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El río del Francés, de Daphne du Maurier
Cuando el verano llega al sofocante y atestado Londres de Carlos II, Lady Dona St. Columb se descubre hastiada de su vida ociosa y sinsentido. En un arrebato, se lleva a sus hijos a Navron House, en la costa de Cornualles, junto a la ría de Helford, dejando atrás a su marido. Allí, corriendo con el pelo suelto y descalza sobre la hierba fresca, observando las aves, jugando con sus pequeños y dando instrucciones al fiel William de no recibir visitas, por fin se siente a salvo de cualquier convención social, del escrutinio, la presión y el aburrimiento. A orillas del río, conoce a Jean-Benoit Aubéry, un noble francés que un día lo dejó todo atrás para hacerse pirata y que, desde entonces, capitanea La Mouette, un bergantín que a menudo atraca cerca de Navron House, con la complicidad de William, y se dedica al saqueo de la región. Dona se enamora perdidamente del pirata francés, pero también de la libertad de navegar, de seguir un rumbo propio, casi azaroso, del viento en el cabello, el sabor a sal en los labios, la aventura y el riesgo. Por primera vez en mucho tiempo y con su disfraz de grumete, Lady St. Columb no solo se siente libre sino también plena, auténtica y llena de vida.
«Comprendió que esta era la paz que ansiaba cuando se fue de Londres, la que había ido a buscar a Navron, pero también que solo había hallado una parte en los bosques, en el cielo, en la ría, y que lo que la completaba y redondeaba era estar con él, como en ese momento o cuando se le colaba en el pensamiento.«

Daphne du Maurier (1907 – 1989) fue una brillante escritora británica, nacida en el seno de una familia acomodada y culta que le proporcionó una sólida educación: su padre era agente teatral, su madre actriz, su abuelo guionista y dibujante, su tío periodista, y sus primos, los Llewelyn Davies, sirvieron de inspiración a J. M. Barrie para Peter y Wendy. En su bibliografía destacan títulos tan notables como La posada Jamaica (1936), Rebeca (1938), Mi prima Rachel (1951) o El chivo expiatorio (1957). Du Maurier publicó por primera vez El río del Francés en 1941, una novela atípica en su bibliografía, muy alejada del goticismo, de las atmósferas opresivas y del tenebroso suspense de novelas como Rebeca, Mi prima Rachel o La posada Jamaica, entre otras. El río del Francés transcurre en un verano luminoso, en una naturaleza apacible y benévola; la llegada de Dona a Navron House, por ejemplo, está tan llena de sosiego, belleza y armonía que resulta inevitable no notar el contraste con la llegada de la protagonista de Rebeca a Manderley (por compararla con la novela que la autora había publicado inmediatamente antes).
Puede que desde un punto de vista de complejidad de trama El río del Francés no esté a la altura de Rebeca o Mi prima Rachel, o quizás no sea tan redonda, pero la he disfrutado mucho; seguramente porque me encantan las novelas clásicas de aventuras y esta historia posee un toque romántico, sin duda, pero sobre todo ofrece una protagonista fascinante y una invitación a la aventura de piratas con un guiño marítimo muy coqueto a La pimpinela escarlata o a El prisionero de Zenda. Muy probablemente, la autora no tenía en mente ninguna de estas novelas —además, no se parecen en argumento ni personajes—, y su brillante estilo narrativo deja muy atrás a las dos, tanto en el tiempo como en su calidad literaria, pero ahí está el espíritu. Me ha sorprendido encontrar a una Daphe du Maurier tan llena de luz, tan optimista y dispuesta a dejarse llevar por la aventura.
Lejos de escenas truculentas o thrillers psicológicos, El río del Francés destaca porque es divertida —atención a los diálogos entre William y Dona, o al personaje de Godolphin y su peluca—, porque tiene momentos a lo Errol Flynn y porque su protagonista conquista desde los primeros capítulos; ¿quién no se ha sentido alguna vez hastiada de la rutina, atrapada en las convenciones sociales o en los corsés de género? La prosa de la autora es magnífica, brillante y precisa, extraordinaria en las descripciones y profunda en las reflexiones y los diálogos. Y aunque en esta ocasión prescinda de las atmósferas claustrofóbicas y envolventes, su estilo elegante y evocador se reconoce y se disfruta tanto como en el resto de su bibliografía. Se me antoja una novela distinta a la mayoría de sus obras más prestigiosas y reconocidas, pero la recomiendo para quienes deseen descubrir a una Daphne du Maurier aventurera, libre y luminosa.
