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Nos vemos en el museo, de Anne Youngson

Cuando eran estudiantes, Tina y su amiga Bella le escriben al profesor P. V. Glob tras leer su libro sobre los últimos descubrimientos arqueológicos alrededor del hombre de Tollund, una persona de la Edad del Hierro que se halló bien conservada entre la tundra danesa. El profesor las anima a visitar el museo de Silkeborg para contemplar la momia de La gente de la ciénaga, pero los años pasan y las dos amigas nunca encuentran el momento perfecto para su viaje. Veinte años después, Tina se siente sola en la granja familiar y, presa de la inquietud y la insatisfacción que siempre han planeado sobre su vida, decide escribir al museo con la esperanza de aceptar la invitación del profesor Glob. En su lugar le contesta el nuevo conservador, Anders, con el que inicia una amable correspondencia sobre arqueología que se tornará más y más íntima y vital con cada carta que se crucen.

«Me hablabas en marzo sobre lo distintas que son nuestras vidas —la mía en mitad del campo y sus cambios, la tuya atrapada entre objetos inmutables en el tiempo— y te preguntabas cuál era mejor y cuál habrías escogido, si hubieras sabido que podías elegir (…). ¿Verdad que es fascinante que, después del rodeo que te he hecho dar y que has aceptado sin rechistar, pasando por la matanza del cerdo y la muerte de mi mejor amiga, finalmente hayas destapado la verdadera esencia de lo que me impulsó a escribir?«

Anne Youngson vive en Oxford, es abuela de tres nietos y escribió Nos vemos en el museo con setenta años. Cuando mi amiga Mrs. Hurst de Las Inquilinas de Netherfield me recomendó esta novela y me habló así de su autora, inmediatamente me acordé de La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, porque Mary Ann Shaffer también era mayor cuando la escribió y porque era epistolar y muy british. Me encantan las novelas epistolares, así que me fui corriendo a la librería sin demora, me compré Nos vemos en el museo y lo devoré en tres tardes. Ya podéis imaginar lo muchísimo que me ha gustado.

No voy a desvelar más del argumento de lo que he hecho en la sinopsis de inicio, pero aviso de que no encontrareis tópicos de novela romántica sino una reflexión vital que trasmite serenidad y una correspondencia bellísima entre dos personas con más en común de lo que pensaban al principio. Tina es una buscadora incansable, sabe que tomó decisiones equivocadas en el pasado y no se rinde, es inquieta y quiere borrar ese vacío existencial que la ronda. Anders es tranquilo, conformista, su vida no le resulta buena, pero la acepta sin quejas hasta que la correspondencia de Tina le señala la tristeza con la que convive. Dos personajes, dos mundos, que se asoman el uno al otro y se aportan, no solo comprensión, sino también cambio. A través de las confesiones de estos pensamientos íntimos, Youngson aprovecha la ventaja de la narración epistolar para dar profundidad y delicados matices a sus dos personajes protagonistas.

Especialmente destacable es el trabajo etimológico y de registro que hace la autora en Nos vemos en el museo: las reflexiones iniciales sobre el hombre de Tollund y la profesión de Anders están muy bien arropadas, y las voces de los dos personajes se diferencian a la perfección, cada una con su estilo propio. Además, Youngson plasma muy bien —no solo con las dudas lingüísticas que expresa el personaje sino también con una cadencia narrativa de frases más cortas y algo vacilantes— la particularidad de que Anders es danés y está escribiendo en una lengua distinta a la materna. Nos vemos en el museo me ha gustado por todo esto que os he explicado, pero también por su carácter que huye de tópicos y por la sensación de paz y serenidad que trasmite las reflexiones vitales de dos personajes que, sin embargo, se hayan sumidos en importantes cambios emocionales.

Lector, una grata y original sorpresa, una lectura que trasmite paz en el este mundo de la inmediatez y el ruido.

