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El pueblo que votó que la tierra era plana, de Rudyard Kipling

Cuatro amigos circulan por una carretera comarcal cuando son detenidos y multados injustamente por un agente de policía a sueldo de sir Thomas Ingell, baronet de Huckley. La estafa es tan evidente que los amigos deciden vengarse del pueblo, del policía y del baronet echando mano de su pericia profesional: tres de ellos son periodistas y, el cuarto, miembro de la Cámara de los Comunes. Con ayuda de un reputado director teatral y sus actores, ponen en marcha una alocada historia que llevará a la fama al pueblecito de Huckley por toda una serie de noticias rocambolescas y desternillantes.

«Llenó Huckley de carteles en tres colores «banquete anual de Geoplanistas«. Quería que en Huckley pensaran que se trataban de aeroplanos. Sí, ya sé que existe una auténtica sociedad que piensa que el mundo es plano (y deberían estarnos agradecidos por la publicidad), pero Bat puso de su cosecha.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, Capitanes intrépidos o El hombre que pudo reinar, entre otros. Kipling nació en Bombay, se educó y trabajó en Inglaterra y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven en conseguirlo, y dedicó gran parte de sus últimos años en viajar con su esposa.

Kipling publicó El pueblo que votó que la tierra era plana en 1917, seguramente inspirado por sus anécdotas periodísticas en Inglaterra. Se trata de una sátira muy divertida, ambientada en una comunidad pequeña, sobre el abuso de poder de jueces, aristócratas y políticos,  y el sinsentido en el que a veces se convertía tanto la Cámara de los Comunes como la poca rigurosidad de la prensa amarilla. A ritmo vertiginoso de comedia y con banda sonora de cabaret, tres periodistas, un joven parlamentario y un director teatral se inventan toda una narrativa delirante sobre un pueblecito rural que lleva a los lectores al borde de la carcajada. Una historia breve y tan divertida como La sociedad secreta de Jane Austen, pero sin el poso de terrible tristeza de un autor que todavía no había perdido a su hijo en la Gran Guerra. La edición de Avenauta, con ilustraciones de El Marqués y traducción de Victoria León, es una maravilla.

Lectora, un sorbito de Kipling de lo más loco y divertido.

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Arsénico por compasión, de Joseph Kesselring

Martha y Abby Brewster son dos ancianas, muy queridas en el vecindario por su simpatía y generosidad, que viven en la casa familiar de Brooklyn, junto al cementerio, y cuidan de su sobrino Teddy, que se cree el presidente Theodore Roosevelt. Como disponen de una habitación libre, de vez en cuando entrevistan a algún caballero como posible inquilino y se preocupan por poner fin a su triste soledad. Pero cuando su sobrino Mortimer, el hermano de Teddy, las visita una noche de camino al teatro y encuentra un cadáver en el arcón de la salita, empieza a comprender que la historia familiar es más excéntrica de lo que siempre había creído: sus adorables tías son unas eficaces envenenadoras. Preocupado por las encantadoras ancianas y por su propia salud mental, Mortimer intentará solucionar el terrible entuerto. Aunque no es fácil encontrar un momento de sosiego para pensar con claridad en casa de las queridas Brewster.

«MORTIMER: Tía Martha, nadie se mete en un arcón y se muere sin más.
ABBY: Qué tonto. Claro que no, se ha muerto antes.
MORTIMER: Pero, ¿cómo?
ABBY: Ay, Mortimer, no seas tan preguntón. El caballero ha muerto por beber un poco de vino envenenado.«


Hoja de lata
Febrero 2025
Traducción de Raquel García Rojas
160 páginas
EAN: 979-13-87554-03-3