Lectora, la libertad es sentir la brisa marina en el rostro levando anclas hacia el horizonte.
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El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling
Un corresponsal inglés, viajando en tren por la India colonial de la reina Victoria, se encuentra con un extraño compatriota que le pide que entregue un mensaje en clave de lo más inusual y sospechoso. A todas luces, se trata de un aventurero, un buscafortunas que con engaños y estafas intenta ganarse la vida fuera del ejército en tiempos difíciles y en un país convulso. Tiempo después, cuando ya se ha establecido como editor de un diario de provincias, vuelve a encontrarse con el estafador, esta vez, acompañado por su socio. Dicen llamarse Peachey T. Carnehan y Daniel Dravot, tienen un contracto en el que se prohíben el alcohol y los amoríos y se proponen una misión muy concreta: convertirse en los reyes de Kafiristán, una remota región siempre en pie de guerra y de difícil acceso.
«—No estamos borrachos ni tenemos una insolación (…). Le hemos concedido a esta idea las horas de sueño de medio año. Necesitamos libros y atlas porque hemos decidido que solo existe un lugar en el mundo en el que dos hombres fuertes pueden hacer un Shar-a-whack. Lo llaman Kafiristán. Según mis cálculos, es la esquina superior derecha de Afganistán, a no más de quinientos kilómetros de Peshawar. Allí tienen treinta y dos ídolos paganos. Nosotros seremos el treinta y tres.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, o Capitanes intrépidos, entre otros. Hijo de un militar destinado en la India victoriana, Kipling nació en Bombay, se educó en Inglaterra, trabajó como periodista en diversas redacciones de la India, y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven y el primer escritor británico en conseguir el galardón. Publicó por primera vez El hombre que pudo reinar en 1888, cuando trabajaba como redactor en el periódico The Pioneer, en el sur de la India, situación que se refleja en dicho relato. Kipling, a diferencia de otros autores de su época como Robert Louis Stevenson o Jack London, que criticaron con firmeza el colonialismo y la terrible calamidad de la civilización/cristianización sobre las poblaciones nativas, estaba convencido de «la carga de responsabilidad del hombre blanco» y creía que su deber, y el de todos los británicos en la India, era implementar la civilización occidental (en su caso, contribuir al desarrollo de la literatura y del periodismo locales).
He leído El hombre que pudo reinar en la magnífica edición que Nórdica Libros publicó en diciembre de 2015, por el 150 aniversario del nacimiento de Rudyard Kipling. La traducción es de Enrique Maldonado, cuyas notas a pie de página son las mejores que he leído en mucho tiempo, y está ilustrada por Fernando Vicente que, con delicadeza e intuición, consigue reflejar el tono, la intención y el fondo de los personajes y escenas de esta narración victoriana. Los editores de Nórdica Libros cuentan que esta novela corta, considerada de las mejores de Rudyard Kipling, se inspira «en las hazañas de James Brooke, un inglés que llegó a ser el primer rajá blanco de Sarawak, en Borneo, y en los viajes del aventurero estadounidense Josiah Harlan, a quien le fue concedido el título de Príncipe de Ghor a perpetuidad para él y sus descendientes«.
Narrado en primera persona, El hombre que pudo reinar da una visión de la India colonial victoriana en época del primer ministro Gladstone, de las redacciones de los periódicos locales que tan bien conocía Kipling, y de la locura de los aventureros británicos que una vez licenciados del ejército colonial parecían incapaces de integrarse en la aburrida vida civil. En un estilo que roza la crónica, aunque no exento de cierto sentido del humor, bien respaldado por el conocimiento del autor sobre el momento histórico y la geografía, resulta fascinante el retrato de los dos personajes protagonistas y de su periplo por reductos de Afganistán aislados de la intervención occidental. Se trata de una historia sorprendente e inusual, anterior a El libro de la selva (1894), Capitanes intrépidos (1897) o La sociedad secreta de Jane Austen (1923), aunque al igual que en esta última, ya destaca uno de los elementos que habría de formar parte de la vida de Kipling desde muy joven: su pertenencia a la masonería.