También te gustará: Contra el viento del norte; Juntos, nada más; La delicadeza; La mujer de la libreta roja

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El exlibris de Colfax, de Agnes Miller

Constance Fuller trabaja como conservadora y experta en la prestigiosa librería Darrow, en la Cuarta Avenida de Manhattan. Demasiado inteligente y con los malos modales que atribuyen el paso por la universidad a las señoritas jóvenes y solteras de los años veinte del siglo pasado, Constance tiene la confianza de sus jefes, y sus compañeros más avezados saben que pueden contar con ella para solucionar algún que otro entuerto. Quizás por eso, cuando Peter vuelve de comprar un antiguo libro de medicina con un curioso exlibris, primero pasa por la mesa de Constance: ha gastado más de lo que debería en la puja por el volumen porque una bella dama le pidió su ayuda. Una extraña muerte y varios intentos de robo convencen a la señorita Fuller de que ese exlibris oculta un misterio de vital importancia, un valor oculto que va más allá de la torpe caballerosidad de Peter.

«—(…) Usted sabe que los ingleses que los ingleses piensan que el fin del mundo se acerca si no tienen su té; y si lo tienen, entonces les da igual lo que pase.

—Creo que ha hecho usted bien —admitió el señor Roberts, refunfuñando, mientras el señor Case sonreía amablemente y observaba que Darrow era diferente—. Hacer té es una estupidez, desde luego; pero no la retrasará más de unos minutos. Y el día es desagradable, frío y húmedo.»

Esta es la única novela para adultos de Agnes Miller, una norteamericana de la que apenas se sabe mucho más aparte de que publicó una saga juvenil de misterio a principios de los años treinta del siglo pasado. Miller publicó El exlibris de Colfax en 1926 y es, hasta la fecha, la única novela del llamado bibliomystery con exlibris. Acertáis si sospecháis que este misterioso libro y su misteriosa autora son rarezas encantadoras.

De entrada, es fácil que El exlibris de Colfax nos enamore: un montón de libreros excéntricos corriendo de un lado para otro de una preciosa librería porque un exlibris los trae de cabeza, un misterioso asesinato, una protagonista experta en libros, inteligente e independiente, Nueva York en 1926… Un tesoro literario que he disfrutado muchísimo por los personajes, por la originalidad del planteamiento de la trama, por un montón de escenas pintorescas y alocadas, y por Constance Fuller, una mujer extraordinaria en su época y posición que jamás pierde su sentido del humor. Y como la novela está narrada en primera persona por la protagonista, se beneficia enormemente del punto de vista perspicaz, ligeramente irónico y siempre brillante de la querida Constance.

La trama transcurre ágil, el misterio es curioso, la intriga y la tensión se mantienen de principio a fin, el investigador da manga ancha a nuestra Constance y la novela es tan encantadora y divertida que bien podría haber sido adaptada a la gran pantalla por Lubitsch o Edwards con sus inconfundibles estilos. El señor Colfax, un artista inglés del siglo XIX, era totalmente contrario a la revolución de las colonias, por eso jamás aceptó ningún encargo de exlibris de un norteamericano, de ahí el extraño ejemplar objeto del deseo de un montón de personajes y el título del libro. Esa tensión cultural entre ingleses y norteamericanos está presente en toda la novela, siempre en un tono jocoso y a menudo escenificada por Constance (neoyorkina) y el capitán Ashland (londinense), con sus tira y afloja por el té y la literatura de sus dos países.

La pena es que estos ingeniosos y divertidísimos diálogos quedan terriblemente deslucidos por la lamentable traducción (recuerdo en especial un juego de palabras sobre el Tea Party y el hecho de que Ashland quisiera tomar té que se pierde totalmente) que desluce toda la novela en general y le resta gran parte de su comicidad. Una traducción y/o edición de frases sin sentido, traducción literal del inglés sin adaptar siquiera juegos de palabras o bromas por lo que se convierten en frases absurdas, construcciones extrañas en español, orden gramatical americano, adverbios acabados en mente hasta la saciedad, siempre-siempre el sujeto pronominal presente en cada una de las frases sin elidir jamás, etc. Una lástima no haberle sacado más partido a esta pequeña maravilla de los bibliomystery, se merecía un trato mejor.

Lector, una rareza con mucho encanto.

