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Lecciones de química, de Bonnie Garmus

En Estados Unidos, en la década de los años cincuenta del siglo XX, la sociedad, la cultura y la religión veían con muy malos ojos que las mujeres aspirasen a una carrera universitaria y a una vida profesional lejos de las tareas del hogar, el matrimonio, la familia o la taquigrafía. Pero la brillante y extraordinaria Elizabeth Zott sabe que ha nacido para ser química, lo desea con toda su alma, su inteligencia y su voluntad. Aunque si ya no lo tiene fácil en los laboratorios Hastings, con el inútil de su jefe y los envidiosos de sus compañeros, la vida se le va a complicar mucho más cuando conozca al doctor Calvin Evans, candidato al Premio Nobel de Química y el único capaz de escuchar y de entender las teorías de Zott sobre la abiogénesis. Profunda y sinceramente enamorados, Elizabeth y Calvin reconocerán uno en el otro la familia que nunca tuvieron y se apoyarán para conseguir aquello que siempre desearon lograr, en el remo y en la ciencia.

«Nunca había sido juzgada por sus actos, sino por los de los demás. En el pasado había sido la hija de un pirómano, la hija de una esposa en serie, la hermana de un homosexual suicida y la alumna de un célebre viejo verde. Ahora era la novia de un químico famoso. Pero nunca había sido simplemente Elizabeth Zott.«


Editorial Salamandra
464 páginas
Fecha de publicación: 16 de febrero de 2023
ISBN: 978-8418363436

Bonnie Garmus en una directora creativa norteamericana y Lecciones de química es su primera y sorprendente novela, que ha tenido críticas fabulosas y ha sido traducida a treinta y nueve idiomas. El título, galardonado con el Goodreads Choice Awards, también ha resultado escogido como mejor libro del año por The Guardian, The Times, Whashington Post, Oprah Daily y otra media docena de publicaciones prestigiosas. Aunque se trata de una ópera prima de ficción, la historia que cuenta es tan sincera, genuina y directa que el lector no puede menos que preguntarse cuánto de lo que muestra ha sido vivencia o testimonio de la propia autora.

Lecciones de química es una novela difícil de etiquetar. De personajes entrañables y carismáticos y narrada con cierto sentido del humor, a menudo se la califica como comedia. Sin embargo, la novela de Bonnie Garmus, por muy ficción que sea, refleja de manera brutal y sin concesiones la violencia y discriminación de género que sufrían las mujeres en Estados Unidos (se podría generalizar a todo Occidente) a mediados del siglo pasado. Social, cultural y religiosamente, las mujeres son educadas y educan como ciudadanas de segunda clase. No solo se las empuja a casarse y desempeñar labores de ama de casa durante toda su vida adulta sino que, por sistema, se persigue, señala y estigmatiza a las pocas valientes que se salen de este camino establecido. Violaciones, vejaciones constantes, humillaciones, insultos, trato profesional discriminatorio y abusos de todo tipo era lo que esperaba a la mujer que deseaba dedicarse a cualquier vocación que no fuese la de ama de casa o que se negase a aceptar ese rol de objeto sexual y reproductivo que se le imponía desde todos los frentes.

Por eso, aunque la novela de Garmus esté narrada en un estilo directo, fresco, divertido y en apariencia ligero es evidente para el lector que está tratando cuestiones terribles sobre la vulneración de los derechos humanos. Y aunque la prosa de la autora es ingeniosa y excepcional, su narración tiene un ritmo admirable (atención a los cambios de punto de vista y al magistral juego de la autora con el hilo temporal) y sus diálogos y personajes se queden entre mis mejores lecturas de este año, no creo que se le haga justicia tachándola de comedia hilarante o ficción ligera (que, por otro lado, tampoco pasaría nada si fuese así, que no toda la buena literatura es dramática y profunda). Lecciones de química es una novela extraordinaria por muchas razones, pero también porque pese al horror de fondo y a las dificultades de una protagonista magnífica jamás abandona esa nota de esperanza, optimismo y fe en la humanidad. La tristeza de fondo es que, pese a que han transcurrido más de setenta años desde la época en la que se ambienta Lecciones de química, todavía sigue estando muy presente en nuestra cultura, sociedad y religión esa maldita discriminación misógina.

