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Días de Navidad, de Jeanette Winterson

Jeanette Winterson fue adoptada por un matrimonio evangelista y educada en la iglesia pentecostal, cada Navidad era un simulacro de preparación para el Armagedon. Quizás porque fue educada esperando el fin de los tiempos, o quizás por sus propias crisis personales, Jeanette avisa al lector desde las primeras páginas de este maravilloso libro que no es necesario creer en ninguna religión o mesías para disfrutar la Navidad. De hecho, varios de los relatos que recoge Días de Navidad están protagonizados por personas que no celebran estas fechas, entender los motivos depende del lector.

«Sé que la Navidad se ha convertido en una fiesta cínica y comercial, pero depende de nosotros, individual y colectivamente, oponernos a eso. La Navidad la celebran en el mundo entero personas y de todas las religiones y ninguna. Es una ocasión para reunirse, para dejar de lado las diferencias. En tiempos paganos y romanos era la celebración de la luz y de la cooperación de la naturaleza con la vida humana.

El dinero no era lo importante.»

La edición a dos tintas de Lumen es preciosa. La traducción del inglés es de Miguel Temprano García

Días de Navidad es una antología de doce relatos navideños alternados con anécdotas y recetas de su autora. La combinación es pura magia. Los relatos son geniales, una puerta de entrada inmejorable para acercarse a la prosa de Winterson y disfrutar de historias y personajes tan cotidianos, y a la vez tan especiales, que resulta casi imposible no creer que está hablando de nosotros en cada uno de ellos. Algunos fantásticos, otros de terror, medievales, victorianos, tragicómicos, contemporáneos… Todos me han gustado mucho, aunque mis preferidos han sido Un cuento de fantasmas, homenaje de la autora a la costumbre británica de leer cuentos de fantasmas la noche del veinticuatro de diciembre; La rana de plata, por ese toque a lo Oliver Twist tan genial; La primera Navidad de O’Brian porque trata sin dramatismos ni exageraciones y con mucho sentido del humor la soledad que conlleva la rotura de los lazos de comunidad de nuestras metrópolis; La novia de muérdago por… Ay, mira, que todos son mis preferidos, es que mientras escribo esto tengo el libro a mi lado, estoy consultando el índice (gracias, Lumen, qué edición tan fabulosa) y cada título me recuerda lo mucho que me gustó el relato. Leedlos todos.

El equilibrio también es belleza y si los relatos de Winterson son un auténtico tesoro, no se quedan atrás las anécdotas y reflexiones de la autora alrededor de una receta de Nochebuena, o un recuerdo navideño con Ruth Rendell, con su madre o con Susie, su esposa. Abre Días de Navidad con los antecedentes históricos de unas fechas festivas que la iglesia se apropió: la festividad de Yule, del Solsticio de Invierno, eran días de alegría, comida y ofrendas al bosque; porque quedaba por delante un duro invierno y era necesario mostrarse agradecidos por la madre Naturaleza que les proveería de comida y fuego hasta la primavera. A través de la comida, elemento fijo en estas celebraciones que han ido cambiando levemente de ritual (Jesucristo nació en abril, pero la iglesia necesitaba canonizar los rituales paganos del solsticio), la autora recuerda y reflexiona sobre su vida y las emociones de Navidades pasadas que todavía lleva consigo. Dice Jeanette Winterson que el tiempo es un bumerán, pues el pasado siempre vuelve a visitarnos.

Lector, feliz Solsticio de Invierno.

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Días de Navidad

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Hotel Winterhouse, de Ben Guterson

Elizabeth Somers tiene once años, le gusta leer y posee una habilidad asombrosa para los anagramas y la resolución de misterios, además de cierto don premonitorio sin instrucciones de uso. Cuando era muy pequeña sus padres desaparecieron en un extraño accidente y desde entonces vive con sus odiosos tíos Burlop, quienes la desprecian y maltratan con su tacañería e idiotez supina. Sin embargo, estas Navidades todo será distinto: cuando Elizabeth vuelve de la escuela se encuentra la casa cerrada y una nota de sus tíos donde le informan de que se han largado de viaje y de que ella debe pasar las vacaciones escolares en el Hotel Winterhouse, un lugar perdido en las montañas y los bosques del norte. Tras toda una noche en autocar hasta lugares remotos, el hotel resulta ser un castillo tan maravilloso como siniestro en el que Elizabeth se encontrará como pez en el agua gracias a su increíble biblioteca y al encanto del excéntrico señor Nordbridge Falls, último descendiente de la familia propietaria del Winterhouse. Misterios, peligros, libros malditos, peligrosos anticuarios, criptogramas, inventos, excursiones, flurschen y un montón de desafíos convertirán la estancia de Elizabeth en el Winterhouse en las mejores vacaciones de su vida.