También te gustará: La librería encantada; El sr. Penumbra y su librería 24 horas abierta; La librería del señor Livingstone

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El exlibris de Colfax

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Guapo, rico y distinguido, de P. G. Wodehouse

La señora Gedge ambiciona un puesto de embajador en París para su marido y para conseguirlo invita a su mansión al senador Opal y a su hija Jane. El senador odia al señor Gedge desde que le hizo trampas en un partido de golf, pero no tiene más remedio que aceptar la invitación si quiere recuperar cierta carta comprometedora que por error ha ido a parar a la caja fuerte de la señora Gedge. Lo que no sospecha es que dicha caja fuerte también alberga los diamantes de la señora Gedge, objeto de deseo de un par de atracadores que han puesto en marcha un elaborado plan para infiltrarse en la mansión disfrazados de aristócratas franceses. Por otro lado, Packy le ha prometido a su novia que se quedará en Londres culturizándose todo lo posible y que frecuentará la compañía de escritores como Blair Eggleston, pero la cuestión es que el señor Eggleston se va con el senador Opal a la mansión de los Gedge y esa circunstancia, unida a las súplicas de Jane Opal para que le ayude con el asunto de la carta comprometedora, hará que Packy falte a su promesa y se embarque en una alocada aventura que pondrá a prueba su ingenio, su sensatez y hasta su corazón.

«-Me ha dicho que tenía que ser embajador estadounidense en Francia.
-A usted no le gustaría.
-¡Que me cuelguen!, por supuesto que no. Los embajadores tienen que usar uniformes y calzones…
-Y sombreros con plumas.
-¿Sombreros con plumas?
-Como suena. Lo he visto en los noticiarios. Y a cada momento los franceses los están besando.«

Pelham Grenville Wodehouse (1881-1975), excelente novelista británico y doctor honoris causa por la Universidad de Oxford, publicó más de noventa novelas y relatos de corte humorístico. Deportista (fue miembro del mítico Authors Cricket Club), crítico de teatro, letrista de comedias musicales en Broadway, prisionero de los nazis… Wodehouse tuvo una vida intensa, muchos años a caballo entre Nueva York y París, y el ingenio, el encanto y el sentido del humor insuperables que finiquitaron en la época eduardiana los restos del encorsetamiento victoriano en la literatura británica. Autor de personajes míticos como Jeeves, Wooster o Psmith, su excelencia literaria lo encumbró, junto a Evelyn Waugh y Jerome K. Jerome, como el mejor novelista humorístico británico del siglo XX.

Guapo, rico y distinguido (Hot water en su título original) está protagonizada por Packy Franklyn, que aunque no es uno de los personajes recurrentes de Wodehouse sí que comparte con ellos ese aire de buscavidas honorable, inocente y algo despistado en medio de la campiña más aristocrática. Dos ladrones en busca de diamantes, un senador a la caza de una chantajista, una bella joven atribulada por sus dificultades amorosas, un héroe de gran inventiva, media docena de falsas identidades y alguna noche de borrachera aseguran una comedia de equívocos, ingeniosos diálogos  y escenas hilarantes que tan bien definen el estilo del maestro Wodehouse.

Los que pasáis a menudo por aquí ya sabéis que soy una incondicional de P. G. Wodehouse, sus novelas siempre están entre mis lecturas preferidas de todos los tiempos y lo considero un autor extraordinario. Ojalá la literatura del siglo XXI fuese más Wodehouse, más Jerome, más Waugh, más Arnold Bennett. Ojalá más humor en la literatura. Ojalá menos prejuicio, menos pensar que la buena literatura tiene que ser muy seria, muy dramón y muy sesuda para recibir esa consideración… como si el sentido del humor no fuese un rasgo inherente a la inteligencia, como el ingenio a los grandes escritores. Hace falta más Wodehouse en la literatura actual.

Lector, no apta para aquellos que piensen que la buena literatura debe ser un dramón trascendental y sesudo.

También te gustará: Luna de verano; Jovencitos con botines; Fresas silvestres; Seguro de amor; Los millones de Brewster

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Guapo, rico y distinguido

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Fresas silvestres, de Angela Thirkell

En el pueblecito de Rushwater, en el condado de Barbetshire, apacible campiña inglesa, Lord y Lady Leslie llegan tarde a la iglesia, como es habitual. El pastor sabe que es por culpa de Lady Emily, la excéntrica y despistadísima dama, alma y corazón de su pequeña familia, tan encantadora y falta de malicia que resulta imposible no perdonarla siempre. Aunque sus tres hijos están independizados, en verano toda la familia suele reunirse en la casa señorial de los Leslie: Martin, el nieto mayor, John, siempre taciturno y responsable, Agnes y sus pequeños, el voluble David… Cuando la joven y bella Mary, sobrina política de Agnes, llega para pasar el verano con ellos descubrirá un hogar acogedor y a una familia tocada por la pérdida pero también por el cariño y la esperanza. Quizás Mary haya encontrado su oportunidad para dejar atrás su anodina vida y atreverse a ser completamente feliz.