Lector, La ligereza y el humor no están reñidos con la profundidad del análisis y la emoción.

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Las doce en el Beheaded Ben, de James Stapleton

En mil novecientos y pico, en una Britania en donde magos, hadas, elfos y otras especies sobrenaturales conviven con naturalidad, un oscuro complot para deponer al actual monarca y sustituirlo por el descendiente de una curiosa dinastía, amenaza el equilibrio del país. Emma Bennet, investigadora privada y hechicera, descendiente de un augusto linaje de magos, se encuentra en medio del fuego cruzado de las distintas facciones de la conspiración cuando su seguimiento de un posible adulterio deriva en la explosión mágica de un oscuro parlamentario. Emma y su preceptor, el doctor Alistair Barnaby Coleridge, presidente de la Conferencia Anglosajona de Brujos y Archimagos Libres y Asociados (CABALA), iniciarán una investigación contra reloj —y también contra asesinos a sueldo y pese a magos ermitaños locos— para descubrir a los villanos y salvar Londres.

«—Feo asunto. En mis tiempos, los Miembros del Parlamento no se volaban por los aires a sí mismos en su oficina. Tenían la decencia de irse al río o a un descampado.
—Lo que no comprendo es el porqué. Mister Brief entró en estado de pánico no al verme, ni al escuchar mi nombre, sino al decirle que había estado investigándole.
—Bueno, querida, a nadie le hace gracia que una jovencita entre, frunza el ceño y le suelte que ha estado investigándole. A mí al menos no me la hacía cuando te ponías así conmigo, a los diez años.«

Las doce en el Beheaded Ben forma parte del universo de Mil novecientos y algo que crearon Sergio S. Morán (El lingotazo) y James Stapleton hace unos años. Aunque la novela de Morán, guionista y escritor de la saga protagonizada por la detective Parabellum, se publicó antes, en 2019, parece que la idea de este mundo distópico, en donde las criaturas mágicas conviven con los mortales, y la geografía, historia, política y sociedad no son las que conocemos (aunque se parecen), empezó con Stapleton, un autor del que no he encontrado nada en Internet más que la excéntrica y divertida biografía de Insólita Editorial. De todas formas, un escritor que le dedica su libro a mister C. K. Chesterton, al doctor P. G. Wodehouse y a sir Terry Pratchett promete muchísimo.

Me lo he pasado en grande con Las doce en el Beheaded Ben por su sentido del humor, por sus personajes, por la convivencia entre mortales, magos y seres sobrenaturales y por esa época histórica indeterminada pero tan bien situada para los lectores de este libro genial (atención a las notas a pie de página, son estupendas). Creo que lo más divertido y original de esta novela es que utiliza elementos típicos de la literatura fantástica a la vez que ofrece algo nuevo y diferente. Es un thriller político, steampunk, con mucho suspense, humor y un puntito oscuro, en el que un complot para derrocar la monarquía se convierte en una investigación alocada y a contrarreloj de dos hechiceros, un perro, un asesino a sueldo y un político más tenebroso que las sombras negras que lo acechan. La prosa de James Stapleton tiene ese toque tan british de Chesterton, destellos del humor de Wodehouse y, a menudo, personajes muy Pratchett, todo ello al servicio de una trama de espionaje, traiciones, aventura y crimen organizado y desorganizado. Ah, y puede leerse de manera independiente de El lingotazo de Morán.

Lector, bienvenido al Londinium de mil novecientos y algo.