«—Esta es mi colección de libros —dijo el hombre de negro, muy serio, al chófer, señalándole la caja—. Vaya con cuidado.
—Parece un ataud —dijo alguien entre la gente en tono divertido, y todos se pusieron a reir excepto la pareja. Elizabeth seguía contemplando la caja y entonces se dio cuenta de que la mujer la volvía a mirar.
«—Parece que has conseguido llegar a Winterhouse —dijo la mujer, casi murmurando. Ya era bastante extraño que le dirigiese la palabra, pero más extraño fue lo que le preguntó a continuación: —¿Estás contenta de estar aquí, Elizabeth Somers?«

Más novelas como esta, por favor. Hotel Winterhouse es ese libro que todos habríamos deseado leer cuando teníamos once años: lleno de aventura, de misterio, de criptogramas y pruebas, con un toque siniestro (al más puro estilo gótico victoriano de Flavia de los extraños talentos o de Los hermanos Willoughby) que da algo de miedo si lo lees por las noches en la cama, antes de dormir, y unos protagonistas que bien podríamos ser nosotros porque, mira, tienen nuestra misma edad y preocupaciones muy similares a las nuestras. Ostenta todos esos elementos románticos propios de la aventura clásica más seductora, como la ambientación navideña en un recóndito paraje norteño (montañas, bosques, lago misterioso), las tazas de chocolate caliente junto a la chimenea, la biblioteca polvorienta con vida propia, los personajes excéntricos y ese equilibrio en el umbral entre la magia y el mundo real que tan natural resulta en los niños de once años.

Además de la historia de intriga y del estupendo suspense de novela clásica de aventuras, Hotel Winterhouse destaca por sus protagonistas, Elizabeth y Freddy, y por la voluntad lúdica que tan bien sabe integrar Ben Guterson en la historia. Elizabeth y Freddy tienen una edad similar, ambos están solos en el hotel pasando las vacaciones, y aunque sienten una simpatía mutua de inmediato no podrían ser más distintos. Ella es intuitiva y siente debilidad por los libros, él es pura lógica y le pierden las matemáticas y la mecánica; diferencias que son una ventaja cuando necesitan superar las distintas pruebas en busca de la resolución del misterio. Dos personajes construidos con habilidad e ingenio, tan carismáticos que resulta imposible no enamorarse de ellos. En cuanto a la parte más participativa y cómplice de la narración, volvemos a encontrarnos, como ya nos sucedió con Mara Turing. El despertar de los hackers, con un autor tan divertido como didáctico. Atención a los constantes juegos de palabras, epigramas, acertijos, criptogramas, anagramas y rompecabezas, son otro de los grandes atractivos de esta original y apasionante novela.

Lector, para volver a tener once años en Navidad.

También te gustará: Los hermanos Willoughby; La casa inquieta; Athenea y los elementos; Los cinco frascos; Flavia de los extraños talentos; Cuento de Navidad

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Un cadáver en la mansión Sainsbury, de A. Fielding

Cuando los Layng vuelven a la mansión Sainsbury tras su luna de miel se encuentran el cadáver de una mujer bajo el suelo entarimado de la cocina. La casa había sido alquilada por los Markham, los padres de Carin Layng, como sorpresa para el joven matrimonio mientras terminaban las obras de su nueva residencia. Cuando el inspector jefe Pointer, de Scotland Yard, inicia las primeras averiguaciones, Carin y su madre aseguran que la mujer asesinada es Ann Gissburn, una amiga de la familia que había estado prometida a Douglas Layng, el joven esposo. La anciana propietaria de la mansión ha delegado la gestión de la propiedad a su abogado, cuyas declaraciones le parecen del todo honestas al inspector, pero su detestable sobrino, Arthur Sainsbury, que también había estado enamorado de Ann Gissburn, aparece en la casa para acusar a Douglas del crimen.

