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Las damas de Grace Adieu, de Susanna Clarke

Jonathan Strange y su esposa viajan a Grace Adieu para conocer a la futura prometida de su cuñado, el reverendo Woodhope. Pero Cassandra, la hermosa joven que ha embelesado al pastor, resultará ser algo inesperado y extraordinario. Tras esta deliciosa apertura de este libro de relatos relacionado con el increíble universo de Jonathan Strange y el señor Norrell, Susanna Clarke nos deleita una un retelling de Rumpelstilskin, un cuento sobre Mabb, la anécdota del duque de Wellington cuando perdió su caballo en la aldea de Muro (universo Stardust de Neil Gaiman) y varias historias maravillosas sobre príncipes duendes y su interacción con la Inglaterra humana de principios del siglo XIX.

«Pobre hombre, no puede reconciliar lo que en su interior sabe que es cierto con lo que está obligado a escribir en las revistas trimestrales. ¿Podrá contar esta extraña historia cuando vuelva a Londres? Me parece que la encontrará llena de tonterías que al señor Norrell no han de gustarle: Reyes Cuervo y magia de criaturas salvajes y mujeres. No puede usted nada contra nosotras, porque nosotras tres estamos unidas mientras que usted, caballero, a pesar de toda su ciencia, está en guerra incluso consigo mismo.«

Susanna Clarke (Nottigham, 1959) se licenció en Oxford y fue profesora de inglés en Turín y en Bilbao hasta que volvió a su Inglaterra natal y escribió y publicó Jonathan Strange y el señor Norrell (2004), una increíble novela fantástica, ambientada con gran realismo durante las guerras napoleónicas de principio del siglo XIX, cuya magia bebe del folklore anglosajón celta y artúrico, y cuyo sentido del humor nos recuerda a Charles Dickens y su socarrona crítica social a Jane Austen. Para mí, Jonathan Strange y el señor Norrell es una de las mejores novelas que leído nunca, por el estilo exquisito de la autora, por lo bien que entreteje los hilos de un universo propio pero a la vez tan enraizado en la mitología británica y por la singularidad y la belleza de su narración y su contexto histórico (esa maravillosa ficción dentro de una ficción dentro de otra ficción que Clarke nos cuenta como una delicada y hermosa superposición de distintos mundos que solo existen en sus páginas).

Aunque Susanna Clarke publicó sus historias cortas en diversas revistas y antologías antes de la salida a librerías de su célebre novela, no fue hasta 2006 que la editorial Bloomsbury publicó The Ladies of Grace Adieu and Other Stories, que Salamandra nos trajo en castellano al año siguiente y que, por desgracia para nosotros, lleva tiempo descatalogada. Se trata de ocho historias que comparten contexto histórico y universo con Jonathan Strange y el señor Norrell pero que pueden leerse de manera independiente a la novela. Mis preferidas han sido La damas de Grace Adieu, El señor Simonelli o el viudo duende, Tom Brightwind o cómo se construyó el puente mágico de Thoresby y El duque de Wellington extravía el caballo, aunque me ha costado destacar favoritos puesto que todos son geniales. Titania y Oberon, la reina Mabb, Morgana, el Rey Cuervo, duendes, hadas, las Otras Tierras… aunque a principios del siglo XIX casi todos los ingleses han olvidado que la magia existe, todavía pueden encontrarse algunos caminos que comunican ambos mundos, para peligro de los pobres humanos.

Lector, te encantará tanto como la novela, pero advertido quedas: te van a entrar unas ganas terribles de volver a leer Jonathan Strange y el señor Norrell.

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La bruja novata, de Mary Norton

Carey, Charles y Peter son tres hermanos que pasan las vacaciones de verano en la campiña inglesa, en casa de la anciana tía Beatrice, mientras su madre sigue trabajando en Londres. La tía no les resulta demasiado simpática y empiezan a temerse lo peor sobre lo aburridas que van a resultar sus preciosas vacaciones hasta que conocen a la vecina, la señorita Eglantine Price. La señorita Price tiene problemas de locomoción sobre su escoba voladora y se ha caído en el jardín de la tía Beatrice, lo que la delata a ojos de los niños como una bruja. Carey, Charles y Peter juran guardar el secreto de la señorita Price a cambio del préstamo de un boliche encantado que les permite viajar en el tiempo y a cualquier lugar del mundo. El boliche embrujado anima considerablemente sus vacaciones, pero también los va a meter en peligrosos y divertidísimos problemas.