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Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, de Charles Dickens

El anciano Martin Chuzzlewit viaja por la campiña inglesa cuando cae enfermo y debe hospedarse por un tiempo en el Dragón Azul, la fonda de la encantadora señora Lupin. Desde que se discutió con su nieto, Martin junior, su carácter se ha agriado todavía más, convencido de que la codicia y el egoísmo humanos no tienen límites y que nadie de su familia siente por él verdadero afecto, pues solo le quieren por su fortuna. Repudiado por su abuelo, Martin junior va a parar como aprendiz de arquitecto a casa de Pecksniff, un miserable hipócrita que haría cualquier cosa por dinero y que ha educado a sus dos hijas a su imagen y semejanza. El joven Martin, egoísta e insensible, no es capaz de apreciar la amistad sincera de Tom Pinch, el otro aprendiz de Pecksniff, ni entender que su bondad podría enseñarle mucho… hasta que las cosas se le ponen muy difíciles y debe tomar la drástica decisión de migrar a Norteamérica para ganarse la vida en un viaje que le abrirá los ojos y le ayudará a reencontrarse con su verdadera naturaleza.

«Hay mentiras, Tom, en las que los hombres se elevan, como con alas brillantes, hacia el cielo. Hay verdades, verdades, frías, amargas e insultantes, que enuncian puntualmente los eruditos mundanos, y que atan a los hombres al suelo con cadenas de plomo. ¿Quién no preferiría que lo abanicara, llegada la última hora, la ligera pluma de una mentira como la tuya, y no las púas arrancadas del erizado puercoespín con la verdad acusadora desde el principio de los tiempos?«

La primera vez que Charles Dickens (1812 – 1870) visitó Estados Unidos, en 1842, tenía treinta años y fue recibido como una celebridad: cenas y bailes en su honor, reconocimiento de las autoridades, bustos de su persona, una horda de norteamericanos pasmados a su paso, etc. Dickens, que había viajado hasta allí emocionado por la promesa de libertad y tolerancia del Nuevo Mundo, muy pronto se desengañó del brillo aparente de su democracia. Los americanos eran vulgares, maleducados, mucho más clasistas, racistas y esnobs que la Inglaterra victoriana, pirateaban sus obras sin ningún escrúpulo, censuraban la tan cacareada libertad de opinión, tenían la asquerosa costumbre de masticar y escupir tabaco en cualquier lugar o situación y, para colmo, se creían más demócratas y libres que el resto del mundo. Esa visión norteamericana, que el autor tan bien recogió en su American Notes, fue satirizada en Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit (1844) en cuanto volvió a casa y se puso a escribir una nueva novela por entregas. Y no hay nada tan divertido, caustico y crítico que las sátiras sociales de Charles Dickens.

Pero la crítica a los Estados Unidos de 1842 apenas son unos capítulos de Vida y Aventuras de Martin Chuzzlewit, una novela que ofrece muchísimo más que sátira: personajes dickensianos, crítica social y moral de su época y país, denuncia de la poca profesionalidad de las mujeres que ejercían de enfermeras (aunque el término es inadecuado, porque en 1844 todavía no tenemos en Inglaterra enfermeras tal y como las entendemos hoy en día), reflexiones sobre el egoísmo y la codicia de los hombres, humor, suspense e incluso romance. Y la excelente prosa dickensiana, su dominio del lenguaje, sus guiños, sus juegos semánticos, ese tono socarrón que tanto nos gusta y su maestría como narrador capaz de manejar casi cualquier recurso literario con soltura y genio. Siempre que reseño algún clásico de autores tan extraordinarios como Dickens me siento estúpida: no puedo aportar nada nuevo a todo lo que se ha dicho (más y mejor) sobre el autor y sus obras, así que lo único que me queda es dar mi opinión y no creo que sirva de mucho. Así que, simplemente, os recomiendo que leáis a Charles Dickens y aunque Vida y Aventuras de Martin Chuzzlewit no es mi novela preferida del autor, la he disfrutado enormemente y desde que la terminé echo de menos a sus personajes.

Lector, Charles Dickens.