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Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson
Loudon Dodd y Jim Pinkerton, amigos y socios de negocios un tanto turbios, asisten a la subasta del Nube Volante, un navío naufragado cerca de la costa de las islas Midway. El plan es comprar los restos naufragados a bajo precio y viajar hasta allí para desmantelar el barco, revisar la carga, venderlo todo con ganancias y volver a San Francisco. Pero cuando aparece un misterioso rival y dispara el precio de compra del Nube Volante, Dodd y Pinkerton empiezan a sospechar que nada es lo que parece en ese naufragio. Convencidos de que el barco va cargado de opio, arriesgan todo su capital para hacerse con él, sin sospechar siquiera que están a punto de embarcarse en la aventura más siniestra y enigmática de sus vidas.
«Por otra parte, mi curiosidad corría pareja con mi inquietud. Deseaba ardientemente conocer la última palabra de aquella historia, por qué el capitán Trent me había parecido tan asustado, y por qué el cliente de Bellairs había huido a raíz de mi inocente pregunta. Me perdía en hipótesis que iban revelándose erróneas sucesivamente. Por fortuna, el misterio estimulaba mi valor.«

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) fue un escritor británico célebre por relatos como El misterioso caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde o espléndidas novelas de aventuras como La isla del tesoro o El barón de Ballantrae. Su obra, enmarcada en el postromanticismo, no solo influyó a sus escritores coetáneos (como, por ejemplo, Joseph Conrad o H. G. Wells) sino que perpetuó su presencia en autores y autoras de siglos posteriores. Aquejado de tuberculosis desde muy joven, el escritor viajó a menudo hacia climas que pudiesen beneficiarlo y estuvo viviendo un tiempo en San Francisco y Nueva York, pues su esposa, Fanny van de Grift, era estadounidense. Stevenson publicó por primera vez Los traficantes de naufragios en 1892, mientras el autor y su esposa navegaban por las islas del Pacífico Sur, lo que se refleja en esta novela de aventuras y misterio: San Francisco, Inglaterra, las Islas Midway y los océanos son escenarios que Stevenson conocía bien.
Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson, es una obra de madurez del autor. Refleja su experiencia como navegante, su curiosidad por las historias de misterio en el mar, corsarios, contrabandistas y tesoros perdidos, y su visión del momento que vivía Estados Unidos a finales del siglo XIX. Sus personajes, casi todos masculinos, se caracterizan por andar algo perdidos, por aprender de sus errores y por una orfandad que muestra el trasunto del cambio de siglo y de paradigma. Las amistades son leales, los negocios muy turbios (la especulación y las empresas no del todo legales me han parecido una causa económica muy significativa de lo que ocurriría en Estados Unidos apenas treinta años después), la maldad a menudo raya en la locura y el suspense se mantiene desde el primer capítulo hasta el último por obra y gracia del buen pulso narrativo de Stevenson, que va encajando las piezas del puzle sin hacerle trampas al lector. Una novela de viajes, marítima, de misterio, de aventura, con un personaje basado en la vida real de uno de los amigos del autor y un protagonista que va errado en sus hipótesis, pero que consigue desvelar el enigma del Nube Volante por pura curiosidad.
También te gustará: La isla del tesoro; El barón de Ballantrae; El misterioso caso del dr. Jeckyll y Mr. Hyde;
Corazón de acero, de T. Kingfisher
Halla es una viuda que acaba de heredar todas las propiedades de su tío político Silas, incluida una espada rarísima de la que sale Sarkis, un guerrero fantasmal que jura protegerla mientras sea portadora de su arma mágica. El problema es que Halla, en esos momentos, la única salida que le ve a su negro futuro es la muerte: su tía la ha secuestrado para obligarla a casarse con su primo Alver (el de las manos sudorosas) y quedarse con la fortuna de Silas. Como a Sarkis le parece una estupidez y un desperdicio, rescata a Halla de su confinamiento y se la lleva a la capital de Archenhold donde, tal vez, un viejo amigo de la familia y los sacerdotes del Templo de la Rata puedan a ayudarla a tomar posesión de su herencia sin que sus parientes intenten matarla, secuestrarla, casarse con ella, o las tres cosas a la vez. Ni Halla ni Sarkis esperan mucho de la vida o de la muerte, respectivamente, pero una aventura entre bandoleros, criaturas horripilantes, sacerdotes encantadores, paladines y un gnole y su buey está a punto de hacerlos cambiar de opinión.
«—Uno de los parece muy confuso —replicó Halla—. Y no voy a jurar que no soy yo. ¿Esto está ocurriendo de verdad? (…) ¿Cómo acabaste dentro de una espada?
—De la forma habitual.