«¡Sus preguntas resultan absolutamente impertinentes, inspector jefe! -gritó la señora Markham encolerizada-. ¡Yo no maté a la pobre chica! Ni la coloqué bajo el entarimado de la cocina para que la encontrara esta misma tarde el esposo de mi querida hija ¡al regresar de su luna de miel!»

dÉpoca Editorial
Colección: dÉpoca noir
Traducción: Rosa Sahuquillo y Susana González
ISBN: 978-84-121291-0-6
264 páginas
Fecha de publicación: noviembre 2019

A. Fielding es el seudónimo de un escritor o escritora de la Golden Age del que seguimos sin conocer su identidad real. Publicó más de una veintena de novelas de misterio entre los años 20 y 40 del siglo pasado y es la primera vez que dÉpoca Editorial la trae a su catálogo con este estupendo título. Investigando por Internet, he encontrado que sus editores norteamericanos de la época, H. C. Kinsey Co., aseguraron que A. Fielding era una señora londinense de mediana edad que vivía en Kensington y le encantaba la jardinería. Investigaciones contemporáneas a la autora y posteriores, lanzaron diversas hipótesis, pero lo cierto es que los archivos editoriales londinense que podrían haber arrojado alguna luz sobre el asunto se quemaron durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Sea quien sea Mrs. Fielding, los aficionados a las novelas clásicas de misterio de la Golden Age le damos sinceramente las gracias por Un cadáver en la mansión Sainsbury. Este caso del inspector jefe Pointer gira en torno a Anne Gissburn, una mujer extraña con tendencia a despertar la antipatía del lector, que es la pieza clave del misterio. Me ha gustado el caracter pausado y flemático del inspector, pero sobre todo me parecen muy entretenidos y originales los giros que va tomando la investigación a medida que Pointer va tirando del hilo. Que yo no sea capaz de adivinar quién es el asesino o asesinos, o el móvil del crimen, no es ninguna novedad, pero esta vez me ha sorprendido la fluidez de la historia y como va cambiando el rumbo de crimen y sus motivos a medida de que el inspector averigua más sobre Anne Gissburn.

Prosa ágil, diálogos bien medidos que hacen avanzar el caso sin repetirse, personajes que tienen algo que ocultar y el firme pulso de Scotland Yard, hacen de esta novela un misterio muy agradable y entretenido que aunque juega bien con los tópicos del género aporta originalidad en su resolución y en su magnífico final. Si os fijáis en la cita que he escogido es justo el primer párrafo de inicio de la novela, donde se nos hace un excelente puesta en escena, directa y esclarecedora: el asesinato ya ha sido cometido y el cadáver hallado, todo empieza en manos del inspector Pointer. Desde este principio sin molestos circunloquios hasta el final, el lector no se aburre pues Fielding sabe muy bien como convertirlo en acompañante de Pointer para que cada capítulo le aporte una pieza más del rompecabezas. Dice dÉpoca Editorial que este título solo es comparable a los mejores trabajos de Agatha Christie, así que ya os hacéis una idea.

Lector, perfecta para las noches de invierno.

También te gustará: Asesinato en la mansión Darwin; Crimen en la posada Arca de Noé; Asesinato en Charlton Crescent; Un hombre muerto

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Una pareja casi perfecta, de Emily Eden

Los Eskdale son una familia feliz y acomodada que ha casado a sus tres hijas por amor, aunque su vecina, la señora Douglas, cree que tanta riqueza solo les trae infortunio y envejecer antes de tiempo. Helen, la pequeña de los Eskdale, ha sido la última en contraer matrimonio y cuando se traslada a la mansión de su esposo, Lord Teviot, parece bastante evidente que son dos desconocidos obligados a vivir juntos, y que su juventud y el corto noviazgo no han contribuido a establecer ninguna confianza entre ellos. Un sinfín de malentendidos y medias palabras, celos y acusaciones veladas, construyen un muro entre marido y mujer, y convierten la convivencia en un campo de minas que no hace más que aumentar la distancia entre ambos. Para complicar la situación, un montón de invitados se han instalado en la mansión de los Teviot y parecen poco dispuestos a marcharse en un futuro inmediato ¿Por qué dejar el castillo si Lady Teviot es un ángel, Lord Teviot tiene una cuadra estupenda, es temporada de perdices y hay un montón de damas y caballeros jóvenes para cotillear durante la cena?

«La joven temblaba visiblemente y, aunque mi grado de amistad con los Eskdale me impide insinuar la situación real del asunto, tengo el triste presentimiento de que Helen se casó con la perspectiva de convertirse en una de las mujeres más infelices de Inglaterra.«

Emily Eden (1797-1869) fue una poeta y novelista británica. Séptima hija de los catorce vástagos que tuvo el barón de Auckland, pasó algún  tiempo en la India con sus hermanos y escribió varias novelas, aunque creo que esta es la primera vez que se la traduce en nuestro país. Cuenta Ana Belén Alonso en la introducción de esta edición de dÉpoca Editorial, que Emily Eden escribió Una pareja casi perfecta en 1829, pero que no se publicó hasta 1860, en plena época victoriana. Por la fecha de su escritura, porque está ambientada a finales del período Regencia (1811-1820) y porque la autora admiraba profundamente a Jane Austen, es evidente que no es una novela victoriana; carece de la rigidez moral y del riguroso recato que la reina Victoria imprimió incluso en la literatura de su reinado, y los personajes se relacionan y expresan con un sentido del humor y una ligereza mucho más propia de principios del siglo XIX.