«—Ahora debéis iros —dijo enderezándose el sombrero mientras Charles se apeaba del carro para estrecharle la mano. Ella trató de sonreír—. Buena suerte, queridos, y adiós. Preservad vuestra bondad, vuestra dulzura y vuestro coraje. Funcionarán como si fueran magia —dijo sorbiéndose la nariz ruidosamente.«

Mary Norton (1903-1992) fue una novelista inglesa especializada en literatura fantástica juvenil cuyo renombre se debe, sobre todo, a The Borrowers (Los incursores) y a la adaptación cinematográfica de dos de sus cuentos, The Magic Bed-Knob y Bonfires and Broomsticks (El boliche mágico y Hogueras y escobas) bajo el título de Bedknobs & Broomsticks (La bruja novata) dirigida por Robert Stevenson en 1971 y protagonizada por la siempre estupenda Angela Lansbury y David Tomlinson (el Mr. Banks de Mary Poppins). La edición de La bruja novata que he leído (RBA Libros, 2019) incluye los dos cuentos de Mary Norton, El boliche mágico y Hogueras y escobas, ambos protagonizados por los hermanos Carey, Charles y Paul y por su singular vecina, la señorita Eglantine Price.

Estos encantadores cuentos de Mary Norton se leen casi en un suspiro y se disfrutan por su aire de aventuras clásicas, por su prosa fluida y agradable (una estupenda traducción la de Ángela Esteller García para RBA), su sentido del humor inglés, los personajes excéntricos y las situaciones disparatadas en distintos contextos históricos de la mano de un boliche mágico. Norton apenas contiene, con la formalidad aparente de sus diálogos y de la realidad inglesa de la Segunda Guerra Mundial, la imaginación desbordante de unas aventuras mágicas bajo la tutela de una bruja que todavía no entiende lo brillante que es porque sigue practicando el vuelo con escoba y los hechizos largos. Divertida, inocente y sencilla, pero a la vez tan humana como solo pueden serlo los clásicos, La bruja novata es una lectura que recomiendo para desconectar y disfrutar sin complicaciones. Y ahora me toca ver la película que, o bien la vi hace tanto tiempo que ya no recuerdo nada, o bien no la he visto en la vida.

Lector, si no se te escapa lo agradable que puede ser viajar por el mundo bien arropadito con el mullido edredón de tu cama este libro es para ti.

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Cranford, de Elizabeth Gaskell

De vez en cuando, la joven Mary Smith vuelve al pequeño pueblo de Cranford, en la plácida campiña inglesa, para visitar a la señorita Matty Jenkyns. Pocas cosas han cambiado en la querida villa, donde apenas vive algún caballero y las señoras jamás hablan de su pobreza y todavía observan un rígido protocolo de lo más esnob a la hora de invitarse a merendar. El recuerdo de Deborah Jenkyns y su desacuerdo sobre Dickens con el capitán Brown el dolor por la ausencia de Peter, un viejo amor que nunca termina de olvidarse, las aburridísimas invitaciones de la señora Jamieson y su repelente Carlo, el maldito mayordormo Mulliner acaparador del diario o la novedosa aparición de Lady Glenmire, entre otras muchas anécdotas, componen el minúsculo universo encantador, amable y solidario de las damas de Cranford.

«En primer lugar, Cranford pertenece a las amazonas; todos los residentes de casas por encima de cierta renta son mujeres. Si un matrimonio llega al pueblo para instalarse, el caballero desaparece por alguna razón; bien porque le aterra el hecho de ser el único hombre en las veladas de Cranford, bien porque su regimiento o barco lo reclaman, o porque se pasa toda la semana dedicado al trabajo en la vecina localidad de Drumble, a tan solo veinte millas en ferrocarril. Es decir, por una razón u otra, en Cranford no hay caballeros. ¿Qué harían allí si los hubiera? El doctor tiene una ronda de treinta millas y duerme en Cranford; pero no todos los hombres pueden ser médicos.«

Esta ha sido mi segunda lectura de Cranford, de Elizabeth Gaskell, posiblemente la obra breve más famosa de la autora y, hasta la fecha, mi preferida. Aunque se editó por primera vez en un solo volumen, en 1853, con anterioridad a Norte y sur (1855), Gaskell la escribió y publicó por entregas entre los años 1851 y 1852 en la revista Household Words, dirigida por su colega Charles Dickens. Mi relectura ha sido un poco accidentada, por circunstancias personales, pero el buen recuerdo que tenía de esta encantadora e ingeniosa historia ha crecido, excepto por el detalle de que prefiero la traducción de María Faidella (Alba Editorial, 2012).