P. D.: Si te apetece saber algo más sobre la visita de Charles Dickens a Estados Unidos, te recomiendo este artículo de la BBC News: Los encontronazos de Dickens con Estados Unidos

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Tres veranos, de Margarita Liberaki

María, Infanta y Caterina son tres hermanas que viven con su abuelo, su madre y su tía en una enorme casa en el campo, a las afueras de Atenas, a media hora a pie de Kifisiá. María es sensual, seductora, y está un poco aburrida; su huerto es ordenado y pulcro y da los mejores guisantes del lugar. Infanta es la protegida de su tía soltera y se dedica al arte y a montar a caballo; al abuelo le pidió diez almendros porque apenas necesitan atención para crecer y dar fruto. Caterina es una fuerza de la naturaleza, su jardín es una explosión de flores, de colores, de aromas, asilvestrado y lleno de color; se parece mucho a la abuela polaca, aquella que se fugó con un músico dejando atrás a sus dos hijas y a un marido desolado. Tres mujeres que crecen, maduran, descubren y deciden durante los tres veranos más decisivos de sus respectivas vidas. Juntas, distintas, extraordinarias cada una a su manera, miran a su alrededor preparadas para comprenderse a sí mismas y descubrir cuál es su lugar en ese pequeño y salvaje mundo en la campiña de Kifisiá.

«Qué pena, madre… Te contaría muchas cosas sobre el país de los caballos habladores, y sobre la tumba de Mavrucos, y sobre lo que veo subida al nogal. «Rodià —llama—, una limonada para Caterina». Echa un vistazo a la mesa. Corrige la posición de un cuchillo que queda un poco más lejos del plato que los demás. Un profundo suspiro se escapa de su pecho. Mira que tener hijos y no saber qué guardan en su interior…«

Margarita Liberaki (Atenas, 1919 – 2001) fue una novelista, dramaturga, guionista y traductora griega, aunque estudió Derecho en su Atenas natal. Se crio con sus abuelos, libreros, editores e intelectuales de la época, y se fue a vivir a París tras divorciarse del padre de su hija tras apenas un año de matrimonio. Fue en la capital francesa donde la autora se cambió su apellido (Lymberaki) por Liberaki (libertad) y escribió Tres veranos (1946), una novela luminosa ambientada en el campo ateniense donde el paisaje y la naturaleza son refugio y consuelo para las protagonistas (quizás también lo fue para su autora en esos momentos de exilio y soledad).

«El sol ha desaparecido de los libros de hoy. Por eso hacen daño en lugar de ayudar a vivir. Usted está entre quienes irradian ese sol«. Albert Camus a Margarita Liberaki.

Tras leer Tres veranos, no se puede estar más de acuerdo con Camus: este libro es tan luminoso y bello como un verano suave y templado en plena naturaleza. Es una historia llena de luz y de esperanza, una historia sobre el paso a la madurez de tres mujeres, pero también la historia de su familia y de ese paisaje de Kifisiá que las acuna, con su flora y su fauna, con sus días de calor y sus lluvias, con sus nieblas y sus promesas. No solamente seduce por sus personajes y la atmósfera tan agradable, evocadora de nuestros veranos de infancia, sino también por la envolvente prosa de Margarita Liberaki que con sus frases cortas crea, a pequeñas pinceladas, un lugar maravilloso transitado por unas mujeres de distintos anhelos. Parte de la belleza en la escritura de autora reside en su ritmo sostenido y alegre, en el continuo cambio de foco de una narradora —Caterina— que es casi omnisciente y que, pese a ese traslado de intimidad de una hermana a otra, sabe mantener una voz única, muy personal y fresca, característica del estilo de Liberaki.

Lector, no te la pierdas.

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El monje, de Matthew G. Lewis

Ambrosio es el abad más famoso de Madrid. Sus prédicas son legendarias, su piedad e inspiración moral, admirables, y todas las señoras de la ciudad desean tenerlo como confesor y padre espiritual. Esperando uno de sus sermones, Lorenzo de Medina se queda prendado de la bella Antonia, una joven que ha llegado a la ciudad para solicitar la protección de su pariente Raimundo, marqués de las Cisternas. Lorenzo, que conoce a Raimundo, se ofrece a hacer de intermediario entre ambos parientes, seguro de que el amable corazón de su amigo no pondrá ninguna traba a acoger bajo su protección a la hermosa doncella. Sin embargo, cuando más tarde se encuentra con el marqués, Lorenzo escucha, asombrado, una extraña y romántica peripecia que involucra el destino y la vida de su hermana Inés y de su amigo. Pero mientras estos dos caballeros unen fuerzas para enfrentarse con la terrible priora de Santa Clara, muy cerca de allí, tras los muros del monasterio, el abad Ambrosio es sometido al asedio de una tentación tan terrible y demoníaca que podría llegar a dictar el destino de los dos jóvenes amigos y sus damas.