«—Supongo que no habrás leído mi primer libro, ¿no?
—Me parece que no ¿Cómo se titulaba?
Por qué un título.
—¿Por qué? —quiso saber Mary.
—Exacto ¿Por qué? Ponerle título a un libro es de botarates. Un libro existe por sí mismo, y un título lo limita terriblemente. Cuando estés en la ciudad, tienes que conocer a algunos de mis amigos que escriben obras de teatro y libros muy avanzados.
—¿Tienen mucho éxito?
—Claro que no. Ninguno de ellos podría escribir un gran éxito aunque lo intentara, y por suerte no necesitan hacerlo. Rebosan de ideas deliciosas, eso sí. Pero yo los traicionaré a todos y escribiré un éxito arrollador sin una sola idea.«

La edición es de Gatopardo Ediciones y la estupenda traducción, de Patricia Antón

Angela Thirkell (1890-1961) era nieta de Edward Burne-Jones, pariente de Rudyard Kipling, Stanley Baldwin y J. M. Barrie. Esto fue lo primero que leí sobre la señora Thirkell e inmediatamente pensé dos cosas: que no todos los escritores parten con las mismas ventajas e inconvenientes, y que me hubiese encantado asistir a la cena de Navidad de la familia Thirkell. Suspiros al margen, cuando terminé de leer Fresas silvestres solo podía pensar en una cosa: ¿Dónde ha estado usted toda mi vida, querida Angela Thirkell?

Fresas silvestres es una comedia con un punto de crítica social, inteligente y sagaz. Me gusta muchísimo cómo la autora entrelaza la historia familiar de los Leslie y sus maquinaciones amorosas con escenas de actualidad de los años treinta en las que Thirkell se despacha a gusto: educación y posición social, discriminación de género, ideología política, las terribles secuelas generacionales de la Primera Guerra Mundial… Mucho más divertida que nuestra ingeniosa Barbara Pym, Angela Thirkell tiene una mirada igual de analítica e inteligente pero sabe suavizar el impacto y el sarcasmo con un enfoque de comedia alocada y deliciosa que tan bien supo llevar a la pantalla Ernst Lubitsch o Billy Wilder.

La clave de Fresas silvestres, además de una encantadora comedia llena de equívocos y escenas al más puro estilo P. G. Wodehouse o George Barr McCutcheon (atención al desayuno a tres bandas entre David, la señorita Stevenson y Mary, o las ensoñaciones heroicas de Mary en el capítulo posterior; divertidísimas), son unos personajes carismáticos que rebosan charming y honradez. Desde la tristeza contenida de John, hasta el despistado egocentrismo del brillante David —que me ha recordado mucho al David Larrabee de Sabrina (Billy Wilder, 1954)—, pasando por la inteligencia emocional de Agnes o el pragmatismo de Henry y Martin, Angela Thirkell despliega todo un elenco familiar de caracteres que se dan pie en unos diálogos geniales y se complementan en una acertadísima coreografía tragicómica. Y si David Leslie bien podría haber inspirado al David Larrabee de Billy Wilder, Emily Leslie, la matriarca, tan excéntrica y maravillosa, podría ser la musa para la Amelia de Alejandro Palomas, un puntal de esta novela coral que te robará el corazón.

Deliciosa, divertida, ingeniosa, con un alcance emocional y crítico más profundo del que podría parecer a simple vista, Fresas silvestres es una novela ambientada en los años treinta del siglo pasado en la Inglaterra rural  —en el ficticio condado de Barbetshire inventado por Anthony Trollope— que te encantará muchísimo. Palabrita.

Lector, el ingenio de P. G. Wodehouse, el feelgood de D. E. Stevenson, la pizca de locura de Winifred Watson… Y el estilo único y personal de Angela Thirkell.