Joseph Kesselring (Nueva York, 1902 – 1967) fue un dramaturgo estadounidense conocido por su obra teatral Arsénico por compasión (1939), que fue todo un éxito en Broadway y se mantuvo en cartel casi cinco años consecutivos desde la fecha de su estreno. Inspirada en la exitosa novela de Myrtle Reed, Lavender and Old Lace (1902), fue llevada al cine por Frank Capra en 1944 —el director esperó a estrenar la película hasta que la obra teatral se bajó del escenario en Broadway— e interpretada por Cary Grant, en el papel de Mortimer, y por las actrices Josephine Hull y Jean Adair —que interpretaban a las adorables ancianitas en la obra teatral original— como las hermanas Brewster. John Alexander (Teddy) también se incorporó al reparto cinematográfico en su mismo papel; en cambio, Boris Karloff, que interpretaba a Jonathan Brewster en el teatro, no pudo saltar a la adaptación a la gran pantalla por cláusulas de contrato y producción. El guion cinematográfico corrió a cargo de Julius y Philip Epstein, guionistas de películas tan insignes como Casablanca (1942), que supieron respetar y resaltar el ingenio del magnífico texto de Kesselring.

Para nuestro deleite, Hoja de lata recupera en castellano esta joyita de humor macabro en tres actos, con excelente traducción de Raquel García Rojas y con el simpático y cuidado diseño de Iván Cuervo y Trabayadores Culturales Glayíu. Arsénico por compasión es una comedia de enredo con tintes de humor negro, que destaca por su buen ritmo sobre el escenario, un punto de suspense y diálogos rápidos, brillantes, tocados por el ingenio y una sutil ironía. Si bien la cuestión principal de la obra, que origina hilarantes equívocos, es el descubrimiento por parte de su sobrino de la «obra social» de las dos ancianitas, Kesselring añade con acierto la locura del personaje de Teddy —otorgando a la historia un punto absurdo bien aprovechado por las Brewster—, el toque romántico de la guapa vecina enamorada de Mortimer y la trama delictiva de un falso Boris Karloff. El resultado es una pieza divertidísima y excéntrica, tocada por el sutil encanto de la literatura de humor de su época, que ha conservado con mucha frescura su originalidad e ingenio.

Lectora, un adorable clásico teatral con una pizquita de arsénico.

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Vamos a morir todos, de Emily Austin

Gilda tiene veintiocho años, tiene novia y cada semana visita las urgencias del hospital preocupada por si está sufriendo un ataque de corazón. La han despedido de la librería en donde trabajaba, ha sufrido un accidente de coche y sospecha que su hermano es alcohólico y que sus padres están haciendo la vista gorda para no enfrentarse al problema. Consciente de que su tristeza empieza a ser abrumadora, busca apoyo en un grupo de terapia, pero por un malentendido termina trabajando para una iglesia católica, saliendo con un coach motivacional, buscando desesperadamente a un gato perdido y contestando los correos de una anciana fallecida mientras intenta averiguar quién la mató. Gilda quiere que los demás sean felices, quizás porque sospecha que para ella es imposible, pero sobre todo tiene miedo de no encontrarle ningún sentido a la vida.

«Por la noche, en invierno, siempre busco ventanas iluminadas con las cortinas abiertas. Me gusta ver las casas de la gente por dentro. Miro qué hay puesto en la tele. Miro los muebles. Incluso cuando tienen puesto un canal aburrido o cuando la casa está llena de muebles feos y viejos, siempre me dan muchas ganas de meterme ahí dentro.«

Emily Austin es una periodista y escritora canadiense, referente en la literatura queer contemporánea. Vamos a morir todos es su primera novela, un debut notable que le valió la nominación a varios premios de prestigio y le concedió la medalla del humor Stephen Leacock. Me ha parecido una novela muy original, sincera y llena de ternura, sobre la tristeza y la salud mental de las mujeres jóvenes. Me ha recordado a algunas de las novelas de Marian Keyes o Maria Semple en las que las autoras escriben sobre su propia experiencia con la depresión.

Vamos a morir todos es una historia que se empieza con una sonrisa en los labios y se termina con alguna que otra lagrimilla y un ay en el corazón. La pluma de Emily Austin es ligera y sincera, precisa, de frases cortas, que trasmite a la perfección pensamiento y emoción. La novela está narrada en primera persona por su protagonista, Gilda, una mujer joven presa de una profunda depresión. Al principio de la historia, la autora juega con el sentido del humor y la sinceridad de su personaje para presentarnos a Gilda, y todo sucede a tan buen ritmo y con tanta gracia que el lector cree estar en una comedia contemporánea… hasta que comprende qué le sucede a Gilda. A partir de ese punto de comprensión, el ritmo de la narración se precipita en la tragicomedia, conmoviendo al lector y manteniéndolo en vilo hasta un final lleno de esperanza. Me ha parecido un camino original y honesto para contarnos otra faceta de la depresión, tan realista que probablemente su autora lo haya conocido de primera mano. Pese a los tintes de comedia, la novela es respetuosa, sincera y muy recomendable para quienes se creen solos cuando se enfrentan a la extraña futilidad de nuestra existencia.

