseo por el bosque; Jane Austen en la intimidad; El sabor de las penas

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