«¿Sois, entonces, amigo de Dios en este instante? ¿No habéis quebrantado vuestros compromisos con él, no habéis renunciado a su servicio y os habéis abandonado al impulso de vuestras pasiones? ¿No estáis tramando la destrucción de la inocencia, la ruina de una criatura a quien formó él con el molde de los ángeles? Si no es la de los demonios, ¿de quién es la ayuda que invocáis para ejecutar vuestro loable propósito?«

Matthew G. Lewis (Londres, 1775 – Monterrey, 1818), hijo de un embajador, fue terrateniente, escritor y diputado británico que pasó algunos años de su juventud residiendo en Centroeuropa donde se familiarizó con la literatura de Goethe y el romanticismo de la época. Fascinado por la lectura de Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe, se lanzó a escribir El monje, manuscrito que terminó en pocas semanas y que publicó de manera anónima en 1796. Tenebroso y muy atrevido para la época por la ligereza con la que trata la moral eclesiástica y las abundantes escenas de lujuria, corrupción y apostasía, tuvo un éxito inmediato y Lewis no tardó en declararse autor de la obra. El libro fue acusado de ser blasfemo y obsceno, y Lewis fue llevado a juicio por su autoría, pero todo eso solo consiguió aumentar las ventas de El monje y que el libro se volviese mucho más popular. Lo cierto es que a los lectores de este siglo nos sigue sorprendiendo la valentía de Matthew G. Lewis al escribir una novela sobre la repugnante corrupción de curas y monjas, sin ahorrarnos escenas de lujuria o afirmaciones tan escandalosas como que la biblia es una lectura indecorosa que instruye a las jóvenes en el sexo mejor que cualquier burdel, que una fachada de santidad no siempre esconde un corazón virtuoso o que la educación en monasterios y conventos corrompe a las almas más buenas y puras.

El monje es una novela gótica que me ha recordado mucho a El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, en las tramas amorosas de los cuatro protagonistas más jóvenes. La primera mitad de El monje es una novela divertida, aliñada con aventuras caballerescas de finales del siglo XVIII y romances de muchachas que se desmayan, como la protagonista de Los misterios de Udolfo; excepto por la línea argumental protagonizada por el abad Ambrosio que es terrible, obscena, brutal, demoníaca y repugnante de principio a fin y, sin duda, la más sorprendente por la soltura con la que Lewis habla de la maldad y falta de escrúpulos de los eclesiásticos católicos para fornicar, mentir o asesinar. La novela no destaca por la exquisitez de una prosa (atención al exceso de adjetivos acabados en «mente» o las iteraciones, por ejemplo) que a menudo se vuelve apresurada y vacilante, ni por la habilidad del autor en ensamblar las diferentes escenas y circunstancias de los personajes, pero es cierto que se trata de una obra de juventud, apasionada y muy romanticista, perteneciente a un género gótico que todavía estaba estableciendo sus bases. Pero en su conjunto, es una novela que conjuga aventura clásica y terror con un punto sobrenatural y que, aunque se vuelve muy oscura en su segunda mitad, resulta entretenida y sorprendente para su época. La construcción del personaje de Ambrosio y su progresiva bajada a los infiernos es extraordinaria, así como los diálogos alrededor de la ética religiosa de este personaje con Matilde y sus debates sobre el bien y el mal y la debilidad humana. Estoy segura de que cuando Matthew G. Lewis se reunía en Suiza con sus amigos Lord Byron y Percy B. Shelley, se echaban unas risas con el alboroto que debió causar El monje entre la sociedad británica más conservadora.

Lector, una novela peculiar y sorprendente para su época, buen ejemplo de los inicios de la novela gótica.

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