—No tengo la menor idea de qué forma es esa.
—Una herrera-hechicera. Forjas la espada y la templas en la sangre de aquel a quien quieras encadenar.
—¿De verdad? ¿Cuánta sangre se necesita para eso? ¿Hay que usar sanguijuelas?«

Traducción de Cristina Mestre
Fecha Publicación: 6 de julio de 2026
408 páginas
ISBN: 978-84-18431-34-0
T. Kingfisher es el seudónimo de Ursula Vernon, una escritora estadounidense de novelas y cómics infantiles y juveniles. Sus obras se caracterizan por la fantasía oscura y un toque muy original e imaginativo para darle otra vuelta de tuerca a los cuentos de hadas más terribles. Hasta la fecha, he leído de la autora Guia màgia d’autodefensa amb galetes (con la magnífica traducción de Elena Ordeig Vila), que ganó en 2021 los premios Locus, Nebula, Dragon, Hugo Lodestar, Mythopoeic y Cóyotl, Què mou els morts y Què ens devora de nit (ambas con la maravillosa traducción de Marta Armengol): la primera, un impecable y original homenaje a La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe, que abre la saga de la teniente Alex Easton; la segunda, una aventura original de la protagonista que, al volver a su hogar, se encuentra con un terrible misterio sobrenatural.
Leí por primera vez Corazón de acero (Swordheart) en 2023, cuando Oz Editorial lo publicó con traducción de Cristina Mestre, y me enamoraron sus personajes colmados de bondad en un mundo fantástico con más sombras que esperanza. Con la estupenda excusa de que Oz acaba de reeditar Corazón de acero —revisada y con el diseño de cubierta original de la edición en inglés de T. Kingfisher— la he vuelto a leer estos días. Ha sido genial reencontrarme en este lugar confortable y divertidísimo, a salvo de las altas temperaturas de este verano.
Corazón de acero es una novela de fantasía que destaca por el encanto y el carisma de sus personajes protagonistas y secundarios, por el fabuloso mundo fantástico que se marca Kingfisher (atención porque la autora tiene otras sagas ambientadas en este mundo: Clocktaur War y The Saint of Steel) y por el sentido del humor de sus diálogos. Es una historia de aventuras, con un toque romántico y muchísimo humor; de esas historias que te da mucha pena que se acaben porque te hacen reír y porque sabes que vas a echar mucho de menos a los personajes cuando cierres el libro una vez lo terminas. Una novela que te deja el corazón calentito y la sonrisa en los labios, que no puedes soltar porque es refugio y diversión cuando la vida nos atropella.
Halla es inolvidable: aunque tiene treinta años, es viuda y vive rodeada de villanos, ha sido capaz de conservar esa mirada ingenua y bondadosa que tanto asombra a Sarkis y que, junto con el personaje de Zale, constituyen un faro de esperanza en un universo más violento y belicoso que zen. La imaginación de la autora es admirable, su sentido del humor y su habilidad con los diálogos son extraordinarios y su capacidad para resultar ingeniosa y original creando criaturas, mundos y marcos histórico-sociales fantásticos es para quitarse el sombrero. Siempre es un placer leer a T. Kingfisher y aunque su humor tiene un estilo propio, muy personal, una no puede dejar de acordarse de sir Terry Pratchett; no porque se parezcan sino porque los dos autores son maestros en crear personajes y mundos extraordinarios que, siendo ficticios, cuentan mucho de verdad sin perder jamás la capacidad de reírse de sí mismos.
Al igual que sucede en Què mou els morts, los personajes y trama de Corazón de acero interpelan a los lectores adultos o Young Adult (sus protagonistas tienen más de treinta años), mientras que Guia màgia d’autodefensa amb galetes estaría destinado a un lector más infantil (sobre los doce años).
Recomendado para lectoras con un gran sentido del humor y muchas ganas de divertirse a paso de buey.
Aviso: Corazón de acero es la primera entrega de la trilogía Swordheart de T. Kingfisher y está ambientada en el mundo de Clocktaur War y The Saint of Steel (los Paladines), pero esta novela es autoconclusiva y puede leerse de forma independiente, y sin necesidad de seguir un orden, de los libros y sagas mencionados. Lee tranquila, lectora, y déjate llevar.
También te gustará: Guia màgia d’autodefensa amb galetes; Què mou els morts; La última cazadragones; El caso Jane Eyre; La gaceta del misterio; El protectorado de la sombrilla
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