Además de disfrutar con este compendio de anécdotas, cuyo hilo conductor es la pequeña comunidad de Cranford, y apreciar el sentido del humor, la ironía de Elizabeth Gaskell y el encanto de sus personajes tan bien perfilados, esta vez me ha llamado la atención la habilidad de la autora para dejar entrever cuestiones de la realidad histórica de mediados del siglo XIX pese al tono idílico de su comunidad. En este sentido, por ejemplo, encontramos algunas consecuencias de las guerras napoleónicas de las primeras décadas del XIX, se cuelan de refilón los primeros síntomas de la Revolución Industrial pese a hallarnos en la campiña —cuestión que Gaskell trataría con más profundidad en Norte y sur— y entrevemos una quiebra bancaria y el gran problema de las damas europeas de la época: ¿cómo podían ganarse la vida si no tenían acceso a la educación y la sociedad y la moral religiosa censuraban con tanto ahínco que se ganaran el pan con el sudor de su frente? Como sucede en las mejores novelas, tras su aparente encanto y sencillez, Cranford es un sutil reflejo de su tiempo además de una obra literaria que sigue robándonos el corazón.

Lector, vuelve a Cranford siempre que lo necesites, te espera, inmutable.

También te gustará: La hija de Robert Post; Villa Vitoria; Trilogía de Candleford; Heatherley

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Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, de E. J. Trelawny

E. J. Trelawny escribe sus memorias sobre los grandes poetas de su época, Percy Shelley (1792 – 1822) y Lord Byron (1788 – 1824), en 1858, unos treinta y seis años después de haberlos conocido en Italia. A través de cartas, recuerdos y poemas, este novelista aventurero, tan romántico como sus héroes literarios, nos ofrece un retrato vívido de los dos bardos ingleses poco antes de su muerte. Shelley es encantador, melancólico, siempre con un libro en la mano y una extraña fijación por navegar, todavía dolido por el exilio de su Inglaterra. Byron, dividido entre la poesía, el adulterio y la insurrección, a menudo se deja dominar por el orgullo y la vanidad y murmura que no se arrepiente de sus escasos pecados sino de los muchos que todavía no ha cometido. Dos figuras muy distintas entre sí que, sin embargo, se encontraban a gusto en compañía uno del otro y enriquecían sus pensamientos y obra poética impulsados por sus debates.

«Byron no soportaba la visión de aquella escena; se retiró a la playa y fue a nado hasta el Bolívar. Leigh Hunt se quedó en el coche. El fuego era tan intenso que el hierro de la parrilla se volvió blanco y el cadáver quedó reducido a grises cenizas. Lo único que no se consumió fueron algunos fragmentos de huesos, la mandíbula y el cráneo; pero lo que más nos sorprendió a todos fue el hecho de que el corazón permaneciese intacto.«

Advierte J. E. Morpurgo en la introducción a Memorias de los últimos días de Byron y Shelley que las memorias de Edward John Trelawny (1792-1881) son muy valiosas para quienes están interesados en los dos grandes poetas, pero que tienen el inconveniente de que su autor solo los conoció hacia el final de sus vidas -Shelley muere en 1822, el mismo año en el que se conocieron en Italia, y Byron, en 1824- y tan solo por unos pocos meses. Ofrece, pues, una aproximación muy íntima a los poetas, pero en un momento muy concreto de sus vidas, en una madurez y una plenitud que no siempre rigieron sus caracteres o sus propósitos. Shelley no había superado el dolor por la pérdida de sus hijos ni la nostalgia por volver a Inglaterra (Shelley abrazó el liberalismo en una época de gobiernos tories) y Byron parecía cansado de Italia, desengañado, reacio a confiar en nadie y, ya en Grecia, tremendamente decepcionado porque su idea sobre helenismo no coincidía con la realidad del territorio bajo dominio turco («No he venido para unirme a una facción sino para unirme a una nación«).

Y, sin embargo, la narración de Trelawny, romántica y mitómana, acerca al lector a la figura de los dos poetas y su entorno con una sencillez y una pasión arrebatadoras; fijando el punto álgido de estas memorias en la muerte y la incineración de Percy Shelley, con unos detalles propios del goticismo de aquel año sin verano de 1816 que los había llevado a orillas del lago Leman. Memorias de los últimos días de Byron y Shelley sin duda es un libro imprescindible para los amantes de romanticismo inglés de principios del siglo XIX, pero también un fragmento biográfico fascinante y perturbador de dos poetas extraordinarios que hicieron historia. Escrito con pluma ágil y emotiva, resulta un placer leer a Trelawny y descubrir, de primera mano, los últimos meses de dos figuras tan controvertidas y románticas. Las notas y la introducción de Morpurgo aportan el marco histórico y biográfico necesario para complementar las lagunas de la visión parcial y sobreentendida de la que a veces peca el autor.

