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Rialto 11, de Belén Rubiano
En el número 11 de la plaza del Rialto, en Sevilla, tuvo Belén una vez la librería que soñó. Belén era una librera novata, letraherida, con muy poca querencia por Los pilares de la tierra y un excelente fondo de poesía. Tomaba cafés con sus amigos y hablaba de libros, les prestaba su baño como almacén, posaba para modelo de chindogu y les hablaba a los sevillanos de madrugada a través de las ondas radiofónicas. Soportaba con paciencia los manuscritos ajenos, recomendaba a sus clientes, perdía la paciencia con los hipócritas y solo veía los ordenadores en el cine. Belén tenía una librería, en Rialto, con techos altísimos y artesonados históricos, cerca de la Facultad de Periodismo, con su propio ladrón de bestsellers y una pizarra en donde citaba sus estados de ánimo. Tenía una librería… y no sé por qué escribe en pasado porque sigue siendo suya. Para siempre.
«Un poco más tarde, viendo el desembolso y la locura que harían falta para ser editora, pensé que podría intentar ser escritora, pero me daba mucho miedo ser fea.«

A mí, que he visitado Sevilla en un par de ocasiones de turista embelesada, Rialto, 11 no me decía nada. Luego supe que iba de librerías y se me pusieron los ojitos brillantes y allá que fui a comprármelo, pensando que sería algo del estilo de Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb o, todavía mejor, se parecería a Diario de un librero. Quizás al principio me gustase precisamente por eso, ¿a qué lector no le gusta un libro que va de una librería?, pero en cuanto pasas unas cuántas páginas ya no es por eso, es por la voz de Belén Rubiano, tan ingeniosa, divertida, sincera, tan ella.
«(…) soy la típica persona de la que a menudo se dice que es encantadora, cosa que no deseo ser pues me incomoda su proximidad con la cobardía. Ni muerta. Yo quiero ser un incordio soportable.«
Tampoco conocía a la autora, aunque me picó la curiosidad cuando supe que era hermana de Rossy, sí, nuestra Rossy de toda la vida bloguera, la de Lo que leo, que hace tiempo que nos ha dejado castigados sin reseñas y solo le seguimos la pista en Instagram. Es que Rosalía siempre ha tenido muy buen gusto para la lectura y ahora sé que es cosa de familia.
Como decía, me ha encantado leer a Belén Rubiano. Inteligente, genuina y con un bagaje lector impresionante que, pese a su pudorosa modestia, se le derrama en cada capítulo. Y eso que evita dar grandes nombres y títulos clásicos, pero se le nota la buena literatura y la poesía. Me he reído con el capítulo de Vila-Matas, con la obsesión de la señora de Burgos por Los pilares de la tierra y por el poco atino que tiene esta librera para calar a los caraduras; y aunque conocía el final de Rialto,11, porque Belén te lo cuenta casi al principio, me he emocionado como solo los lectores recalcitrantes somos capaces de emocionarnos con la palabra librería.
No quiero contaros mucho más porque esta es una experiencia vital y libresca que deberíais leer sin que os la estropee una torpe reseña. Rialto, 11 es divertida, emocionante y conmovedora, pero sobre todo es el primer libro de una autora que deslumbra por su personalísimo estilo y esa forma tan bonita que tiene de contar, entre café y café, su particular visión de la vida desde detrás del mostrador de una librería; un viaje nostálgico que empieza con «Yo tenía una librería en Sevilla«, evocando la voz de Karen von Blixen, hasta su bellísima despedida, «¿Qué es una librería? ¿Cuántas veces en la vida se pierde una?«.
«Cernuda, estoy segura, hubiera estado conmigo. Sufre, pero nada digas, me aconsejaría, despedirse de una librería es algo de una esencia que se corrompe al hablarlo.«
Lectores, llevaos Rialto, 11 por la promesa de la librería y terminad encandilados por su autora.
También te gustará: Ex-libris. Confesiones de una lectora; Diario de un librero; Signatura 400
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Etiquetado encanto libresco, feelgood, Librerías mágicas, Libros excéntricos
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El asesinato de mi tía, de Richard Hull
Edward Powell y su tía Mildred viven en Brynmawr, a las afueras de la aldea galesa de Llwll, una casona campestre con solera e historia. Su relación se ha ido deteriorando con los años, en parte por el insoportable carácter del sobrino y en parte por cuestiones monetarias: cuando murieron, los padres de Edward dejaron la administración de los bienes familiares (incluido su peculio) en las habilidosas manos de la tía Mildred. Perezoso, afrancesado y testarudo, Edward es capaz de cualquier cosa por no ceder a los consejos de su tía. Cuando una tarde Mildred requiere de la complicidad de los vecinos para obligar a su sobrino a pasear por la campiña y Edward acaba perseguido por las vacas del granjero William, las ansias de venganza por la humillación sufrida embarcarán a Powell a urdir un elaborado plan para deshacerse de una vez por todas de su tía y entrar en posesión de toda su herencia.
«Mi tía vive en las afueras de la pequeña —y totalmente espantosa— población de Llwll. Ese es precisamente el problema, se mire en el sentido que se mire.
¿Cómo puede nadie con un mínimo de razón vivir en un lugar cuyo nombre ningún cristiano es capaz de pronunciar? Llwll es un lugar imposible (…). Lo único que puedo decir es que, si cuando te preguntan dónde vives te agarras por la garganta y empiezas a estrangularte, lo más probable es que la escena suscite algún comentario.«