Lectora, una novela distinta, conmovedora y muy actual.

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Los otros Sherlocks Holmes, de varios autores

En esta antología de Alba Editorial, selección de Pablo Muñoz, se recogen relatos clásicos, escritos por distintos autores —algunos coetáneos de sir Arthur Conan Doyle—, en los que aparece el famoso detective Sherlock Holmes. J. M. Barrie (1860 – 1937), Mark Twain (1835 – 1910), P. G. Wodehouse (1881 – 1975), Maurice Leblanc (1864 – 1941), O. Henry (1862 – 1910), Enrique Jardiel Poncela (1901 – 1952) o Ellery Queen (seudónimo de F. Dannay (1905 – 1982) y M. Bennington Lee (1905 – 1971)), entre otros, son algunos de los autores que rinden su más personal homenaje a la creación de Doyle, aunque no siempre desde la admiración y el cariño, todo hay que decirlo.

«Pero los experimentos, sir, ¡los experimentos que hacía en la casa de Baker Street! Por ejemplo, el día en que se puso a analizar todos los tipos de ceniza de cigarros puros. En cinco días nos fumamos los dos cuatrocientos cigarros: ¿se imagina el estado del organismo humano después de semejante despropósito? Las habitaciones estaban tan llenas de humo que cuando abrimos las ventanas salieron unos nubarrones enormes. Los transeúntes creyeron que se trataba de un incendio y llamaron a los bomberos, y, solo después de que nos ahogaran en un río de agua a nosotros y también los ceniceros que con tanto esfuerzo habíamos reunido, se descubrió el error.«

Me han encantado los relatos de J. M. Barrie, muy divertidos, de buen rollo y escritos desde el cariño y la complicidad que Barrie y Doyle compartían. Se nota que los dos autores mantenían una sólida amistad y que se apoyaban cuando alguna crítica los ponía a caer de un guindo. Sin embargo, y para sorpresa de todos quienes hemos leído alguna vez Tom Sawyer, el relato de Mark Twain es desagradable, cruel y con muy mala leche. Su premisa argumental tiene un punto de sordidez y su desarrollo es poco absurdo. El odio que destila hacia Holmes no me parece propio de un escritor que siempre se caracterizó por su sentido del humor y su encanto. También muy desagradable me ha parecido el de Francis Brett Hart. Pero para compensar, atención al relato más breve y simpático de este libro, el de Sadie Shaw, una alumna de séptimo de primaria de Mineápolis, y al magnífico y respetuoso encuentro que Maurice Leblanc nos regala entre el gran Sherlock Holmes y el no menos grande Arsène Lupin, en una aventura legendaria con un toque de romanticismo muy chic. Por no mencionar la deliciosa obrita de teatro humorístico que se marca P. G. Wodehouse con su estilo inimitable.

También a destacar el relato de Frans Oskar Wagman (1849 – 1913), que nos ofrece con bastante sentido del humor y simpatía, a través de la amable y cariñosa mirada del doctor Watson, un poco de la vida cotidiana de Sherlock. O los relatos de Enrique Jardiel Poncela, tan imbuidos de su humor alocado y un poquito surrealista, que ya se acercó a la figura del gran detective en su novela Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull. También muy sana la competencia que nos ofrece el relato de Ellery Queen entre su detective neoyorkino y el gran Holmes (con carta de admirador y solicitud de autógrafo incluida, dando un toque muy bonito al conjunto). En esta antología de Los otros Sherlocks, veremos al detective en Varsovia, en la campiña francesa, o en Copenhague, viviendo aventuras —más o menos afortunadas— en lugares tan distantes a su Londres como el salvaje oeste durante de la fiebre del oro o las peligrosas estepas siberianas. Un libro muy curioso, que no conocía hasta que MH de Las inquilinas de Netherfield me lo recomendó, que me ha sorprendido y me ha gustado muchísimo. Si bien es cierto que algunos relatos me han aburrido o me han parecido crueles, por el contrario, la mayoría de ellos me han resultado geniales, conmovedores homenajes, no exentos de sentido del humor pero también de ternura, a los personajes más célebres de sir Arthur Conan Doyle.