Regencia tardía, período georgiano, o victorianismo temprano, lo cierto es que Una pareja casi perfecta es una novela muy divertida, con personajes estupendos y diálogos a menudo ingeniosos y de réplicas irónicas. Aunque el tema principal es el matrimonio y que los cónyuges empezaban su vida en común sin conocerse apenas, a mí lo que me ha gustado es la señora Douglas, con su manía de ver a todo el mundo envejecido y de que no le guste nadie, como el Ebenezer Scrooge de los Eskdale, y la indolencia chispeante del coronel Beaufort con sus respuestas sarcásticas y tremendamente sinceras (se merece una línea completa de merchandising, a ser posible, tazas con sus frases). Y es que el punto fuerte de esta novela son los capítulos centrales, cuando los Teviot se instalan en su mansión y se les llena de amigos, oportunistas, vividores y políticos con aspiraciones a ser Primer Ministro. Como dice mi amiga Marisa «la mansión de los Teviot se pone que parece el camerino de los hermanos Marx«.

«Nada es demasiado horrible para ser verdad, señor Douglas, y no hay nada verdadero que no sea horrible.» (Mrs. Douglas dixit)

Señala dÉpoca Editorial que Una pareja casi perfecta tiene la originalidad de recoger la narración justo después del final feliz de Orgullo y prejuicio, por ejemplo, y en general de las novelas que terminan con la boda de los protagonistas. Quizás por esa circunstancia que la desmarca de otras novelas similares de su época o quizás por la gracia que tiene Emily Eden para construir personajes excéntricos y con mucho genio, con sus dimes y diretes, Una pareja casi perfecta me ha parecido una lectura divertida, ingeniosa, y muy recomendable para desconectar del mundanal ruido y alimentar un poquito la nostalgia de Jane.

Lector, atento al duelo Douglas vs Portmore.

También te gustará: Orgullo y prejuicio; Evelina; Preciosa Polly Pemberton; Cortejo en la catedral; Reencuentro

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Mujercitas, de Louisa May Alcott

A finales de la Guerra de Secesión Americana, cuatro hermanas de una familia venida a menos intentan salir adelante pese a la ausencia del padre, pastor puritano destinado al frente. Meg es la mayor, tiene 16 años, trabaja de institutriz y a menudo suspira por carecer de mejores vestidos con los que enmarcar su belleza. Jo tiene 15 años y es apasionada, brusca, sincera y desea ser un muchacho para gozar de mayor libertad. Beth y Amy son las pequeñas de la casa y no podrían ser más opuestas pues la primera es un ángel tranquilo y cariñoso y la segunda una repipi insufrible. Todas con sus bondades y sus defectos bajo la amable tutela de su madre, que las animará a seguir El libro del peregrino para esforzarse por limar sus defectos y alcanzar la felicidad y la perfección a través del duro trabajo.

«—No ser un genio como Keats no me matará —afirmó resuelta—. Es cuestión de verlo todo con humor. Resulta que los episodios que calqué de experiencias reales son calificados de imposibles y absurdos, y las escenas inventadas con mi tonta imaginación se consideran «encantadoramente naturales, tiernas y verdaderas». Me consuelo con eso y, cuando me sienta preparada, escribiré otra novela.«

Leí Mujercitas de Louisa May Alcott en la adolescencia, pero no fue la versión íntegra, así que cuando La pecera de Raquel propuso una lectura conjunta de este clásico con motivo de su aniversario allá que me fui de cabeza. Me compré la edición conmemorativa de Penguin Clásicos, con traducción de Gloria Mendez y las ilustraciones originales de Frank T. Merrill. Por suerte, he logrado disipar aquel recuerdo tan cursi y melodramático que tenía de mi lectura adolescente (¿o quizás debido a las adaptaciones cinematográficas?), pero reconozco que la relectura no me ha reconciliado con el clásico.