Lector, no te lo pierdas.

También te gustará: El año del verano que nunca llegó; La visión del juicio; Abadía pesadilla; Frankenstein; El vampiro

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La feria de las vanidades, de William Makepeace Thackeray

A principios del siglo XIX, dos jóvenes inteligentes y encantadoras salen del internado de la señorita Pinkerton al mundo: Amelia Sedley pertenece a una familia burguesa acaudalada y vuelve a casa de su familia para contraer matrimonio con el protegido de su padre; Rebecca Sharp no tiene ni familia ni un penique y va camino de su primer empleo como institutriz de las hijas de un viejo baronet miserable en la campiña inglesa. Amelia ha sido educada entre algodones y está destinada a una vida plácida, protegida y cómoda; Rebecca está destinada a servir, pero no piensa resignarse a seguir siendo pobre y, aunque inexperta, de inmediato pone en práctica toda su picardía y su astucia para camelar a todos alrededor y conseguir la vida de lujos que siempre ha codiciado. ¿Designios del destino o la fuerza del carácter y la voluntad? En el escenario de la hipócrita sociedad londinense de las primeras décadas del siglo XIX, Amelia y Becky asumirán las consecuencias de sus decisiones, sus errores y sus circunstancias.

«La Denuncia se adelanta respetuosamente hacia ella (…) en compañía de la Calumnia (que es tan fatídica como la verdad) (…). Hay gente que debería contratar criados mudos en la Feria de las Vanidades… mudos y que no supieran escribir. Quien sea culpable que tiemble. Quien no lo sea que cuide las apariencias, pues pueden ser tan peligrosas como la culpa.«

William Makepeace Thackeray (1811 – 1863), escritor y periodista, publicó por primera vez La feria de las vanidades en 1847, aunque la historia está ambientada en la primera década del siglo XIX, y la batalla de Waterloo (junio de 1815) resulta un importante punto de inflexión en la trama. La novela se encuadra dentro del realismo inglés de época victoriana al que pertenece su autor y se considera una sátira de la sociedad inglesa y de la vanidad humana. Su subtítulo, Una novela sin héroe, hace referencia a la singularidad de sus dos protagonistas femeninas, personajes que en ningún momento pueden ser calificadas de buenas (heroínas) o malvadas (antiheroínas) sino de todo lo contrario. A menudo, la crítica coincide en señalar al personaje de Becky Sharp como amoral y al de Amelia como pasivo, pero la obra maestra de Thackeray tiene la virtud de dejar en manos del lector esa decisión: a mí Becky me ha parecido desconectada de cualquier emoción y Amelia se me ha hecho odiosa por su vocación de mártir. Y aunque hace más de un mes que terminé de leer esta novela extraordinaria, no quería despedir el año sin reseñar la que sin duda ha sido mi mejor lectura de 2022.

Con sus casi novecientas páginas (en la edición de Alba Editorial), La feria de las vanidades es una historia que se disfruta por sus personajes, por su incisiva y burlona crítica social y por las magníficas reflexiones de su autor sobre la naturaleza humana. Resulta de una pericia sublime narrar una historia sin héroe ni heroína, manteniendo siempre el extraño contraste entre las dos protagonistas y unos caracteres que en nuestro siglo siguen siendo reales como la vida misma, pues no está en la naturaleza humana el don de progresar. He disfrutado especialmente de las reflexiones de Thackeray sobre la mentira, la hipocresía y el peligro que corre la reputación de una mujer cuando la sospecha sobre su virtud se ve enturbiada a pesar de la ausencia de culpa (la mujer del César debe ser virtuosa y, además, parecerlo). La punzante prosa del autor, su humor satírico que no deja títere con cabeza, la inteligencia de su narración y personajes, la universalidad de sus escenas y sus extraordinarios recursos literarios han convertido La feria de las vanidades en mi lectura preferida de este año y, aunque esta errática opinión no le hace justicia, os recomiendo muy encarecidamente que la leáis.

Lector, un clásico universal sobre la naturaleza humana.

También te gustará: Los papeles póstumos del Club Pickwick; Evelina; La expedición de Humphrey Clinker; Nicholas Nickleby; Tiempos difíciles; Belinda

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