Lectora, una antología curiosa, divertida y conmovedora, a cargo de la pluma de grandes autores sobre el personaje más famoso de sir Arthur Conan Doyle.

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La piedra de la castidad, de Margery Sharp

Durante las vacaciones de verano de 1938, el profesor Isaac Pounce se traslada con su cuñada, su sobrino Nicholas y la enigmática señorita Carmen Smith a la pequeña aldea de Gillenham para investigar la antigua leyenda de la piedra de la castidad. Según fuentes victorianas, se trata de una piedra pasadera sobre la que resbalan y caen al agua aquellas mujeres que intentan cruzar el río y que han sido infieles a sus maridos o que no han llegado vírgenes al matrimonio. En cuanto las vecinas de Gillenham empiezan a recibir los cuestionarios del profesor y se las convoca a una prueba práctica, la indignación, la confusión y la incredulidad contra los Pounce crecen exponencialmente. Quizás no es el mejor verano para que el joven Nicholas dé sus primeros pasos románticos, para que Carmen Smith defienda su profesión o para que la señora Pounce por fin sea escuchada, pero el profesor no va a marcharse de Gillenham sin demostrar las propiedades sobrenaturales de la maldita piedra.

PRUEBA DE CASTIDAD

El próximo sábado, a las doce del mediodía, tendrá lugar una prueba de castidad en el arroyo Bowen. Cualquier dama que desee participar puede anotar su nombre a continuación. La colaboración es gratuita. Cabe destacar que todas las participantes estarán contribuyendo a un valioso experimento científico y su cooperación es muy bienvenida.
Dios salve al rey
(firmado) ISAAC POUNCE
La vieja casa señorial

Margery Sharp (1905-1991) fue una escritora y dramaturga inglesa, famosa por la serie infantil Los rescatadores y por comedias sociales como Una tarta de rododendros (1930),  El árbol de la nuez moscada (1937), adaptada al cine como la comedia romántica estadounidense Julia Misbehaves (1948), o Cluny Brown (1944), que fue llevada a la gran pantalla por Ersnt Lubitsch en 1946. Sharp publicó La piedra castidad en 1940, pero, al igual que Cluny Brown, la historia está ambientada en 1938. Esta vez, la autora prescinde de su habitual mirada crítica sobre los cambios sociales en la época de entreguerras y se centra en el protagonismo de las mujeres de una pequeña comunidad rural inglesa que ven amenazado su status moral. Sutil y socarrona, Sharp nos invita de nuevo a leer entre líneas para disfrutar plenamente de esta alocada historia en la que un científico recalcitrante pone patas arriba la tranquilidad de la campiña.

La piedra de la castidad es una comedia social divertidísima sobre cómo las mujeres de una pequeña comunidad saben sacarle el mejor partido posible incluso a las leyendas misóginas más rocambolescas. Margery Sharp, con su inteligente sentido del humor y muy consciente de la época en la que escribe y publica, contrapone el mundo académico al folclore rural para reírse con mucho cariño de ambos, a la vez que construye todo un magnífico elenco de personajes femeninos de lo más singular. Con la prosa ágil y precisa de Sharp y su habilidad para embarrar a Nicholas y a Isaac en escenas desternillantes, La piedra de la castidad es una historia sobre el sinsentido de analizar científicamente las leyendas, el misterio de la felicidad conyugal, el equilibrio de poderes en las pequeñas comunidades de entreguerras y la hipocresía moral de seguir juzgando a las mujeres incluso a través de lo sobrenatural. Como muy acertadamente apuntan los editores de Hoja de Lata en la contracubierta de esta edición, probablemente se trate de la comedia más ingeniosa y absurda de Margery Sharp. Y respecto a las referencias a Stella Gibbons, P. G. Wodehouse o de los Monty Python, me animo a añadir Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare.

Lectora, una de mis recomendaciones favoritas de este verano.

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