He leído El asesinato de mi tía, de Richard Hull, al mismo tiempo que mi amiga Laura (@Dsdemona) y nos lo hemos pasado en grande comentando las ocurrencias del intensito de Edward. Richard Henry Sampson (Londres, 1896-1973), conocido como Richard Hull, publicó El asesinato de mi tía, su primera novela, en 1934, a la que siguieron otros éxitos policíacos y de misterio. Héroe de guerra, consultor del Almirantazgo y asistente personal de Agatha Christie en la dirección del Detection Club, las historias de Hull destacan por su ingeniosos giros argumentales.
Los que hace tiempo que pasáis por Serendipia ya sabéis que tengo reseñada casi la mitad del catálogo de la colección rara avis de Alba Editorial. Entre las novelas de mi querida D.E. Stevenson, el feelgood encantador de Paul Gallico, y el humor de McCutcheon, Biggers, Loos, Baker y Trevor Story es que no doy abasto. Así que no os va a sorprender cuando os confiese que El asesinato de mi tía me ha encantado. No solo por la intriga de sus intentos de asesinato contra la pobre Mildred, sino también por los excéntricos personajes que desfilan por su páginas, el entorno idílicolluvioso (me acabo de inventar esta palabra al más puro estilo de Shakespeare en Guía para asesinos sobre el amor y la traición) y el sentido del humor british que tanto me gusta. Y es que con esta novela de Richard Hull el lector tiene la sensación de estar casi todo el tiempo ante una historia más humorística que criminal hasta que ocurre lo que ocurre. Por eso quizás no satisfaga a los amantes del noir más puro, pero sí que hechizará a todos los que disfrutan con los planteamientos de Josephine Tey o con el humor de Arnold Bennett o P.G. Wodehouse.
Y no te explico más porque es de esas novelas cortitas que enseguida se spoilean si no vas con cuidado. ¡¡Shhhhh!! A leer.
Lector, si eres capaz de pronunciar Llwll te invito a tomar el té en el Jubilee de Fortnum & Mason.
También te gustará: Enterrado en vida; Los millones de Brewster; Pero… ¿quién mató a Harry?; Seguro de amor; La señorita Hargreaves
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Etiquetado Cozy, humor literario, Libros excéntricos, Literatura británica
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Los hermanos Willoughby, de Lois Lowry
Tim, Jane y los gemelos Barnaby A y Barnaby B son cuatro hermanos chapados a la antigua que un día deciden prescindir de sus espantosos padres. Tras dejar a un bebé pelmazo que ha aparecido en su puerta en casa de un próspero pero solitario fabricante de caramelos, están a punto de ultimar su plan anti-progenitores cuando sucede lo contrario: sus padres, inspirados por el cuento de Hansel y Gretel, deciden abandonarlos marchándose de vacaciones. Las únicas instrucciones para los cuatro niños son que quedan a cargo de una niñera recién contratada, que deben dejar la casa en cuanto esta sea vendida por la agente inmobiliaria y que no olviden dejar allí toda su ropa cuando se larguen. Los hermanos Willoughby están chapados a la antigua pero no están dispuestos a quedarse en la calle en ropa interior.
«-¿A ti te gustan nuestros hijos?
-Uf, no -respondió la señora Willoughby (…).- Nunca me han caído bien. Sobre todo ese que es tan alto. ¿Cómo decías que se llamaba?
-Timothy Anthony Malachy Willoughby.
-Sí, ese. Es el que peor me cae. Pero los demás también son insufribles. La niña lloriquea sin parar, y hace un par de días intentó convencerme para que adoptara a un bebé pelmazo.
Su marido se estremeció.
-Y luego están esos dos a los que no consigo diferenciar -prosiguió la señora Willoughby-. Los del jersey.
-Los gemelos.
-Sí, esos. ¿Por qué diantres tienen que parecerse tanto? No es justo que confundan así a la gente.«

Lois Lowry (Hawai, 1937) es una prestigiosa autora de literatura infantil y juvenil, ganadora de una Newbery Medal y conocida por el clásico de la ciencia ficción distópica El dador. Publicó por vez primera Los hermanos Willoughby en 2008 y el año pasado Editorial Anaya tuvo el acierto de traducirla al castellano en esta edición tan bonita que hoy os traigo.
Nos advierte la señora Lowry que esta es una historia muy cruel -¡Ni se te ocurra reír!- y que ha sido «escrita vilmente por su autora». No me digáis que con ese par de premisas no os entran ganas de ir corriendo a leerla. Los hermanos Willoughby es divertida (rozando el humor más negro), excéntrica, terrible, y con ese toque de malrollismo de los cuentos infantiles de los hermanos Grim. Te encandila por original, por su narración sin complejos (no es políticamente correcta y le importa un bledo) y por unos personajes que se salen de lo corriente y no pueden estar más alejados de cualquier cliché infantil o juvenil. Es una deliciosa sátira de las historias protagonizadas por familias chapadas a la antigua que no deja títere con cabeza.
No pienso explicaros nada más sobre el argumento o los personajes porque el libro apenas tiene unas 170 páginas y no quiero destriparos nada de nada. Lo recomiendo para lectores a partir de doce años en adelante, pero tengo la sensación de que ese humor negro, esa sátira tan procaz, es un regalo para los adultos más que para los pequeños de la casa. Os encantará a los que disfrutáis con Roald Dahl, Daniel Handler (Lemony Snicket), Eoin Colfer o David Walliams, y a los que os chifló Matemos al tío (ojocuidao, Los hermanos Willoughby es un pelín más blando y mucho más sátira de las historias victorianas) y os apetece una versión más infantil, pero igual de divertida e imaginativa.
Lector, una parodia de los cuentos infantiles victorianos tan ingeniosa que te hará reír.
También te gustará: Las brujas; Matemos al tío; ¡Abajo el colejio!;
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