Había leído una breve semblanza de la vida de Louisa May Alcott y Fruitlands, y me había llevado conmigo la idea de que la autora, de educación exquisita gracias a la tutoría de sus padres (su padre era el filósofo Amos Bronson Alcott) y al ambiente en el que creció (los amigos de la familia era Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne y Henry David Thoreau, entre otros), a menudo reflejaba su preocupación por la educación femenina en sus obras y personajes. Pues bien, en Mujercitas, ninguna de sus cuatro protagonistas han ido al colegio (Beth y Amy solo brevemente, pero como las reñían y castigaban por desobedecer las normas la madre prefirió que se quedasen en casa. Alucina), y tampoco se da pistas de que los padres las hayan educado en casa. Meg es institutriz y Jo quiere ser escritora, a saber cómo se habrán formado para sus respectivos empleos. Si bien Alcott, que se ganó el pan con sus empleos durante toda la vida, refleja bien la idea de que las chicas son pobres y deben procurarse el sustento trabajando duramente, la idea de la educación femenina brilla por su ausencia. Los únicos personajes de Mujercitas que estudian y van a la universidad son masculinos.

Cuando le comenté a mi amiga Rosa mi decepción por la ausencia de esa idea de educación que los biógrafos de la autora aseguraban presente en sus obras, me señaló que seguramente Mujercitas fue una novela que la autora escribió y publicó por dinero, una novela de supervivencia. Así que se aseguró de que todo lo que aparecía en Mujercitas fuese ideal para su época y alejado de cualquier polémica o conducta extravagante, como la rarísima idea de la educación universal. Y así fue, puesto que la novela se vendió muy bien cuando apareció por vez primera.

Mi segunda decepción fue la fuerte presencia religiosa a lo largo de todo el libro. La idea del credo puritano de que el cielo (la perfección) se alcanza en este mundo trabajando muy duramente, sacrificando nuestros esfuerzos personales a dios y nuestro sufrimiento para ser mejores cada día, es una idea que marca a las cuatro hermanas y constituye el hilo principal de la trama. No la recordaba tan profundamente piadosa. Por no hablar del proceso de «domesticación» de las protagonistas, muy evidente en Jo, un personaje que empieza la novela siendo libre e independiente y acaba pasando por el aro de lo convencional y lo puritano. Me entristeció profundamente la transformación de Jo, quizás porque la imaginaba un alter ego de Louisa May Alcott y me parecía que sacrificaba todos sus sueños, ideas y talento en aras de lo convencional para sobrevivir.

Sin embargo, he disfrutado de la novela, de la fluidez de la prosa de la autora y de su eficiente construcción de personajes alternando la descripción psicológica con su comportamiento en cada escena dramática. Pese a que casi prescinde de cualquier marco histórico —la Guerra de Secesión y su incidencia en el país ni se menciona más allá de que papá March ha tenido que ir al frente— Mujercitas me parece una extraordinaria y genuina crónica de la vida de una familia norteamericana (yanki) a mediados del siglo XIX.

Además de la religión puritana, en Mujercitas siempre está muy presente la pobreza, la necesidad por la falta de dinero y la mala vida de los pobres, así como la caridad y generosidad para con los que menos tienen. Los valores morales eran mucho más importantes que el dinero, la posición social, la belleza o la excelencia intelectual. Especialmente odioso se me ha hecho ese mensaje sobre el triunfo de la mediocridad: a Jo las cosas no le van bien porque es extraordinaria, porque no se pliega a la convención, no se adapta al entorno y a lo establecido, en cambio a Amy se la premia (viaje por Europa, buena boda) por someterse a las reglas, por ser mediocre en su arte pero aplicada en la imitación de lo socialmente deseable. De nuevo tenemos a Louisa May Alcott intentando vender muchos ejemplares, pues la escritora mantenía a los suyos con lo que publicaba, y me parece encomiable, pero también me apena que su obra más renombrada sea precisamente Mujercitas. En la novela se critica y censura a Jo cuando escribe por dinero, ¿llegaría a sentirse así Alcott, pilar económico de los suyos gracias a su pluma? Así como Jane Austen encontró el modo de que su voz llegase alta y clara hasta nosotros, la de Louisa May Alcott, por desgracia, se desdibuja en sus circunstancias.

Lector, un clásico que quizás ha llegado a nuestro siglo más maltrecho de lo que se merece su autora.

Nota: Me ha encantado ir recopilando los libros que leían las hermanas March: El vicario de Wakefield, las novelas de Charles Dickens, Ivanhoe,… O Jo asistiendo a reuniones de sus escritores idolatrados y encontrando solamente hombres, algunos bastante idiotas.

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