También te gustará: El libro de la señorita Buncle; Las cuatro Gracias; Villa Vitoria; Miss Pettigrew lives for a day; Mr. Rosenblum sueña en inglés; Seguro de amor; Los millones de Brewster; Luna de verano

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Rialto 11, de Belén Rubiano

En el número 11 de la plaza del Rialto, en Sevilla, tuvo Belén una vez la librería que soñó. Belén era una librera novata, letraherida, con muy poca querencia por Los pilares de la tierra y un excelente fondo de poesía. Tomaba cafés con sus amigos y hablaba de libros, les prestaba su baño como almacén, posaba para modelo de chindogu y les hablaba a los sevillanos de madrugada a través de las ondas radiofónicas. Soportaba con paciencia los manuscritos ajenos, recomendaba a sus clientes, perdía la paciencia con los hipócritas y solo veía los ordenadores en el cine. Belén tenía una librería, en Rialto, con techos altísimos y artesonados históricos, cerca de la Facultad de Periodismo, con su propio ladrón de bestsellers y una pizarra en donde citaba sus estados de ánimo. Tenía una librería… y no sé por qué escribe en pasado porque sigue siendo suya. Para siempre.

«Un poco más tarde, viendo el desembolso y la locura que harían falta para ser editora, pensé que podría intentar ser escritora, pero me daba mucho miedo ser fea.«

A mí, que he visitado Sevilla en un par de ocasiones de turista embelesada, Rialto, 11 no me decía nada. Luego supe que iba de librerías y se me pusieron los ojitos brillantes y allá que fui a comprármelo, pensando que sería algo del estilo de Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb o, todavía mejor, se parecería a Diario de un librero. Quizás al principio me gustase precisamente por eso, ¿a qué lector no le gusta un libro que va de una librería?, pero en cuanto pasas unas cuántas páginas ya no es por eso, es por la voz de Belén Rubiano, tan ingeniosa, divertida, sincera, tan ella.

«(…) soy la típica persona de la que a menudo se dice que es encantadora, cosa que no deseo ser pues me incomoda su proximidad con la cobardía. Ni muerta. Yo quiero ser un incordio soportable.«

Tampoco conocía a la autora, aunque me picó la curiosidad cuando supe que era hermana de Rossy, sí, nuestra Rossy de toda la vida bloguera, la de Lo que leo, que hace tiempo que nos ha dejado castigados sin reseñas y solo le seguimos la pista en Instagram. Es que Rosalía siempre ha tenido muy buen gusto para la lectura y ahora sé que es cosa de familia.

Como decía, me ha encantado leer a Belén Rubiano. Inteligente, genuina y con un bagaje lector impresionante que, pese a su pudorosa modestia, se le derrama en cada capítulo. Y eso que evita dar grandes nombres y títulos clásicos, pero se le nota la buena literatura y la poesía. Me he reído con el capítulo de Vila-Matas, con la obsesión de la señora de Burgos por Los pilares de la tierra y por el poco atino que tiene esta librera para calar a los caraduras; y aunque conocía el final de Rialto,11, porque Belén te lo cuenta casi al principio, me he emocionado como solo los lectores recalcitrantes somos capaces de emocionarnos con la palabra librería.

No quiero contaros mucho más porque esta es una experiencia vital y libresca que deberíais leer sin que os la estropee una torpe reseña. Rialto, 11 es divertida, emocionante y conmovedora, pero sobre todo es el primer libro de una autora que deslumbra por su personalísimo estilo y esa forma tan bonita que tiene de contar, entre café y café, su particular visión de la vida desde detrás del mostrador de una librería; un viaje nostálgico que empieza con «Yo tenía una librería en Sevilla«, evocando la voz de Karen von Blixen, hasta su bellísima despedida, «¿Qué es una librería? ¿Cuántas veces en la vida se pierde una?«.

«Cernuda, estoy segura, hubiera estado conmigo. Sufre, pero nada digas, me aconsejaría, despedirse de una librería es algo de una esencia que se corrompe al hablarlo.«

Lectores, llevaos Rialto, 11 por la promesa de la librería y terminad encandilados por su autora.

También te gustará: Ex-libris. Confesiones de una lectora; Diario de un librero; Signatura 400

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